Pacto de Caballeros: Bilogía completa Prefacio
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Prefacio

Todo tiene un principi o

La honorable señorita Brenda Brown había sido un florero.

Además, en toda la extensión de la palabra.

Tres años en el mercado matrimonial y sin éxito, pero por una buena razón.

Todo en ella era contrario a la moda. Era demasiado alta, demasiado delgada, con un pelo liso castaño muy común y unos ojos verdes de un color muy bonito, pero que, al quedar ocultos tras los anteojos, perdían la magia.

Más allá de su aspecto, la razón por la que ella seguía soltera era otra de mayor peso.

Su familia era la propietaria de uno de los bancos más importantes de Inglaterra, el Latimer’s Bank.

El nombre del lugar se debía a que su padre, hasta hacía relativamente poco, había sido el barón Latimer, un título que le había pasado a su heredero, a su hermano Gordon, quien, desde bien pequeño, le había usurpado el título y siempre lo utilizó a su conveniencia, para darse cierta importancia o para evitar los golpes de los demás niños.

Esto último ella no lo tenía demasiado claro.

Su pasión era escribir. Le gustaba leer, pero lo que verdaderamente le apasionaba era plasmar la realidad en sus textos.

Cuando llegó al The Daily , uno de los mejores periódicos de Londres, uno de los reporteros la despachó en el acto.

Ella se había puesto sus mejores galas y estaba dispuesta a usar la posición de su padre para que le diesen una oportunidad.

Al salir del edificio vio a uno de los mandamases recoger sus pertenencias en una caja.

Esto fue algo que la dejó desconcertada.

El susodicho estaba despotricando sobre el nuevo propietario del periódico, y sus intentos de implantar una nueva línea editorial más progresista.

Ya estaba a punto de salir por la puerta principal cuando un hombre captó su atención de un modo que nunca imaginó.

La respiración escapó de sus pulmones y sus rodillas se sintieron mantequilla.

No fue solo su altura lo que llamó poderosamente su atención, porque él le sacaba más de una cabeza.

Un cabello corto a la moda, negro. Los ojos azules estaban enmarcados por unas cejas negras, y custodiados por la nariz más perfecta que ella alguna vez hubiese admirado.

Labios carnosos y sonrojados que la hicieron temblar nada más posó su vista en ellos.

¿Y qué decir de esos poderosos hombros anchos?

Ella podía sentirlos llamándola a gritos.

De pronto, se sonrojó al darse cuenta de lo que su mente perversa estaba pensando.

¿Desde cuándo ella evaluaba tanto a un hombre?

Y lo más importante: ¿desde cuándo una persona del otro sexo causaba esa reacción tan repentina en su propio cuerpo?

Bien, sí… en honor a la verdad, hubo otro hombre que antaño le hizo…

Brenda suspiró con el recuerdo. Aquello fue poderoso, pero hacía ya muchos años del suceso y ese otro hombre no contaba…

¡no contaba para nada! En cambio, ese que venía hacia ella en tono amenazador…

Casi cayó al suelo cuando lo vio enfrente escrutándola de arriba a abajo.

―¿Cuál es su función en el periódico? ―le preguntó mirándola a los ojos. Él parecía enfadado, más bien furioso y atareado.

―Uhmmm. ―Brenda no podía ni recordar su nombre al tener a semejante portento de la naturaleza ante ella. Sus rodillas no aguantarían su peso si él continuaba examinándola de ese modo tan tajante.

―¿Es usted sorda? ―Eso sonó grosero, pero él torció una sonrisa ahí, que a Brenda le dio una buena pista de que él parecía haber intuido la reacción que causaba en las mujeres. ¡Perfecto, otro libertino!

No fue nada fácil, pero la dama se obligó a recuperar la cordura.

―Bueno, yo no… ―La impresión que él había causado en ella era demasiado profunda para que la inteligencia le regresase de pronto. ¿Qué diantres le había preguntado él?

Lo vio ponerse serio, pero, aun así, ese labio no parecía volver a su lugar habitual. ¿Se estaba divirtiendo al ver su reacción? Ella ya estaba preparada para darle una reprimenda mordaz cuando:

―Es usted la encargada de la sección de sociedad. Tome el despacho de Jacobson. No me decepcione.

Los ojos se le quedaron como platos. Ese hombre, que a todas luces era el que dirigía el cotarro , no la había dejado hablar y ella, cuando su mente comenzó a trabajar, decidió que mejor sería dejarlo en su error; pues una oportunidad como esa no se le iba a volver a presentar. Ella no era ninguna necia.

Cuando Brenda lo vio marcharse divisó una silla pegada a la pared de aquella grandiosa entrada.

Necesitaba sentarse y sosegar los nervios.

Estaba impactada. Sí, sí, ese hombre era divino.

Más que ser de otro planeta, él se veía poderoso, arrogante, implacable…

y, tan apuesto, que debería ser un pecado contar con ese atractivo que desarmaba con dos palabras a una mujer inteligente.

Está bien, está bien… Brenda no se había mostrado ni ducha ni audaz en su primer encuentro, pero lo cierto es que su cabeza estaba bien amueblada y en cuanto tuviera otra oportunidad le demostraría a ese hombre que ella era más que una mujer a la que mirar tan descaradamente.

Un momento. ¿Ese hombre la había mirado descaradamente?

Brenda se tomó un nuevo instante para reflexionar.

Ciertamente, él sí la había contemplado con ahínco.

¿Con qué motivo? Porque la dama nunca fue de las mujeres a las que un hombre miraría dos veces.

Decidió olvidar el hecho de que ese poderoso ejemplar la había impactado súbitamente, y decidió centrarse en lo que suponían las palabras de él: una oportunidad para hacer lo que le gustaba, para disfrutar de la escritura y hablar con el mundo a través de las letras.

Sí. Lo mejor sería centrarse en la oportunidad.

Lo malo era que el puesto que le habían asignado era uno que a ella le quedaba muy grande.

¿Escribir sobre política? Sin problemas.

¿Sobre la tensión que Inglaterra arrastraba con Francia desde tiempos de Bonaparte?

Eso no tenía secretos para ella. ¿Escribir sobre modelos de ropa femenina, bailes o cotilleos?

Eso sí suponía una complicación mayúscula.

¿Lo iba ella a rechazar? Por supuesto que no…

aunque esperaba no ver muy a menudo a ese que la había trastornado de un modo insospechado, porque entonces la cosa sí se iba a poner muy fea.

Así pues, Brenda se vio buscando el despacho del denominado Jacobson, que resultó ser una mujer.

No, ella no vio a un hombre vestido de mujer, pero sí el despacho con un nombre masculino escrito en el cristal que, claramente, ―por la decoración―, pertenecía a una dama; y además a una de la alta sociedad y con muy buen gusto.

Ella pensó que su antecesora había tenido una buena idea.

Rellenar la columna de chismes sería más fácil de hacer si una mujer se ocultaba tras otro nombre y, más aún, si era un nombre masculino.

Eso le dio la idea de cambiarse el nombre.

Ella sería B. Brown . Eso podía sonar lo bastante sospechoso como para que el resto de la buena sociedad la tomase por un hombre…

Porque siempre solían pensar que las personas que hacían las cosas bien eran del sexo contrarío al que realmente pertenecían.

Brenda tomo el periódico en su mano. Tres hojas dobladas por la mitad.

Olían a tinta impresa. Sin lugar a duda, The Daily contaba ya con una linotipia.

Mucho había pasado desde que en 1449 Johannes Gutenberg había demostrado que era capaz de imprimir más rápido con su imprenta de lo que los copistas podían hacerlo.

Sentada en ese cómodo sillón tapizado en tonalidades rosa, ella se imaginó abriendo la primera página con un gran titular anunciando algún escándalo del primer ministro, o denunciando las malas condiciones de trabajo de la clase proletaria.

Sin tiempo para idear nada más. La puerta de su nuevo despacho se abrió violentamente y sus pulmones se volvieron a quedar sin respiración. Ella maldijo su mala suerte… o su buena suerte, según se mirase, porque…

―¿Usted se queda o se marcha? ―Se dirigió a ella una potente voz masculina que salía de esos increíbles labios carnosos que a ella no le importaría degustar. ¡Cielo santo! Brenda se regañó a sí misma por pensar en cosas del todo inapropiadas. ¿Qué diantres le pasaba?

―¿Disculpe? ―Tenía ante ella al mismo hombre que minutos antes le había dado su nuevo trabajo, y su aspecto la tenía totalmente obnubilada.

De hecho, tan absorta estaba en la profundidad de su mirada azul, esa que incluso parecía querer averiguar todos sus secretos, que, en verdad, no sabía lo que él acababa de decir nada más entrar en la estancia.

―No quiero estar rodeado de personas inútiles.

―Señaló el director, al ver que ella se había quedado sin saber qué contestar.

De nuevo, su labio masculino subió. Ese detalle pareció despertarla de su ensoñación.

Un nuevo libertino no iba a hacer papilla su cerebro.

Era apuesto, pero ella era una mujer progresista, activa, incluso quería considerarse a sí misma adelantada a su tiempo.

―Me quedo, señor. ―Brenda luchaba para que ese atractivo que él exhibía impunemente no la consumiera. ¿Lo estaba consiguiendo? No tenía ni idea, pero, al menos, era capaz de seguir el ritmo de la conversación.

―Lord Dacre ―la corrigió el hombre.

―Disculpe, milord . ―Ella hubo de corregirse también porque él era un lord, no un hombre común…

Por supuesto que tenía que ser un hombre con título, no podía ser un simple señor algo , no.

Un hombre tan atractivo nunca la elegiría, y menos uno de alto rango.

Ella provenía de una familia con dinero, pero sin pedigrí.

Ese hecho pareció tranquilizar sus pobres nervios.