Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Además, su padre contaba ya con dos propuestas de matrimonio sobre la mesa.

Tenía que admitir que su madre tenía razón.

El envoltorio era algo fundamental para venderse en el mercado matrimonial.

En cuanto se enfundó los vestidos de seda en tonos menos virginales y dejó las lentes en su mesilla de noche…

¡Todo cambió como de la noche al día! Erróneamente había creído que ellos se fijaban en la inteligencia, el buen comportamiento o el carácter de una dama.

Nada más lejos de la realidad, lo importante era la hermosura.

Ella había preguntado a su madre qué sucedía si un hombre se enamoraba de una perfecta señorita bella como un lirio que al final resultaba ser una fea rosa con espinas por dentro, y la mujer le respondió que los hombres no valoran a las mujeres si no es por su hermosura.

Se sintió decepcionada. Su madre tenía que estar equivocada o, al menos, debería condenar ese pensamiento.

No era justo valorar a una persona por el envoltorio.

Dos personas que iban a pasar el resto de sus vidas juntos debían amarse, respetarse y honrarse, y, desde luego, guardarse fidelidad.

¿Qué sentido tenía el matrimonio si no se construía sobre esa base?

Beauford le propuso tener un matrimonio sobre el papel. Eso no era una opción. No pretendía casarse, pero, en el momento en el que lo hiciera, lo quería todo, su propio cuento de hadas, y el duque de Beauford era un sapo, no un príncipe.

Y en estos momentos en los que se miraba al espejo se sentía una mujer poderosa.

Había rechazado a un vizconde en matrimonio porque él era sencillamente un estúpido…

casi más que el propio Beauford. Luego estaba el señor Grand, quien era más bajo que el sapo y ella se veía a su lado más alta.

Grand era un hombre también apuesto, pero no tenía ese magnetismo que el ocioso libertino poseía.

En su lista, el que más le agradaba era el señor Willy Handerson, tenía el mismo color de pelo que el duque, pero los ojos eran azules, y ella creía que el mejor contraste para ese cabello era tener los ojos negros como los del odioso mejor amigo de su hermano.

No. Ella se daba cuenta de que todos los pretendientes que pasaban por su lado eran comparados con el duque de Beauford, y no es que ella estuviese enamorada de él, ¡por supuesto que no!

, simplemente, lo que ocurría es que tenía un tonto encaprichamiento pasajero con él…

¡Y todo era culpa de ese dichoso último beso!

Ese asunto le dio una idea muy singular…

Se volvió a mirar en el espejo. Se ajustó una horquilla que su doncella había dejado suelta y se marchó a la fiesta que esta noche ofrecía su buen amigo el conde de Dacre.

Esto no era nada de extrañar, porque su padre era quien financiaba el periódico cuando el editor quería hacer una inversión y, en los últimos tiempos, ella había asistido a infinidad de fiestas ahí, pero esta sería la primera vez que lo haría en calidad de dama que buscaba esposo de forma desesperada.

Tomó su pequeño cuaderno de notas y un pequeño lápiz, y lo guardó en su retículo. Nunca se sabía de donde podían venir los cotilleos.

Cuando subió al carruaje la dama vio a su madre sonreír. La sonrisa de su padre también era extraña.

―¿Sucede algo que deba saber? ―Brenda miraba a uno y a otro desde su asiento en el carruaje.

―Nada malo.

―Padre, esa cara que usted pone…

―Siento que en breve estarás casada, ¿es malo que tu viejo padre se alegre porque algo tan bueno suceda?

―Me aseguró que yo tendría la última palabra.

―Y así será, pero siento que el momento está ya próximo.

―¿Tan gran carga soy que está deseando librarse de mí?

―Sí.

―¡Padre! ―lo regañó ella.

―No, quería decir que no ―se corrigió el patriarca sin mucho éxito.

―Es muy feo lo que ha dicho.

―Debes entender que para un padre con una hija que roza ya los veinti…

―No hace falta recordar mi edad a cada rato ―lo cortó la dama.

―Como iba diciendo, para un padre es del todo importante casar a su hija lo antes posible, y dado que tú has retrasado el acontecimiento hasta que te has visto contra la espada y la pared… es lógico que yo esté ansioso por verte casada.

Ella no osó decir nada más al respecto. Su padre en estos meses no hablaba de otra cosa. Sospechaba que si ella tardaba mucho en casarse, el señor Brown la desposaría con el primer hombre que él viese por la calle…

Llegaron a la fiesta y, tras las presentaciones y saludos de rigor ella divisó a lord Dacre…

Si ese hombre le hiciera una proposición matrimonial…

Ella suspiró y se regañó a sí misma por andar suspirando a causa de un hombre que nunca sería para ella.

Su editor era demasiado atractivo, demasiado sobrio, demasiado suspicaz, demasiado inteligente, ¡demasiado todo! , para que se fijase en ella.

De pronto lo vio conversar con una joven de una belleza descomunal.

Por descontado que Brenda se sintió celosa al momento.

Ellos dos se veían… ¿cómplices? No sabía quién era la muchacha, pero de verdad que nunca había visto semejante preciosidad.

Era todo lo que ella no era. De una estatura perfecta, con el color de piel, ojos y cabello a la moda, es decir, una perfecta rosa inglesa.

Tras unas palabras, la pareja se separó y lo vio dirigirse a ella. Se sintió transpirar en abundancia. Esto le pasaba ya en demasiadas ocasiones y él acabaría percibiendo en algún momento el poder que ejercía sobre ella.

―¿Debo empezar a preocuparme? ―le preguntó él mientras la observaba de arriba a abajo.

―¿Disculpa? ―En verdad, ella no había entendido lo que él pretendía decir con su pregunta.

―Claramente, eres una mujer que está buscando esposo.

―¿Es una proposición, milord ? ―Inquirió con suma coquetería. Lord Dacre se quedó boquiabierto. Él era un hombre, un hombre con dos ojos en la cara, y no podía negar que en los últimos meses esa mujer parecía otra muy diferente.

―¿Qué dirías si lo fuera? ―Él puso cara de póquer. Ella se asustó.

―Nunca consigo bromear contigo. Siempre me ganas. ―Brenda le ofreció una sonrisa sincera.

―¿Buscas esposo? ―volvió él a preguntar.

―¿Por qué dices eso?

―Una mujer casada no podrá trabajar para mí.

―¿Lo único que te importa es tu periódico?

―Es una forma de vida, es mi existencia. The Daily es mi pasión.

―Lo sé.

―¿A qué se debe tu cambio si no es que buscas esposo?

―¿Qué cambio? ―Ella batió sus pestañas.

―Estás diferente.

―¿Lo dices por algo en especial?

―¿Buscas cumplidos?

―¿De ti?

―Sí, los buscas.

―¿Alguna vez me has dedicado alguno?

―Eres mi mejor columnista.

―Hay vida más allá de las páginas de The Daily.

―No para mí.

Brenda suspiró. Ese hombre era un caso perdido.

―¿Quién es la dama con la que estabas hablando? No la conozco.

Notó que él se tensaba.

―No hace falta que conozcas a todo el mundo en Londres.

Ella se dio cuenta de que él no quería hablar sobre el asunto. No quiso contrariarlo y zanjó el tema. Lo cual no hizo que sus celos disminuyesen.

―Tengo buenas noticias.

―Dispara.

―Hoy se producirá en mi casa un encuentro entre… dos personalidades, y tú tendrás la exclusiva.

―Muy bien. ¿Quiénes son?

Lord Dacre miró a su alrededor. Vio un par de ojos muy curiosos que los estaban mirando a él y a su columnista, y decidió que no era el mejor momento para mantener una conversación tan importante en ese lugar.

Así que, desafiante, se la llevó hacia un lugar más privado cuando otro hombre le pidió a ella un baile.

Como dama casadera no podía airear a un hombre y negarse a danzar, así que ella no tuvo más remedio que cumplir con su cometido.

***

El duque de Beauford había pasado dos meses en el mismísimo infierno y por voluntad propia.

Su finca de Park Camp había visto cómo él moría para renacer de sus propias cenizas.

Sabía que tenía un problema con la bebida y que era momento de tomar cartas en el asunto.

Estaba harto de que en su club de boxeo siempre anduviesen metiéndose con él, concretamente, por su barriga y su abandono.

Además, las chicas del fino burdel de madame Gruiselle que él solía regentar, ya no saltaban de alegría cuando lo veían.

Aunque él lo achacaba a su falta de fondos, también podría haber un componente de apariencia ahí.

Los años habían querido que mientras él había nacido cisne, se fuese convirtiendo en un patito feo, mientras que con su amigo Gordon la cosa había sido a la inversa.

Cuando vio que en uno de sus últimos enfrentamientos Gordon le zurró y lo dejó tirado en el suelo, decidió que era momento de cambiar de actitud.

A fin de cuentas, su suerte estaba a punto de cambiar, iba a dejar de ser pobre como una rata para casarse con una mujer que podría satisfacerlo, puesto que su contacto era muy placentero y la respuesta de la dama aún mejor.

Ella había criticado con razón el aspecto de la ebriedad.

El whisky siempre había sido una debilidad para él.

Era el único consuelo que tenía. Verse joven con el título en sus manos y con dos hermanas ―una mayor que le parecía una arpía y con quien evitaba todo contacto, y otra menor a la que adoraba—, supuso un duro mazazo en su vida.

Su padre lo había dejado con deudas y más deudas.

Él obligó a Amber, así se llamaba la mayor de los hijos de los anteriores duques de Beauford, a ir a Londres y buscar un esposo si no quería quedarse en la calle.

Sabía que elegiría bien, pues en la actualidad era condesa, aunque la dama siempre aspiró a ser duquesa…

bien, la vida daba lo que podía y no lo que uno quería.

Luego se presentó su amigo con aquel acuerdo y vio otra oportunidad para su hermanita pequeña, y con la firma del documento él obtendría el dinero suficiente para comprar dos ducados o más.