Capítulo 3
Un encuentro inesperad o
Llegó como un torbellino, tanto, que Brenda ni se tomó la molestia de llamar a la puerta para pedir permiso para acceder.
Estaba tan enfadada con toda la situación que todo el camino hasta el Latimer’s Bank se le hizo eterno pensando en la poca fortuna que podía correr si no encontraba otro esposo.
La sola idea de tener que hablar con el ocioso libertino la ponía enferma.
Y, una vez más, el buen Dios la castigó.
Apoyado de modo casual sobre la mesa de roble de su hermano, Brenda encontró al causante de todo sus males. Los dos se miraron en lo que pareció una eternidad. Ella lo fulminó a través de sus lentes y él le sonrió con coquetería. Eso la enfureció todavía más.
Puesto que había ido a hablar con Gordon y él no estaba, Brenda se dio media vuelta. No toleraba su presencia, sencillamente, lo odiaba, y no es que ella no tuviera una buena razón para hacerlo…
En menos de un minuto ella se vio agarrada por un fuerte brazo.
Se quedó asombrada cuando vio que él, sí, ese libertino pecador, osaba ponerle un dedo encima…
Después de lo que sucedió entre ambos, ella creía haber dejado las cosas más que claras.
Sin tiempo a poder oponerse o protestar ante el suceso, ella se vio en el despacho de su hermano.
Y no solo el ocioso libertino se había atrevido a tocarla, sino que había echado la llave y la había guardado en su bolsillo.
Una vez más, los dos se mantuvieron la mirada durante lo que pareció una eternidad.
―Debes de ser la hermana de Gordon.
―Abra la puerta de inmediato o… ―la petición perdió fuelle porque ella podía amenazarlo con calumniarlo en su periódico, pero eso no se lo podía decir a la cara.
―¿O qué harás, Bethania? ―La miró con indiferencia. Ella sintió la ira destilar en sus venas.
―Me llamo Brenda.
―Muy bien, Diana.
―He dicho que me llamo… ―¡Tonta! ¿Por qué entraba al trapo? Lo que él buscaba era molestarla… Bien, no lo conseguiría.
―Digo que soy la honorable señorita Brown, una dama, y por ello exijo que se me trate con el mismo respeto que ofrezco, excelencia.
―Si debiera tratarte con el mismo respeto que me dispensas, no tendría ni que haberte mirado. ―La nota de rabia que ahí había la dejó sorprendida.
Uno frente al otro, con la respiración agitada…
un duelo de voluntades estaba siendo ejecutado.
¿Quién iba ganando? Cada uno creía que el otro, no obstante, era un momento tan tenso, que al ver que él miraba sus labios, Brenda se sintió en verdadero peligro.
Así que se obligó a dar un paso atrás y, en cuanto lo vio sonreír de lado, ella supo que se creía ganador de la primera batalla.
¡Pues lo llevaba él listo si creía que iba a ganar la guerra!
―Siéntate, tenemos que hablar. ―Si a ella le quedaba alguna duda de que él era un caballero, pronto quedó aclarado. No sólo le ordenaba, sino que no la trataba según su posición. ¡Ella merecía respeto!
―Por favor, excelencia, le ruego que abra la puerta. ―Ante su falta de etiqueta, la muchacha creyó que sería una mejor estrategia usar la humildad para llevarlo a su campo.
―No hay forma agradable de decir esto. Lo mejor es que lo sepas cuanto antes. Vas a ser mi esposa.
Ese fue el momento en el que ella buscó una silla para apoyarse y no caer sobre la bonita alfombra persa que coronaba el despacho señorial de su hermano.
―¿Por qué hace esto? Ambos sabemos que nunca conseguiremos llevarnos bien. Usted es un duque, yo una simple hermana de un barón que antes fue la hija de otro. No tenemos nada en común.
―Tu padre quiere casarte, yo necesito tu dote. No hace falta nada más que dos personas con necesidades para llegar a un acuerdo.
―Mi padre no ha dado su consentimiento.
―No, lo ha hecho tu hermano.
―¿Qué? ―En ese punto, ella quitó las manos del respaldo de la silla para llegar hasta ella y sentarse. El mundo daba vueltas y estaba segura de que si se desmayaba él no la sujetaría.
―Es el cabeza de familia. Cuando tu padre le pasó el título le confirió más competencias, no solo la baronía. Él es responsable también de ti.
―Mi hermano no haría nunca semejante cosa porque él sabe que yo te…
―Unas pocas palabras han bastado para que abandonases la formalidad.
Dime, Lucinda, ¿tú me qué? ―la desafió a decirle.
Nicky sabía que la siguiente palabra de su afirmación era odiar.
Eso le dio una nueva esperanza en su cometido.
Ella todos estos años había parecido indiferente, sin embargo, la definición que la dama casi usó con él, denotaba un fuerte sentimiento. «¿Por qué?», se preguntó el duque.
―¿Quiere franqueza, excelencia? ―Brenda se volvió a poner frente a él, pues Nicky se mantenía de pie observando cada gesto de ella, ahora con más interés que nunca.
¿Cómo había estado tan ciego? Esa mujer sentía una ira visceral hacia su persona…
¡Nunca había sido indiferente! El descubrimiento lo hizo tambalearse brevemente.
―¿Todo esto es porque te arruiné el baile de tu presentación?
Ella se acercó despacio. Lo miró a través del cristal de sus lentes.
―No debería sorprenderme… ni siquiera lo recuerda.
―¿El qué? ¿Qué se supone que debo recordar?
―Olvídelo, si no es capaz de pronunciar un simple nombre, dudo mucho que recuerde… ―Ella suspiró.
―¿Cómo has dicho que te llamas? ―preguntó con una inocencia que la dejó con la boca abierta. Ese maldito no se iba a salir con la suya.
―No lo voy a repetir.
―Ah, sí. Calpurnia. Nunca me pareció que te llamases así, pero te sienta bien.
―Él la señaló con la mano al tiempo que ponía una mueca de disgusto―.
Ya sabes, por tu apariencia. Una Mariah hubiese sido de un tamaño a la moda, con ojos claros y figura redondeada.
Una Robertha sería pelirroja, con furia en su mirada, una Brenda sería una mujer fuerte, orgullosa, de ojos verdes y pelo sedoso.
Pero aquí tenemos una Calpurnia… ―Nicky chasqueó la lengua.
No lo podía creer. Sencillamente, no lo podía creer.
Estaba atrapada con su peor pesadilla. Un hombre que había pronunciado su nombre de pila para referirse a una mujer que era, probablemente, la fiel descripción de su persona, y seguía empeñándose en molestarla…
¿O realmente era tan estúpido que no era capaz de recordar su nombre? Eso le dio una buena idea.
―Supongo que Calpurnia estará bien. No quisiera contrariar a un lord que hace su mejor esfuerzo al recordar cosas sencillas, sobre todo, cuando ese lord es precisamente usted. ―Lo vio poner un rictus severo y entonces estuvo satisfecha con su actuación.
―No eres una mujer muy inteligente si lo que pretendes es enfurecer a tu futuro esposo. Tu asignación dependerá de mi generosidad. No te conviene enfadarme.
La denominada Calpurnia se quitó las lentes y las sostuvo en su mano para luego llevar el fino metal de la patilla entre sus dientes.
Nicky apostaba a que era una especie de movimiento que ella hacía cuando estaba nerviosa, no obstante, ella no sería nunca consciente de lo que produjo cuando lo llevó a cabo.
Esos anteojos escondían un tesoro que ella no tenía derecho a mostrar a nadie…
No porque él estuviera prendado de ella, sino porque algún hombre podría descubrirla y robarla, y no es que él temiese perder a la dama, sino la bonita cifra que portaba sobre su cabeza.
Ella se quitó el metal de la boca para ofrecerle una sonrisa que él catalogaría como de franca y sincera, y, sí, desde luego que sí, Calpurnia no tenía derecho a enseñársela a nadie más… por si se la robaban… a ella no, al dinero que ella traía bajo el brazo.
―El infierno se congelará antes de que eso suceda.
Él se encogió de hombros al tiempo que se miraba las uñas de la mano derecha.
―Las temperaturas de las últimas semanas han descendido muy bruscamente.
―Permita que me explique con más claridad, puesto que su ducal mente debe estar atrofiada con tanto licor ―se acabaron las medias tintas. Él había declarado la guerra en cuanto le puso un dedo encima―, no será mi esposo ni aunque mi vida dependa de ello.
―Es una suerte que poco importe aquí tu criterio.
La ley me ampara. Eres mía. Lo tengo por escrito con la bonita firma de tu hermano estampada en el papel.
Los costos económicos de echarse atrás serán suculentos, además de los sociales, puesto que poner a tu familia en un gran aprieto al desdeñar a un duque… .
―Ese duque no es uno cualquiera, la sociedad entenderá perfectamente el motivo de que yo pelee con uñas y dientes con tal de salir de ese matrimonio. Y por descontado que no soy suya, ni lo seré jamás.
Nicky explotó en risas.
―No veas nada de sentimentalismos, Calpurnia. Serás mía porque llevas el dinero contigo. Si fuese otra la que tuviera esa cantidad, yo estaría cortejándola.
―Creo que no ha estado prestando atención durante todos estos años, excelencia.
―Ilústrame, Calpurnia.
―Soy una mujer que no dará su brazo a torcer con facilidad. Debería saber lo que sucedió la última vez que usted me forzó a algo que yo no quería hacer.
Él palideció en ese momento. Esto sí que no se lo esperaba. Esta vez el que buscó un asiento cómodo fue él.
―Has lanzado una acusación muy severa.
―Sabía que no lo recordarías…
―Pareces disgustada, encanto, y, por favor, como mi futura esposa, te invito a que sigas dispensando del título.
―No vamos a casarnos. Abra la puerta, Beauford. ―Él la desestabilizaba tanto que ella se olvidaba de su educación. Con él no debería bajar la guardia jamás. Ese hombre era peligroso. Lo había visto seducir a las damas con un guiño de ojos.
Nicky sonrió de oreja a oreja.
―Creí que te costaría más aprenderte tu nuevo título.
―Nunca, nunca, pero nunca, seré su esposa, antes huiré de Londres.
Él volvió a reír con fuerza. Cuando el ataque de risa se le pasó, la contempló con la patilla de nuevo en la comisura de los labios y una ceja sardónica levantada.
―Llevo seis meses buscando esposa, ahora que he conseguido una, no vas a poder huir.