Capítulo 8 #2
―Acércame la nota para que lo lea. ―Necesitaba apartarla de su cuerpo o él se pondría en evidencia. ¿Cómo diablos había ella aprendido a tocar tan seductoramente a un hombre? ¡Lo estaba matando! Solo le dolía una cosa y estaba entre sus piernas. Su amiguito estaba necesitado de atención.
―Te lo recitaré.
―¿Lo sabes de memoria?
―En estos días sombríos ―comenzó ella a recitar las palabras que había escrito―, en los que la luz es tan necesaria, solo soy capaz de pensar en mi error.
Te tuve al alcance de mi mano y te dejé marchar.
Mi mundo está negro y te necesito como el sol para iluminar mi camino.
Siempre tuya, tu Brenda, tu Calpurnia, tu Cleopatra.
Él le agarró las manos.
―No nos hagas esto. Por favor, basta.
―Eres mi luz, Nicky. Me he dado cuenta tarde, pero no estoy dispuesta a que mi mundo se quede en la penumbra. Te necesito. Dime, ¿me necesitas tú para iluminar tu existencia?
―No quiero. No quiero esto. Vete.
Brenda se soltó las manos. Con su derecha le agarró el falo desnudo. Estaba tan erecto y duro que ella tembló al sentir el deseo de él, que salió pronunciado en un gruñido doloroso.
―Supongo que ahora viene mi seducción. ―Él hubo de cerrar los ojos porque ella comenzó a masajear esa cúspide. Su cadera empujó por inercia.
―Tu seducción ha comenzado en cuanto me he comido el primer dulce de chocolate.
―Lo sé.
―Nicky… ―Lo oía suspirar y ella no tenía demasiado claro cómo debía proceder.
El libro que había ojeado indicaba que ellos eran muy sensibles al toque ahí, y le aconsejaba masajearlo primero despacio y luego más fuertemente.
Sin embargo, él emitía unos aullidos ahogados y temía estar haciéndolo mal.
―Sigue con tu seducción, Cleopatra. Uuuuuhm. Sí, muy bien…. Así, lo haces divinamente… sí, sí. Mueve más rápido. No tengas miedo de romperme. Sigue, sigue, más, más… más rápido… mueve, mueve, sí, asíííííí….
Con los excesos de movimiento lo tenía ante ella al descubierto. Su hombría entre sus manos escupiendo algún tipo de líquido caliente que acabó vertido en su vientre masculino.
―¡Dios del infierno! Eres magnífica. No pude pedir mejor enfermera para mi convalecencia… Por favor, regresa mañana a esta misma hora.
―¿Significa que me perdonas?
―Significa que acepto tu cortejo y tu seducción….
―¿Y ello que implica? ―preguntó mientras rozaba con sus dedos la esencia que él había derramado. Brenda estaba maravillada con el color, la textura y, sobre todo, lo caliente que aún estaba esa cosa blanquecina.
―Lo que he dicho.
―No comprendo.
―Que acepto tu cortejo y tu seducción.
―¿Nos casaremos? ―quiso averiguar con esperanza.
―Por supuesto que no.
―¡Nicky! ―lo regañó. ―Lo que he hecho contigo son cosas destinadas a mi marido.
―Y tuviste tu oportunidad.
―¡Nicky! No seas tan vengativo, confesaste que me amabas en medio de delirios, incluso que mi fantasma te atormentaba en sueños.
―Es cierto. ―Él estaba recostado con las manos detrás de la cabeza y una sonrisa de oreja a oreja. Satisfecho es la mejor palabra que lo definía.
―No vas a perdonarme nunca, ¿verdad?
―¿Ya te rindes?
―¿Quieres que me rinda?
―¿Quieres hacerlo tú?
―¡Nicky!
―Mañana a la misma hora.
―¿Te casarás conmigo?
―No.
―Entonces no vendré…
―Entonces habrán sido un cortejo y una seducción muy breves.
―¡No estás siendo justo! ―Ella pateó el suelo, frustrada. Eso lo divirtió a él.
―¿Qué yo no soy justo?
―¡Vamos, Nicky!
―No, querida. Tuviste la oportunidad y no la quisiste porque preferiste probar suerte con Dacre. ―Él se puso un poco nervioso, pero mantuvo su sonrisa impecable.
―¡Eso no es verdad! ―Volvió a patalear el suelo como una niña pequeña.
―Él no iba a casarse contigo y por eso has decidido volver a mí.
―No, lo niego rotundamente.
―¿Te ofreció un papel como su amante?
―Sí, eso es verdad, pero yo no quería casarme con él. Lo supe nada más me besó. ―Ella se tapó la boca. No debió haber dicho eso.
Él se quitó las manos de detrás de la nuca y su sonrisa se borró de un plumazo.
―¿Te enseñó él a manejar así la mano? ―Los celos se lo llevaban a los infiernos.
―¡Por supuesto que no! ―respondió ofendida.
―Alguien ha debido enseñarte. No eras tan experta la última vez…
―Nicky, me estás ofendiendo y no te lo voy a consentir…
―Entonces ya sabes donde puedes irte… porque ni he pedido que vengas a cuidarme… ni a otras… cuestiones… Búscate a otro que quiera casarse contigo, porque yo no lo haré. El infierno se congelará antes.
―Se lo diré a Gordon. ―Ella estaba a punto de desesperarse.
―Corre, ve y dile. Ni con una pistola en la sien te aceptaré como mi esposa. —La miró de arriba abajo. Solo podía imaginarla a ella besando a Dacre. La odiaba por hacerle eso. Lo dejó solo en su finca mientras regresó en busca del maldito conde para besarlo―. Eres mercancía dañada.
Ella jadeó con horror. Él no podía haber dicho lo que acababa de insinuar. Brenda se levantó pausadamente. Irguió la cabeza como una poderosa amazona y lo miró a los ojos.
―Si estoy dañada es solo porque a ti me he entregado.
Brenda contuvo las lágrimas hasta que salió de la casa.
Había olvidado que él podía ser muy cruel cuando se lo proponía.
Su orgullo. Ella trató de convencerse de que había herido su orgullo una vez más al recordar que se había besado con Dacre.
Se recordó que una guerra no se ganaba en un solo día y que tenía mucho trabajo por hacer.
Nicky la quería fuera de su vida… Bien, ella vería si en verdad él era tan inmune a sus encantos, porque, que hubiera tenido la leche gratis sin comprar la vaca, no era tan malo como pudiera parecer, pues él ya conocía la mercancía…
y ella apostaba todo su futuro a que ese hombre no podía olvidar lo que sentía cuando ella lo tocaba o cómo se estremeció cuando hicieron el amor…
¿Cómo estaba la dama tan segura de ello?
Porque a ella le pasaba igual, y eso que Nicky aún no la había hecho gritar de pasión como lo había conseguido él las dos veces en las que ella había esparcido su magia indecorosa.
***
Brenda había sobornado al mayordomo del duque. El hombre no quería aceptar, pero ella le recordó que no lo olvidaría cuando se convirtiera en duquesa. Y así fue como la señorita Brown supo todos los actos a los que él iba a acudir durante las próximas semanas.
La dama pidió a su padre su ayuda para poder acudir, puesto que, como la mayoría de los nobles que organizaban las fiestas eran personas que tenían hipotecas con Julius, no tenían más remedio que tolerar la presencia de ella si no querían enemistarse con el padre.
Llegó y lo divisó con una elegante viuda que lo rondaba.
Esto no le molestó, lo que le molestó es que él estaba examinando a la hija de los anfitriones.
La señorita Meredith Well estaba atravesando su tercera temporada y, al parecer, él estaba evaluando sus opciones.
Cuando la viuda se lo llevó para bailar, ella se acercó a la muchacha que estaba segura de que él iba a sondear como su futura esposa.
―Buenas noches, señorita Well.
―Buenas noches…
La joven no recordaba el nombre o el apellido de ella. «Cabeza hueca» , pensó en su interior Brenda, porque habían hablado en numerosas ocasiones y esa joven solo tenía pensamientos sobre sombreros…
Estaba enfadada porque Nicky estuviera valorando esa tontería por más de un segundo…
―Brenda, soy la señorita Brenda Brown
―Sí, sí, cierto, la joven de los sombreros de flores secas. ―Brenda rodó los ojos.
―He venido a advertirle, señorita.
―¿A mí? ¿Es sobre el sombrero con el lazo de seda que he comprado esta mañana? Sabía que no sería una buena opción…
―No, no. ―«Pobre muchacha», volvió a pensar―. Lo cierto es que sé de buena tinta que el duque de Beauford tiene el pensamiento de cortejarla.
―¿A mí? ―preguntó sobresaltada al oír el título de él.
―Sí, y, por nuestra amistad de estos años, vengo a avisarla.
―¿De qué?
―Es un duque horrendo, al que le gusta meterse en muchas peleas, ya ve el ojo que trae, todo morado…
―Es típico de los hombres demostrar que son mejores que los demás. ―La muchacha restó así importancia a lo dicho por Brenda. Entonces supo que debía sacar artillería más pesada.
―He oído que le huelen los pies como el queso más podrido. Eso sin contar su apestoso aliento. ¿Se imagina vivir al lado de un hombre semejante?
―Bueno, no todos son perfectos, cada uno tiene lo suyo. Lo importante es que es un duque. ―La joven ya se veía siendo duquesa.
―Sí, es cierto. ―Ella suspiró.
―Padre se contentará al saber que he llamado la atención de un lord tan importante.
―La lástima es que… ―Brenda optó por un silencio estratégico ahora.
―¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?
―Sabe, señorita, que soy la hija de un banquero, ¿cierto?
―Sí.
―Tengo acceso a informaciones delicadas, por así decirlo, sobre la fortuna que acapara Beauford y los presagios no son del todo buenos…
―No he entendido ni una palabra… ―Brenda suspiró. «¿Esa pobre muchacha no tenía sesera?».
―Él está arruinado y ello supone que, si usted no aporta una buena dote, no podrá comprar ni un solo sombrero decente…
―¡Oh, Dios mío! Es del todo imposible que pueda casarme con él. Por favor, se lo suplico, ¡ayúdeme!
―Y lo haré, querida… Lo único que tiene que hacer es no dejar que le hable, huya despavorida cuando él se le acerque. Y, sobre todo, sobre todo transmita lo que le he contado sobre el duque a sus amigas casaderas. Ese hombre no es para nada un buen partido.
―¡Oh! Sí, es verdad… debo avisar a mis amigas… ¡a todo el mundo!
―Y no olvide comentar que no puede parar de eructar y peerse a todas horas… el pobre tiene una enfermedad… ya sabe… Algo muy desagradable…
―¡Qué horror! ―La joven huyó despavorida para contar las novedades sobre ese hombre al que no conocía y al que se negaba a conocer jamás.