Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 5
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Capítulo 5

Un duque insistent e

―Me habían dicho que te encontraría aquí, Beauford. ―El sonido de una potente voz emitida a su espalda le llegó al duque, quien dejó de pelear con el púgil para voltearse.

―No estoy de humor. ―Nicky miró al señor Carlyse Amterling desde arriba del cuadrilátero.

La noche de ayer había resultado ser extraña, pues en la primera parte de la función que pareció haber vivido como un sueño, él estuvo pletórico, no obstante, el resto de aquel absurdo teatro se vio como una plaga llena de maldiciones.

Así que, para desfogarse de esa sensación que lo carcomía, Nicky decidió acudir al club de boxeo.

Era mejor estar en este lugar que en el fino burdel de madame Gruiselle.

No es que no le tentase encerrarse en una habitación con dos o tres mujeres complacientes que lo dejarían relajado y saciado, sin embargo, pasó por un auténtico calvario para desembarazarse del yugo del whisky, y aquel sitio estaba plagado de tentaciones.

Se juró que si salía de aquel pozo no regresaría y, entre sus escasas virtudes, sus juramentos eran siempre llevados a cabo…

Aunque, en honor a la verdad, había uno en especial que no estaba seguro de poder realizarlo.

―Y yo estaría mejor en mi cómodo sillón leyendo un agradable libro y disfrutando de mi último cargamento de brandy. Pero aquí estoy haciendo de niñera ―respondió con ironía el señor Amterling.

―Nunca he tenido una niñera, no me ha hecho falta, menos ahora que soy todo un hombre.

―No es lo que parece. ―Su amigo e inversor de negocios levantó el periódico hacia arriba para enfatizar su punto.

―Tampoco me ha interesado lo que se cuece en el mundo, eso es trabajo tuyo y de Gordon.

―Y es por ello por lo que estoy aquí.

―¿Disculpa?

―Tu buen amigo Latimer, antes de marcharse de Londres para poner rumbo a Dios sabe dónde, me pidió, mejor dicho, me exigió que cuidase de ti.

―Vete al infierno, Amterling.

―Te has gastado un dinero de la dote de la dama sin que aún sea tu esposa.

―Los astilleros americanos están dando buenos resultados.

Nuestro negocio está siendo muy lucrativo.

Si lo que te preocupa es eso, no tendré ningún problema en reponer el dinero.

―Nicky no quería haber aceptado la sugerencia del barón Latimer.

Hacía algún tiempo Gordon y él fueron invitados a participar en un gran negocio que suponía el reparto de grandes dividendos.

Meses atrás, el duque estaba sin dinero y se negaba a aceptar limosna de nadie, y menos que nadie, de Gordon.

Así fue como el barón Latimer le sugirió meter mano a la dote de Brenda.

El documento era inquebrantable y era cuestión de poco que él se casase con la dama porque todo estaba firmado y sellado.

Estaba tan empeñado en casarse con ella, que no vio problema en tomar un dinero que aún no le pertenecía.

Sin embargo, en estos momentos odiaba haberlo hecho.

―Si lo que dice aquí es cierto―volvió a señalar el ejemplar que llevaba bajo el brazo―, estás en un problema.

―Nada más lejos de la realidad, te lo aseguro.

―Baja de una vez, ya te has ensañado bastante con tu presa. Hablemos frente a una buena copa de whisky.

―Ya no bebo.

Su amigo, el señor Amterling, se quedó de piedra. Al menos, no todo estaba perdido.

―¿Tiene algo que ver con la mujer?

―Tiene algo que ver conmigo mismo y, desde luego, no es de tu incumbencia.

―¡Está bien, está bien! ―Carlyse levantó la mano derecha en señal de rendición porque en la otra aún portaba el periódico.

―¡Lárgate y déjame solo!

―¿Para que acabes matando al pobre muchacho de una paliza por algo que él no ha hecho? Ni hablar. Baja de una vez y vayamos a tomar un buen…

―¡Que ya no bebo! ―La noche de antes, cuando llegó a su casa, tuvo una sed increíble que lo consumía. Por suerte, en la casa no había ni una sola gota de licor. Incluso los bombones que no eran solo de chocolate se habían ido a la basura para evitar la tentación. El mazazo había sido muy grande.

Enterarse de la doble identidad de la dama y ver a ese pavo real besándola…

Lo peor de todo fue que su corazón se sintió romper en dos cuando el maldito conde de Dacre le recordó que ella le había pedido un beso.

¿Se lo habría vuelto a pedir después de hacer el amor con él?

¿Qué clase de perversa fémina era esa a la que creyó honesta y buena? Nicky estaba furioso.

―¡Tomaremos un té! Un buen té en una buena taza. ¡Baja de una maldita vez, Beauford, para que yo pueda ayudarte a arreglar tus asuntos y retome los míos!

Llegados a este momento, el duque que se había mantenido erguido en la zona derecha del ring , se acercó amenazante al señor Amterling.

―Te he dicho que ni quiero ni deseo una niñera.

―Y yo no tengo más remedio que ser la tuya porque le di mi palabra a Latimer de que cuidaría de ti.

―Esa fue la promesa hecha para que el barón, antes de marcharse de Londres, le ayudase con la financiación de otro proyecto que Carlyse tenía en marcha, y él cumplía con sus obligaciones aunque le parecieran estúpidas.

Debió haber pedido que lo financiase incluso con un excesivo tipo de usura, porque el pobre señor Amterling intuía que ayudar al duque iba a suponer un mayor esfuerzo que el que pudiera salir de sus arcas monetarias.

―No vas a dejarme tranquilo, ¿verdad?

―Hablemos de esto. Lo necesitas, Beauford, y más si no puedes refugiarte en el alcohol para ahogar tus penas… Pero siempre podemos recurrir a un buen par de mujeres para que…

―¡No! ―gruñó Nicky.

―¿No?

―No.

―A ver si lo he entendido. ―Se tensó Carlyse―. ¿El gran amante de Londres, el duque de Beauford, está despreciando a una buena mujer?

―Lo hago.

―¿Porque prefieres que sean dos? No habría ningún problema.

―No.

―¿Tres? ―tanteó de nuevo el amigo.

―Una.

―Entonces que sea una.

―Esa mujer a la que deseo, antes que hacerle el amor, la asesinaría de buena gana ―señaló de un modo tan serio que cualquiera se habría asustado por el tono empleado.

Su amigo estalló en incontroladas carcajadas.

―¡Dios mío, Beauford! ―consiguió decir el señor Amterling cuando sofocó las risas.

―¿Qué demonios te hace tanta gracia?

―Es irónico que el hombre que decía que cualquier mujer servía para lo que un hombre necesitaba, no pueda contentarse con ninguna otra.

―No le veo la gracia.

―Y más cuando estás ligado a esa mujer por medio de un contrato. Siempre he sabido que eras un caprichoso, pero ahora me doy cuenta de las vueltas que da la vida, Beauford. ―Y su amigo volvió a reírse.

―¡Maldición! ―Gruñó el duque mientras se bajaba del cuadrilátero.

―¿Dónde vas, excelencia?

―¡A asearme, me apetece una buena taza de té!

Nicky nunca fue un lumbreras como lo era Gordon u otros de sus amigos, sin embargo, él solo no podía salir del atolladero en el que estaba, y necesitaba un poco de conversación, porque todo el cuerpo lo instaba a ir en busca de ella, tumbarla sobre sus rodillas, y darle una buena tunda por haberlo convertido en el centro de los chismes durante estos años pasados.

Y luego él, satisfecho, iría al estúpido The Daily y retaría a duelo al pavo real.

Pocos había en Londres que tuviesen mejor puntería que él.

Y sí, el editor tenía un buen problema porque, puesto que ya no bebía, era capaz incluso de darle a un grano de trigo a gran distancia… a una distancia enorme.

Así fue como el duque y el señor Amterling terminaron en el despacho del primero saboreando un té caliente de menta acompañado con pastas.

Amterling se sintió ridículo y Beauford agradeció que el líquido le quitase la sensación de sed que en la última noche se había intensificado por los problemas que sabía que se le avecinaban.

―¿Y bien, Amterling?

―Eso justamente te iba a preguntar yo. ―El hombre mojó una galletita en el líquido y determinó que la experiencia no estaba resultando tan desagradable como había proveído en primera instancia. No admitiría públicamente que aquello estaba bien, pero, ciertamente, lo estaba.

―¿El periódico qué dice?

―Ah. ¿No lo has leído?

―Si lo hubiese hecho no te preguntaría.

―Pues han convertido a tu futura duquesa en el centro del escándalo. Hablan sobre el acuerdo entre Latimer y tú, sobre cómo la honorable señorita Brenda Brown solicitó ayuda al dueño del periódico en forma de beso para huir de ti… ¿sigo?

―¿Quién lo firma? ―Si ella se había atrevido a hacerlo, él, definitivamente, le daría una buena zurra.

El señor Amterling desplegó el periódico para buscar la firma.

―Imagino que el de siempre.

―Míralo, por favor. ―Nicky no podía ni leer el texto ni ver la firma, porque si ella…

―¡Vaya! ―expuso su amigo cuando divisó en el papel la signatura.

―¿Qué? ―preguntó nervioso el duque. Si era ella, él… él… él… ¡La asesinaría con sus propias manos por hacerles eso a ambos!

―Es nuevo, pone A. Light. Es extraño. ¿No crees?

―No, porque B. Brown, la persona que ha estado detrás de mí los últimos tres años y que ha publicado todos y cada uno de mis movimientos, es mi futura esposa.

―¿Cómo dices?

―B. Brown. Brenda Brown. No era un hombre, sino una mujer. Ella es la mujer con la que se suponía que debería casarme. Es la hermana de Gordon y la mujer que lleva tres años relatando mis chismes por todo Londres.

Nuevamente, las carcajadas inundaron el despacho del duque.

―Es justo.

―¿Justo?

―Lo es. Tú destrozaste su presentación y ella te convirtió en el foco de las habladurías. Deberías estar contento, esa mujer es inteligente. Ha jugado muy bien sus cartas, aunque me preocupa lo próximo que haga si la vuelves a ofender.

―Más bien diría que ella debería estar preocupada por lo que yo decida.

―Así que, ¿es cierto?

―¿El qué es cierto?

―El texto dice que le has arrebatado su virtud. Lo cita de modo más escandaloso que eso, te tilda del hijo de Lucifer… En fin, te ahorraré los detalles, ¿o prefieres leerlo tú mismo?

―Si lo leo, tendré que retar al conde.

―¿Lo harías? ¿La dama bien lo vale?