Capítulo 2
Una novia evasiv a
Nicky estaba tomando un vaso de brandy en casa de su buen amigo Gordon. No era muy habitual que él estuviera en este lugar, no al menos cuando el patriarca de los Brown estaba en la morada. Él era consciente de que no le caía bien ni a la madre, ni al padre y, por descontado, a la hermana de él.
El duque de Beauford tenía muy fresca en la retina la primera vez que la conoció.
Ella era una marisabidilla que se creía superior a él.
A simple vista percibió el desprecio que sentía la joven por su persona.
Era una jovencita de apenas dieciséis años cuando la conoció.
Ya era insufrible por aquel entonces. Él fue atento al saludar y ella se subió los lentes para observarlo con detenimiento y salir disparada del lugar.
Creyó que su bonita sonrisa la había dejado cautivada, no obstante, fue todo lo contrario.
Después de varios encuentros más en los que ella obviaba su presencia, Nicky se dio cuenta de que, simplemente, ella quería aparentar que él no existía.
No le extrañó, era lo que solían hacer todos cuando él se daba la vuelta, pero el duque había querido hacer buenas migas con la hermana de su mejor amigo.
No era que ella le agradase, pues lo único reseñable en la joven eran sus bonitos ojos, lo demás poco apreciable era.
Nicky quería haberse llevado bien con ella por su amigo.
Le costaría reconocerlo, pero en su fuero interior, Nicky sabía que siempre había estado celoso de la relación que mantenía su hermana Issabella con Gordon.
Estos eran uña y carne y él había deseado encontrar a una amiga, no una amante, no una mujer a la que pagar para que se acostase con él, sino una compañera con quien poder hablar, debatir, incluso estar o correr por el campo.
Definitivamente, la hermana de su amigo no iba a ser esa persona, pues desde que la conoció habían intercambiado tres palabras, o pudiera ser que alguna más, dado que en el caso de que él hubiese estado bajo los efectos del alcohol poco recordaría de ese encuentro con ella.
Si en un primer momento no comprendió el hastío que ella le manifestaba, sí fue evidente a posteriori.
En la fiesta de presentación de la joven en sociedad, él se ofreció a bailar con ella.
A fin de cuentas, era un duque… ¿A qué más podía aspirar ella que a tener su primer baile con un hombre de tan alta posición?
Su amigo Gordon nunca en su vida había transpirado tanto sudor por su piel como cuando le dijo que ella se negaba a estar en la misma habitación que él.
Pese a que había aceptado hacía años que esa joven nunca sería su amiga, y ni mucho menos conocida, su orgullo se vio aplastado sin un ápice de arrepentimiento.
Pues bien, en algún punto de la noche de la presentación, él consideró que era hora de que se olvidase de hacer el bien.
La familia de su mejor amigo nunca lo aceptaría y era momento de que el duque de Beauford lo aceptase.
El champán corría sin límites y él necesitaba olvidarse de la afrenta.
Y como ese líquido no era lo suficientemente fuerte para hacerle olvidar rápido, decidió sacar su petaca y tomar un poco de whisky.
Para la hermana de su amigo él no era nadie, pero para muchas otras damas él era merecedor de atención.
Así, se encontró en medio de la pelea de dos buenas señoras que luchaban por sus favores.
Como Nicky siempre se había considerado un hombre de soluciones, les propuso a las dos mujeres tener un poco de…
Sí, de eso, con los tres metidos en situación.
¿Quién iba a pensar que con las prisas y los sofocos no pudieran esperar hasta llegar a un lugar más privado que una estancia ―él no recordaba cuál― de la casa de la marisabidilla? No. Desde luego que aquello no supuso una venganza contra ella… ¡Qué no, que no lo fue!
El escándalo cuando entraron a descubrirlo fue de proporciones apocalípticas.
Él no lo recordaba del todo, lo único que sí figuraba en su memoria de aquel desafortunado incidente, es que con las prisas se dejó parte de su atuendo en la casa y se marchó con algún tipo de prenda que le cubría el torso.
Entonces, él sí le dio un motivo para aborrecerlo… aunque no había sido premeditado, ¿verdad?
Su merecido le llegó mediante un castigo divino.
Un breve artículo escrito que incluso salió en la portada de uno de los periódicos de Londres.
Entonces, él se sonrió al ver la noticia.
Ella lo culparía de no tener opciones de casamiento…
Casi podría decirse que estaban a la par en eso de herir su orgullo, ¿no?
Sin embargo, como él mismo tenía una hermana menor a la que casar, puesto que la mayor ya estaba fuera de su vida, Nicky maldijo cada una de las cientos y cientos de veces que, a lo largo de los tres últimos años, el periódico se había hecho eco de su vida disoluta, y recordaba como él había «asesinado» un futuro prometedor para una dama que quedó marcada a fuego por su causa.
Cuando su amigo le propuso esta misma mañana la opción de casarse con la muchacha, él no vio ahí la oportunidad de hacer más leña del árbol caído.
Poco le importaba a él que ella, en todos estos años, no se hubiera dirigido a él ni para hablar sobre el desastroso clima de Londres.
Tampoco tenía nada que ver que en esos años ella hubiese negado su existencia o que lo hubiese mirado por encima del hombro las poquísimas veces que se había girado a verlo, probablemente, pensando que él era otra persona.
En su conversación con Gordon había hecho ver que ella no era nada para él porque sí. Esa mujer no merecía muchas consideraciones por su parte.
No, todo eso no significaba gran cosa. Simplemente, el destino le había dado la oportunidad de resarcirlo, porque por su causa el patriarca de la familia y Gordon llevaban un par de meses seriamente preocupados por el porvenir de una mujer que atrás había dejado sus años casaderos, pues a las puertas de los veintitrés años, la honorable señorita Brown, estaba a punto de ser considerada una solterona.
Y ahí sentado en una preciosa silla de color caoba tapizada en terciopelo rojo, al lado de su amigo Gordon y frente al escritorio de Julius Brown, aguardando la llegada del antiguo barón Latimer, el duque de Beauford se sentía como el estudiante torpe e inseguro que fue en Eton antes de tropezar con su mejor amigo para que él lo instruyera.
En efecto, el duque enseñó a Gordon a ser más fuerte y a cambio el barón le había mostrado la conveniencia de ser más inteligente y aprender.
―¿Nicky, estás bien? ―le preguntó Gordon al ver una gota de sudor resbalar desde su patilla hasta su cuello. Una de las características que Gordon más admiraba de su amigo era que el duque siempre mantenía sus nervios bajo control. Hasta la fecha, nunca lo vio tan preocupado por algo.
―Es la maldita corbata. Hacía años que no vestía un atuendo tan formal ―expuso él llevándose un dedo hacia el nudo de la corbata de batista, que, probablemente, su ayudante de cámara había apretado demasiado con el fin de hacerle pagar por sus burlas.
―No podía permitir que te presentases ante mi padre vestido en camisa y pantalones. Eres un duque, harías bien en recordarlo a menudo.
―Si probases a vestir de ese modo, te aseguro que no echarías en falta el chaleco, la chaqueta y el sobretodo.
Y menos que nada, la maldita corbata que me está atacando.
―Nicky movía el cuello tratando de aflojarla para respirar sin dificultad, pero la maldita se empeñaba en no permitirle engullir el aire.
―Mi padre está ansioso por casarla, pero, al menos, démosle un buen par de motivos para que tú te la lleves. Brenda es su ojito derecho. No la soltará tan fácilmente, y si lo hace es porque está desesperado.
―El acuerdo está firmado. Britney estará bien siendo una duquesa.
―Se llama Brenda, Nicky, por favor, trata de aprenderte su nombre, te lo ruego. Si el viejo te oye se molestará y no queremos eso.
―Como tu padre no autorice el matrimonio de Beverly conmigo, te aseguro que tú tampoco desposarás a mi hermana ―lo amenazó―. No creas que no sé por qué tenías tanta prisa en firmar el documento.
―Yo soy el barón Latimer, pero él es su padre. Por amor del cielo, Nicky, no lo enfurezcas llamando a su pequeña con un nombre que no es el suyo. Prueba a decirlo, se llama Brenda. Bren-da. Bren-da. Ahora tú, Nicky ―lo animó a pronunciar el nombre.
El duque lo miró durante un par de segundos. Su amigo estaba loco si él llegaba a pronunciar ese nombre en alto. Su futura esposa lo había negado todas las veces que había podido y más… bien… la revancha era suya ahora.
―Bettina será la duquesa de Beauford y su dote me ayudará a reparar mi patrimonio. Cualquier mujer con dinero me hubiese venido bien. Tu padre debería dar saltos de alegría. De no ser por mí, tu hermana se hubiera quedado para vestir santos.
―¡Por amor de Dios, Nicky! Si el viejo te oye decir algo como eso, no consentirá el matrimonio.
―Tú dijiste que el contrato no se puede romper.
―Y no se puede, llevaría años que la Corte interviniese y mi padre no querrá pasar por ahí. Pero creo que será más productivo para todos que te muestres humilde, encandilado por Bren-da ―lo volvió él a intentar―, y que le asegures que a su hija no le faltará de nada y que será feliz. Él la adora.
―Será mi duquesa, no le faltará de nada.
―¿Y sobre lo demás que he dicho?
―Lo iremos viendo sobre la marcha. ―Si bien al principio no veía esto como una venganza en toda regla, en estos momentos se le pasaban por la mente muchas cosas que él podría ordenar a su esposa…
Todos estos años sufriendo su indiferencia y haciéndole sentir como un sapo.
Dios existía y al fin le había dado la razón…
y eso que él no se consideraba una persona espiritual, porque lo de acudir a misa los domingos era algo que dejó de hacer en cuanto la vida le demostró que no había nada por lo que dar gracias.
―Trata al menos de no hacerle daño.