Capítulo 4 #3
En un primer momento creyó que ella lo espiaba, que estaba pendiente de todos los movimientos porque estaba enamorada de él.
Sin embargo, una tras otra fue pasando las páginas, en su mayoría hablaba de chismes, de cotilleos, apuntes de personalidades de la alta sociedad, pero, sobre todo, él era el protagonista de las hojas.
Cerró el libreto con fuerza. B. Brown. B. Brown. B. Brown . ¡Eran las malditas siglas con las que firmaba el periodista del maldito periódico que cada dos por tres lo martirizaba en su columna! Brenda Brown. ¿Cómo no se había dado cuenta?
Ella sabía ciertos detalles de él que solo podía conocer una persona cercana a él. Comenzó a pasear por la habitación. La chimenea aún estaba abierta. Lanzó los malditos papeles al fuego.
Salió del lugar para poner rumbo al salón de baile. Su enfado aumentó cuando la vio en la pista de baile con Dacre. ¿Cómo se atrevía ella a hacer el amor con él y al minuto siguiente danzar con el hombre al que minutos antes le había pedido un beso?
Echaría mano de una santa paciencia que creía que no poseía y esperaría a que terminase el baile.
Brenda había llegado al tocador hecha un manojo de nervios.
Entró y cerró la puerta. Se apoyó en ella y se tapó la boca.
Estaba contenta y entusiasmada. ¡Iba a casarse con él!
El hombre menos probable en fijarse en ella le había declarado su…
bueno, su amor no, pero había sido una declaración preciosa llena de verdad y sentimiento.
Breve pero concisa, amorosa, pero sin florituras. ¡Perfecta!
Tal vez él tuviera razón y todos estos años de menospreciarlo hubieran enmascarado un amor por él que no sabía que sentía. «¿Amor por él? ¿De dónde había salido aquello?».
¿Estaba enamorada de él? Pensó que lo odiaba, pero bien es cierto que cada vez que lo tenía cerca él lograba que ella claudicase.
Sus besos eran una delicia de la que ella no se hartaría jamás.
Tal vez sí fuese el hombre indicado. De todas formas, no había vuelta atrás.
Se había entregado a él y eso implicaba ser suya.
Ningún otro la querría sin su virtud. Sería un escándalo de proporciones bíblicas para ella y para su familia.
Su padre la echaría a la calle sin remordimientos si se enteraba de lo que había sucedido.
Se tranquilizó. El contrato estaba firmado y, en estos momentos, no se podía romper.
Además, Nicky había dicho que la haría feliz y que nunca le haría daño.
Su casamiento era cuestión de meses. Se tocó la barriga.
Tal vez fuese mejor que aquello sucediera en cuestión de semanas, por si acaso él llevaba razón y había quedado embarazada.
Si se supiera… No podía tener un hijo fuera del matrimonio.
De pronto, la ilusión y la esperanza comenzaron a dar paso al temor y la congoja.
Se había entregado a un hombre por voluntad propia, incluso ella misma lo había llevado a cabo al ayudarlo a entrar en su interior, y ello sin tener la protección de un apellido, de un título.
Trató de serenarse. Se adecentó lo mejor que pudo y regresó a la fiesta. Aún no había puesto un pie en el lugar cuando unos brazos la agarraron desde atrás.
―¡Nicky! ―Iba a regañarlo porque él no podía hacer eso y menos en público, no al menos hasta que se casasen.
Ella quería mantener su reputación intacta.
Pese a ser una mujer con ciertas ideas progresistas, nunca se arriesgaría a llevar vergüenza a su familia con sus actos…
Sí, sí, cierto que ella pensaba esto ahora que era ya tarde, aun así, era mejor actuar con secretismo hasta que se casasen.
―Baila conmigo, Brenda.
―Dacre. ―Llamarlo por su nombre ya no era una opción. Algo en ella había cambiado. Se sentía traidora a su futuro esposo incluso por permitir que él la llevase hasta la pista de baile.
―Me mentiste ―la acusó el editor.
―¿En qué?
―Con respecto a Beauford. ―Los dos estaban ya danzando. Un vals.
―¿Disculpa? ―Ella no quería tener esa conversación con el hombre al que creía amar precisamente en estos momentos.
―Me dijiste que todo aquello, no era verdad.
―Habrás de ser más específico porque no sé de lo que estás hablando.
―Latimer y Beauford intercambiaron hermanas en matrimonio. No te hagas la boba porque sabes de lo que estoy hablando.
―No estaba dispuesta a casarme con él en aquel entonces ―expuso a modo de defensa ante lo que fue una acusación directa.
―Hiciste que no publicase mi mejor chisme. Me has debido costar una fortuna.
―Lo importante no siempre es el dinero.
―Soy un hombre que habla el idioma de los negocios.
―¿Lo habrías hecho?, ¿habrías publicado algo que me humillaría a mí? ―preguntó ella con horror.
―No es nada personal, Brenda. Esto son negocios, te lo acabo de decir. La noticia hubiera hecho agotar los ejemplares. El verdugo se casa con su víctima para evitar que la dama acabe en un convento.
―No hubiese acabado en un convento. Y no te creí tan ruin. Incluso creí que éramos amigos.
―Debemos serlo cuando me has pedido un beso.
―Sobre eso, yo creo que es mejor…
―Te he perdido, lo sé. ―Ella levantó los ojos para observarlo en ese momento.
Si el conde de Dacre se le declaraba precisamente en estos momentos en los que había aceptado casarse con Nicky, ella se echaría a llorar, no sabía si de pena o de alegría, pero lloraría ante todo el público asistente a la fiesta de su editor.
―Mira, yo… creo que no es el mejor momento para hablar de eso. He aceptado la propuesta de Beauford para ser su esposa.
―Por eso digo que te he perdido, y no sería quien soy si desaprovechase la oportunidad.
―¿Cómo dices? ―¿De verdad él se le iba a declarar?
―Por cortesía profesional y por tu devoción a The Daily es por lo que te digo que mañana por la mañana todo Londres sabrá lo que entre tú y Beauford ha pasado.
―No serías capaz. ―Ella se envaró.
―Sabía que tarde o temprano te casarías. Creí que tu encaprichamiento conmigo, tal vez, retrasase un poco más los planes que tu padre tenía para ti. Soy consciente de que he perdido a mi mejor columnista, y no estoy dispuesto a desaprovechar la oportunidad.
―No me hagas esto.
―¿Pensabas tú en los demás cuando sacabas sus asuntos privados en tus páginas?
―Bien sabes que lo hacía porque quería llegar a ser una auténtica reportera. Lo hice para demostrarte lo que valía y nunca conté nada que no fuese cierto. A diferencia de tu competencia, yo sabía que todo lo que se publicaba era verdad.
―Como lo será lo que ya he mandado que escriban en tu columna, pero esta vez no irá firmada con tu nombre, sino con otro.
―¿Por qué? ¿Y más sabiendo mis afectos hacia tu persona?
―Te lo he dicho. Te he perdido y lo menos que puedo hacer es sacar tajada.
―Sabía que eras despiadado, pero nunca vi hasta qué punto. Te detesto.
―Y yo te adoro. Oigo los peniques caer con las ganancias de mañana.
El artículo lo tiene todo. Un acuerdo entre amigos.
Una excesiva dote que salvará el ducado de Beauford, incluso cómo el duque se aseguró la fortuna seduciéndote.
Y la guinda del pastel. Cómo Beauford le dio un puñetazo al célebre editor de The Daily .
―Eso no es verdad, Nicky no haría nada así.
―Lo hará.
―No lo hará.
―Lo hará porque voy a besarte. Tú me lo pediste.
―¡No! Por favor, me hundirás. ―Ella trató de salir de su abrazo. Con el gesto, él aprovechó para acercarla más.
―No, así me aseguraré de que haya un segundo capítulo de vuestra relación en mi periódico. ¿Será capaz de perdonar el desliz de la futura duquesa de Beauford? Y, en caso afirmativo, ¿lo hará por amor o por la gran fortuna que la dama llevará bajo el brazo al matrimonio? ―Él se rio seductor.
―¿Crees que mi padre te permitirá calumniar a su hija? Puede que me eche a la calle, pero te garantizo que Julius Brown es el hombre más vengativo de la faz de la tierra. Te retirará los fondos.
―Tengo un nuevo inversor en los Estados Unidos de América. No necesito la limosna de tu padre. El vizconde de Sared va a llevar mi cabecera a América. ¿Preparada, encanto? Comienza la función.
Brenda luchó inútilmente. Él era más grande y tenía más fuerza. En pocos segundos los labios de él llegaron a los suyos y, en un tiempo igual de breve, Nicky estaba separándolos y dándole un puñetazo al editor, tal y como Dacre pronosticó.
―¿Se ha vuelto loco Beauford? ―preguntó enfadado Dacre.
―Está tratando de forma inapropiada a una dama decente.
―Fue la honorable señorita Brown quien me pidió que la besase.
―¡Miente! ―habló la aludida.