Capítulo 3 #6
Nicky frenó en seco. Se giró para mirarla y fue en dirección a ella de modo amenazante. Ella comenzó a ir hacia atrás. Esa cara que él estaba poniendo… Una pared de papel pintado fue su tope. Él separó sus manos para apoyarlas justo al lado de las orejas de ella. Brenda respiraba agitadamente.
―Me gusta que dejes atrás la formalidad. Nada de excelencia. Soy Beauford o Nicky.
―No es correcto. Me disculpo porque es usted un duque y he olvidado que debía tratarlo conforme su posición. No volverá a pasar.
―Beauford o Nicky ―recalcó él sin moverse ni liberarla―. Y has olvidado la formalidad porque tienes grabado a fuego el último beso en tu mente, y también me atrevería a decir que el primero que te di. Acepta que entre nosotros hay mucho más.
―Eso no es cierto. Eres… es usted ―ella se corrigió en la forma de tratarlo― el mejor amigo de mi hermano, es por ello por lo que he olvidado el título.
―Mentirosa ―la acusó de modo seductor―. En todos estos años no te has dignado en hablarme. Evitabas mi presencia porque sabías que te derretías por mis huesos. ―Le sonrió y ella se enfureció.
―¡Eso es una vil mentira!
―Engáñate cuanto quieras, eres arcilla en mis manos. Estás tan obsesionada conmigo como yo lo estoy contigo. Por un momento, solo por un instante, estuve a punto de permitir que ese hombre te besase, porque así verías que no habrá nadie que te haga temblar como yo.
Ella estaba asimilando sus palabras. Pasaron un par de minutos. Nicky la veía poner su mente a trabajar. Eso le gustó. Era una mujer sensata y muy inteligente. Sería una duquesa inmejorable.
―¿Tú…? ¿Tú…? ―Intentó ella preguntar.
―Tan nerviosa te pones cuando estoy junto a ti que no puedes hilvanar las palabras.
Ella lo miraba y no estaba segura de lo que estaba viendo.
Tenía los dos ojos tan negros que asustaba.
¿Era eso lo que llamaban excitación? Era demasiado nueva en todo este asunto.
Trató de concentrarse en lo que quería decir y no en sus labios pecaminosos que brillaban porque él se los había humedecido.
Brenda estaba tan mareada… encima, él olía a bergamota, no a whisky como solía hacerlo.
―¿Estás…? ¿Estás…?
La culpa de no poder hablar no era de ella. Era por entera de él. En estos momentos él estaba soplándole en la oreja derecha. Le estaba haciendo cosquillas y provocando otro tipo de cosquilleo totalmente inapropiado en cierta parte de su cuerpo.
―Eres mía, mi Calpurnia. ―Eso pareció sacarla de la ensoñación y la cosa era compleja, porque él estaba soplando en su oído izquierdo y juraría que había notado que él había deslizado su lengua por el lóbulo de su oreja.
―Yo no estoy obsesionada contigo, y de ningún modo tú lo estás conmigo.
―Ella apoyó sus manos en su pecho y abrió los ojos como platos.
Él estaba duro ahí. La última vez había algo mullidito.
Este reaparecido Beauford no le agradaba, prefería al otro con quien era más fácil combatir.
Brenda trató de apartarlo, pero la mole de músculo no se movió ni un poco.
―Te llamo Calpurnia porque me haces sentir Julio César.
―Él sabía que ella se había enervado por ese motivo y decidió sincerarse, porque, realmente, había elegido con sumo cuidado el mote que le había puesto―.
No encontré un nombre más apropiado que el de la última esposa de un gran emperador que le devolvió la ilusión.
―¿Tú sabes eso? ―Definitivamente, ese nuevo libertino encantador era todo un peligro para su cordura.
―Por supuesto que sí. Soy mucho más de lo que crees.
Tu hermano hizo un buen papel con mi instrucción, lo único que sucede es que no he sabido aprovecharme de ello.
―Llegados a este punto él bajó la cabeza y sopló entre el nacimiento de sus pechos.
Ella tembló de nuevo. Intentó seguir la conversación.
―Bueno, tampoco es como si Julio César no estuviese obsesionado con Cleopatra.
―Pero tú eres en mi corazón mi Calpurnia y mi Cleopatra. ―Ambos se quedaron mirando a los ojos. Él parecía tan sincero… pero era el ocioso libertino…
―Lo que quieres es mi dote, no me vengas con lisonjas. ―Lo vio sonreír y tuvo que agarrarse a sus hombros para no desfallecer. ¡Santo Dios bendito! ¿Qué le estaba haciendo ese hombre?
―Lo quiero todo, Brenda.
Se pegó más al cuerpo femenino para tomar su boca y reclamar lo que le pertenecía.
El duque no faltaba a la verdad. Ella podría ser la cura a todos sus males.
Era sincera, sensata… sin mácula. Le había devuelto la ilusión, el ansia por ser un hombre mejor.
Ningún conde ni ningún otro se la iba a quitar.
Brenda le echó los brazos al cuello para sostenerse al tiempo que abría la boca para no obstaculizar la intrusión de esa lengua que ella tan bien estaba llegando a conocer.
Ella sintió un pinchazo en su abdomen y se tensó.
No es que fuera una experta, pero eso estaba muy grande, y le daba en la nariz que ese utensilio masculino lo cargaba el diablo.
―Nicky ―susurró ella presa de algún tipo de delirio.
―Brenda, te lo daré todo si me lo permites ―respondió él a su cruda petición.
―No me hagas daño ―pidió ella.
―Nunca, lo haré placentero para ti. Lo prometo. ―¡Cómo la deseaba!
―No, no hablo de eso ―ella le dio un ligero beso―, no me destruyas. No podría soportarlo. Parezco fuerte pero creo que no lo soy, no cuando se trata de ti. ―Brenda sintió que no podía luchar contra lo que él le estaba haciendo sentir. Así que lo mejor sería sincerarse.
―Te lo juro por mi honor. ―El duque comprendió que ella le estaba pidiendo que no jugase con su corazón, y la promesa fue verdadera.
―¿Nicky?
―¿Sí? ―Él no dejaba de besarla.
―¿No olvidarás esta vez los besos?
―Ni esta, ni nunca. Te lo prometo.
Esa contestación pareció dejarla adormecida en un sueño ligero y confortable.
Justo cuando él iba a volver a besarla con devoción y hambre, se oyeron unas risas y unos pasos muy apresurados.
Ella no lo oyó, no así Nicky, que se apresuró a agarrarla por el brazo y llevarla hasta detrás de la tupida cortina para ocultarla de ojos indiscretos.
Si los pillaban, ella no tendría más remedio que casarse con él, pero ahora que Nicky era consciente de lo divertido que era un cortejo y la seducción, quería hacer las cosas bien con la única mujer en la que él confiaba.
Había puesto todo su empeño en conquistarla y hacerla suya, y solo el destino decidiría si la decisión era acertada o no .