Pacto de Caballeros: Bilogía completa Prefacio #3
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Prefacio #3

―Me llamo Archival ―le aclaró―. Usted va a ser mi estrella hasta que podamos ser un periódico serio.

―El corazón de ella se calentó―. Soy un hombre con los pies en la tierra.

Nuestro público busca carnaza y se la tendremos que dar.

Los chismes, como usted se empeña en llamarlos, son mi mejor baza de momento, y eso es lo que ofreceremos hasta que mi línea editorial se mueva a unos terrenos más cultos.

The Daily es un periódico que tendrá una tirada de…

―Él se detuvo―. ¿Sabe lo que es una tirada?

―El número de ejemplares que se producen.

―La tirada estará cercana a los 10.000.000 de ejemplares.

―¿Rotativa? ―Esa era una cantidad muy grande y con el viejo sistema no sería capaz de producirse.

―Sí.

El conde había comprado una cara rotativa que llegaría desde Alemania en breve para poder imprimir más periódicos, cosa que suponía abaratar costes, porque los rollos de papel de tres millas eran capaces de arrojar más ejemplares al mercado y, por ende, tener más compradores.

El gobierno había abaratado los impuestos a la prensa y era el momento de invertir.

Lord Dacre era un tipo listo y sabía que el futuro pasaba por la información, la cultura, y por controlar al populacho a través de un medio público, barato, que llegase al máximo número de usuarios.

Por algún extraño motivo, él sospechaba que la joven que tenía en frente también estaba al tanto de todo eso.

Y llegados a este punto, él tuvo que preguntar asombrado:

―¿Está segura de que es usted nueva en el negocio?

―Lo soy, pero estoy al tanto de que se cuece. Le he dicho que esto es como respirar para mí. ―Dacre estuvo conforme con su respuesta.

―No lo dudo, Brenda. ―Ella se removió en su sillón, él lo percibió en el acto porque lord Dacre era muy listo y observador, por algo era el editor más famoso del momento―. ¿Le molesta que la llame por su nombre de pila?

El editor volvió a sonreírle y ella se disgustó. Él parecía estar jugando al gato y al ratón, y ella no iba a ser el ratón. Brenda subió la barbilla, altiva.

―Es el jefe. No veo ningún problema. ―No obstante, le había gustado más de lo necesario oír el nombre en sus labios, y por eso la muchacha se había incomodado.

Ella se molestó consigo misma porque no era el momento de pensar en estas cosas, no cuando él se veía tan divertido con su actitud.

¿Cómo podría una mujer esconder sus reacciones cuando el hombre le hacía sentir todo esto?

―Entonces, yo soy Archival y usted, Brenda. ―El editor se acercó al borde de la silla y la examinó desde su posición con especial atención. Seguro que estaba admirando la rojez de sus mejillas. Ella lo sabía―. ¿No será usted una jovencita aburrida jugando a enfurecer a su padre?

A Brenda se le olvidaron las tonterías en este punto. Nombrar al padre fue lo mejor que pudo ocurrir en la conversación.

―¿Me creería si le dijera que no?

Él se tomó un momento para valorar la respuesta. Lord Dacre estaría mintiendo si no admitiese que ella se veía del todo apetecible cada vez que sus mejillas se inundaban de tonos rojos. Pero él no había llegado hasta donde lo había hecho para ahora…

―En lo que a mí respecta espero su trabajo sobre mi mesa todos los jueves por la mañana. Los viernes quiero tener frente a mi puerta el desfile indecente para pedir su cabeza. Lo demás me trae sin cuidado.

―Me parece perfecto.

―Aclarado todo, pues. Nos reuniremos una vez al mes para tratar los asuntos más apremiantes.

―¿Y si no los hay?

―¿Aspira a casarse, Brenda? ―Él nunca había preguntado algo tan personal a ninguna de sus empleadas. Por alguna extraña razón, algo lo impulsó a hacerlo con ella.

―No, milord . ―Lo vio sonreír de nuevo. ¿Eso había sido alegría?

Bien. Esa no era la pregunta más apremiante en estos momentos, porque pese a que era una mujer, y él un hombre muy superior a ella en cuanto atractivo y posición, él no tenía ningún derecho a hablar sobre una cuestión tan íntima…

Aun así, había contestado como un ratón al gato.

―Archival. Y, sobre mí, debe saber que no me gusta repetir las cosas.

―Le aseguro que no ha sido un olvido, es un problema de educación. La etiqueta exige que le trate con el respeto que merece su título. ¿Duque?

Ella no conocía la posición exacta, pero daba por hecho que él estaría cercano a la cúspide en la cadena alimenticia de los nobles. No era difícil suponer que él era alguien importante, no solo por su apariencia ―él era un adonis―, sino por su seguridad, su carisma y su dote de liderazgo.

―Conde.

―Hubiera apostado que era un duque. ―Un príncipe, más bien.

―Hubiese perdido. ―Él hizo una pausa y ambos se quedaron mirando los ojos del otro―. ¿Te parece bien que dejemos de una vez los formalismos? Creo que será más fácil para nuestro trabajo.

―Supongo que es lo que deberíamos hacer.

―Te preguntaba si tenías interés en el matrimonio, y, lógicamente, no era una insinuación de propuesta, simplemente, necesito esa información.

―Lo suponía. ―Ella no tendría tanta suerte. ¿Conocer a un hombre apuesto y que la quisiera como esposa? ¡Imposible!

―Siempre premio a quienes demuestran su valía.

―Entonces recibiré muchos premios ―señaló ella con una brillante sonrisa. Y, al ver la seguridad en ella misma ante su afirmación, él creyó que así sería.

―Interpreto que los chismes no te gustan demasiado.

―¿Quiere sinceridad?

―No es indispensable.

―Se la daré de todos modos.

―Adelante, pues.

―No, no me gustan los rumores. Me es más interesante realizar un estudio que demuestre que los niños no deben ser utilizados en los trabajos, y más en los que impliquen bajar a las minas.

Creo que los trabajadores textiles deberían estar más protegidos por la toxicidad del algodón que acaba alojado en sus pulmones y recorta su vida, o lo que es más importante para el patrón, su rendimiento en el desempeño de sus labores.

―Un año.

―¿Es lo que voy a durar en mi trabajo? ―Ella creyó que se había sobrepasado en sus apreciaciones, o que su reacción íntima al tenerlo enfrente la había puesto en evidencia.

―Creí que eras una joven inteligente. No me hagas arrepentirme de mi decisión.

―Lo siento, pero no comprendo lo que me dice.

―Te honra preguntar sin vacilación lo que no comprendes.

―La función de un informador debe ser la de preguntar para luego contar.

―Un año es lo que estarás a cargo de la sección de sociedad, luego nos reuniremos y valoraré tus atribuciones.

―Es justo.

―Tu primer trabajo comienza esta noche.

―Estoy lista.

―¿Quién es tu padre?

―¿Es relevante? Antes dijo que mientras cumpliese con mi trabajo poco le importaba el resto.

―Y no lo es, pero me gusta conocer a mis asalariados y saber si tienes las puertas abiertas de la sociedad. No es lo mismo ser la hija de un duque, que de un conde, por ejemplo.

―Soy hija de un barón.

―Di el título. Necesito saber qué problemas voy a tener que resolver con tu padre.

―Latimer.

―¿El dueño del banco que financia mi periódico es tu puñetero…? No te ofendas.

―No lo hago ―le aclaró ella.

―¿… padre? ―Terminó él.

―Si usted se refiere al señor Julius Brown y el Latimer’s Bank es donde ha pedido los fondos… sí, señor. ¿Supone algún problema? ―Ella sonó nerviosa.

―No lo tengo claro, Brenda.

―Comprendo. ―Sí sería un obstáculo, ella podía verlo reflejado en la cara de él.

―¿Tú padre tiene grandes deseos de verte casada?

―Tanto como respirar.

―¡Maldición! ―El problema podría ser grande.

―Creo que un buen reportero que se precie debe saber vivir entre la verdad y la mentira.

―Explícate.

―Esta conversación sobre mis orígenes podría quedar entre usted y yo. Y, si así fuera, nadie podría desmentir o confirmar que sabía quién era yo.

―Me gusta tu planteamiento, pero estamos hablando del hombre que me tiene entre sus manos. Un paso en falso y me escurriré entre sus dedos… ¿Comprendes?

―Perfectamente.

―Una contrariedad y estoy fuera del negocio.

―Comprendo ―expuso apenada.

―¿Eres discreta?

―Una tumba ―señaló con ilusiones renovadas.

―Esta noche hay un baile.

―¿Dónde?

―En tu casa.

―Las noticias vuelan.

―Me parece que es tu presentación.

―Lo es.

―Trae el jueves algo escrito y veamos cómo respira tu padre. Tal vez podamos evitarlo. ¿Te parece bien?

―Su palabra es la ley, jefe.

―Al menor contratiempo tendré que echarte sin contemplaciones. Una palabra de tu padre y esto se acaba, ¿comprendido?

―Yo haría lo mismo en su lugar ―respondió con sinceridad.

―Sé discreta, sigue hablándome como lo haces y llegarás lejos.

«¿A quién no le gustaba que le dieran coba?», se preguntó ella.

―Eso pretendo. ―Ella era una chica muy lista.

―Bienvenida, Brenda. No hagas que me arrepienta.

―Nunca, Archival. ―Y entonces lo vio sonreír y ella creyó que era el hombre más maravilloso que había visto.

En ese momento fue consciente de que trabajar con él iba a ser tremendamente duro.

Nunca se consideró una joven impresionable, pero…

La culpa era de esos ojos tan azules como el mar, llenos de expresión y seguridad.

Él se levantó y le tendió la mano para sellar el acuerdo. Como ella se había quedado pensativa, él carraspeó para llamar su atención. Brenda se levantó para ofrecer su mano y lamentó llevar los estúpidos guantes que le impedían saber si él tendría la piel tan dura como parecía.

Así comenzó un acuerdo. Esa misma noche ella tuvo material más que suficiente para que su jefe agotase la próxima edición.

¿Cómo logró B. Brown semejante hazaña? Gracias a la intervención del mejor amigo de su hermano Gordon.

Ese otro libertino que había llegado para atormentarla desde primera hora.

A lo largo de su vida había oído cosas escandalosas sobre el joven duque de Beauford, Nicholas Williams. A sus veintiocho años, Nicky, como su hermano se refería a él, había recibido el título porque su padre renunció antes de huir del reino para no acabar con sus huesos en la cárcel de deudores.

La madre también había protagonizado un escándalo que ella pronto trataría de averiguar.