Pacto de Caballeros: Bilogía completa Prefacio #4
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Prefacio #4

Y esa noche, la noche de la presentación de la hija del señor Julius Brown, el duque de Beauford se había emborrachado y fue descubierto desnudo en compañía de dos damas casadas.

Y no contento con la afrenta, el duque de Beauford salió de su casa llevando únicamente una fina camisa blanca de fino lino cubriendo su cuerpo.

Brenda había sido testigo de todo el drama y no solo eso, los llevaba anotados en su pequeño libreto.

Y mañana su nuevo jefe tendría los detalles más suculentos para poder darlos a conocer.

Y no. Brenda no se sintió mal, porque ese hombre le había arruinado la que se suponía era la noche más importante de su vida, puesto que ese escándalo se ligaría a su reputación y difícilmente una dama sobreviviría a tal humillación.

Pero lo que el duque de Beauford nunca llegaría a saber es que, con su actuación salvaje, él le había proporcionado la excusa perfecta que le permitió huir del matrimonio durante los tres años siguientes.

Tres años magníficos en los que Brenda disfrutó de cada palabra de cada artículo escrito, y de cada momento en el que lo consiguió.

Por descontado que su jefe no la cambió de sección, porque ella ponía tanto empeño en lo que hacía ―y, sobre todo, porque nunca había contado en su columna nada que no fuese verdad―, que el conde de Dacre no se atrevía a prescindir de sus servicios o a trasladarla a otro puesto; ya que, entre otras cosas, ella había dado veracidad a las notas de sociedad, y el periódico contaba con otros buenos reporteros que se ocupaban de lo que ella tan desesperada estaba por hacer: política y economía.

La joven era hija de un importante y destacado miembro de la banca y Brenda había estado siempre preguntando e interesándose por el trabajo de su padre.

Julius, orgulloso de sus quehaceres, y creyendo que su hija no lo entendía, había compartido con la joven muchos secretos sobre el manejo del negocio.

Ella estaba más que preparada para dar el salto de sección y solo su jefe le impedía hacerlo.

¿Cómo lo impedía y por qué ella lo toleraba?

Porque a lo largo de estos tres años en los que había trabajado, conversado y discutido con el conde, se había enamorado total y completamente del hombre perfecto.

En efecto. La visión empresarial y periodística de Archival, junto con su apariencia viril y seductora, lo habían convertido en el hombre de sus sueños.

Ella estaba a sus pies, a su merced, pero como nunca se consideró una mujer soñadora, mantenía los pies sobre la tierra y sabía que aquello era un imposible.

Tres años trabajando junto a él, la habían dejado sin ganas de casarse sino era con él. No es que Brenda tuviera mucho interés de inmiscuirse en el mundo matrimonial, pero con una proposición venida de Dacre, lo pensaría dos veces antes de ofrecer una negativa…

No así pensaba su padre, quien estaba harto de las excusas de ella para no casarse.

La joven conmovió a Julius cuando le lloró al exponerle que el mejor amigo de Gordon había hecho añicos sus sueños de casarse debido al escándalo que arrastraría por culpa del duque de Beauford.

Pero los años habían pasado y el padre le había dado un ultimátum para que ella tomase una decisión sobre sus pretendientes.

La muchacha los tenía, a los pretendientes, en abundancia, puesto que su padre era un hombre muy listo que había puesto sobre su cabeza una dote tan alta, que muchos consideraban obscena y otros interpretaban como un reclamo para borrar la terrible presentación de la dama…

¡Oh, sí! El espectáculo que el duque de Beauford ofreció aquella lejana noche nunca pasó de moda, porque ella seguía muy de cerca al mejor amigo de su hermano y era uno de sus principales temas de escritura ―le daba muchos chismes―, y cada vez que hablaba de él en su columna ―lo que era muy, pero que muy frecuente―, B.

Brown no tenía reparos en recordar lo que él hizo el día de la presentación de la maltrecha florero, la honorable señorita Brenda Brown.

Y, curiosamente, el afectado por los chismes nunca había desfilado por el despacho de su jefe para pedir una rectificación… ¡Beauford era culpable de todos los cargos! Y pensar que cuando la dama lo vio creyó que era el hombre más elegible del planeta… ¡Qué equivocada estaba!

Y por ese principal motivo, ella logró convertirse en una orgullosa florero que desde detrás de los helechos conseguía buen material para su periódico. Eso, y que había llegado a ser la sombra del duque, puesto que él siempre estaba tan borracho que nunca recordaba haber hablado con ella.

¡Oh, que desperdicio de hombre!, pensaba Brenda cada vez que lo veía caer tan bajo a causa de los efectos del alcohol. ¡Era un auténtico calavera que no aspiraba a ningún tipo de redención! Es que no tenía voluntad de cambiar o sentar la cabeza.

¿Cómo podía su hermano tolerar su amistad o su presencia?

Esta era la pregunta que más bailaba por su cabeza cada vez que Beauford hacía una de las suyas…

Esa, y cómo su padre consentía la amistad de ambos hombres.

Julius Brown era un hombre con poca paciencia y muy malas pulgas…

Alguien a quien no había que hacer enfurecer.

No obstante, a pesar de las pegas que ella ponía al duque de Beauford, ese al que ella había bautizado como un ocioso libertino, a Dios daba gracias por haber puesto a Beauford en su camino. Hasta que un día dejó de darlas …