Capítulo 5 #4
―Lo lamento ―se tuvo que disculpar Dacre.
Ella ya no era una empleada suya―, no volverá a suceder.
Aun así, le explicaba a la señorita Brown que usted ha venido a retarme en duelo y yo he aceptado, por lo que podría decirse que acabo de tener mi merecido, puesto que podría perder… o ganar. ―La miró muy atentamente.
―Eso no puede ser verdad ―saltó ella mirando a Nicky.
―Lo es, mi tesoro. Nadie va a calumniarte y a salir indemne. ―Nicky estaba también muy serio.
―¿Entonces, excelencia ―tomó de nuevo la palabra Dacre, porque ella se había puesto pálida de súbito―, el duelo será antes o después de la boda? Le aconsejo que sea después por si… ya sabe…
Nicky apretó los puños. ¡Qué ganas tenía de sacarle su condescendencia a golpes! Ella no podía reaccionar. Le parecía que todo era un mal sueño.
―En dos días nos veremos en el East End.
―¡No! ―gritó Brenda, al tiempo que se desembarazaba del brazo de su futuro esposo.
―Esto no es cuestión de damas, querida ―habló con cara de pocos amigos el duque. Ella no debería meterse en asuntos masculinos.
―Lo es si cabe la posibilidad de quedarme viuda. No voy a tolerar que haya un duelo. ¡Jamás! ―Ella lo miró desafiante. Dacre estaba divertido, después de todo, entre ambos sí saltaban chispas. Ahí había algo bastante más profundo de lo que les atribuyó en un primer momento.
―Querida… ―lo volvió a intentar Beauford mientras que trataba de agarrarla.
―No habrá ningún duelo.
―Eso no te compete. ―Los dos se miraban y hablaban como si estuvieran solos.
―No lo habrá porque recuerdo que no hace demasiado tiempo llegó a mis oídos la historia de una dama que evitó que dos hombres se matasen el uno al otro.
―¡No te atreverás!
―Si mi memoria no falla ―continuó ella sin hacer caso a la apreciación de Nicky―, la dama pidió a uno de los caballeros que no asesinase a su amante.
―Es cierto, mi amor ―Nicky conocía muy bien la historia a la que ella había acabado de hacer mención―, no obstante, recuerdo que la dama estaba casada con el otro hombre y hubo de declarar que era amante del otro… Por lo que, en caso de querer tramar una treta semejante, te ves del todo impedida.
―No, no lo estoy.
―Ilústrame, querida. Pero te advierto que si tu plan es gritar a los cuatro vientos que eres la amante de este hombre ―señaló a un Dacre que estaba la mar de divertido viéndolos discutir.
Esos dos se amaban, sin lugar a duda. Aunque en su fuero interior, lo que el conde quiso fue conseguir más ventas del periódico con ese beso, también creyó que le estaba dando a la dama la oportunidad de ser repudiada.
Pensó incluso que tal vez ella se lo podría agradecer en cuanto dejase de estar enfadada.
Lógicamente, él había estado errado en su suposición inicial―, lo mataré y luego a ti.
―Nicky le ofreció una bonita sonrisa para acompañar su amenaza.
Dacre creyó que el que no conocía a la dama en absoluto era él.
Brenda no dejaba nunca nada que se le metiese entre ceja y ceja.
―Verás, corazón mío. No hace falta que lo haga porque él no es mi amante.
―Menos mal ―expuso Nicky, más para sí que para el resto.
―Como tampoco soy tu esposa. ―Le tocó el turno a ella de devolverle la sonrisa.
―¿Qué tramas, querida mía?
―No me casaré contigo.
―No creo que tengas opción a negarte.
―La tengo.
―No, no lo comprendes.
―Lo hago perfectamente. ―Ella miró con sutileza su bolsa de viaje. Él maldijo por lo bajo. Esa mujer era Lucifer reencarnada.
―Lo he retado a duelo y él ha accedido, no hay vuelta de hoja. ―Nicky no iba a dar su brazo a torcer.
―Creo que no he sido lo bastante clara, mi dulce corazón. ―Ella iba a ganar este asalto sí o sí.
―Perfectamente.
―O boda o duelo, mi amorcito. En tu mano está decidir qué va a ser. ―Y ella sonrió y batió sus pestañas, ensoñadora.
―Boda y duelo, será.
―Entonces, creo que habrás de encontrar un hombre de Dios que nos case a pesar de que yo me niegue a ello. ―Brenda no estaba dispuesta a ceder tampoco.
―¡Por Dios del infierno, mujer! ―Esa mujer iba a hacer su existencia muy miserable si no iba con cuidado.
―Creo que tengo la solución a los problemas. ―Dacre estaba muy divertido con la escena, pero veía que si no intervenía no acabarían nunca. Ambos eran muy tercos.
―¿De verdad? ―preguntó al unísono la pareja.
―¿Qué tal si el duelo lo hacemos sobre un cuadrilátero, Beauford? Si a la dama no le importa, por supuesto.
Los dos hombres se miraron y sonrieron. Brenda pasó la mirada de uno a otro sin entender.
―¿Lo que ha sugerido ―ella se dirigió a su esposo― implica que alguien tenga que morir?
―No ―hablaron a la vez los dos hombres.
―Entonces no tengo inconveniente alguno.
Los vio darse la mano y supo que había cometido un terrible error. Esos dos tramaban algo y ella no tenía la menor idea de qué. Aun así, estaba satisfecha porque se había salido con la suya…
Al menos, hasta que llegaron abajo y él la invitó a entrar al carruaje sin ceremonia alguna. Ahí, Brenda supo que sus problemas acababan de comenzar. Había sido una niña mala y el maestro la acababa de pescar .