Pacto de Caballeros: Bilogía completa Prefacio #2
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Prefacio #2

Lo examinó… ¡Es que era tan hermoso! ¿No podía haberle dado Dios una verruga en una parte de su cara para que ella pudiera tener alguna posibilidad ahí? Brenda se enderezó al darse cuenta de sus propios pensamientos.

―Supongo que no le han avisado de que soy el nuevo propietario.

―Maldito labio superior, que no quería bajar a su posición natural.

Ella ya se imaginaba dándole un sutil bocado para ver si esa parte de su cuerpo…

No, no y no. Hubo de regañarse mentalmente.

No podía acusar a alguien de parecer un pícaro y ella mostrarse tan desvergonzada interiormente.

Eso no estaba bien. ¡Además que ella era una buena muchacha juiciosa!

Se dijo que iba a dejar de lado esas tonterías que hasta el momento no se habían pronunciado en su interior, y le mostraría al hombre lo inteligente que ella era. Solo si ese maldito labio no la estuviera distrayendo tanto…

―Lo lamento, no lo han hecho, pero soy relativamente nueva en mi puesto. ―El hombre parecía no recordarla y ella no se delataría. No quería perder su nuevo empleo. Si es que lo había conseguido, claro.

―La columna de sociedad es la que más vende. Así que espero de usted suculentos chismes sociales.

¡Al fin ese labio estaba donde tocaba! Brenda se vio un poco más centrada.

―Los tendrá. ―Para subir puestos lo mejor era ir escalando poco a poco.

Había tenido una suerte bárbara. Ella no iba a tentarla poniéndose exigente sobre sus preferencias a la hora de escribir sobre los temas, por más que hacerlo sobre rumores la horrorizase.

¡Maldición!… Solo si sus ojos fuesen de otro color más anodino…

En efecto, ella no estaba demasiado cómoda, pero se dijo que sería capaz de demostrar que podía seguir la conversación sin parecer una jovencita impresionable que se cree enamorada del primer hombre apuesto que le presta atención.

Ese error no lo volvería a cometer… ¡jamás!

―Mis condiciones son las mismas que tenía antes de mi llegada, ni un penique más. En caso contrario, la puerta está abierta para que se marche.

―Me parece bien. ―Ella no tenía ni idea de cuánto sería eso, pero tampoco consideraba oportuno discutir por dinero.

¡Dios santo! En este punto, él había apoyado esas inmensas manos en el borde del escritorio, y ella…

En el despacho hacía mucho calor de pronto.

¡No podía estar pasándole esto justo ahora!

―¿Se queda o se va? ―preguntó él sin paciencia. Brenda vio ahí al hombre de negocios y decidió ponerse a su mismo nivel. Ella era muy capaz de hacerlo. Dejó a un lado sus interferencias íntimas y se metió de lleno en la conversación.

―Me quedo. ―No lo dudó un instante. Su sueño comenzaba a verse cumplido, y un hombre, por muy apuesto que resultase, no iba a suponer un problema.

―¿Cómo se llama?

―Brown. ―Su apellido. Ella decidió que usar su apellido para hablar con él era lo más sensato. No quería oír su nombre en esos labios carnosos o acabaría desmayándose.

―¿Brown es su nombre? ―preguntó levantando una ceja que lo hizo parecer todavía más atractivo. Ella se mordió el labio inferior, un gesto que él divisó, y que otra vez le hizo alzar a él el suyo. Ella se puso seria.

―B. Brown es el nombre con el que firmo. ―Fue lo primero que se le ocurrió, y esperaba que él estuviera de acuerdo en el uso.

―Bien. Pero le he preguntado su nombre. ―¡Si es que ella no quería decírselo!

―Bren…da ―tartamudeó. Lo vio sonreír de nuevo y se sintió una niña pequeña, insegura y estúpida.

―Si no tengo quejas sobre usted la despediré en el acto.

Ella se quedó contrariada, y esta vez no fue por su aspecto.

―¿Cómo dice, milord ?

―¿Le gusta escribir?

―Más que respirar.

―¿Esa qué clase de respuesta es? A uno no le gusta respirar, lo necesita para poder vivir.

―Precisamente, milord . ―Se sintió satisfecha de que su mente al fin se hubiera puesto a trabajar, aunque no estaba funcionando a pleno rendimiento. Ella sabía esto porque sus respuestas eran demasiado escuetas.

―Comprendo. ―El contrariado ahora fue él. A sus casi treinta años, poca gente había sorprendido al conde de Dacre, y esa jovencita lo acababa de hacer.

―No le defraudaré, se lo aseguro. Tendrá muchas quejas de mí.

―¿Disculpe?

―Puesto que me ha asignado la sección de chismes…

―Social ―hubo de puntualizar él.

―Me gusta llamar las cosas por su nombre, milord y esto… ―ella señaló la página que hacía su antecesora―, son chismes.

¡Al fin su audacia hacía también acto de presencia!

―Se lo permitiré, entonces.

―Como le decía, quiere que yo saque en su periódico los mejores chismes del momento, y no serán suficientemente buenos si no desfilan por su despacho una cantidad… ¿desmesurada? ―interrumpió su apreciación para preguntar si esa era la palabra adecuada para él.

―Prefiero que sea indecente.

Ella se ruborizó. Indecentes eran sus pensamientos con él. No pudo evitar su sonrojo, pero decidió seguir como la mujer poderosa que era… al menos, lo había sido antes de conocerlo.

―Indecente, pues. ―Ella tuvo que hacer una pausa para volver a morderse el labio inferior.

Fue un gesto del todo involuntario que lo hizo a él sonreír de forma que ella…

No, Brenda no iba a analizar esto―. Usted quiere que un número indecente ―repitió la palabra y lo vio asentir.

¿Por qué aquello se sentía como un juego entre un hombre y una mujer?

Ella sacudió la cabeza para desterrar estos pensamientos― de caballeros, señoritas, lores, ladies …

, en definitiva, un público selecto que pida mi cabeza, porque eso le dará buena pista de que mi labor está siendo la correcta.

Él la miró por un segundo muy detenidamente, tanto, que la hizo sentir desnuda. La culpa era de esa mirada seductora y arrebatadora. Ella no apartó la mirada ni un instante, pese a que una vez más sintió sus mejillas arder.

―¿Por qué quiero eso?

Brenda no podía seguir con el ritmo de la conversación.

Ese juego al que estaban jugando era demasiado peligroso para ella.

¿Él estaría coqueteando? Volvió a mover la cabeza de forma negativa.

Eso era imposible. Ese hombre podía tener a la mujer que quisiera solo con chasquear los dedos y ella no era más que otra muchacha del montón.

Brenda recuperó su fuerza.

―Porque las personas que son conscientes de que se dice una mentira sobre ellos, no se quejan, esperan para poder demostrar su inocencia.

―¿Y si la inocencia no llega?

«¿Por qué la palabra inocencia había sonado como diez palabras juntas?», se preguntó Brenda.

―Entonces, deberá pedir a esa cantidad indecente de personas la fecha del artículo por el que se muestran insultados.

―¿Por qué?

―Quienes sean culpables vendrán a la mañana siguiente a pedir mi cabeza, los inocentes esperarán un poco más para reunir pruebas exculpatorias, y, si aun así no son capaces de reunirlas, darán su versión de los hechos.

―Para ser su primer día y haber recibido del cielo una oferta de trabajo, ha demostrado que es una buena reportera. Siga esa estela y pronto hablaremos de nuevo.

Ella tenía muchas ideas revolucionarias que le rondaban por la cabeza, pero intuía que este no era el mejor momento para exponerlas porque su mente no estaba muy lúcida, aun así, hizo la pregunta que sabía que él estaba esperando.

―¿Cómo lo ha sabido?

―La señora Jacobson murió hace dos días.

―¿Por qué me permitió continuar con la mentira si me había descubierto?

―No era consciente de ese dato cuando me crucé con usted en la puerta, me lo dijeron luego.

―Vio su mirada recorrerla con diversión.

Ella se molestó… pero solo un poquito. Apostaba su dote a que ese hombre no había conseguido hacer enfadar a una mujer nunca…

Una sonrisa y las damas lo perdonarían en el acto.

―¿No está disgustado?

―Necesitaba a alguien para hacer el trabajo y usted estaba sentada en la silla. Además, no me apetecía entrevistar a nadie para el puesto.

―¿Mera casualidad? ―Ella no creía en el destino, porque ese hombrecillo que jugaba con la vida de los seres mortales ya le había jugado otra mala pasada al poner en su vida a…

negó con la cabeza. No iba recordar a ese otro en estos momentos, porque aquel no merecía que ella se detuviera ni un minuto en su persona.

Él se acarició la barbilla y cruzó una pierna. Se reclinó sobre la bonita silla en tono crema que tenía frente a ella y le sonrió. ¡Gracias al cielo que estaba sentada!

―¿Qué sabe sobre el mundo del periodismo?

―Que está avanzando a gran velocidad y que este periódico debe subirse al carro de la modernidad.

―¿Cómo?

―Ilustraciones.

―Los competidores ya las gastan.

―Ilustraciones veraces. Un texto debe estar acompañado por un dibujo que sea fiel a la realidad para dar énfasis.

Nada de agrandar narices o ensanchar hombros, por no utilizar otras partes del cuerpo…

Estoy segura de que algún día alguien inventará una máquina que plasmará lo que se ve, pero mientras tanto…

―Siga. ―Ella había captado toda su atención.

Brenda era consciente de que tenía delante de ella una gran oportunidad que nunca más se repetiría. Trataría de que la quisiera…, es decir, de que quisiera quedarse con ella. El hecho de que el hombre fuera descomunalmente atractivo debía carecer de importancia… al menos, por el momento.

―El dibujante debe ser fidedigno con lo que está viendo para tratar de alterar la realidad lo mínimo posible.

―Lo sé. Por ello he contratado a Winston W. Chill, y por su entendimiento es por lo que usted va a ser mi cronista social.

―¿Al ilustrador? ―Ella estaba al tanto de que ese hombre había dejado de trabajar en The Croll , que era el principal competidor de The Daily en el mercado periodístico.

―¿Conoce a otro?

―No, milord .

―Archival.

―¿Cómo dice? ―Seguro que había oído mal. Él no podía haberle dicho su nombre de pila.