Capítulo 7
A la caza de un lord reticent e
La última semana pasada había servido para examinar sus emociones y sensaciones. Brenda tenía su corazón en un puño y le dolía la cabeza de tanto pensar.
No era el hombre que creía. Ni el uno ni el otro…
Cierto que había regresado a la ciudad para tratar de averiguar lo que sentía por Dacre.
También es verdad que le había vuelto a pedir un beso para saber la reacción de su cuerpo ante el hombre del que se creyó enamorada.
Sin embargo, el contacto con él se sintió frío, muerto, sin chispa, sin vida.
Nicky la encendía al primer roce. Tal vez fuera debido a los años en los que había estado tratando de convencerse de que no era el hombre adecuado para ella, pero, por lo visto, su mente decía una cosa y su cuerpo otra muy diferente.
La revelación había sido dolorosamente amarga.
Había adquirido una conexión muy fuerte con el hombre que la había ayudado a saber escribir, a buscar la verdad…
Sí, sí, eran chismes, pero contados desde la veracidad.
¿Se arrepentía de haberlos hecho públicos?
Mentiría si no admitiera que hasta que no fue ella el centro de las miradas, no se dio cuenta de lo que suponía estar en las páginas sociales, pero lo que allí se contaba era verdad, por lo que ella era culpable de lanzar al público hechos íntimos.
Tal vez se mereciera probar su propia medicina…
¿Pero qué culpa tenía ella de querer escribir y que por ser mujer no le diesen más que las migajas?
Había soñado con ser la voz fuerte de las sufragistas, incluso de destapar algún escándalo producido en las colonias, sin embargo, su condición de mujer la frenaba y frenaba. Y esa misma condición femenina era la que la había impulsado a centrarse en él: Nicky.
¿Cómo había estado tan ciega con él? ¿De verdad él la había visto y descubierto como le aseguró, o sería una treta para que ella se confiase y humillarla? Esta última opción no quería descartarla del todo porque entendía que él estuviera molesto y que quisiera hacérselo pagar.
Esa larga y penosa semana encerrada en su casa con la única compañía de algún libro, le había servido para determinar dos cosas.
La primera era que se veía a sí misma como una mocosa consentida a la que cuando le quitaban algo lo quería con más fuerza, y la segunda era que ella reconocía la veracidad de este hecho y se había empeñado en que él la quisiera como su esposa.
Cuando tuvo a Dacre frente a frente, cuando él le confesó que no la quería más allá de ser su mejor columnista de rumores y que por ello nunca había dado un paso, sintió la liberación de su corazón.
Había sido una suerte que el hombre del que creyó estar enamorada se hubiera visto frenado en sus avances, porque tal vez ella estaría encadenada a un hombre al que no conocía en absoluto.
Pero ¿conocía a Nicky? No se había molestado nunca en verlo más que a través de sus anteojos para luego escribir y leer sobre él. Era un hombre extraño. Parecía una cosa cuando, en realidad, era otra muy diferente.
Según le había dicho, él ya no bebía. Odió siempre verlo esclavo del alcohol, y él había quitado uno de los mayores impedimentos, por lo que ella no lo podría querer como su esposo jamás.
A lo largo de su relación con su hermano, Brenda consideraba a Nicky un egoísta, tanto o más que Dacre, pero al ofrecerle la liberación, al darle la oportunidad de salir de su casa sin tener que casarse con él pese a que ella pudiera portar a su heredero en su interior…
Ese gesto que en primera instancia había sido tomado a la ligereza, era mucho más.
Nicky había renunciado no solo a la escandalosa dote, sino también a su heredero, si es que al final lo había, claro.
Faltaban unas semanas para que ella sufriera los días de mujer, por lo que pronto sabría si había embarazo o no. Una parte de ella quería tener al niño y otra no, porque Brenda no estaba segura de cómo iba a terminar toda esta situación.
Si no hubiera estado tan obsesionada con aclarar su corazón, con saber si lo que Nicky le había contado de Dacre era verdad… ella podría estar casada. ¿Felizmente? No lo sabía a ciencia cierta, sin embargo, una vez que tomase esposo, ella tenía claro que iba a tratar de ser feliz con él.
¿Quería que Nicky fuese su esposo? A lo largo de esa semana había tenido una batalla campal con su mente.
Por un lado, deseaba ser la duquesa de Beauford porque creía que Nicky era un hombre que merecía ser amado.
Cuando la llevó a su finca con la idea de hacerla su esposa, ella vio en él un corazón tan herido que se moría de ganas por sanar, pero, a la vez, tenía mucho miedo porque, ¿y si él volvía al whisky y las mujeres?
No podría soportar que la traicionase. Creía fervientemente en el voto de la fidelidad y se moría si ella entregaba su alma y esta no era correspondida con más amor.
Tanto había estado pensando, cavilando y rumiando a lo largo de esta interminable semana, que decidió que Nicky era el hombre que deseaba tener como esposo.
Ella era una persona inteligente, de mente ágil, y se vanagloriaba de ello, por lo que sería capaz de darle a Nicky lo que él necesitase para estar a gusto en su matrimonio.
Y era tan esencial y estaba tan claro lo que el buen duque necesitaba, que ella se veía capaz de dárselo: amor.
Él precisaba el entendimiento de una persona que le abriese su corazón y en la que él pudiera confiar.
Brenda era plenamente consciente de que le había fallado, traicionado su confianza.
Como amigo de su hermano, ella debía haber estado más pendiente de sus necesidades, pero más allá de ver a un hombre que nunca se fijaría en una mujer poco atractiva como ella, no se había planteado que debajo de todos esos músculos ―que volvían a estar ahí después de unos cuantos años de no haberlos visto debido al abandono de él por su cuerpo― latía un corazón puro que necesitaba consuelo y que alguien se preocupase por él.
Amante. Él se había encamado con muchas y grandes mujeres.
Ella podía hacer una lista mental con todos los nombres, porque en estos momentos en los que Brenda estaba siendo honesta con ella misma debía admitir que estaba celosa.
Tremendamente celosa de ellas. Esas miserables que lo habían usado como a un perro de caza y al que, probablemente, no le habían enseñado cómo se debía tocar a una mujer.
En efecto. Cuando él le preguntó si había disfrutado cuando le hizo el amor y ella dijo que no, supo que el pobre no era consciente de su falta de pericia.
¿A qué se podía deber eso? A que había consumado el acto, pero nunca se había entregado a una mujer, no había amado jamás a ninguna y ella tenía que ser la primera que le enseñase que hacer el amor era eso: amarse, con el cuerpo.
¿Cómo lo haría? No tenía demasiada idea, porque si él estaba enfadado cuando la vio con su bolso a punto de huir…
no quería ni imaginar lo enfurecido que debió de estar cuando ella se marchó de casa de él sin pensarlo…
Y tampoco se podía hacer una idea de lo furibundo que se pondría cuando viese que ella iba a cazarlo.
Oh, sí, Beauford iba a ser su presa, porque ella se había dado cuenta de que lo quería cuando no lo tenía, y era momento de dejar a un lado los miedos y temores e ir a por lo que su cuerpo anhelaba y lo que su mente le empezaba a decir que debía ser suyo.
¿Cómo saldría todo ello? Sinceramente, esperaba que bien, porque cuando una idea se le metía en la cabeza no había forma humana de hacerla cambiar de parecer.
Y esto nos llevaba a la siguiente pregunta: ¿por dónde comenzar?
Era el día en que Beauford y lord Dacre habían acordado celebrar ese duelo reconvertido en pelea sobre un ring .
Su padre la iba a acompañar. Lo suyo le costó convencerlo, pero cuando le dijo que ella se había empeñado en ser duquesa y que, para lograrlo, muy probablemente, iba a tener que seguir saltándose las reglas sociales…
Sí, es verdad que el señor Brown dejó de prestar atención en cuanto ella le dijo que quería ser duquesa.
El hombre quería un título nobiliario de alto rango para su hija y Julius tenía que admitir que cada vez le gustaba más Nicky.
No era por el hecho de que él volviera a parecer un hombre decente desde que se alejó de sus malos hábitos, sino porque a Brenda no le quedaba más remedio que casarse con él o no casarse, puesto que la terca mula de su hija no quería tener un marido que él hubiese comprado con gusto para ella.
No había llegado a tiempo de disuadir a Nicky para que no subiese al ring .
La pelea había comenzado y estaba muy avanzada.
Lo veía ahí arriba con unos finos pantalones y el pecho descubierto, y él era todo un adonis.
Le dolió el alma cuando lo vio con un ojo morado y escupiendo sangre de la boca.
Dacre no presentaba mucho mejor aspecto que él, sino todo lo contrario.
Desde lo lejos veía a Nicky golpear sin piedad a Dacre y ella no pudo agachar la cabeza.
Entendía perfectamente que una mujer se viese obligada a intervenir en cuestiones varoniles, y más cuando la vida del hombre por el cual ella iba a darlo todo estaba en peligro.
No, no. No es que Nicky fuese perdiendo, el problema es que él iba ganando y, si ella no subía allí arriba y se interponía entre ambos, acabaría matando a Dacre y Nicky se vería en la horca por asesinato…
Así que hizo lo que tenía que hacer.
***
Nicky llevaba una semana volcando su agonía en la preparación de la pelea.
Sus establos ya tenían una presencia más que digna, incluso se había comprado un semental con el que se ejercitaba cada mañana.
Montar y correr. Correr y montar para olvidarse de ella.
Esa terrible mujer que lo había abandonado sin mostrar el más mínimo reparo.
Darle una paliza al conde lo tenía absorto en una nueva meta.