Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

―Tu hermana no es una muchacha que necesite ser defendida.

―Él, durante estos largos años en los que la había observado desde la lejanía tratarlo como si él no tuviese valor alguno, había llegado a la conclusión de que era una mujer peculiar, e incluso se atrevería a decir que ella era mucho más que la simple florero que trataba de aparentar.

En este momento la puerta se abrió y el señor Julius Brown apareció.

El hombre lo miró como solía hacer la orgullosa de su hija, y él supo de quién había sacado ella su orgullo y valor.

Mientras su buen amigo había sido en su niñez carne de abusones, la hermana estaba en el otro lado de la balanza, sin duda.

―Hijo, Beauford. ―Por descontado, el patriarca se sentó autoritario en el sillón. Nicky sospechaba que para ese hombre él era una mota de polvo alojado en la suela de su zapato, o peor: barro.

―Padre.

―Señor Brown.

―¿Qué es esa cosa tan urgente que tenemos que tratar?

―Verá, padre, se trata de… bueno… de… de… ―Nicky lo miró. Gordon se había convertido en un tipo corpulento, decidido y maduro, pero frente a su padre aún parecía aquel niñito escuálido que una vez conoció y al que tuvo que proteger hasta que le enseñó cómo defenderse.

―Tengo una reunión con lord Dacre en quince minutos ―expuso Julius para que su hijo se decidiese a hablar de una bendita vez.

―Lo que su hijo tata de decirle, señor Brown, es que tenemos una idea para encaminar el futuro de su hija, y hemos pensado en explicársela para ver qué opina usted.

―¿Qué sucede con Brenda? ¿Está enferma? ¿Le apena algo? ―Julius se había puesto muy nervioso, y Beauford tomó nota mental de no llegar a contrariar nunca a su futura esposa en demasía, no fuera que ella se quejase a un padre que a todas luces se veía muy protector con la muchacha.

―No, señor. La joven ―no pronunciaría jamás su nombre― se encuentra del todo bien. Lo que vengo a ofrecer es una oferta de paz y redención, por así decirlo. ―Beauford comenzó a transpirar más. El señor Brown lo miraba muy inquisidor.

―Si le has tocado un solo pelo de la cabeza a mi niña, pagarás con tu vida, Beauford.

Gordon suspiró. Tantas veces que él había necesitado su ayuda, consejo o protección, y su padre nunca lo tuvo en consideración.

Por lo visto, para el señor Brown nacer hombre implicaba ser capaz de todo sin ayuda…

Esa norma no se llevaba a cabo para Brenda.

Su hermana siempre lo sabía conducir y manejar a su antojo.

Cierto que él siempre había hecho mejores migas con Marian, su madre, pero, aun así, le hubiese gustado ser más cercano a su padre.

―No, señor. Lo que yo siento por esta familia es gratitud eterna por haberme abierto las puertas de su hogar ―no estuvieron abiertas del todo, pero él no lo echaría en cara en estos momentos―, y nunca estuve a la altura a la hora de devolver lo que se me fue dado.

De la familia Brown recibí a un amigo que no merezco y la oportunidad de crecer cercano a una familia que se aprecia y en la que sus miembros se cuidan los unos de los otros.

Soy consciente de que su hija, una dama de gran belleza, dicho sea de paso ―lo vio sonreír y supo que había hecho bien en ensalzar a la hermana de Gordon―, tuvo una incursión accidentada en el mercado matrimonial.

Lamento no haber estado a la altura de las circunstancias y, puesto que soy responsable de una situación tan desafortunada, considero mi deber como hombre y duque intentar remediar la afrenta cometida a la dama.

―Sus disculpas llegan tarde, Beauford ―señaló severo el patriarca.

―Comprenderá, señor, que no he tenido en mi vida un modelo tan pulcro y sólido como ha tenido mi buen amigo Latimer. Mi padre se marchó pronto.

―Eso es cierto. ―El hombre sonrió y Nicky supo que estaba llevándolo a su terreno. El duque era vago, pero cuando se proponía algo, no había forma humana de echarlo atrás.

―Entonces, la forma en la que me veo capaz de resarcir tan vergonzoso comportamiento es haciendo una propuesta matrimonial.

Julius estalló en risas. Tan agradable rato estaba pasando, riendo y riendo, que no se percató de la cara de disgusto del duque y el rostro de sorpresa de su hijo, pues el primero volvía a ver su orgullo vapuleado y el segundo nunca vio reír a su progenitor.

Pasados unos minutos en los que Julius se dio cuenta de que el único que reía era él, su rostro se tornó serio y Nicky pensó que lo prefería riendo… aunque la risa había sido siniestra debido a la falta de hábito del patriarca en esto de la diversión.

―¿Tú quieres casarte con mi hija?

―Sí ―respondió raudo.

―¿Con mi hija? ―hubo de repetir el señor Brown lleno de sorpresa.

―Con su única hija.

―¿Con mi hija? ―Julius estaba en shock.

―Con Brenda, sí. ―Al decir el nombre de la dama, Nicky se vio tentado y miró a su mejor amigo por el rabillo del ojo. Lo que vio no le agradó en absoluto.

―¿Quieres casarte con mi hija Brenda? ―Julius sabía que había un error. El elemento que tenía frente a él hablaba de casarse con su hija y él solo tenía una, Brenda, y era imposible que el amigo de su hijo la quisiera por esposa. ¿Por qué? Sencillamente, porque ellos dos no se toleraban.

Desde que su hijo Gordon se presentó en su casa con su mejor amigo, que por aquel entonces era el conde de Sulffolk y futuro duque, Julius Brown mentiría si dijese que no había tenido esperanzas en que su hija pudiera acabar casada con él.

Con el paso de los años y viendo en lo que ese joven prometedor se había convertido, el señor Brown se alegró de que ellos nunca hubiesen congeniado.

Se veía a la legua que si no se odiaban, poco faltaba; y eso que ambos nunca se habían dirigido una palabra… Al menos, que él supiera.

―Señor Brown. Establezcamos que tiene una hija, porque solo tiene una a la que, por favor no se ofenda, está resultando complicado casar, en parte por culpa de un servidor ―él bajó la cabeza mostrando arrepentimiento―, y que yo, el actual duque de Beauford ―su título aquí le podría ayudar mucho, por eso lo empleó tan efusivamente―, por mi honor y responsabilidad hacia la dama, me veo en la obligación de reparar un daño que fue causado por mi mano…

y no se me ocurre mejor manera de hacerlo que ofrecer mi mano en matrimonio.

―¿Sabías algo de esto, Gordon?

―Es la primera noticia que tengo. ―Su buen amigo no mentía, porque era la primera vez que veía a su amigo tan serio, correcto, negociador y magnánimo, y eso era algo totalmente novedoso para él.

Si su padre se estaba refiriendo a lo de la intención de su amigo de casarse con la dama, él no pudo entenderlo, ya que demasiado sorprendido estaba él como para pensar en otra cosa que no fuera en la actitud tan elegante que estaba manteniendo el hombre al que hacía poco había sacado de un fino burdel y que había apestado a whisky.

―No negaré que su título es un buen aliciente para un padre.

Aunque esté en bancarrota y a punto de dar con sus posaderas en la cárcel de deudores, poco importaría porque la dote de mi hija conseguiría que el ducado de Beauford volviese a tener el brillo que jamás debió perder.

De igual modo, soy consciente de que usted no es el responsable de la situación de su familia.

―En efecto, señor, no lo soy.

―Aun así, es culpable de dejarse vencer por la adversidad y conformarse.

―Soy un superviviente. ―Trató de defenderse.

―Podría ser mucho más, si lo quisiera, por supuesto. Cuando lo conocí vi una garra que hubiera deseado para mi hijo.

―¡Padre! ―se quejó Gordon.

―Haremos un trato, Beauford ―continuó Julius sin atender a la objeción de su vástago.

―Pero yo ya he firmad…

―¿Qué clase de trato, padre? ―se apresuró a intervenir el barón Latimer.

―No me negaré a su ofrecimiento. ―Julius miró al duque.

―¿Cómo dice? ―Nicky no entendía.

―No me posiciono ni a favor ni en contra de su propuesta de matrimonio.

―¡Esto es inaudito! ―Nicky explotó. ¡Él era un maldito duque!

―Es poco convencional, pero no lo tome a mal.

Le honra el ofrecimiento, excelencia ―Nicky se quedó mirando al señor Brown con los ojos como platos, era la primera vez que lo trataba con tanto respeto usando su título―, pero puesto que el daño se hizo a la dama, es justo que ella sea quien tome en consideración su ofrecimiento.

―¡Su hija es mía y poco puede hacer para evitarlo! ―estalló Nicky.

Gordon le apretó el brazo para tratar de tranquilizarlo. Julius estrechó los ojos. Veía a su hijo nervioso y su amigo estaba a punto de saltar sobre su yugular. Esos dos tramaban algo o…

―¿Se ha propasado con mi princesa, Beauford?

La pregunta hizo desaparecer de un plumazo la furia.

―Soy un canalla, pero en mi lista de pecados nunca tendré la de arrebatar la virtud a una dama casadera que no vaya a convertirse en mi esposa.

Julius abandonó el confort del respaldo de su silla para acercarse todo cuanto pudo a Nicky. Lo examinó. El duque no se amilanó y le mantuvo la mirada. El patriarca estuvo satisfecho con lo que vio.

―He dicho mi última palabra, y, ahora, por favor ―el señor Brown agitó su mano para despacharlos―, tengo una reunión muy importante.

Gordon se levantó y, al ver que su amigo seguía mirando muy fijamente a su padre, y temiendo que lo agraviase, lo agarró por el brazo para instarle a moverse. A duras penas Nicky se levantó.

Cuando salieron observaron a un pavo real. El hombre estaba entregando su bastón y su sombrero a un lacayo.

―¿Quién es? ―Quiso averiguar Nicky. La hermana de Gordon se había apresurado a bajar desde el segundo piso a toda carrera con el evidente propósito de saludarlo.

Ese hombre le sacaba más de una cabeza, no obstante, en un cuadrilátero lo dejaría tirado sobre el suelo.

Porque, pese a que la figura de Nicky estaba un poco descuidada, la fuerza de sus puños seguía intacta.

―Es el editor del The Daily , el conde de Dacre, Archival Byne ―respondió Latimer.