Capítulo 8
Un cortejo, una seducción y
una extorsió n
Estaba completamente decidida a cumplir su amenaza.
Tal era así, que nada más ingresó en su casa y vio la cara de pocos amigos de su padre, decidió ponerle ojitos con el fin de ablandar su corazón.
No sirvió de mucho, pero, al menos, el señor Brown accedió a entrevistarse con ella en su despacho en cuanto ella recuperase un aspecto decente, es decir, sin sus pantalones, tras un buen baño, y con un bonito vestido que le recordase que era su hija.
Después de hacer lo que su padre le había ordenado, ella se sentó nuevamente ante él para hablar sobre el futuro más inmediato.
―Brenda, esto no puede continuar así, en los últimos tiempos has convertido tu vida, y ya puestos la mía, en un asunto turbio.
―Lo sé, padre.
―Primero el escándalo con lord Dacre y tu…
bueno, tus asuntos con Beauford ―Julius sudaba cada vez que recordaba que ella se había entregado a un hombre y que aún no había habido boda―, luego tu intervención en el combate de ayer, que gracias al cielo pasó desapercibida.
Y no contenta con todo ello has dormido fuera de casa.
¿Pretendes matarme de un disgusto? Tu reputación está más que arruinada. Por favor, no puedes continuar así.
―Lo sé, padre, pero le prometo que todo acabará pronto.
―¿Cómo acabara esto, hija mía? Dios sabe la paciencia que estoy teniendo para no ir a buscar mis pistolas y obligar a Beauford a casarse contigo.
―Ya le dije que fui yo la que me negué. Aun así, le aseguro que me casaré con él.
―¿Cuándo?
―Pronto.
―¿Cuándo? ―volvió él a preguntar, decidido a tener una fecha concreta.
―Padre, convendrá conmigo que mi reputación no puede estar más socavada de lo que está, ¿cierto?
―En efecto. Es un milagro que a tu madre y a mí nos sigan abriendo las puertas en algunos círculos.
―Le prometo que todo mejorará cuando sea duquesa.
―¿Lo serás?
―Tengo que conquistarlo ―señaló con la boca pequeña.
―¡Por amor del cielo, Brenda! Hay un acuerdo firmado.
―Tiene que confiar en mí, padre, me acabaré casando con él, pero todo se ha complicado mucho. Lo deseo a él como esposo, pero él no confía en mí. Para que mi matrimonio sea como el de ustedes, tengo que hacer lo que debo.
―¿Y qué implica eso, hija mía?
―Padre, no puedo decírselo, pero le prometo que no les avergonzaré más a usted y a madre. Confíe en mí una última vez. Todo va a salir bien.
―¿Acabará en boda?
―De una manera u otra, acabaré casándome con Nicky.
Ella de verdad esperaba que así fuese. Estaba dispuesta a todo para lograr lo que quería, y lo amaba a él. Además, él no podía confesarle que la amaba y luego casarse con otra… ¡De ninguna manera lo permitiría!
Por su parte, Julius suspiró. Su hija estaba en la peor de las situaciones y, aun así, le pedía más manga ancha.
Él ya no quería saber ni para qué. Decidió que la apoyaría y a Dios se encomendaba para que al final toda esta pesadilla tuviera un final feliz, porque, de lo contrario, tendría que enviarla a América o a las colonias para que Brenda comenzase una nueva vida, puesto que en Londres nadie consentiría en recibirla o hablar con ella públicamente.
Y una Brenda orgullosa a la que su padre le había dado una asignación, comenzó con el proceso de cortejo. Esa misma mañana ella se enfundó su mejor traje y decidió que era el momento de ir a ver cómo seguía el enfermo.
Llamó a la puerta de Nicky y cuando oyó un «adelante», ella accedió.
Sabía que su aspecto lo dejaría con la boca abierta, pero estaba segura de que lo que lo dejaría sin respiración sería el bonito ramo de rosas rojas que ella portaba en un brazo y los dulces de chocolate ―sin licor― que llevaba en el otro.
Nicky la tenía ante él y no podía dejar de pensar en lo rematadamente loca que estaba la dama. Ella se había tomado muy en serio su amenaza de cortejarlo. Prueba evidente era lo que tenía delante. ¡Y maldita sea! ¿Por qué su vestido tenía que ser tan rematadamente bajo?
Brenda entró como si poseyera toda la habitación. Mandó a la criada que la había acompañado y que le permitió la entrada a regañadientes en busca de un bonito jarrón con agua. Pidió agua y compresas limpias para cambiar las vendas y se sentó junto a él para mirarlo.
El duque estaba tan asombrado con la actuación de ella que no fue capaz de decir nada hasta que ella trató de tocarle la frente. Él se apartó para que ella no rozase su piel. No quería que lo tocase.
―¿Cómo estás? Tienes mejor aspecto que esta mañana ―señaló ella mientras se inclinaba para tocarle la frente. Tanto se quiso apartar él, que ella cayó sobre el duque. Bueno, en honor a la verdad, Brenda no trató de no caer sobre él…
―¡Ouch! ―Se quejó Nicky cuando sintió el peso de ella sobre él―. ¿Acaso has venido a terminar de rematar el trabajo de Dacre, Briana?
―Brenda, soy Brenda. Y no, he venido a cuidarte y mimarte. ―Ella aprovechó el momento para darle un ligero beso en los labios a modo de excusa. ¿Por qué no cortejar y seducir al mismo tiempo?
Por supuesto, él no lo tomó a bien.
―¡No vuelvas a hacer eso! ―El duque había tomado una decisión y Brenda tenía que respetar sus deseos de no casarse con ella. Que el ligero toque de esa mujer hubiese removido su ingle, era algo del todo secundario.
En respuesta, ella le sonrió. Se levantó y abrió las ventanas para airear la habitación.
Cogió la caja de chocolates y la abrió. Se posicionó en un ángulo para que él la viese muy bien.
Abrió la boca mirándolo fijamente y mordió de modo sugerente.
Engulló el primer pedazo y se relamió obscena los labios.
―Uhm. ―En efecto, eso sonó más indecoroso que otra cosa―. ¡Qué delicia, Nicky! ¡Oh, Nicky! ―Ella llevó el segundo trozo del chocolate a su boca y cerró los ojos señalando el placer que le daba comer esos dulces―. Uhm, Nicky, deseo otro más. ―Brenda repitió la acción al comer un segundo chocolate.
Lo veía mirarla. Sus ojos eran negros, pero en esta ocasión se habían dilatado hasta no poder distinguir su color de la pupila. Estaba ardiendo, ella lo sabía porque con toda la actuación deseaba que él suspirase por ella.
―No va a funcionar ―habló él con la boca seca. ¿Desde cuándo esa mujer sabía coquetear tan descaradamente…? Incluso parecía una cortesana experta―. Además, se supone que traías los dulces para mí, no para comértelos tú.
―Tienes razón. ―Brenda se levantó y agarró dos dulces. Se acercó a él―. Abre la boca, Nicky. ―Su voz se volvió sensual nuevamente.
Y él la abrió. No porque quisiera ser alimentado, tampoco porque desease lamer sus dedos con su lengua…
cosa que hizo en cuanto ella le puso el dulce en los labios.
La muy pícara incluso había dejado sus yemas más tiempo del necesario en su boca…
No, lo que hizo que el duque abriese la boca de par en par fue tener los pechos de ella pegados a la altura de sus ojos mientras ella sostenía el dulce.
¡Dios del infierno! Él estaba en problemas y su entrepierna ya brincaba dando saltos de alegría imaginando las cosas que hacía unas pocas horas ella había dicho que le haría en cuanto llegase a la seducción…
¿Estaría ya Brenda en la fase de la seducción?
¡Sí! Ella lo estaba, porque la desvergonzada se había acercado a lamer con su lengua la comisura de sus labios aludiendo que él se había manchado y no tenía a mano un pañuelo para adecentarlo…
Nicky ya se imaginó embadurnado de chocolate mientras ella lo aseaba con la única ayuda de su suave lengua pecaminosa. Este hecho pareció recordarle que ella era la serpiente del jardín del Edén que había regresado para tentarlo.
―¡Vete! ―ladró él.
―No puedo hacer eso, no aún ―sugirió ella inocentemente.
―¿Por qué no, si yo te lo estoy ordenando? ―No podía despegar los ojos de sus senos. Parecían más grandes…
―Debo limpiar tus heridas.
Brenda usó sus pechos para mantener la atención de él, al tiempo que le quitaba la camisa de dormir. Justo en ese momento entraron varias doncellas.
―Pongan el jarrón sobre la mesa central y traigan los paños aquí, por favor.
―¿Bajo qué autoridad mandas a mi personal de servicio?
―¿No lo sabes? ―Se hizo la inocente otra vez.
―¿El qué?
―Soy la futura duquesa de Beauford…
―Tú no eres mi futura esposa.
―Ambos sabemos que es cuestión de tiempo que lo sea. En cuanto se te pase ese tonto enfado.
―No fue tonto que me dejases justo cuando el hombre de Dios llegó para oficiar la boda.
―¿Llegó a venir? ―Ella se sintió mal.
―Diez minutos después de que te marchases.
―Bueno, podemos llamarlo ahora que estoy aquí. Sería una boda muy íntima. Tu personal de servicio puede hacer las veces de testigos.
―El infierno se congelará antes de que me case contigo.
―Bueno, hoy he notado un viento gélido en el ambiente.
―Por favor, vete. ―Trató él de echarla una vez más.
―En cuanto te cure.
Brenda se acercó y palpó todo su torso. Estaba magullado.
―¡Me haces daño! ―se quejó Nicky cuando ella trató de presionar su pezón. Esa parte de él le había llamado poderosamente la atención―. Además, ahí donde tocas no estoy herido.
―He traído un aceite muy bueno que te dejará como nuevo. Recuéstate.
Y lo obligó a hacerlo con la mano. Ella se empleó a fondo cuando lo untó. Él tembló de expectación cuando llegó hasta su vientre. Nicky no iba a ocultarle su erección. Esa mujer tenía la culpa de que él estuviera en ese estado.
Brenda sentía las mejillas encendidas. Tenía que ser atrevida. Después de todo, él iba a acabar siendo su esposo… ¿Qué mal podría haber en investigar el cuerpo de su futuro marido?
Nicky la sentía dubitativa. La mano de ella había rozado su calzón, pero no se atrevía a inspeccionarlo.
―Me han gustado las flores.
―Las he comprado para ti. Cada mañana te serán entregadas.
―¿Vienen con una nota?
―Por supuesto. ―Ella continuaba con su masaje, pero en la parte alta de su pecho.
―¿Qué dice?
―Es un bonito poema que he pensado para ti.