Capítulo 4 #2
―No cabe, Brenda. No podemos hacerlo. Soy demasiado grande para ti. ―Nunca le había pasado algo como eso.
―¡Nicky! No puedes dejarme así, no puedo… no puedo… ¡haz algo!
―No cabe, ¡te lo estoy diciendo! ―Por más que él lo intentaba esa parte de su cuerpo se negaba a entrar. No había forma humana de hacerlo encajar en ella.
―¡Santo cielo! ―¿De verdad él había estado con mujeres? Tal vez se encerrase con ellas en las habitaciones a jugar a las cartas, porque ese hombre no tenía ni idea de…
―¡Déjame a mí! ―Brenda se palpó ahí abajo. Ciertamente, estaba estrecho. Lo rodeó con las manos y se sorprendió. Él era sedoso al tacto pero a su agarre era como una roca. Lo oyó gemir.
―Si haces eso me harás derramarme y no quiero hacerlo fuera de ti. ―Estaba harto de hacer el amor así para no dejarlas embarazadas. Ella iba a ser su futura esposa y la marcaría hasta el interior de sus entrañas para que la dama no olvidase a quien pertenecía.
Brenda lo posicionó en su entrada y respiró profundamente.
―Cuando te diga empuja.
―Tú mandas. ―Por primera vez, una mujer le decía lo que había de hacer, y era muy divertido.
Brenda tomó dos bocanadas de aire para prepararse. Relajó cuanto pudo su parte más sensible, esa que seguía hambrienta, pero ya no tanto…
―Ahora, Nicky. Hazlo ahora.
Él empujó para adelante y se hundió hasta el final del recorrido.
Ella gritó de dolor. Él aulló de placer. Ambos se quedaron quietos y ella percibió como unas palpitaciones en su interior. De pronto, como si algo cálido la regase.
―¿Nicky?
―Uhmmm. ―Él no podía hablar.
―¿Estás bien?
―En el cielo. ―Ciertamente, había sido su mejor actuación.
Había conseguido derramarse en el primer empujón.
Ninguna antes lo había tentado hasta ese punto.
Por norma general, le costaba mucho terminar.
Esa era otra de las señales por las que él tenía que tomarla como su esposa.
Era fantástica. Se ajustaba a él como un guante.
―¿Y por qué paras? ―Ella no entendía nada.
Según los chismes que había oído sobre el acto carnal, para una virgen era doloroso, pero si contaba con un buen amante ―y a todas luces Nicky lo era por la cantidad de damas con las que había estado―, la experiencia mejoraba después.
De hecho, la pareja de antes no había dejado de gemir de puro gozo mientras habían hecho el amor. Aquí fallaba algo.
―Porque hemos hecho el amor ya.
―¿Qué? ―Él tenía que estar de broma. No, el acto no podía ser solo esto. No había habido más que dolor y su cuerpo seguía con hambre.
Nicky percibía que ella no estaba contenta. Se separó un poco. La vio despeinada, sonrojada. Él le había hecho el amor.
―Bueno me he saltado la parte en la que se suponía que tenías que… bueno… ya sabes… tu boca en mi… pero te he visto tan afectada que creo que era mejor ir directos al grano.
―¿Hemos terminado?
―Claro que sí. No te atrevas a decirme que no has disfrutado. ―Él la veía con los ojos totalmente abiertos y no entendía lo que estaba pasando, pero ella parecía que se estaba preparando para volver a herir su orgullo.
―¿Es todo?
―Te lo he dado todo, salvo lo que te he dicho.
―Pero… pero…
―Habla de una vez que me estás poniendo nervioso.
―¿Tú estás satisfecho?
―Tanto, que creo que he tomado la mejor decisión del mundo al tomarte como esposa. Eres perfecta. No creí nunca que una mujer me diese tanto placer como lo has hecho tú.
―Así que yo, ¿te he dado placer? ―Nicky seguía recostado sobre el cuerpo de ella con su hombría aún en su interior. Estaba destrozado por el esfuerzo. No podía ni moverse.
―Más que cualquier otra mujer que haya podido conocer.
Seguro que él creía que le estaba dedicando un cumplido. Pero para Brenda, lo que Nicky acababa de hacer era ponerla celosa de toda esa larga lista que había desfilado por su cama.
―Yo no he sentido nada, Nicky. Solo dolor.
―Eso es imposible. Te he hecho el amor de la mejor manera posible.
―Por favor, levántate. ―Brenda tenía ganas de llorar, él estaba satisfecho con su actuación y ella estaba dolorida, insatisfecha y enfadada.
¡Él era un egoísta! O eso, o, sencillamente, se estaba vengando de ella.
Analizando la situación Brenda sabía que las damas gritaban cuando estaban con él, ¿también sería de dolor?
No. Ella lo sabía porque había oído su propio grito y, al compararlo con los numerosos que daba la mujer que había hecho el amor con su amante en ese mismo sofá momentos antes, sin duda aquellos eran de placer.
―Es divertido que me mandes. ―Él le sonrió al tiempo que se levantaba.
―Nicky, yo no he disfrutado. Solo he sentido dolor.
―Te digo que es imposible, porque para mí ha sido como tocar el cielo.
―No sé cómo habrá sido para ti, pero yo estoy dolorida y enfadada. Me siento estafada.
―¿Otra vez vas a atacar mi orgullo? Por favor, dejemos esos estúpidos juegos de una vez. Después de lo que ha pasado entre nosotros no negarás que tenemos que casarnos.
Ella se puso lívida. En estos instantes llegaban los remordimientos… ¡Y encima no había disfrutado nada! ¡Maldición!
―Nicky… yo…
―Hablaré con tu padre mañana para que salga el anuncio publicado en el periódico. Tendremos un compromiso corto porque, tal vez, lleves ya en tu interior a mi hijo.
Brenda se tocó la barriga. Estaba de pie ya vestida frente a él.
―Nicky, yo…
―No, Brenda, si vas a decir algo que me enfade, no te lo aconsejo.
―No es eso. Es que, yo no pensaba casarme… y bueno, si he de hacerlo quiero que sea un matrimonio de verdad.
―Y lo tendrás. Serás mi esposa en todo el sentido de la palabra.
―Necesito un hombre que pueda llegar a amarme y que me otorgue fidelidad.
―Lo del placer era importante, pero ya vería ella qué había fallado ahí, porque seguro que tenía que haber más…
¿o solo disfrutaban los hombres? Desechó la idea porque la mujer de antes estaba en éxtasis mientras era amada. Tal vez la causa fuese su virginidad…
―Te seré fiel.
―No es que no te crea, pero es que… ―Ella se mordió el labio inferior.
―No me crees.
―Además, odio cuando estás borracho. Haces muchas majaderías. ―Una cosa era escribir sobre él y otra muy distinta casarse con el hombre que podía ponerla en ridículo.
―He dejado el whisky. Llevo dos meses sin probar una gota y no lo volveré a hacer.
―¡Vaya! ―Eso sí que no se lo esperaba.
―Lo he hecho por ti. Sé que no soy perfecto, sino todo lo contrario, pero en ti creo que he encontrado a la mujer de la que puedo enamorarme.
Desde que tu hermano y yo firmamos el contrato no puedo dejar de pensar en ti.
He soñado cada noche con el día en que serías mía.
Sé que tendríamos que haber esperado hasta la noche de bodas.
Me siento rastrero, pero te juro que no era una trampa para atraparte.
Creo que no hay mujer más honesta, sincera y leal que tú.
Mis padres se odiaban, no confiaban el uno en el otro.
Tenían muchos secretos entre ellos. Busco un matrimonio feliz y, si me lo permites, creo que podríamos tenerlo.
¿Te casarás conmigo, mi Calpurnia, mi Cleopatra, mi Brenda?
La dama lo tenía arrodillado frente a ella sosteniendo su mano y no pudo decirle que no. Era la declaración más sincera que algún hombre hubiera podido hacer. Y había sido dicha nada más y nada menos por el hombre que ella creía un egoísta y un libertino sin corazón.
Definitivamente, no podía negarse porque él estaba poniendo sobre su dedo un precioso anillo con un gran zafiro en su centro y varios diamantes a su alrededor.
―Sí, Nicky, me casaré contigo.
―No te arrepentirás. Te lo prometo.
Y de verdad ella quería creerle porque, si no, los dos iban a acabar siendo muy, pero que muy desdichados.
―Nicky, tengo que volver al salón. Es un milagro que no nos estén buscando ya. Iré primero al tocador para tratar de recomponer mi peinado.
―Yo te veo adorable. ―No mentía.
―Ve dentro de diez minutos, ¿de acuerdo?
―Podría acostumbrarme a recibir órdenes tuyas… ―expuso de modo seductor.
La muchacha dio dos pasos hacia la puerta y él volvió a coger su brazo.
Tiró de ella y Brenda acabó chocando contra su pecho.
La boca de él cayó sobre la suya en un beso lleno de promesas y emoción.
¿Cómo podía ser tan bueno en unas cosas y en otras no?
En fin, tenía toda la vida por delante para averiguar qué había salido mal en esa primera incursión en el mundo del placer carnal, porque si eso se llamaba placer sería por algo, ¿no?
Nicky la dejó marchar. Cuando ella salió por la puerta él se sintió como un niño que estrenaba zapatos nuevos.
Estaba tan ilusionado y orgulloso que no podía dejar de sonreír.
Un hijo. Su Brenda podría estar ya embarazada.
Eso le dio una alegría inmensa. Se prometió que nunca más volvería a la vida disoluta que había llevado hasta el momento.
Su hijo estaría orgulloso de él. No cometería los mismos errores que su padre.
Sentía una conexión tan fuerte con ella que le dolía el pecho.
Comenzó a salir de la estancia y tropezó con algo que estaba en el suelo.
Un retículo. Lo abrió. Hurgó dentro para intentar esclarecer a quién podría pertenecer.
Palpó unos lentes. Los desplegó e imaginó que, la próxima vez, la tomaría en su cama y vestida únicamente con esos anteojos.
Incluso le pediría que los sujetase entre la comisura de los labios.
Los devolvió a su lugar y su mano rozó un papel.
Divertido sacó ese pequeño cuaderno. Lo abrió.
En la portada figuraba grabado en oro: B.
Brown. Esa sigla y ese apellido le eran familiares, pero no podía ubicarlos. Pasó la primera página.
«El odioso libertino de Beauford se ha encerrado hoy con lady Sumille en la cocina. Estaba tan borracho que seguro que no recuerda ni la mujer con la que él…».