Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

―Te creo. ―Ella trataba de ser amable y no herirlo, él lo sabía. No había mentira en sus conclusiones, sí vergüenza al hablar de algo tan íntimo, pero Brenda no estaba faltando a la verdad.

―Tal vez esta sea otra señal… el universo nos está diciendo que no deberíamos estar juntos.

―Tienes que saber una cosa, Brenda.

―Por favor, Nicky, déjame ir. ―De verdad creía que podría hacerlo cambiar de idea sobre la boda.

―Harás bien en olvidarte del hombre al que amas. Dacre ha hecho lo que ha hecho porque tiene la obligación moral de casarse con una joven que está en tu misma situación.

―¿Disculpa?

―Tu conde tampoco es perfecto. Por lo visto, ha deshonrado a la hija del conde de Wherhand. Nunca me he considerado muy inteligente, tu hermano ha hecho lo que ha podido conmigo…

―No digas eso, Nicky, no estás siendo justo contigo mismo.

―No te atrevas a tenerme lástima. ―Él podía manejar su indiferencia. Brenda siempre había estado por encima de muchas mujeres y de otros tantos hombres, entre ellos él mismo, aun así, había conseguido estar separado de ella. No podía tolerar esa mirada de pena que la mujer le estaba echando.

―No es eso, Nicky. Es que me doy cuenta de que yo nunca te he visto.

―No lo has hecho porque no valía la pena detenerte a hablar con un ser que considerabas muy por debajo de tu intelecto.

―¡Nicky! Yo no soy así.

―Así es como me has hecho sentir todos estos años, Brenda. Yo te vi, pero tú te negabas a verme o valorarme porque yo, tal como decía mi padre o mi madre, no valía la pena. Otro Beauford que acabaría en la ruina o muerto.

―¡Nicky, basta! No seas cruel, por favor.

―Como te decía, el hombre al que amas te vio y te descubrió. Lord Dacre había hecho una petición de matrimonio a tu hermano.

Ella escondió su rostro entre sus manos y dio rienda suelta al llanto.

―¡Basta, Nicky! No quiero saberlo. No sigas.

―Tienes que saberlo. Es la única manera de que comprendas. Él no ha sido valiente, pero sí honrado. Comenzó la relación con la hija del conde, sin embargo, propiciaste que te viera y descubriera, pero lo hiciste demasiado tarde. Él ha renunciado a ti por el honor que le debe a la joven.

―¡Mientes, mientes!

―Le dije a tu hermano que Dacre te miraba embelesado y que debíamos tener cuidado con él.

Los dos le presentamos a la dama en cuestión.

Sabíamos que no podría resistirse a ella porque es una de las mujeres más bellas de Londres.

Así fue como él cayó rendido… hasta que tu nueva tú llegó para que se diera cuenta de lo que había tenido ante sus ojos ese tiempo.

―¡Basta, basta!

―De alguna manera, Dacre averiguó nuestra intención.

Tal vez fue cuando aparecieron los rumores sobre que Gordon y yo intercambiamos hermanas, y Dacre, en algún momento, decidió que, si él no podía tenerte, porque debía apartarte o si no seguirías siendo una tentación muy atrayente, yo tampoco lo haría.

Todo lo publicado en The Daily fue una trama muy bien orquestada por el conde.

Te ha hecho daño consciente de lo que hacía.

Ahuyentándote apartaba a Eva con su manzana de Adán, y al besarte anoche y exponer que tú le habías pedido auxilio, me desacreditaba y me daba la ocasión perfecta para repudiarte.

Con lo que él no contaba es que llevo muchos años esperando mi momento y no lo iba a desperdiciar en estos instantes. Vales una fortuna, querida mía.

Ella lo miraba con la boca abierta, sin saber qué decir.

―Brenda, supongo que estamos a la par. Tú te has burlado de mí públicamente durante años y yo he mediado para que Dacre no te tuviese.

Y me aseguré de que fueses mía cuando entré dentro de ti y dejé allí parte de mi ser.

Lo que yo no hubiese adivinado es que tú me lo pondrías tan fácil, querida, incluso pusiste más empeño que yo en unirte a mí.

Ella levantó la mano para darle una bofetada. Él la agarró y frenó la agresión.

―Nunca serás feliz conmigo, Beauford ―habló la rabia. Ella ya no lloraba. Sentía la furia destilar por sus venas.

―Lo sé ―le contestó él, al tiempo que dejaba de mirarla para centrar su atención en el paisaje de fuera del carruaje.

***

Nicky entró en la habitación ducal de su finca, molesto, irritado y con ganas de romperlo todo. Había sido un viaje no demasiado largo hasta su finca, pero sí cargado de emoción y drama. Era el momento de desvelar el pasado y de que ella fuese consciente del futuro que se le avecinaba.

Le había susurrado entre líneas que la amaba, pero, ella, lejos de creerlo, volvía a empeñarse en seguir hiriendo su orgullo. La confesión sobre Dacre no había sido en sí misma un castigo, pero ella merecía saber la verdad sobre lo que él había hecho.

La cosa era un poco más complicada de lo que le había contado a su futura esposa.

Desde que vio a aquel pavo real en la casa de su amigo Latimer, él sabía que tarde o temprano, Dacre la vería tal y como le había sucedido a él.

Ya en su adolescencia ella fue brillante.

Natural, sincera, auténtica, fresca, espontánea.

Todo lo que Nicky tocaba se tornaba grisáceo y sin vida.

Por ello la mantuvo alejada. Por el bien de ambos.

Aun así, la luz de Brenda era tan potente que le fue imposible negarse a decirle que sí cuando Gordon llegó con el contrato.

Se le hacía la boca agua imaginándola su esposa.

Sí, sí, mentiría si dijera que no lo vio como una venganza del destino porque ella se había mostrado siempre tan altiva con él, incluso negando su existencia.

Pese a ello la quería para él. Le pidió a Gordon que estuviera pendiente de las actividades de su hermana mientras él se confinaba por un tiempo en su finca campestre para abandonar viejos hábitos, como el whisky y las mujeres.

No estaba preparado todavía para regresar a la ciudad, porque necesitaba unas semanas más para probarse a sí mismo que al fin había conseguido dejar el alcohol.

Aun así, cuando llegaron noticias de que el editor se había puesto en contacto con él para sondear sobre la veracidad del chisme que circulaba en la ciudad sobre el intercambio de hermanas, Gordon lo apresuró a regresar, y más cuando había en la misiva una solicitud para cortejar a la dama.

Inmerecida suerte tuvieron ambos amigos cuando le presentaron al editor a la joven dama que lo había llevado a la perdición.

Fue en una cena al poco de ver la actitud tan cómplice que había entre Brenda y Dacre, cuando Nicky y Gordon decidieron curarse en salud y poner tierra de por medio.

Ellos solo hicieron las presentaciones, el conde solito se metió en la boca del lobo.

Si Gordon y él no hubiesen hecho aquello, el hombre, probablemente, sería libre como un pájaro y se habría atrevido a reclamarla. Aún no se creía la suerte que había corrido.

Egoísta, ególatra, y otras lindezas le había recitado en la cara.

Bien era un egoísta porque el sentimiento hacia ella siempre había estado ahí.

Negarlo en estos momentos no conducía a ningún lugar.

Se sentía posesivo con ella, tal vez por ser la hermana de su mejor amigo y haberla visto crecer y florecer, o tal vez porque la quería para él y punto.

De una manera u otra, todos estos años había estado negando lo que quería y ya estaba harto.

Hacía unos instantes le había escupido a la cara que ella valía una fortuna.

Su dote era valiosísima para él, pero ya no tanto porque los negocios habían comenzado a dar sus frutos.

Él podía reponer la cantidad que Gordon le había adelantado y olvidarse de ella.

Brenda. Brenda. Brenda. Ese nombre que tanto le había costado pronunciar en alto lo tenía atormentado.

No podía dejar de oírlo ni repetirlo en su mente.

Ella lo había mirado con una ira tan visceral que él sintió deseos de recordarle cómo eran el uno y el otro cuando estaban besándose.

Eran perfectos el uno para el otro. Nicky comenzaba a ser consciente que su maestría con las mujeres no era lo que se suponía, aun con ello y todo, entre ellos había magia…

La pregunta más importante era si había suficiente cantidad para hacer que ella se olvidase de Dacre. ¿Y si Brenda no lo hacía?

Imaginarse casado con una dama que estaba enamorada de otro hombre sería un auténtico suplicio.

Nunca se fiaría de ella, aun en el caso de que lo aceptase como su esposo.

Ella había suplicado en el carruaje en repetidas ocasiones para que la dejase libre.

¡Imposible! La sentía suya, se había entregado a él por propia voluntad, ¿cómo renunciar a ella?

¿O cómo no hacerlo y arriesgarse a vivir una vida llena de odio, recelos y sin amor?

¿Amor? ¿Desde cuándo se refería él a esta palabra?

Y lo más significativo, ¿un hombre cómo él creía en el poder del amor?

¿Cómo hacerlo si no había sentido nada de ello a lo largo de los años?

Tan centrado estuvo en sí mismo que se había olvidado de lo que era preocuparse por otra persona.

Incluso lo había hecho mal con sus propias hermanas.

Cierto que a la mayor la detestaba, no obstante, su hermana menor, Issabella, lo necesitaba y él debió haber hecho más por ella.

En la soledad de su habitación y oyendo de fondo el llanto de la dama que reposaba al otro lado de la puerta, Nicky no pudo resistirse más a la sed que sentía en su garganta.

Fue hacia el decantador, ese que había dejado en ese lugar lleno para probarse a sí mismo que era capaz de eludir la tentación.

Lo miró y olió. Nunca en toda su vida había necesitado tanto dar un trago como en ese momento.

Un nuevo sollozo llegó hasta sus oídos y él tiró el decantador contra la pared. ¡Maldición!

Nicky se encaminó hacia la puerta que conectaba las dos habitaciones y la abrió sin ceremonias. Brenda estaba tirada en la cama boca abajo llorando sin consuelo.

―Brenda, te lo preguntaré una vez y solo una.

―¡Déjame!

―Te dejaré en cuanto contestes la pregunta.

―Vete.