Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

―Tiene una buena dote que no estoy dispuesto a dejar pasar. Estoy enfadado con ella, pero como bien has dicho, no puedo dejarla caer en desgracia. Seré un pecador, pero siempre me he considerado un hombre de honor.

―¿Te casarás con ella, pues?

―¿Qué otra cosa puedo hacer?

―Supongo que podrías dejarla en la estacada, pero ello implicaría que Latimer tuviese que mediar en el asunto, y la cosa podría ponerse muy fea entre ambos.

El barón no dejaría a su hermana en la ruina social y dudo que el señor Julius Brown no esté en estos momentos sacando sus pistolas del armario.

¿Te has puesto en contacto con la familia?

―He enviado una nota. Les he dicho que iría mañana hacia el mediodía para ultimar los detalles de la boda. No quiero ir hoy porque sigo muy molesto. ¿Qué otra cosa puedo hacer, sino continuar adelante?

―Para intentar parecer un hombre que se dirige a la horca, creo que lo estás haciendo muy mal.

―¿Cómo dices?

―Vamos, Beauford. Si la dama no fuese de tu agrado hubieras buscado el modo de salir del matrimonio. La dama ha besado en público a otro hombre.

―Tal y como yo lo recuerdo, fue el hombre quien besó a mi futura duquesa.

―Conque esas tenemos.

―¿Cuáles tenemos?

―Estás enamorado.

―Antes el infierno se congelará.

―Ya…

―¿Ya? ¿Qué significa ya?

―Bueno, Beauford, he disfrutado mucho de esta… ―miró las tazas de té de fina porcelana decoradas con florecillas― experiencia, pero creo que tú tienes una cita con tu destino y yo otra con el barón.

―¿Latimer está en la ciudad?

―No, pero me ha mandado un telegrama a primera hora de la mañana para que viniese a verte y averiguara tus planes para con su hermana.

―¿Vienes en calidad de espía?

―Me temo que sí.

―¿Y cómo demonios se ha enterado tan pronto Gordon de lo que aquí ha sucedido?

―Me temo que su padre le envió otro telegrama anoche mismo. Debo imaginar que tu dama ha cantado como un canario. Están preocupados por tu ultimátum de ayer. Según tengo entendido, dejaste entrever que el contrato ya no estaba en pie.

―¡Maldición! Estaba furioso. Ella es mía.

―Como decía, estás enamorado.

―No lo sé, confieso que no lo sé, pero te diré una cosa. Esa mujer no tiene ni idea de donde se ha metido. Será mi duquesa, pero… ―Nicky no continuó la frase. Su amigo no necesitó más que mirarlo a la cara para interpretar lo que él quería decir.

―¿Venganza?

―He oído decir que se sirve en un plato frío.

―Lo cual me recuerda otra noticia que tengo para ti.

―Te advierto que, como César, yo también podría matar hoy al mensajero.

―Esta te gustará.

―Pues habla de una vez.

―El señor Brown mandó un segundo telegrama en el que le pedía a su hijo que averiguase quién era el inversor de tu buen amigo ―Carlyse arrastró las palabras para ironizar― lord Dacre.

―¿Y bien? ―preguntó Nicky, al ver que su amigo hizo una pausa dramática.

―Esto te va a encantar.

―¡Habla de una vez, Amterling! ―¿Su amigo no comprendía que él tenía los nervios a flor de piel?

―Tú.

―¿Yo?

―Mejor dicho, tú, Latimer, Sared y yo.

―¿Cómo demonios voy yo a darle dinero a ese maldito después de todo lo que me ha hecho?

―Eso es lo mejor, que Dacre no es consciente de que se ha metido con el tipo equivocado.

―Explícate de una maldita vez. ―Nicky acabaría dándole a su amigo una paliza si no se explicaba de una bendita vez.

―Nuestro querido vizconde Sared, después de hacer las paces con Latimer, se marchó a América.

―Lo sé.

―Antes de irse sellamos nuestro negocio.

―Sí. Los cuatro nos asociamos para hacer negocios con los astilleros.

―No solo con astilleros. Sared tiene una buena hoja de ruta con los negocios que quiere implantar en los Estados Unidos de América.

―¿Qué tiene que ver el The Daily con todo ello?

―Lord Dacre quería ampliar el negocio y exportar la cabecera hasta las Américas, y para ello necesitaba un capital importante.

―Sigue.

―Latimer’s Bank era su proveedor preferente… al menos, hasta anoche mismo. Lord Dacre cree que ha estado haciendo negocios con Sared, pero lo que el editor ignora es que Sared nos tiene a nosotros detrás.

―¿Y en qué me beneficia eso?

―Todavía no lo sé cierto. Pero sí te digo que con una palabra nuestra Sared llevará nuestros fondos en otra dirección que no lleve hasta lord Dacre.

―¿Qué participación le ha ofrecido el conde a Sared?

―Del cincuenta por ciento.

―Dile que queremos el cincuenta y uno por ciento.

―Es un hombre listo, el conde no lo aceptará. ¿Si fueras él consentirías que otro socio tuviera el control sobre tus asuntos?

―Que Sared le ofrezca una indecente cantidad de dinero. Algo que Dacre no pueda rechazar.

―¿Con qué fin quieres que compremos el cincuenta y uno por ciento de la editorial, Beauford?

―No lo sé aún, pero debemos hacerlo. Tengo una corazonada.

―Hablamos de mucho dinero para que, simplemente, sea una vendetta personal contra el hombre que ha besado a tu futura duquesa.

―Si hubiese sido tu esposa, ¿cuánto estarías dispuesto a pagar?

―Emplearía hasta el último centavo.

―Eso pretendo hacer, eso y mucho más… ―señaló enigmático.

Amterling eligió ese momento para excusarse.

La cosa estaba clara. El duque quería su revancha.

Amterling lo comprendía y por eso no puso reparos en lo que su amigo había solicitado.

Del mismo modo, estaba completamente seguro de que Latimer vería con buenos ojos la jugada que Beauford había acabado de poner sobre el tablero.

En el peor de los casos, ellos no perderían dinero porque el periódico de Londres estaba en un momento espléndido, y, en el mejor, ganarían una fortuna si la cabecera de The Daily arraigaba en América.

***

Brenda estaba que se subía por las paredes.

No se atrevía a salir de casa porque el escándalo era apoteósico.

Su madre le había aconsejado irse una temporada al campo, tal vez a vivir con Gordon.

Ella se negaba. Nunca se había considerado una mujer cobarde, pero tenía que reconocer que todo lo que estaba aconteciendo la superaba.

Había escrito en numerosas ocasiones para su columna sobre la vida de los demás porque ese consideraba que debía ser su trabajo.

Ahora bien, en estos momentos en los que figuraba al otro lado de la balanza, la cosa cambiaba significativamente.

Estaba en problemas, y no solo por los que le había causado su editor.

¿Cómo pudo haberse creído enamorada de semejante sabandija?

Lo creyó su amigo todos estos años. Nunca adivinó el verdadero carácter de ese hombre por el que, gustosa, se habría cortado las dos manos. ¿Cómo podía doler tanto una traición cuando una mujer se daba cuenta de que no valía la pena?

Dolía. El corazón lo tenía chorreante en sangre.

No valía la pena derramar las lágrimas que anoche, en la soledad de su alcoba, ella había producido.

Archival. Ese hombre tenía el corazón negro como el tizón.

Se avergonzaba tanto de sí misma por haberlo tenido en tan alta estima…

Y luego estaba él. Nicky. Ese patán engreído que le había otorgado su primera experiencia como mujer mundana…

Sí, sí, aquello no fue ni agradable ni bonito de volver a recordar.

Cada vez que ella recordaba que durante tres años lo satirizó y lo hizo el blanco de su ira… El hombre con el que tendría que casarse y con el que a la vez temía hacerlo.

Estaba enfadado. No era para menos. Ella, en su caso, lo estaría y mucho. Tanto, que no sabía si alguna vez él pudiera llegar a perdonarla.

Esta misma mañana sus padres le habían dicho que estaría mejor casada con él que sola. Ella no lo veía así. La ira de un hombre solo era comparable a la de una mujer, y Brenda estaba segura de que el duque haría su vida un infierno, porque es lo que ella le haría a él.

No se sentía cómoda con lo que acababa de hacer.

Sabía la combinación de la caja fuerte de su padre y había sustraído una buena cantidad de dinero.

Ella no era una ladrona, pero era una mujer en serios apuros.

Se negaba a casarse con él porque comprendía que, tal vez, nunca pudiera perdonarla.

También estaba la posibilidad de que pudiese estar creciendo una vida en su interior.

Ella no iba a desprenderse bajo ningún concepto de un hijo, pero tampoco estaba claro que pudiera enlazarse con el padre.

Lo más sensato sería desaparecer una larga temporada del mapa.

Tal vez incluso no regresar nunca. El escarnio era demasiado para que sus buenos padres cargasen con una culpa que no les pertenecía.

Ataviada con un sencillo vestido de mañana, con sus joyas, un bolso de tamaño mediano y un dinero que no era suyo, Brenda salió de su casa sin mirar atrás y sin tener muy clara a dónde le llevaría su nueva vida.

Lo que sí tenía claro era dónde realizaría la primera parada antes de huir de la ciudad.

Entró en el cuartel general de la comadreja sin miramientos.

Todo el mundo la miraba. A ella le daba igual.

Abrió la puerta sin miramientos. Dacre estaba reunido y a Brenda le dio igual.

Dejó la puerta abierta para invitar al hombre a salir del lugar y, cuando el hombre que estaba sentado frente al conde se giró para observarla, ella lamentó no poder desaparecer del lugar con un chasquido de dedos.

***

Su amigo se había ido y Nicky necesitaba destrozar algo o atizarle a alguien.

Amterling tenía razón. Todo el mundo en la ciudad sabía sobre su suerte y en el club de boxeo nadie quiso subirse al ring con él.

Usó a un pobre muchacho incrédulo con el que apostó a que si le daba un solo golpe él le daría veinte libras.

Por descontado que el contrincante no ganó ni un penique, porque él volcó allí parte de su frustración, y aquel pobre no tuvo ninguna oportunidad.