Capítulo 2 #5
―¿Injusta? ―Ella miró a su padre con la boca abierta. Julius no podía estar defendiéndolo.
―Sí, es un duque.
―¡Pero si usted esta misma mañana se ha enfurruñado cuando ha entrado el lacayo a la biblioteca para decirle que mi hermano y su amigo solicitaban su presencia!
―Porque estaba muy concentrado en la lectura y me ha molestado que me interrumpiesen.
―¡Si lo ha llamado patán egoísta sin provecho!
―Eso ha sido antes de que él quisiera hacer de ti una duquesa. ―Ahí Julius ya no tenía defensa posible, por lo que decidió ir al grano.
―Por favor, padre, no puedo casarme con ese hombre. Lo detesto. ―Ella se sinceró al tiempo que cogía la mano que su padre tenía sobre la mesa para implorar su comprensión y su ayuda.
―Llevo tres años diciéndote que debes casarte. La culpa de que acabes casada con el duque de Beauford será tuya por no haberte esforzado más. El deber de toda mujer es dar hijos y hacer feliz a su esposo. Mi deber como padre es proporcionarte al mejor de los hombres.
―¿Él es el mejor de los hombres? ―Si ese era el mejor… no quería ni imaginar al peor. ¡Cielo santo! Vaya aberración sería.
―¡Es un duque!
Brenda tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no replicar.
Ella era una mujer muy capaz de poder vivir sin un hombre.
Su trabajo, pese a ser en un área de la que no estaba especialmente orgullosa al ser social, era impecable.
Se había dedicado a dar lo mejor de sí misma en su tarea por unas pocas libras que entregaba a un orfanato en forma de donativo porque, hasta ese momento, la hija de Julius se había considerado una privilegiada.
En estos momentos era una víctima de la rigidez social, de unas costumbres contrarias a la idea de libertad de las mujeres.
Condenada a vivir en un mundo de hombres que se creían con la potestad de elegir lo mejor para ellas.
Brenda miró a su padre. Él no tenía la culpa de haberse creído y criado con esas ideas tan arcaicas.
La sociedad no era cuestión de damas, las sufragistas estaban consideradas brujas que debían arder en la hoguera.
Si Dacre le permitiese seguir la trayectoria de esas grandes luchadoras que estaban arriesgándolo todo para que las generaciones futuras pudieran tener un futuro mejor…
El editor le había asignado la tarea a James Shifueld, pero el hombre era demasiado…
demasiado… ¡demasiado hombre! para entender las necesidades o el cambio que las mujeres estaban exigiendo.
―¿El acuerdo ha sido firmado, padre?
―No. ―El corazón de ella se llenó de esperanza.
―¿Qué detalles faltan? ―preguntó con mucha cautela.
―Falta el más importante.
―¿Cuál es, padre? ¿El hombre exige una suma aún mayor para obtener una esposa como yo? ―preguntó bufando. De ese hombre se esperaba cualquier cosa.
―Falta que tú aceptes ser su esposa.
―¿Cómo? ―Una salida. Su padre le estaba ofreciendo una salida que ella no estaba dispuesta a desperdiciar.
―Esta temporada te casarás y es mi última palabra.
―¿Con Beauford? ―volvió a preguntar con sumo cuidado.
―Con el hombre que pida tu mano y tú aceptes.
―Comprendo su ultimátum.
―No, no lo haces. Mi deber como padre es protegeros a tu hermano y a ti, incluso de vosotros mismos. No consentiré que ninguno de los dos cometáis un error. Haré lo que sea por vuestro propio bien, aunque vosotros, ingratos, no seáis capaces de entenderlo.
―Padre, casarme con el duque será el mayor error de mi vida.
Ninguna mujer podrá ser feliz con semejante espécimen.
―No había en él nada salvable. Si en un primer momento cuando lo vio lo encontró arrebatador, conforme fue sabiendo de su carácter libertino y su falta de sensatez, le fue repugnando cada vez más.
―Entonces te aconsejo que busques rápidamente a un pretendiente que te agrade para poder casarte. Mi decisión es definitiva.
Brenda decidió no prolongar más la conversación.
Cuando su padre creía que estaba obrando bien, era difícil hacerlo cambiar de pensamiento.
La muchacha salió del despacho y se dejó caer sobre la maciza puerta de madera con desespero.
Definitivamente, Dios la estaba castigando por haber convertido al horrendo amigo de su hermano en el centro de sus chismes.
La vida era curiosa. Más que eso: cruel.
El mismo hombre que una vez le sirvió de vía de escape haciendo de su presentación un desastre, se había presentado ante su padre para resarcirse y pedir su mano.
¿Desde cuándo Beauford, el ocioso libertino ―tal y como ella lo había bautizado en sus textos―, tenía conciencia?
Algo no cuadraba en todo este entuerto y Brenda bien sabía dónde tenía que ir a preguntar.
Sin mayor demora, la joven se colocó su chaquetilla de lana verde turquesa sobre su fino vestido de paseo en una tonalidad más apagada de dicho color, y puso rumbo al banco. Era importante que ella descubriese qué tramaba Beauford, y Gordon era su mejor baza.
El juego comenzaba y Brenda no iba a ser otra cosa que la reina del tablero. Ese peón se había equivocado con ella. ¿Cómo se atrevía ese hombre a hacerle algo así a ella?