Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Sin embargo, tan concentrada estaba la dama en el mejor modo de poner fin a esa invasión de su intimidad, que no se dio cuenta de que su boca se abría para dar paso a una lengua muy juguetona que la acariciaba como si de terciopelo se tratase.

Brenda tampoco se dio cuenta de que sus brazos se había echado sobre el cuello de él porque sus rodillas estaban temblando.

Por descontado, tampoco fue consciente de los suspiros que ella misma estaba propinando.

Y nunca, jamás, confesaría que una sensación muy extraordinaria estaba apoderándose de su bajo vientre.

―¡Oh, mi Calpurnia! ―Nicky estaba a un paso de perder la cordura.

Haberla besado fue otra treta para enfurecerla, sin embargo, la cosa se estaba poniendo fea porque ella le devolvía los besos con el mismo ímpetu y, si él no ponía remedio, ciertamente, tendrían que casarse porque él cometería una temeridad.

No se le ocurrió otra cosa mejor que usar el nombre que él le había otorgado. Porque si ella no ponía fin al suceso…

Y no tardó más que una fracción de segundo en darle el empujón que él necesitaba. Lo miró furibunda y él se acercó a ella con una sonrisa condescendiente. Nicky, totalmente falto de etiqueta, movió la cadera para señalar su evidente erección.

―No nos costará nada engendrar un heredero.

Brenda gruñó en contestación al tiempo que se daba la vuelta para aguardar que él abriese la puerta de una buena vez. Parsimonioso y sin prisa, Nicky metió la llave. Antes de rodarla, dijo:

―Cuatro meses y serás mía. Aguardaré impaciente este tiempo porque cuando logre meterte en mi cama, ya nunca querrás salir de ella.

Entonces, y solo entonces, él le permitió salir de allí. Siguió la estela de ella a través del pasillo central hasta que la dama desapareció de su vista.

Justo en ese momento, apareció su amigo por su lado derecho.

―Disculpa la tardanza, Nicky, no encontraba los pagarés de… ―Gordon se interrumpió en su explicación al verlo sonreír de lado a lado―. ¿Qué es tan gracioso, amigo mío?

―La indiferencia, Gordon. La indiferencia puede ser algo desconcertante ―expuso Beauford al tiempo que le palmeaba la espalda.

El duque no tenía demasiado claro qué había ocurrido allí, pero entre ellos saltaban chispas.

Ella había dicho que una vez la había besado.

Ciertamente, él no lo recordaba. Tal vez, fuera hora de que él tomase medidas para que cuando al fin la dama estuviera entre sus brazos, Brenda no pudiese acusarlo de olvidarla.

Algo dentro de él se había abierto camino de modo feroz en su interior y, si era demasiado pronto para catalogarlo, Nicky se vio a sí mismo animado.

Hacía tantos y tantos años que algo no le apasionaba que vio ahí un filón para llevar a cabo lo que tantas veces había demorado.

Era hora de un cambio y él necesitaba poner toda su fuerza de voluntad en lo que pensaba hacer.

***

Habían pasado dos meses y Brenda estaba ya más tranquila, pero, al mismo tiempo, inquieta.

La razón de su tranquilidad no era otra que la de haber conseguido hasta siete pretendientes, dos de ellos varones con título.

Ciertamente, ninguno era de su entero agrado porque sólo había un hombre que la hacía suspirar y ese caballero no le hacía ningún caso en el terreno emocional.

Por otro lado, el motivo de su inquietud era que el ocioso libertino parecía haber desaparecido de la faz de la tierra.

Si en los primeros días lo consideró como una bendición porque ese hombre la había desestabilizado con aquel segundo beso…

rápidamente, se dio cuenta de que su gallina de los huevos de oro se había esfumado, pues el duque de Beauford era una fuente inagotable de chismes.

Incluso habían llegado cartas al The Daily preguntando si el duque había huido o había fallecido a causa de algún duelo o enfermedad relacionada con los licores o el placer de la carne.

Brenda no quería concentrarse en lo que él le hizo sentir, sencillamente, porque odiaba a ese hombre; no obstante, por las noches él salía en sus sueños para atormentarla con sus caricias y sus malditos besos húmedos.

¿Sería verdad que entre el amor y el odio había una línea muy fina?

Ella lo dudaba, porque en caso de que así fuera, nunca conocería en primera persona la respuesta a esa pregunta.

Ella lo odiaba y punto. Al que quería era al otro, con el que no conseguía soñar más que estando despierta.

Tenía fresco el recuerdo en su retina del primer beso.

Esa noche llegó a su casa con su elegante traje y sobrio.

Siempre fue un hombre atractivo, sin embargo, en la actualidad él no estaba en sus mejores momentos.

Odiaba lo que la bebida le había hecho. Nunca simpatizó con él porque lo veía muy por encima de sus posibilidades.

Beauford no era de esos hombres en los que las damas, y menos las jóvenes casaderas, debían fijarse.

Era egoísta y vanidoso, y no veía más beneficio que el suyo propio.

Aun así, ver que él velaba por Gordon la conmovió, pero no lo suficiente para que ella entablase una relación de amistad con él.

Hacer algo como eso hubiera sido arriesgado y temerario.

Mejor enamorarse de un buen hombre, entero y con los pies en la tierra como Dacre ―aunque también estuviera por encima de sus posibilidades―, que de alguien que la usaría y desecharía a la más mínima ocasión.

No se había equivocado en su suposición sobre el duque.

Brenda lo sabía porque en aquel primer beso, él la arrinconó en la biblioteca para silenciar sus negaciones sobre bailar con él.

Ahí ella ya notó que estaba pasado de alcohol, y nunca se daría cuenta del daño tan cruel que fue para una joven recibir su primer beso de alguien que no valoraría ese regalo.

¿Cómo supo ella que no lo valoró? Fácilmente, él se había metido con dos mujeres en el mismo espacio en el que hacía escasos minutos ambos habían compartido intimidad.

En aquel momento, Brenda había sentido besos cortos en su cuello al tiempo que sus manos recorrían sus senos.

No, no la había forzado porque él, al parecer, siempre conseguía que ella cooperase activamente.

Tenía que admitir que sus besos eran espectaculares, tanto, que incluso engañaba a sus víctimas haciéndoles creer que el momento que estaban compartiendo significaba todo para él.

Era muy expresivo, sabía qué teclas mover para que una mujer acabase rendida a sus pies.

Juró después de aquel primer beso que nunca más le otorgaría tanto poder a un hombre, y menos a uno que fuese como ese.

Tres años después, cuando ella se consideraba ya una mujer madura, inteligente y cuerda, volvió a caer en la trampa y se avergonzaba de haberlo hecho gustosa.

Las primeras semanas después del incidente del banco con el duque, ella puso su cabeza en sus columnas.

Hubo de sudar tinta china para buscar material verídico que respaldase sus cotilleos.

Estaba orgullosa de una hazaña en particular, porque, con su poder alcanzado en The Daily, ella había podido frenar un rumor ruin sobre la prometida de su hermano.

Ese era otro asunto que la había enfurecido.

Llegó a la redacción una carta anónima en la que se explicaba que el traidor de su hermano y el duque habían intercambiado a sus hermanas en matrimonio.

Puesto que ella no se había casado, logró convencer a su editor de que eso era falso.

En la misiva también se comentaba que la dama a la que aludían, llamada Issabella Williams, hermana del duque, había acudido a una fiesta nada recomendable para una joven casadera con su hermano, y se especulaba que eran amantes.

Nuevamente, puesto que ella no tenía noticia alguna sobre estos hechos, logró convencer a Dacre de que todo tenía que ser algún tipo de inventiva porque ella no había oído una palabra sobre nada de esto en su casa, lo cual era cierto…

Bueno, cierto, cierto del todo, no era, pero esto era otra historia la mar de curiosa.

Brenda inició la búsqueda de pretendientes con la mente puesta en mejorar su imagen.

Estaba catalogada como algo así como un ratón de biblioteca.

Su madre se alegró muchísimo cuando pidió ir a la modista para renovar su vestuario por completo.

Quedaban pocas semanas para que terminase la temporada y ella estaba con el tiempo justo de desposarse con otro hombre que no fuera el que odiaba.

Además, no quería darle el placer de que se llevara su dote, que era lo único que a él le importaba.

No, no. Ella no buscaba amor y menos en él, pero…

Bien, ella no quería examinar nada que tuviera que ver con el hombre que le había dado sus dos primeros besos.

Y, además, uno que tenía la poca vergüenza de referirse a ella por diferentes nombres hasta que encontró el más feo que pudo idear para rebautizarla.

¡Ella era Brenda, no Calpurnia, ni otro de los muchos nombres que había empleado!