Capítulo 3 #5
No obstante, algo había cambiado significativamente en su modo de ver la vida.
Ella. La innombrable a la que se refería como Calpurnia.
Ese beso había sido entregado a modo de escarnio y se convirtió en un despertar.
En una nueva esperanza. La muy bruja había hecho lo imposible: que él se ilusionase.
La cosa estaba clara. Ella nunca se casaría con un borracho, por lo que durante esos dos meses su vida fue un viaje al inframundo.
Había sido duro y nada bonito de ver. Los sudores, el olor nauseabundo, la sed que no se apagaba, los vómitos…
El primer mes deseó y llamó tanto a la muerte, que creyó que finalmente lo alcanzaría.
Luego, poco a poco, él se refugió en sus entrenamientos.
Gordon y él solían correr para demostrar quién era más rápido.
Su amigo no estaba, pero él estaba compitiendo contra sí mismo y, puesto que no podía refugiarse en la monta de caballos porque los dos últimos animales habían sido vendidos, se hubo de conformar con pescar, correr y leer.
Gordon, después de Eton, ingresó en Cambridge, él lo vio una pérdida de tiempo, pero desde entonces había tenido gusto por los libros. Su amigo había conseguido eso.
Así pasó el tiempo, y decidió que era momento de retornar a Londres y conquistar a una novia que se presentaba reticente cuando él estaba ansioso por enseñarle las ventajas de tenerlo como esposo; y esas virtudes se ejercitaban con el deporte de cama.
Ese beso fue incendiario. Tanto, que le tocó el alma. Fue la manera de responder de ella lo que lo sorprendió. Todos estos años creyó que le era indiferente, pero ella sentía algo por él más allá de esa ira que mostraba cuando él la enfurecía.
Cuando llegó y se entrevistó con Gordon para enterarse de las últimas novedades producidas en la ciudad, lo que menos esperaba era que su amigo le dijese que la pequeña bruja ya había desechado una proposición de un vizconde de buen ver y mejor estado de finanzas, y que tenía otra sobre la mesa que estaba valorando.
Ello sin contar los pretendientes que cada día inundaban la casa de sus padres con flores, dulces y bellos poemas.
¿Desde cuándo esa insignificante mujer se había convertido en la sensación de la temporada?
Nicky obtuvo su respuesta nada más la vio en ese tonto acto social que había organizado el pavo real.
¡Cómo odiaba a ese tal Dacre! Nada tenía que ver con la dama y sus celos, porque él había visto la recepción que el fastidioso conde había hecho a sus padres y ese editor la miraba de otra manera.
Ellos parecían cómplices y cercanos… como si tuviesen algún secreto que…
Nicky maldijo por lo bajo. ¿Serían amantes?
Ciertamente, cuando la besó ella se vio con cierto grado de…
de… No, él no podía lanzar una acusación así sin fundamentos, aunque…
En fin, sencillamente, Nicky no lo tenía en gran estima porque su periódico lo había calumniado de todas las formas posibles, y no es que a él le importase en aquel momento, pero ahora que estaba intentando reformarse, sí le molestaba tener sobre sus espaldas aquellas cosas escritas que nunca podrían ser olvidadas.
Si el duque conociera la identidad de la persona que había aireado todas esas intimidades sobre él…
Bueno, no quería ir a la cárcel, pero tal vez valiese la pena matar a aquella mujer, porque sí.
Beauford estaba convencido de que era una triste dama, aburrida y amargada, y a la que muy probablemente él hubiese ofendido de alguna manera.
Desde la columna en la que estaba escondido no se perdía detalle.
Había descubierto su secreto. Él temía que ella se diese cuenta de su potencial y lo pusiera en práctica.
La muy picarona sabía pestañear y coquetear con los caballeros y él estaba enfadado con ella.
Ofuscado porque ella se hubiera quitado los anteojos, porque deseaba verla llevar la patilla a sus labios y no quería que otros admirasen esos bonitos ojos verdes que más parecían dos joyas.
Ella había hecho además otra cosa que él no aprobaba.
Sus vestidos eran demasiado bajos en su escote, y el nacimiento de sus pechos era un punto de atención que no debería ser contemplado por nadie que no fuese su futuro esposo.
Y que el maldito Dacre estuviera comiéndosela con la mirada también le ponía el vello de punta.
La danza, que resultó ser una tortura para él, terminó y, al fin, su Calpurnia se vio libre de las atenciones de ese otro hombre con el que él tendría unas palabras.
Tal vez insinuase que ella bebía más de la cuenta.
Esa treta le había servido para sacudirse a un tal señor Grand y a dos más que tenían especial interés en la dama.
Gordon fue ahí importante al desvelar quienes eran sus competidores en la pedida de mano.
Él había hecho un trato con ella. Pero lo que la futura duquesa de Beauford no sabía es que él siempre hacía cualquier cosa para ganar, porque en el amor y en la guerra todo valía, y más si en juego estaba toda esa fortuna y la posibilidad de agenciarse una esposa con la que él podría ser feliz.
Entonces, Nicky los vio a Dacre y a ella salir discretamente del salón de baile.
Primero había salido ella y él le seguía la estela.
En dos zancadas estuvo al acecho. Como un ladrón se posicionó en la puerta que ellos habían dejado entreabierta, seguramente, para poder oír pisadas de quienes se acercasen a interrumpir su reunión ilícita.
―¿Tienes claro lo que va a pasar esta noche, Brenda? ―A Nicky se le revolvió el estómago al ver que ese hombre la llamaba por su nombre de pila.
―Sí, será un buen tema. Mi fuente de información parece haber desaparecido estos meses.
―Te has apañado bien.
―Archival, ¿puedo pedirte un favor…? ―Ella tenía mucha vergüenza, pero debía comprobar una cosa.
Había visto a Nicky apoyado en una columna y ella trastabilló mientras bailaba porque había recordado el beso del duque.
Tampoco era tonta, y se había dado cuenta que su editor la miraba de otra manera.
Eso le dio la suficiente valentía para hacer lo que se proponía. Ella necesitaba saberlo.
―Por supuesto. Todo lo que necesites, ya lo sabes.
―Pero promete que no harás preguntas. ―Su valentía comenzaba a tambalearse.
―Eres mi mayor tesoro. ―Él se refería al periódico, pero Nicky apretó los puños dispuesto a darle la paliza de su vida cuando oyó esa afirmación.
―Quiero que me beses. ―Brenda decidió ser más valiente todavía y arriesgarse por completo. Era imprescindible que ella comparase su reacción con un beso del hombre al que amaba.
El conde de Dacre abrió los ojos como platos. Esto no lo esperaba. Nunca había tenido la sensación de que ella fuese tan decidida.
―Buenas noches. ―Nicky no pudo contenerse. Ingresó en la salita decorada en tonos azules. La mirada de reprobación que le dio a ella le hizo bajar los párpados, y la glacial que le destinó a Dacre dejó al conde confundido―. Milord , creo que le reclaman en la fiesta ―lo invitó Nicky a marcharse.
―Sí, será mejor que los tres regresemos de nuevo al salón. ―El conde le tendió la mano a Brenda para que la aceptase―. Vayamos, querida.
Dacre no era un hombre que se dejase intimidar.
Cuando el padre de ella le comentó que ese hombre que lo estaba asesinando con la mirada en estos momentos había solicitado formalmente la mano de su hija, no terminó de creerlo, porque entre otras cosas su informadora, Brenda, le aseguró que nunca se casaría con el duque de Beauford.
Sin embargo, esa información se veía que no la manejaba el duque, porque la estaba mirando como si ella le perteneciera, y parecía listo para saltarle a la yugular en el caso de que ambos se tocasen.
Brenda, al verlo frente a ella, se había sobresaltado de la impresión.
En un primer momento no lo había reconocido.
La falta de lentes le estaba pasando factura.
Tuvo que acercarse a él obviando la mano tendida de Dacre.
El duque estaba tan cambiado… tan diferente…
hubo de mirar sus ojos para comprobar que realmente era él.
Se acercó más de lo necesario y el conde lo interpretó como una señal para marcharse del lugar.
Cuando salió, cerró la puerta para dar intimidad.
Esos dos tenían algo que el conde… ya lo averiguaría, ya.
―¿Beauford? ―preguntó Brenda al tiempo que enfocaba bien sus ojos sobre los suyos.
―El mismo.
―Suenas como él, pero no te ves igual… ―Fue franca ahí. La sorpresa la tenía obnubilada.
―Eso es porque has dejado parte de tu vista en otro lugar. ―Señaló él aludiendo a su falta de lentes.
―También es cierto. ―Se rio de forma ligera. Por lo visto, no podía dejar de coquetear ni ante el menos indicado de los hombres. Ella cogió el retículo que llevaba colgado en su vestido, lo abrió, sorteó el papel y sacó las lentes.
―¿Me puedes explicar qué hacía mi prometida pidiendo un beso a otro hombre? ―Él estaba furioso. Sin los anteojos ella se veía bonita, con ellos puestos lo volvía loco. La culpa era de esas patillas metálicas tan eróticas que una vez estuvieron en su boca de modo sugerente.
Las mejillas de ella se tiñeron de rojo. Él la había oído. Tenía la esperanza de que no fuese así. Se equivocó.
―Establecimos que si me buscaba otro pretendiente yo sería libre de poder casarme.
―¡No puedes estar hablando en serio! ―Nicky comenzó a dar paseos por la estancia. Estaba furioso.
―¿Disculpa?
―Ese hombre es el menos indicado para ti.
Ella comenzó a reírse.
―¿Por qué te ríes, Calpurnia? ―En efecto, Nicky quería molestarla y cortar su risa, por más que le resultase apetecible, ella se estaba riendo de él y eso no lo podía consentir. Ella ya nunca conseguiría herir su orgullo y cuanto antes lo comprendiese, mejor les iría a ambos.
El duque consiguió su objetivo. Ella frenó sus carcajadas. Lo miró seria.
―No puede haber un hombre que me convenga menos que tú.