Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 1
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Capítulo 1

Un acuerdo caído del ciel o

El barón Latimer, de nombre Gordon, llegó al establecimiento de Madame Gruiselle y no hizo falta preguntar.

Lo llevaron directamente a los aposentos privados de su buen amigo, el duque de Beauford.

No debería sorprenderse de nada a estas alturas, porque lo había visto casi todo, pero la estampa que tenía delante de él era…

Bien. No sabía si darle una ovación o regañarlo por sus excesos.

Una morena, una rubia y otra… Gordon levantó la colcha de la cama para ver si veía mejor el pelo… Ah, sí, pelirroja. A su bien amigo Beauford le gustaba el género variado en sus conquistas.

Nicholas Williams III había pasado de ser conde de Suffolk a duque de Beauford hacía relativamente poco tiempo.

Su padre había renunciado al título después de dejar a sus tres hijos con sus deudas, y su madre se había fugado con uno de sus amantes.

Nicky, como todos lo llamaban, no sabía con quién exactamente, y bien poco le importaba. Los tres estarían mejor sin ellos.

Contaba con veintiocho años y el único trabajo importante era el de ejercer de amante, beber cualquier líquido que no fuera agua y apostar.

Pero lo que mejor se le daba ―o eso pensaba él― eran las mujeres.

Se consideraba a sí mismo un mujeriego, seductor y arrebatador.

Dios le había conferido una apariencia muy notoria, lo cual hacía que poco se tuviera que esforzar para llevarse a la mujer que quisiera a la cama.

Estaba satisfecho porque había casado a su hermana mayor y únicamente le quedaba casar a la menor. No tenía demasiada prisa, pero el dinero estaba menguando y pronto Bella, su hermana, debería casarse si no quería acabar viviendo bajo un puente y peleándose por un mendrugo de pan con las ratas.

En cuanto a su apariencia física. Beauford era de facciones angelicales, tenía el pelo rubio lacio que solía llevar atado con una cinta negra.

Si lo dejaba suelto le llegaba hasta los hombros.

Sus grandes ojos cercanos al negro eran muy expresivos y, a diferencia del barón Latimer, que contaba con un solo hoyuelo, él contaba con dos, por lo que su sonrisa era perturbadora y atractiva a partes iguales.

En sus años más jóvenes, Beauford fue considerado como un Dios esculpido en piedra, mientras que Gordon tenía fama de ser su mascota, porque nunca fue apuesto hasta que Beauford obró su magia en él, enseñándole ciertas cosas para sacarse mejor partido.

Tanto era así, que el alumno había superado con creces al maestro.

El cuerpo del duque tampoco tenía desperdicio.

Como decíamos, en su juventud había tenido una espalda ancha, unos marcados pectorales y un abdomen plano, con unas piernas igual de fuertes.

Todo ello era fruto de sus largos y constantes paseos a caballo.

Ese cuerpo se había deteriorado en demasía, pues el duque estaba cosechando una barriga que no era tan atlética como él creía.

El alcohol le estaba pasando factura y, en los últimos meses, su sastre tuvo que ir ensanchando sus camisas, chaquetas y sobretodos.

Aun con este detalle, podría catalogarse a Beauford como un espécimen atractivo al que ninguna mujer haría ascos.

―¿Quieres unirte a la fiesta, Latimer? ―preguntó Nicky sin abrir los ojos ni soltar el pecho que, tan cómodamente, tenía sujeto en su mano derecha.

―No seas ridículo.

―Tal vez estos años en los que te he enseñado algunas cosas…

―Prevenir la histeria femenina no es algo con lo que…

―Pero ―lo cortó― yo hice mucho más por ti que traspasarte mis numerosos consejos sobre féminas. Te los mostré.

―Ese mérito corresponde a las chicas de madame Gruiselle, no a ti.

―Siempre serás un maldito desagradecido.

―Vas progresando, esta vez has tardado… ―Gordon sacó su reloj para comprobar los minutos―, tres escasos minutos en blasfemarme.

―Si no vas a unirte a la fiesta, te aconsejo que te marches. ―La mano de una de las chicas comenzaba a darle un placer que acabaría de una manera…

―Señoritas ―levantó una vez más la ropa de cama sin pudor. Las tres gritaron espantadas―, es hora de que se marchen.

―Más vale que sea importante, Gordon. —Esa media erección podía ser calmada, pero ¡diablos! Él tenía ganas de terminar lo que una de las mujeres había iniciado.

―Tú eres el desagradecido.

Las muchachas habían recogido sus cosas y estaban saliendo por la puerta en silencio. Las tres le guiñaron un ojo a Nicky antes de partir.

―¿Yo?

―¡Tápate, por amor del cielo!

―Debo recordarte amablemente que has interrumpido lo que habría sido un acto carnal muy interesante para mí y que has sido tú, mi querido amigo, quien se ha empeñado en mostrar mi desnudez. ―Aun así, el duque se tapó de nuevo. No salió del lecho.

―Tengo la solución a tus problemas económicos.

―No voy a aceptar tu ayuda, te lo dije. Estoy arruinado, sin un penique a mi nombre. Mi casa está derrumbándose, pero no aceptaré caridad.

―No creí que fueses tan egoísta.

―Me temo que viene uno de tus aburridos sermones.

―Planeas engañar a una joven para que te tome por esposo.

Nicky aireó su mano para restar importancia. Solo Gordon sería capaz de darle un tono tan censurador a algo tan habitual entre los de su clase.

―Hay muchas herederas ansiosas por un título. Voy a darle a la mujer que elija lo que quiere.

―No comparto el punto, pero en el hipotético caso de que lo hiciera, Nicky, ¿esperas hallar a tu heredera en un burdel de mala muerte?

―La casa de señoritas de madame Gruiselle, no es ni de lejos de mala muerte, como tú bien has dicho. Vale una fortuna ser un miembro de pleno derecho.

―Una membresía que yo te pago.

―Una cuota que tú aceptaste pagar por la pérdida de tu última apuesta conmigo. No tergiverses las cosas. Eso no es caridad, tú perdiste ante mí.

―Como sea. Retomemos el hecho de tu matrimonio.

―De acuerdo.

―¿Qué sucederá con tu hermana?

―Mi hermana está casada.

―Tu otra hermana, Nicky, ¿qué pasará con Issabella?

―Con el dinero de mi esposa arreglaré una dote para ella.

―Siempre has dicho que la protegerías y que jamás, y cito tus palabras textuales: «la regalaría a un maldito petimetre, ni le pondría una bonita diana para ser el blanco de un cazafortunas».

Nicky se estiró en la cama y suspiró. Se pasó el antebrazo por el rostro y bostezó cansado.

El alcohol ingerido la noche pasada no permitía que recordase nada de su interludio.

Pero, seguramente, estuvo animado, porque se sentía agotado.

¿O se sentiría así por el sermón de su amigo?

A estas alturas debería estar habituado.

―Y estoy decidido a cumplir con ese objetivo.

―Espero por tu bien que la heredera ―arrastró la palabra― venga con una fortuna infinita. Porque el título no fue lo único que su excelencia te dejó.

―¿Es preciso recordarme las múltiples deudas que tengo a cada instante, Gordon?

―Lo es.

―Ilústrame. ―El duque sabía que estaba por venir otra reprimenda.

―Llevas seis meses buscando a esa mujer que va a sacarte de tus apuros ―puso especial énfasis en la palabra― y no has conseguido nada aún.

―Eso es porque en la temporada pasada no hubo nada de mi agrado y la presente no ha dado comienzo. Encontraré a una mujer pronto.

―Tu hermana no tiene tiempo.

―Mi hermana está casada.

―Esa no, la otra. ―A Gordon le molestaba que su amigo hiciera eso cuando no le convenía hablar sobre un asunto.

―Hay tiempo.

―Los acreedores la sacarán de la finca mañana.

Nicky se incorporó sobresaltado.

―¿Cómo has dicho?

―Lo malo que tienen las deudas es que no entienden de títulos. Por muy duque que seas, los acreedores quieren cobrar lo que se les debe.

―¡Soy un duque! ―tronó, como si esa posición lo eximiera de toda culpa o del impago de las sumas de dinero.

―Nicky, puedo pagar…

―¡Ni se te ocurra decirlo! ―volvió a gritar.

―No lo haré. ―Él no perdió la calma. Tomó asiento en la silla más cercana y aguardó unos instantes.

Gordon cruzó la pierna derecha y sacó su reloj para ver cuánto tiempo tardaba su amigo en…

―¡Me molesta tu actitud! ―Dos minutos había tardado en irritarlo.

―No estoy haciendo nada.

―Sí, Gordon, lo haces. Has venido aquí con el único fin de amargarme. Te diré una cosa, no hace falta que me recuerdes que soy un miserable duque. Me lo recuerdo todos los días que me miro al espejo.

Gordon volvió a mirar su reloj. Unos treinta segundos había tardado en llegar la autocompasión. La última vez fueron cinco minutos. La cosa estaba empeorando.

―¿Has terminado ya, Nicky?

―Ha de haber algo que aún no haya vendido ―comenzó a divagar―, tiene que haber algo que le dé tiempo a Issabella.

―El estómago se le contraía de dolor y no era por la intoxicación de anoche, sino por pensar en su pobre hermanita.

Bella lo adoraba y si descubría que… No.

Nicky no quería que ella lo mirase como lo hacían los demás.

Llegados a este punto, Gordon dejó sobre la mesa su gran sombrero de copa y su bastón. La conversación iba a ser más larga de lo que pensó.

―No queda nada más que tomar mi ayuda. Nicky.

―Prefiero verme en los bajos fondos antes que aceptar caridad. No cambiaré de idea.

―¿Ni por Issabella?

―Algo se me ocurrirá.

―Te aconsejo que mientras esa epifanía llega, te vistas, partas al campo, y le digas a Bella que recoja lo más rápido que pueda sus pertenencias, porque los acreedores no dejarán ni el papel de las paredes.

El duque colocó las palmas de las manos en su rostro. Gordon tragó saliva. Nicky era un libertino, un tunante, pero era honrado. Su amigo no se merecía la vida que le había dejado su progenitor. Lo vio tan vulnerable que su corazón se estremeció de dolor.

―Nicky ―retomó la palabra el barón―, creo que podemos llegar a un acuerdo muy beneficioso para ambos.

Es cierto que en estos años no me has permitido inmiscuirme en tus asuntos, ni has considerado que te prestase una suma con la que hacer inversiones y arreglar el estropicio del anterior duque de Beauford, pero es hora de que tome una decisión por ti.

―No tienes derecho a hacerlo.