Capítulo 7 #2
Ella no era asunto suyo. Le dio una salida y la mujer la cogió sin pestañear. Lo único que quedaba era darle a Dacre su merecido para olvidarse de ella y poder seguir con su vida.
Cada día al despertarse trataba de convencerse de que era una simple mujer y que como ella había miles. Así que para sacarla de su cabeza, su corazón y sus sueños, lo mejor sería reemplazarla por otra. ¿Por qué no intentarlo al menos?
Él regresaría a Londres. Llegaría para pelear por el honor de una dama que lo había rechazado y buscaría a su futura duquesa… No era un mal plan, ¿verdad?
Salieron cada uno de una zona. Prácticamente, subieron al ring al mismo tiempo. Lo vio sonreír y, cuando se acercó, supo que venía a mofarse.
―Sé de buena fuente que te has quedado sin esposa, Beauford.
―Mis asuntos privados no te incumben.
―Sí, cuando esos… asuntos vienen en mi busca para exigir la verdad sobre mis sentimientos hacia… ella…
El duque apretó los puños. Aún no había dado inicio el combate y por más ganas que tuviera de romperle la nariz, no debía hacerlo… No, todavía no.
Sonó una campana y Nicky comenzó a desquitarse.
El conde era un duro hueso de roer. Era más corpulento que él, pero el duque era veloz.
Además que Nicky estaba ya en buena forma.
Se concentró en recordar cómo ella lo había desmerecido por ese hombre que tenía delante y que lo miraba divertido, como si fuese el vencedor de algo…
En estos momentos, Nicky se arrepentía de haberla dejado libre.
Por lo visto, lo primero que hizo la dama fue ir en su busca con el chisme…
Puños, sangre, dolor, ira. Todo eso se concentraba en lo alto del ring mientras un gran número de espectadores vitoreaba a su preferido. Las apuestas estaban muy equilibradas entre ambos, pues cualquiera podía ganar.
En uno de los golpes, Dacre se acercó a su oreja:
―Pase lo que pase aquí, recuerda que yo te he ganado. Ella regresó por mí, Beauford.
El duque lo vio todo negro. Comenzó a pelear como si en un campo de batalla estuviese y su vida dependiese de sus puños. Le pegó, le pegó y le pegó… y por más que le atizaba no se cansaba de darle.
Los amigos que estaban con él saltaron de inmediato para tratar de agarrarlo.
Se desembarazó de ellos. Mientras llegaba de nuevo hacia Dacre vio a un muchacho subir al ring y agacharse frente al maldito conde.
Lo vio girarse y mirarlo con seriedad, al tiempo que levantaba una mano para ordenarle que no se acercase.
El duque, por un segundo, se centró en el verde de sus ojos. Ese verde tan puro que imitaba ser como una esmeralda.
―Nicky, por amor del cielo, detente. No sigas, por favor. No quiero que lo mates.
Ella. La serpiente del Edén se había colado en el ring para defender a su amado.
Nicky la miró de una manera tan acusadora que Brenda se sintió empequeñecer. Él se dio la vuelta y dejó a su rival en el suelo. Todo lo que tenía que hacer con respecto a esos dos ya era historia. Lo mejor que podía hacer era dejarlos a un lado y seguir con su vida.
―Nicky, Nicky, espera. ―Ella salió detrás de él pero la gente comenzó a aplaudirle y a felicitarlo, y ya no pudo seguirle la pista entre la gran multitud.
Brenda se giró de nuevo para ver a Dacre. El hombre, más magullado que Nicky, la miraba atento.
―Tal vez te deba mi vida. ―El conde era consciente de que en caso de que ella no hubiera aparecido, posiblemente, Nicky hubiera continuado dando golpes que en algún momento se habrían convertido en mortales.
―… pero creo que me ha costado mi felicidad. ―No había que ser un lumbreras para predecir lo que Nicky estaría pensando en esos mismos momentos…
Ella había saltado en defensa de Dacre y, nuevamente, había pisoteado el orgullo de un hombre que solo se había valido de ese sentimiento desde que tenía uso de razón. Bien lo sabía ella, que había observado a Nicky con atención toda su vida.
***
―¡Ouch! ―Brenda se había tropezado al entrar por la ventana de la casa.
Después de haber sido reñida y reprendida con ahínco por Julius por haber subido al cuadrilátero, ella decidió que lo que tenía que hacer era ir en busca de Nicky.
Así que, en un despiste de su padre, ella huyó hacia la casa de él.
Confiaba en que debido a sus heridas él se refugiase unos días en la ciudad antes de regresar al campo, o tendría que escabullirse hacia Park Camp para hablar con él.
Entró trepando por una enredadera. En una de las conversaciones entre Gordon y Nicky, los había escuchado decir que había una ventana que no tenía pestillo porque el duque solía perder la llave y entraba accediendo por una ventana, y ella acababa de comprobar que era verdad.
Entró en la habitación y miró a su alrededor. Lo más complicado, que era haber accedido a la casa, lo había logrado, solo faltaba dar con la habitación de él.
Despacio, abrió la puerta para ver si en el pasillo había alguien. Oyó unas voces. Al parecer, el médico había venido y le había suministrado un poco de láudano para ayudarle a dormir. Cuando vio que era seguro se acercó hasta la habitación donde una sirvienta y el médico habían estado conversando.
Accedió a la habitación y cerró la puerta con llave tras de sí. Se acercó con cuidado. Él estaba tumbado y se quejaba.
―Nicky, Nicky…
Lo vio abrir los ojos y mirarla. Estaba tan malherido como Dacre.
―No, no vengas hoy también a martirizarme.
―Tenemos que hablar.
―No, no. Te prohíbo que te cueles en mis sueños. No quiero saber nada de ti. Has acabado de hacerme daño. No te dejaré entrar hoy, mis sueños son míos, y tú no tienes derecho a colarte y recordarme que te he perdido y no te tendré.
―Nicky… ―Él parecía tan atormentado. Ella sintió que su corazón se saltaba dos latidos por la emoción de la confesión.
Vio a un lado una jofaina de agua y varios trapos. Se fue hacia ellos para comenzar a curarlo.
―No, no me toques. No quiero que lo hagas, no tengo derecho. No eres mía.
―Nicky, tengo que limpiarte las heridas para curártelas.
―No puedes sanar la más grande.
―Puedo sanarte si me dejas. ¿Puedo limpiar tus heridas del rostro?
―¿Y mi corazón?
―¿Qué sucede con tu corazón, Nicky?
―Lo has pisoteado por última vez. ¡Vete! ―Ella dio un paso atrás por el grito tan enérgico que el hombre había dado. Era momento de ser valiente.
―Debes saber que no pienso irme. No vas a poder echarme.
―Debí suponerlo. Todas las noches tenemos la misma pelea. ¿Nunca voy a ganar? Eres un fantasma que me va a atormentar…
Lo vio con los ojos muy negros. La medicación le estaba haciendo efecto.
―Soy la mujer que espero que elijas para desposarme. ―Ella le acarició con cuidado el rostro.
―No. No haré eso nunca más. Otra. Otra ocupará tu lugar. Mañana mismo empezaré la búsqueda.
―¿Me amas, Nicky? ―Él estaba en una especie de delirio y esperaba sonsacarle la verdad.
―Desde que te vi quise tu atención. Tal vez fuese debido a la complicidad que Bella y Gordon siempre tuvieron.
Yo quería tener una amiga y creí que por asociación podrías ser tú.
Brenda. Brenda. Pero Brenda no quería perder el tiempo con alguien tan por debajo de su superior intelecto, y menos con un hombre que no tenía nada que ofrecerle y del que solo vería que iba tras ella por su fortuna.
―Lo siento, Nicky. Lo siento mucho, no sabía cómo te sentías cuando estabas cerca. Creí que yo te era indiferente.
―Lo intenté. No quería fijarme en ti, pero son tus bonitos ojos lo que me matan y me devuelven la vida. Ese color tan vital, tienes tanta fuerza en tu mirada que siempre me hacías sentir inferior.
―Lo siento tanto, Nicky. Lo siento de verdad. No quería que las cosas fueran así entre nosotros.
―¿Y con Dacre? Lo amas.
―No, no lo amo.
―Sí, lo dijiste.
―No sabía dónde estaba mi corazón, Nicky.
―Viniste por él, me lo dijo. Por eso casi lo mato. Nuevamente, te pierdo. Él va a casarse con otra.
―Lo sé. Tuve que regresar para hablar con él. Me di cuenta de que te quiero a ti a mi lado. Es pronto para decirlo, pero creo que te amo.
―Oh, bonitas palabras… tan tardías.
―¿Tú me amas?
―No quiero hacerlo.
―Dilo, Nicky, di si me amas y te prometo que no descansaré hasta que pueda hacerte ver que soy merecedora de tu amor.
―Te amo. Pero no pierdas el tiempo. ―Él tenía ya los ojos cerrados.
―¿Por qué habría de perder el tiempo al amarte?
―Porque nunca te perdonaré.
Y él se durmió en ese preciso momento dejándola a ella con el corazón partido en mil pedazos. Se acercó hacia él para acariciar ese pelo lacio que mantenía sujeto en una coleta. Le acarició la cabeza y se atrevió a darle un tierno beso en los labios.
―Pienso demostrarte que soy la mujer que necesitas. No voy a darte cuartel en esta guerra. Mi duque orgulloso, has dado con la horma de tu zapato, porque estoy empeñada en hacerte mío y no cometo dos veces el mismo error, y más cuando mi corazón, como yo, ya somos tuyos.
Nicky eligió ese preciso instante para moverse y Brenda acabó sin querer evitarlo junto a él en la cama, sujeta entre sus dos brazos. Para estar magullado él no parecía quejarse.
Bueno, ¿qué mal habría en echarse un ratito en la cama junto al hombre que amaba?
***
Le dolían hasta las cejas. Todavía había claridad, pero estaba tan cómodo con alguien que le daba calor que… Nicky abrió los ojos con espanto. Vio una larga melena castaña enredada en uno de sus brazos. Bajó la vista y vislumbró una camisa blanca, un chaleco de raso y unos pantalones.
―¿Qué diablos?
Brenda se apretó contra él dándose la vuelta y se quedó pegada sobre su pecho. Ella se negaba a despertar. El aire escapó de su pecho cuando vio que ella estaba metida en la cama con él.
―Beatrice, Beatrice, Beatrice… ―Él no volvería a llamarla por su nombre jamás. Por más que sus labios lo estuvieran llamando a gritos, él no permitiría que ella volviese a hacerle daño.