Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 3 #2
66%

Capítulo 3 #2

―Me han dicho que le gusta apostar. ¿Qué se apuesta a que desaparezco de la faz de la tierra, excelencia?

Él se puso de pie y avanzó hacia ella, arrogante y amenazador. Ella no temió lo más mínimo. Otra vez estuvieron a poca distancia, tanta, que el aliento de té de ella y el de él a whisky, se olió por la nariz del otro.

―¿Te hice daño en el pasado?

Ella parpadeó varias veces tratando de asimilar lo que él le acababa de preguntar.

―Es una pena lo que hace el alcohol, ¿verdad? Tengo entendido que adormece los sentidos, atonta la consciencia y luego hace olvidar.

―Es un tema muy serio, ¡habla! ―Usó un tono que ella nunca había oído.

No en él. Era el mismo modo de exigir que tenía lord Dacre.

Seguro de sí mismo, atendiendo a la urgencia del momento.

Un hombre que poseía todo cuanto estaba en la habitación.

«¿Desde cuándo ese patán podía hacer algo como eso? », se preguntó contrariada.

―No me forzaste a nada.

―Explica lo que sucedió.

―No lo creo necesario. Aquello resultó un capítulo que ambos bien deberíamos olvidar.

―¿Intenté tomarte por la fuerza? ―Él tenía que hacer la pregunta porque le estaba carcomiendo el alma.

―¡Me besaste! ―Le escupió ella a la cara con furia. Sus narices se quedaron una frente a la otra. Ambos nuevamente con la respiración alterada.

―¿Y debo suponer que no te agradó, o que te molestó que lo olvidase?

―Eres un maldito engreído. ―Ella se retiró un paso. Él supo que había vuelto a ganar otra batalla.

―Has comenzado a explicarlo con valor, por favor, no te detengas.

―Llegaste a mi casa para decirme que bailarías una pieza conmigo.

―¿Cuándo?

―No recuerdas nada, ¿verdad? ¿Ni que enviaste a mi hermano para pedirlo por segunda vez después de mi primera negativa?

―Tú me despreciaste el día de tu presentación.

―¡Estabas borracho! Siempre estás bebido, si te lo hubiese permitido habría sido aún más escandaloso que lo que pasó después. ¿O eso tampoco lo recuerdas?

―¿Te besé después?

―No, Beauford, no me refería a eso. Te encontraron ligero de ropa con dos damas en el día que se suponía era el más importante de mi vida.

―Pedir tu mano es mi modo de resarcirme.

―Eso y mi extensa dote, ¿verdad?

―Esto no va a ser un matrimonio convencional. Podemos llegar a un acuerdo y cada uno puede ir por su lado. Nos organizaremos sobre las ganancias y…

―Quiero la mitad ―lo interrumpió intransigente.

―¡De eso nada!

―Entonces no hay trato. Huiré.

―No nos adelantemos. Explica qué hice para ganarme tu ira.

―Después de que yo te dijese que no a tu segundo ofrecimiento para bailar, te vengaste de mí besándome.

―¿Cómo un beso puede ser una venganza? ¿Acaso estás loca, mujer?

―Olvidar mi nombre también es otro de tus infantiles castigos.

―No lo he olvidado.

―¿Ah, no?

―Desde luego que no, ¿qué clase de esposo sería si no fuese capaz de recordar el nombre de la mujer con la que me desposaré…

en breve? ―Él no iba a tener un noviazgo largo.

Necesitaba asegurarse la dote lo antes posible, poco importaba que el verde de los ojos de ella se asemejase a un maravilloso lago.

―¿Cuál es mi nombre? ―lo desafió ella.

―¿Qué gano si lo acierto? ¿Te casarás conmigo?

―¿Por el simple hecho de acertar mi nombre quieres que recite los sagrados votos? ¡Estás demente si crees que lo haré!

―Bien, entonces, ¿qué gano?

―Obtendrás mi respeto.

―Me parece justo.

―Adelante pues, dilo. ―Estaba tan segura de que lo diría mal que casi se arrepintió de no haber apostado a que si lo decía mal rompería el contrato.

―Calpurnia. ―Nicky no era tonto. Que se lo hiciera era otro asunto.

Si ella hubiera dicho              que la conseguiría en matrimonio, tal vez hubiese hecho el esfuerzo de pronunciar las cinco letras, aun así, verle la cara de rabia que se le quedó a la dama fue todo un orgullo―. ¿Ves cómo sí que sé tu nombre?

―No pienso discutir. No vamos a casarnos y es mi última palabra.

―Lo comprendo perfectamente. ―Él tomó asiento en la silla. Ella hizo lo propio. Estaba impresionada con el cambio de actitud de él.

―Me alegro de que, finalmente, su excelencia haya entrado en razón y…

―Lo comprendo ―la interrumpió él―, porque al ponerme en tu lugar comprendo que estés molesta.

―¡Exacto! ―Tal vez el duque fuese un hombre decente después de todo.

―En caso de ser mujer, yo también estaría muy enfadado, furioso más bien, porque mi futuro esposo no recordase aquel beso.

―¡Esto es inaudito! ―Ella se puso de pie y pataleó, y la fina alfombra sufrió por la causa de él―. Escúchame bien, Beauford, en caso de que por algún inmerecido milagro, tú obtuvieses mi mano en sagrado matrimonio, por mi honor que haré de tu vida un infierno.

―Óyeme tú. Vas a ser mi esposa te guste o no. Te estoy dando una oportunidad para negociar nuestro acuerdo. Podemos tener vidas separadas y no vernos más que para engendrar un heredero.

―¿Esperas que yo te dé un hijo? ―¡Pero si no lo soportaba! ¿Cómo permitir que él le pusiera las manos encima? Antes se enclaustraría en un convento de siervas del Señor.

―Es lo que se espera de mí y de mi duquesa, un hijo que lleve por buen camino el ducado que su padre reconstruirá de la nada, con el dinero de su madre, por supuesto.

Ella lo miró con la boca abierta. Era un ser despreciable, horrendo, desagradable, insensato, orgulloso, arrogante…

y un sinfín más de descalificativos. ¿Por qué le tenía que afectar tanto?

Brenda era consciente de que él únicamente pretendía sacarla de quicio, ¿por qué en nombre del buen Dios se lo estaba permitiendo?

Se tomó un segundo. Brenda dejó de tener las lentes en la mano y se las puso. Se tranquilizó. Respiró pausadamente y contó hasta diez antes de responder.

―Huiré y no me volverá a ver. ―La afirmación salió como una promesa tan cruda que Nicky hubo de recapacitar.

Lo estaba mirando con tanta seriedad que él sabía que no le pondría las cosas fáciles.

―Verás, Calpurnia, hemos comenzado con mal pie. Tu padre está empeñado en casarte y…

―Usted lo ha dicho ―ella volvió a recuperar la formalidad. Decidió que no la sacaría nuevamente de sus casillas―, mi padre desea que tome un esposo, no hay condición alguna sobre quién ha de ser el hombre. Uno, cualquiera bastará.

De nuevo, ella hurgó en la llaga. Nunca lo consideraría suficiente. Esa marisabidilla lo estaba llevando a su terreno y él no podía consentirlo.

―Soy un duque.

―Un duque libertino, borracho y arruinado, que no sabe ni cómo se escribe la palabra amor.

―¿Buscas amor? Te aseguro que soy un hombre muy complaciente en el lecho.

―No dejaría que me tocase ni con un palo.

Nicky volvió a encogerse de hombros.

―No te tocaría si no tuvieras que engendrar a mi hijo. Supongo que lo que sentimos el uno por el otro es recíproco.

―Excelencia, ¿qué más prueba necesita para ver la inconveniencia de nuestra unión? Nos destrozaríamos el uno al otro.

―Ya te he dicho que podemos mantener vidas separadas, es lo más habitual en estos casos.

―¡Yo no deseo casarme contigo!

―¡Ah! Interesante.

Hubo una pausa en la que ella se debatió para no hacer la pregunta que pugnaba por salir.

―¿Qué es interesante? ―Brenda no pudo reprimirse.

―No has dicho que no deseas casarte, si no que no deseas hacerlo conmigo.

―No deseo casarme ―intentó ella rectificar.

―Así que tenemos un amor no correspondido… ―preguntó examinándola de cerca. Al sentirlo ocupar su espacio vital en la silla, ella se reclinó hasta que no pudo hacerlo más. Él colocó sus dos manos en las abrazaderas del mueble.

Ella no se atrevió a contradecirlo. Ya le parecía bastante humillante amar secretamente a su editor y no hacer nada al respecto, como para encima decirle al ocioso libertino algo tan íntimo…

―Te doy cuatro meses.

―¿Cómo dices?

―Tienes cuatro meses para lograr la propuesta de matrimonio que deseas… u otra cualquiera, tanto igual me da, en caso de que tu padre tenga sobre su mesa un nuevo acuerdo matrimonial, yo romperé el contrato con Latimer y tú serás libre.

―¿Por qué harías algo así? ―«¿Tanto habría cambiado el amigo de su hermano?». El acuerdo le parecía más que generoso . Ese no era el estilo del duque―. ¿Qué ocultas?

―Nada. Soy transparente. Tienes mi palabra de honor de que si hay otro acuerdo, no te obligaré a cumplir el que he firmado con Gordon.

―¿Nada más?

―Nada más.

Él se levantó y buscó la llave del bolsillo de su chaleco. Ella se levantó para salir también. Ambos caminaron hacia la salida.

―Gra-gracias ―tartamudeó Brenda por la sorpresa.

―En cambio, si yo gano, serás mi esposa sin concesiones.

―¿Sin concesiones?

―Te querré a mi lado no solo de palabra, sino de hecho.

―Muy bien. ―Ella no temió nada porque nada había de temer. En cuatro meses ella sacaría sus mejores atuendos, sus mejores sonrisas y podría enamorar a un buen hombre… Incluso con un poco de suerte, tal vez, incluso lord Dacre se interesase por ella…

Nicky la vio sonreír y se enfureció. Ella creía que había ganado una guerra. Nada más lejos de la realidad. En un abrir y cerrar de ojos, su Calpurnia estaba prisionera entre la puerta del despacho y el pecho del duque.

―¿Qué hace, excelencia? ―Lo vio mirarla del mismo modo que aquella noche… veía hambre en él. ¿Sería una treta para hacerla cambiar de parecer?

―Te juro por lo más sagrado que este no lo olvidaré. ―Los labios masculinos cayeron sobre los suyos. Sin prisa, con tranquilidad, la besó en un beso superficial al principio.

Brenda no creía que esto estaba pasando. Su segundo beso y de nuevo era con él… ¡Ah, no! Esta vez ella no era aquella jovencita que se sintió encantada con sus atenciones… ¡De ninguna manera!