Capítulo 2 #4
―En primera instancia, porque dudo que haya alguien capaz de cargar con mi escándalo.
―A lo largo del tiempo ella se había ocupado de destruir su propia reputación.
¿Quién en su sano juicio cargaría con una mujer a las puertas de ser considerada una solterona sin más atractivo que la dote que había colocado su padre?
Con esta reflexión, el gesto de la joven se torció.
Por lo visto, Julius había dado con un hombre desesperado en busca del tesoro.
«¿Se podía tener mayor mala suerte?», se preguntó la joven.
―Lo hay, y es, nada más y nada menos, que un duque.
―¿Cómo ha dicho? ―Era imposible que alguien de tan alto rango la quisiera a ella por esposa.
―Si dejas de interrumpirme con preguntas absurdas podré exponer todos los detalles.
―¡No puede venderme! ―lo interrumpió ella presa del pánico.
―Casarte con un buen… ―Julius no debió haber empezado por ahí, porque el susodicho no era un buen nada, a no ser que se refirieran a él como un desastre.
Entonces sí, Beauford podría ser considerado un buen desastre―.
Asegurar tu supervivencia, darte un título y permitir que construyas tu propia familia, no es venderte, sino hacerte un favor.
―No, no lo es en absoluto. ―Ella se estaba enfrentando a su padre tal y como hacía su hermano.
Aun así, Brenda no se detuvo en su posicionamiento―.
No puede ser considerado como un favor, padre, más cuando la dama en cuestión, es decir, yo, ya se había resignado a no casarse y a poder disponer de su dote.
Él se rio en una risa llena de burla.
―¿Qué haría una mujer con semejante suma de dinero, sino despilfarrarla?―Si su padre no hubiese estado tan ocupado riendo, habría advertido la mirada de rabia que su hija le dirigió.
Ella tenía sueños, quería ser socia de lord Dacre.
Por casualidades del destino, se había enterado de que su editor buscaba un socio para ampliar su negocio.
Quería crear una nueva cabecera en los Estados Unidos de América.
Allí los periódicos estaban siendo muy prolíficos y ella pretendía subirse a ese barco.
Explorar ese nuevo mundo que ofrecía un sinfín de posibilidades, donde podría ser una solterona excéntrica con mucho dinero para invertir.
¿Por qué tenía que manejar su esposo el dinero?
Y, peor aún, ¿para qué diantres quería ella un marido si estaba enamorada de su editor?
―¿Puedo saber quién ha hecho la propuesta?
―Recuerda, Brenda, que puedes llegar a ser duquesa, con todo lo que ello implica.
Podrás estar por encima de los demás y hacer lo que te plazca dando pocas explicaciones.
―Que su padre le vendiese la oportunidad de convertirse en duquesa era una buena señal, pues ello implicaba que Julius aún no había decidido sobre su futuro.
Ella sopesó las palabras de su padre. Duquesa.
Nada mal para una honorable señorita. Desde esa posición ella podría tener poder para intentar cambiar las cosas, sin embargo, estaba el hecho de que para poder optar a esa posición ella debía casarse, lo cual implicaba la presencia de un hombre en su vida.
Un hombre que la manejaría a su antojo y ella no podría decir nada sobre cómo vivir su vida.
En cuanto se casase todo pertenecería a su esposo, incluida ella misma.
Y eso era un obstáculo muy importante que no debía ser tomado a la ligera.
Cierto que los matrimonios entre las esferas altas se pactaban, pero…
―Diga quién es, padre.
―Además, hija mía, es justo que el hombre repare la afrenta… ―Julius no se atrevía a continuar.
―Padre, nunca lo consideré un hombre de irse por las ramas, por favor, dígalo de una vez.
―Es el duque de Beauford.
Entonces le tocó a ella reírse sin tapujos, con una risa tan sincera y espontánea que incluso llegó a incomodar al padre.
―Hija mía… ―Ella no podía parar de reír.
Su padre nunca fue un hombre jocoso, pero cuando lanzaba una broma era único…
―Padre, por favor… casi me mata de la risa. ―Pudo ella hablar cuando las carcajadas disminuyeron.
―El duque de Beauford ha venido esta misma mañana a solicitar tu mano, lo cual le honra, pues está dispuesto a reparar el daño que te hizo antaño.
Se hizo un silencio incómodo que pareció durar horas. Ella no se atrevía a abrir la boca. Su padre no osaba perturbar la paz que, de pronto, se había instaurado en su despacho.
―Tiene que ser una broma, y además es muy cruel… ―Ella estaba ya comenzando a alterarse. Su padre parecía creer que lo que estaba diciendo era cierto.
―No, no lo es. Es una proposición muy ventajosa para ti. Ser la duquesa de Beauford debe ser considerado con atención. Es un título de alto rango.
―Siempre dice que soy su princesa.
―En efecto, lo eres.
―¿Quiere, pues, casarme con el príncipe de los problemas?
―¡Brenda! ―la regañó por su impertinencia―. Cierto que es un poco… indisciplinado. Pero es un duque.
―¿Con el rey de los chismes? ¿Me casará, a mí, su princesa, con un disoluto libertino que no sabe lo que es estar sobrio unas pocas horas al día? ¿Eso es lo que está tratando de decirme?
Julius se removió en su silla. Ella tenía cierta razón en sus afirmaciones. ¡Pero un duque!
―No negaré que tiene la mala suerte de estar en el lugar indicado en el momento menos oportuno.
El periódico que dirigía su buen amigo lord Dacre se estaba encarnizando con el noble muchacho desde hacía demasiado tiempo.
Lo mejor sería que Julius fuese a ver al editor y le comentase que era un candidato más que aceptable para casar a su hija.
Tal vez la noticia haría que él coaccionase al reportero que había convertido a Beauford ―y de rebote a su hija― en el centro de la diana social.
Hay que ver lo mucho que le molestaba al señor Brown que compartieran apellido ese chismoso y él mismo.
Ese malnacido podía haber sido un Smith, es decir, haber tenido un apellido común que no se pareciera en lo más mínimo al suyo.
―¿Con el libertino más disoluto de Londres?
―Los hombres cambian cuando se casan.
―Padre, ayer mismo, Beauford fue sorprendido en la alcoba de lady Noland.
―¿Cómo lo sabes?
―Lo he leído en alguna parte ―improvisó ella.
―Bueno. Esa mujer es viuda y siempre fue de falda algo ligera.
―Su esposo reposaba a pocos metros del lugar donde fueron sorprendidos.
―Bueno, él no tiene la culpa de carecer de suerte. ―Julius no sabía cómo exonerar al duque. ¿Su hija no podía ver que tenía una oportunidad excelente para ser una importante dama de la sociedad?
―¡Padre! ―lo regañó ella.
―Como sea, es una proposición muy sincera que puede hacer de ti una duquesa. Ningún padre dudaría en casar a una hija si eso supone hacer de ella una duquesa.
―Dígame, por favor, que no lo ha aceptado. Se lo suplico, acabe con esta tortura y dígame que aún tengo opciones.
―¿Opciones?
―Para buscar un esposo mejor. Permítame mi franqueza, padre, pero dada la altura del listón, tiene que haber alguien mejor al que considerar. Beauford es del todo inapropiado para mí.
―No he aceptado la propuesta del duque de Beauford y no ha sido por falta de ganas, créeme. Ser duquesa es el sueño de toda dama casadera.
―No, ser la duquesa de Beauford no es un sueño, eso sería una pesadilla para cualquier dama con un poco de inteligencia.
―Estás siendo injusta con el muchacho, Brenda.