Capítulo 7 #3
―Oh, Nicky, quiero dormir un poquitín más, por favor… ―Ella pasó sus brazos sobre él para apresarlo. Por inercia, los de él quedaron ligados a la espalda de ella―. Y no me vas a hacer enfadar llamándome con otro nombre. Así que no intentes enfadarme porque no lo vas a conseguir de ninguna manera.
―No deberías estar aquí. ¿Cómo has entrado?
―He trepado por la enredadera, he dado con la ventana que no tiene pestillo. Duérmete, Nicky, tienes que ponerte bien ―solicitó remolona.
―No, definitivamente, tienes que irte. ―Él comenzó a empujarla y ella abrió los ojos para mirarlo.
―¡Nicky! No me puedo creer que me estés echando de tu cama.
―¿Has acabado en ella porque Dacre ya se ha cansado de ti?
―¡Nicky! Qué feo eso que has insinuado. ―Ella se hizo la ofendida. Brenda sabía que se avecinaba una guerra y estaba dispuesta a lucharla. Él no conseguiría apartarla, no sin que antes ella luchase con uñas y dientes.
―No lo insinúo. Lo sé porque él mismo me dijo que fuiste a visitarlo.
―Fui a verlo para saber si me habías dicho la verdad.
―Mentirosa. Es lo único que faltaba añadir a mi lista. ¿Tengo alguna buena cualidad para ti, Brithny?
―Me llamo Brenda. Y sí, tienes muchas cualidades.
Él la miró extrañado.
―¿Te has dado cuenta de que estás embarazada, has tratado de colocarle el niño a Dacre y, como él te ha ofrecido un puesto como amante, has decidido que soy tu última salida?
―¡Por supuesto que no!
―¿Qué quieres, Loren?
―Brenda. Soy Brenda, todavía no sé si estoy embarazada, y soy la mujer a la que amas. ―Ella le sonrió sincera.
―¡Ja!
―¿Ja?
―Sí, «ja», porque yo no te amo.
―No es eso lo que decías anoche bajo los efectos del láudano.
―¿Me has drogado para sonsacarme mis sentimientos? ―preguntó con horror.
―¿Quieres dejar de pensar lo peor de mí? Es muy desagradable.
―¡Entonces ya sabes lo que yo sentía cada vez!
―Oh, Nicky. Te prometo que lo haré mejor. No debí haberme ido de tu casa. Lo siento. Siento no haberte visto antes, pero te prometo que te he descubierto.
―¡Ja!
―¿Por qué «ja» otra vez?
―Porque me importa muy poco que vengas ahora con lisonjas. Lárgate de mi casa.
―Vamos, Nicky, sé que eres un hombre orgulloso, pero estoy convencida de que no serás capaz de negar el amor que sientes por mí.
―Y no lo hago, porque tú mataste mis afectos en cuanto te marchaste y decidiste no ser mi esposa.
―¡Nicky, ibas a obligarme a casarme contigo!
―¡Porque te amaba!
―Bueno, pues ahora que he descubierto que yo te amo a ti, creo que estoy lista para casarme.
―¡¿Es que te has vuelto loca, Dorothy?! ―gritó con furia.
―Brenda, soy Brenda. Y sí, he descubierto que estoy loca por ser tu duquesa y que nada ni nadie me hará cambiar de idea.
―Antes se congelará el infierno.
―Vamos, Nicky, me amas.
―Eso no significa nada. El sentimiento se me pasará en cuanto meta a otra en mi cama. ―Ella lo miró dolida.
―Qué feo también eso que has dicho ―lo regañó.
―Es la verdad. Pienso casarme antes de que termine la semana.
―Un poco precipitado, pero supongo que después de mi comportamiento y mi negativa a casarme la última vez, no debo oponerme a lo que estimes oportuno.
―No, no lo has entendido.
―¿El qué? ―se hizo la inocente.
―Tú no vas a ser la dama que ocupe el lugar como mi esposa.
―¡Vamos, Nicky! Ambos sabemos que voy a ser yo la que acabe recitando los votos.
―Eso es imposible porque no voy a consentirlo.
Ella se tomó unos minutos para observarlo con atención. Él parecía muy seguro de estar hablando en serio. Pues bien, ella estaba más decidida que él a ganar, porque en juego estaban sus corazones.
―Mira, esto va a ser así. Como yo te rechacé en primera instancia, creo que es justo que yo te corteje.
―¿Disculpa?
―Cuando un hombre quiere demostrarle a una mujer que la admira y que quiere su amor, es costumbre que la invite a pasear, que le envíe flores, unos dulces, bellos poemas…
En fin, muchas cosas que yo no he recibido durante tu cortejo, pero que no voy a tener en cuenta porque sé que te he ofendido.
―Ella le sonrió de oreja a oreja. Él se pellizcó para ver si estaba soñando.
Nicky trató de ponerse de pie para estar a su altura. No pudo hacerlo porque le dolía todo el cuerpo.
―Definitivamente, te has vuelto loca.
―Estoy segura de que puedo conquistarte y voy a demostrártelo.
―Te he dicho que antes de que te tome por esposa el infierno se congelará.
―Tengo más planes si las lisonjas no funcionan.
Él bufó.
―No te servirán de nada.
―¿Quieres saber mis otras alternativas?
―No, no quiero.
―Bueno, te lo diré de todos modos. Después de cortejarte, si no has caído rendido a mis pies, pienso seducirte ―expuso, como quien dice que va a llover. Total, ya había desafiado todas las normas establecidas, ¿qué más le podía pasar? Arriesgaba mucho, pero también había demasiado que perder.
―¿Cómo has dicho?
―Me he dado cuenta de que has tenido multitud de amantes y que ninguna de ellas, o tú mismo, habéis tenido tiempo de investigar el motivo por el que a ese acto se le llama hacer el amor.
―¡Dios del infierno! ―«¿De verdad él estaba teniendo esta conversación con una mujer que a cada rato lo había desprestigiado?».
―Estaré al acecho, Nicky ―lo amenazó sin andarse por las ramas―, y cuando menos te lo esperes me presentaré desnuda ante ti. Comenzaré tocándote como hizo aquella mujer… ¿lo recuerdas, Nicky? Aquellos dos amantes que fueron espiados sin saber que tenían público.
―Detente… ―señaló él sin mucho aplomo. Lo que oía era escandaloso y para nada le apetecía que ella se detuviera, pero él era un caballero… al menos, de vez en cuando.
―Me arrodillaré como hizo ella, abriré mi boca y moveré la lengua igual que hacía ella con su amante. ―Sí, su voz sonó la mar de seductora y caprichosa. Él también se dio cuenta de eso.
―Por amor del infierno, Brenda. ―¡Cómo la deseaba en esos momentos!
―Eso es, me llamo Brenda, y seré yo quien luego de haberte saboreado, reposará desnuda y exigirá que hagas lo mismo que yo te he dado a ti.
Querré sentirte con tu boca y, por Dios, Nicky, espero que no me hinques un diente, porque la última vez que me tocaste entre la humedad de mis piernas, me arañaste.
―Si no te vas juro que te tumbaré en la cama y pronto te hincaré el diente, como bien has dicho.
―¿No quieres saber lo que te haré luego, Nicky?
―Vete, por favor, o me levantaré y no podrás huir. ―Su entrepierna estaba amotinada.
―Te lo diré de todos modos. Te tumbaré sobre tu espalda y cabalgaré sobre ti para tomar mi placer y que tú estés a mi disposición.
Y cuando yo haya gritado de placer te permitiré que tú grites el tuyo.
―En efecto, esa semana le había servido a ella para disfrazarse de lacayo y entrar en una librería en busca de material que le pudiera servir para conseguir su atención.
Por lo visto, estaba funcionando. Eso que veía sobresaliente y que hacía levantar la sábana era una prueba más que suficiente.
No pudo más y tuvo que levantarse. Nicky no llegó más que a inclinarse. Le dolía demasiado todo como para hacerlo y la necesitaba sobre él en la postura última que ella había dicho.
Brenda, viendo que él trataría de agarrarla, corrió hacia la puerta.
―Ven aquí ahora mismo. No puedes decir toda esa clase de cosas y no hacerlas.
―¿Si las hago te casarás conmigo? ―Tanteó ella.
―¡No! Ya tuviste tu oportunidad y me despreciaste.
―Entonces, primero trataré de conquistarte y luego de seducirte.
―Te prometo que no te servirá de nada, más que para que te haga el amor de la forma en la que lo has dicho sin nada a cambio.
―Bueno, tengo un tercer plan en marcha por si los dos otros fracasan.
―¿Cuál? Porque no hay nada en este mundo que me impulse a cambiar de idea.
Brenda abrió la puerta dispuesta a marcharse. Salió y luego asomó la cabeza.
―Pienso llamar a mi hermano y decirle que no quieres casarte conmigo. ―Le sonrió al tiempo que le guiñaba un ojo, y cerró para marcharse de allí.
―¡Brendaaaaaa! ―lo oyó gruñir desde las escaleras.
La mujer comenzó a correr por si acaso él se ponía en pie y decidía seguirla por todo Londres. Además que la carrera que estaba realizando bien le servía para bajar la calentura que ella misma se había provocado…
Nicky no podía creerlo. Era la mujer más malcriada que había conocido. Era como un niño al que le quitaban un dulce. Cuando lo tenía no quería comerlo y cuando no lo tenía lo quería.
¿Qué derecho tenía ella a presentarse en su casa, meterse en su cama, dormir abrazada a él, decirle que lo amaba, que iba a conquistarlo, seducirlo, y a casarse con él? ¡Ah, sí! Y que si todo lo anterior fallaba, ella se chivaría a Gordon.
No era tonto. Si Brenda iba a quejarse a su hermano y le decía que él no quería casarse, el barón Latimer lo haría cambiar de opinión, incluso a punta de pistola si hacía falta.
Lo mejor sería alejarse de la dama todo cuanto pudiese y comenzar la búsqueda de otra mujer que estuviera dispuesta a casarse con él.
Tal vez si lo veía coquetear con otras féminas, ella desistiría de su loca atrocidad.
¿Sería capaz ella de conquistarlo? ¿De seducirlo?
Intuía que si ella se ponía desnuda ante él, él le bajaría la luna si ella se lo pedía…
Definitivamente, Nicky tenía que ir rápido a por un hombre que arreglase esa dichosa ventana para que la serpiente del Edén no volviera a colarse en su alcoba y, más precisamente, en su lecho .