Capítulo 5 #3
Así que, tras hablar con su buen amigo, el señor Amterling, Nicky se vio con un poco menos de ira sobre sí mismo.
El plan de tratar de comprar más de la mitad del periódico era una buena venganza que, en caso de salir bien, le daría al maldito Dacre donde más le dolía, porque Nicky no era tonto e intuía que el hombre miraba mucho cada penique que empleaba y ganaba.
Esperaba que la oferta que se le ocurriese a Sared y a Latimer ―porque ambos eran los cabecillas en los negocios― fuera lo suficientemente atractiva para que al hombre no le importase ceder el control de su imperio.
Aun así, esa espera sería larga y a él le hervía la sangre vengarse.
Ir a buscarla a ella no era conveniente, porque necesitaba que el tiempo pasase para que todo el rencor se desvaneciese, o él acabaría haciendo una temeridad con ella.
Nunca le levantaría la mano a una mujer, y ya puestos, a otra persona que no lo mereciese.
El puñetazo dado anoche a Dacre le sabía a poco…
Así que se encaminó hacia el despacho de ese conde para…
para… para… Bien, no tenía la menor idea de lo que haría, no obstante, algo se le ocurriría de camino.
Una mujer de unos cincuenta años lo invitó a entrar en el despacho después de que él entregase su tarjeta de visita. Tenía que reconocer que, al menos, el hombre no era un cobarde…
―Beauford.
―Lord Dacre
Se saludaron ambos sin darse la mano, tan solo con un cortés movimiento de cabeza. La tensión del momento se podía cortar con un cuchillo.
―Usted dirá.
―Vengo a decirle que es usted el hombre más mercenario que he conocido alguna vez. Me repugna como persona. Todos estos años en los que su periódico me calumnió…
―Con razón ―lo cortó el conde en este punto.
―Con razón, no lo negaré, porque no me avergüenzo de ninguno de los actos que su… columnista me achacó.
―Me parece bien. ―El hombre estaba sentado fumando un cigarro puro, y lo que más le molestó a Nicky fue la arrogancia que el destilaba con su actitud, porque sentía unas ganas terribles de borrarle esa sonrisa siniestra que él tenía con un buen derechazo.
―Lo que no me parece tan bien es que usted menosprecie a una empleada suya. Esa falta de lealtad merece un correctivo igual al daño causado.
―¿Cómo dice, Beauford?
―Es cierto que la dama le solicitó un beso, porque yo lo oí. No lo es que fuese solicitado mientras bailaban. .
―Eso no puede saberlo.
―Lo sé porque bien conozco a la dama. Si en estos años que ella ha estado a su lado la hubiera conocido, sabría que la señorita B. Brown ―él usó aposta la firma de ella en la conversación― no es una persona desleal.
―La desesperación puede dar lugar a muchas situaciones.
―Probablemente, pero no a ella.
―Eso tampoco lo puede asegurar con total seguridad.
―Lo puedo hacer porque, como he dicho, bien la conozco. La joven accedió a ser mi esposa y puede ser que tuviera la tentación de traicionarme a mí, pero sé de buen grado que jamás eludiría una promesa que hubiera hecho.
―Su confianza en la dama me ha dejado perplejo. Más teniendo en cuenta que fue usted su… verdugo.
―¿No ha pensado que tal vez lo hice hace tantos años por un motivo evidente? Tal vez no quería que ella tuviera más pretendientes a los que poder aceptar. Usted, que goza de una mente tan maquiavélica, debería haber previsto ese escenario.
―¿Me está diciendo que está enamorado de ella?
―Le estoy diciendo que va a ser mi duquesa y, como su prometido y futuro esposo, exijo satisfacción por el mal causado a mi futura esposa. Lo demás no le concierne.
―He oído que es un buen tirador.
―Lo mismo he oído de usted.
―Cualquiera de los dos podría acabar herido o, peor, muerto.
―Es un riesgo que correré con agrado. ―Nicky le sonrió de lado.
―No me engaña. Usted no la ama. Un hombre que está prendado de una mujer no actúa en el modo que lo ha hecho usted.
―Mis decisiones no le competen. ¿Pistolas o espadas?
―¿Se siguen haciendo duelos con espadas? ―preguntó extrañado.
―Soy diestro en ambas modalidades, así que elija la que más le plazca.
―¿Va a poner su vida en juego por defender el honor de una mujer?
―Le he dicho que mis decisiones no le competen.
―Disculpe, pero después de años leyendo las atrocidades que Brenda escribía sobre usted ―en efecto, él lo estaba incitando a que pasase su furia hacia la mujer―, no creí que tuviera… apego a nada. Y no se moleste, pero le hacía carente incluso de honor.
―Ya ve que no. Nombre a sus…
En ese preciso momento, la puerta del despacho del editor se abrió de golpe.
Nicky observó la sonrisa de Dacre y supo que algo malo estaba sucediendo.
Cuando se giró y la miró se quedó estupefacto.
Ella iba cargada como si… En verdad, no le daría la zurra que la mujer estaba necesitando, sino que la encerraría en su casa ―en su habitación, más concretamente― y echaría la llave por la ventana.
¡Oh, sí! Él también se encerraría con ella.
Nicky se levantó de inmediato. Sabía las intenciones de la dama y no iba a dejar que el editor sacase una infamia sobre ellos.
―Querida, gracias por venir. ―Nicky se levantó para ir hacia ella y tenderle la mano.
Depositó un beso―. Lamento haber tardado tanto.
Le dije al cochero que te esperara en la puerta, imagino que no le habrás visto.
Lamento que hayas tenido que cargar con el equipaje hasta aquí arriba.
Permite que te ayude. ―Ella no podía ni hablar, mucho menos reaccionar, por lo que el duque le quitó la bolsa de las manos.
Si ella creía que podría huir de él, es que después de tres años no lo conocía en absoluto.
La encontraría incluso en los confines del mundo―.
Bien, como ve, Dacre, la futura duquesa de Beauford y yo tenemos algo de prisa.
Usted nos ha hecho adelantar nuestro enlace al saltar la noticia.
Nos dirigimos hacia mi finca, el enlace será en Park Camp con nuestros amigos más allegados.
―Ya veo… ―habló Dacre, quien no dejaba de observarla.
Ella miraba al duque de una forma extraña que él no conseguía identificar.
Entre ambos se percibía cierta complicidad…
¿De verdad ese hombre llevaba tres años enamorado de una mujer demasiado alta, de poco pecho, pelo común, y cuyos lentes ocultaban su mejor tesoro?
El editor no lo tenía del todo claro. ¿Y ella?
¿La honorable señorita Brown lo amaría en secreto y por ello decidió hacerlo el blanco de su ira?
Sea como sea, el editor no se creía ni por un momento que ella hubiera acudido a la oficina para encontrarse allí con Beauford…
Ella escondía algo, se lo decía su instinto de reportero.
―Gracias, querido ―habló al fin ella―. En efecto, no he encontrado a Charles. ―Ella improvisó un nombre para dar veracidad a la actuación y ese era muy común.
―Vámonos pues, mi tesoro. ―Ella tragó saliva con fuerza. Nunca hubiese dicho que Nicky fuese un actor tan magnífico. Incluso la forma en la que la miraba… Él le ofreció su brazo y ella lo tomó.
―Por supuesto, corazón mío. Sin embargo, he venido a decirle a lord Dacre que tarde o temprano pagará por su afrenta.
―No, no hace falta que lo digas, Brenda, porque… ―tomó la palabra el editor.
―Discúlpeme, pero no toleraré que se tome usted ninguna familiaridad con una dama que está muy por encima suyo, menos una que en pocas horas se convertirá en la duquesa de Beauford.
―Nicky sintió que ella le apretó el brazo.
Ahí se dio cuenta de que, en verdad, ella pensaba huir de él.
Ya podía imaginarla tumbada sobre sus rodillas y con él azotando sus blanquecinas posaderas…
Y sí, ambos estarían desnudos para llevar a cabo esto con el mayor de los placeres―.
No la llame nuevamente por su nombre o me veré obligado a poner su otro ojo del mismo color que su compañero.
―Él alzó su ceja y, en ese momento, a Brenda se le quedó la boca abierta.
Verlo tan seguro de sí mismo, defendiéndola…
En su estómago bailaron unas mariposas que ni siquiera ella era consciente de tenerlas en su interior.
Nunca le había pasado nada semejante con la comadreja.
Ese nuevo Nicky que se descubría ante ella, tan elegante ―porque él estaba arrebatador en su traje formal―, era peligroso. Peligrosísimo para su cordura.