Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

―¿No es verdad que me lo pediste, Brenda? ―Él le habló sin formalidades y usó su nombre de pila para dar más énfasis a su actuación―. Me has suplicado que te besase públicamente para escapar del matrimonio con Beauford.

―¡Brenda! ―Llegó su padre junto a ella para tratar de averiguar lo que estaba pasando.

―Padre, no es cierto.

―¿Niegas que estás prometida con el duque de Beauford? ―le preguntó el editor.

―Yo lo niego ―tomó la palabra el duque para mirarla por última vez. Él le tendió su retículo y se marchó sin mirar atrás.

Brenda se sintió abandonada. Ninguno de los dos hombres a los que había dado sus afectos estaban a la altura de las circunstancias.

―Es usted despreciable y, tarde o temprano, pagará lo que ha hecho.

―Como tú, querida.

―Yo acabo de saldar mis deudas morales en este preciso momento. Estaré en primera fila cuando le llegue la hora a usted. Se lo garantizo.

―Vamos, encanto. Te he dado lo que has pedido. ―Se rio el editor.

―Hija mía, es momento de irnos. ―Julius la tomó del brazo y la sacó del lugar.

Entre susurros y exclamaciones de horror, Brenda y su familia se marcharon del lugar. Una vez estuvieron en el carruaje sus padres la miraron con lástima.

―¿Hija mía, qué ha sucedido? ―quiso averiguar Marian, su madre.

―Es una larga historia.

―Entonces comienza por el principio ―le aconsejó su padre.

―No sé si querrá saberlo todo, padre, porque si confieso mis fechorías me echará a la calle.

―Actué mal con tu hermano. No volveré a cometer el mismo error, Brenda. Al fin he comprendido que la familia es algo magnífico que hay que cuidar, valorar y apoyar en los momentos difíciles.

―Padre, soy B. Brown, el famoso columnista de The Daily .

―¡Cielo santo! ―Su madre era una lectora asidua de la sección. Ellas dos habían comentado en muchas ocasiones lo que allí venía escrito. Incluso Marian, la señora Brown, había elogiado la pluma del columnista y su contenido. Eso sí que no lo esperaba.

―Hundiré a Dacre por lo que te ha hecho. No debió permitir que una muchacha decente se viese metida en un mundo tan sórdido, y, desde luego, no tenía que haberte tratado como una falda ligera en medio de su fiesta.

―Padre, él tiene otro inversor.

―¿Quién?

―No lo sé, dijo el título pero no lo recuerdo. Está en América.

―Lo averiguaré. Ese hombre no sabe lo que ha hecho.

―Padre, aún hay más.

―¿Más? ―Julius no sabía en qué había fallado a sus hijos para que ellos no anduviesen con más ojo.

―Tengo que casarme con Beauford ―señaló colorada. Por suerte, la oscuridad de lugar no permitía que sus padres la viesen.

―Sí, Gordon me dijo que el contrato está firmado. Lo confesó cuando…

―No, padre ―lo interrumpió ella―. Es imperativo que me case con el duque. Lo antes posible.

Los padres de ella se agarraron de la mano. Ambos estaban lívidos.

―Comprendo. ―Julius le pegaría un tiro a Beauford.

―Por favor, se lo ruego, no haga ninguna temeridad. ―Brenda pareció haberle leído la mente.

―Si no se casa contigo habré de retarlo a duelo.

―¡Por Dios! ―Brenda se tapó la boca al tiempo que contenía un grito.

―Está furioso contigo.

―Lo comprendo.

―No es para menos, ha visto a un hombre besar a su prometida. ―La cosa se había descontrolado por completo. Julius creyó que tuvo problemas con su hijo Gordon, pero aquello no fue nada comparado con la magnitud de este problema.

―Es peor que eso. Yo soy B. Brown.

―Lo sé, lo has dicho antes ―señaló su padre. Su madre seguía impactada sin poder abrir la boca.

―Padre, lo que quiero decir es que soy la columnista que le ha estado arruinando la vida durante tres años y él lo sabe.

―¿Se lo has confesado?

―No.

―¡Mataré a Dacre por frustrar tu matrimonio con un duque!

―No se lo ha dicho el conde, padre. Él ha encontrado mi libreta donde había apuntes sobre él. ―Brenda había revisado el retículo nada más subió al carruaje y solo faltaba una cosa ahí. Era más que evidente que Nicky estaba al tanto de su mayor secreto.

―¡Dios mío! Estamos perdidos.

―No diga eso, padre. Nicky es un buen hombre.

―¿Nicky? ―Su padre la miró con reprobación.

―Ha jurado no hacerme daño y sé que cumplirá su promesa en cuanto deje de estar enfadado.

―¡Oh, hija mía! Todos esos años escribiendo sobre él no te han enseñado nada.

―Por supuesto que sí. Sé exactamente quién es Beauford. ―Ella emplearía su título en público porque era lo que marcaba la etiqueta.

―El duque es uno de los hombres más orgullosos que conozco. No te perdonará. ―Julius buscaría sus pistolas nada más llegar a casa.

―Pues tendrá que hacerlo.

―¿Qué tienes para obligarlo?

―Tal vez a su hijo. ―Ella se tocó el abdomen. Su madre rezó a Dios y su padre esperaba recordar las lecciones de tiro que recibió en su juventud.

El asunto era de una gravedad absoluta. Su hija estaba en un problema que no alcanzaba a comprender.

Una joven soltera embarazada era peor que padecer la peste.

La sociedad la repudiaría y ella tendría que marcharse fuera de Inglaterra para parir al niño y luego entregarlo a una familia que quisiera hacerse cargo de él.

Un desliz semejante nunca era perdonado.

¿En qué había fallado como padre?, se preguntó el antiguo barón Latimer .