Pacto de Caballeros: Bilogía completa Segundo epílogo
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Segundo epílogo

Un compromis o

Años más tarde.

Issabella rodó por la cama para buscar a su esposo.

Tanto se movió que a punto estuvo de caer por el otro lado.

Vacío. Su lecho estaba desocupado por el hombre al que deseaba tranquilizar esta mañana.

Gordon llevaba unos días apesadumbrado y era a causa de su preciosa hija Lilyan, quien a sus diecinueve años había tomado una decisión: casarse con un empleado del banco que dirigía Gordon.

Era un hombre del que su marido hablaba muy bien siempre…

Bueno, hasta que se enteró de que él pretendía a su pequeña.

Su perfecto barón no entendía que su niña ya era toda una mujer y que debía seguir su camino. Lilyan había elegido al señor Mathew Berenguer como su futuro esposo.

Habían mantenido un cortejo de seis meses.

El buen señor Berenguer, que era honesto, apuesto y un hombre con una carrera prometedora, contaba con las bendiciones de Bella, no así con las de Gordon.

Su empleado favorito había pasado de ser un ejemplo a seguir a convertirse en un hombre que se había aprovechado de la relación con él para buscar las atenciones de Lilyan.

Bella se sonrió sobre el lecho mientras miraba a su esposo comenzar a prepararse para la entrevista que tenía en pocas horas.

Gordon había movilizado a toda la familia de nuevo al campo en plena temporada esperando separar un poco a Lilyan de su amado.

Falló estrepitosamente en su objetivo, pues el hombre había enviado una carta en la que le advertía que lo visitaría para tratar un tema urgente.

Bella sabía lo que deseaba el señor Berenguer.

Su hija la había informado de que deseaba proponerse de un modo formal y pedir su mano y aceptación a Gordon.

Podía entender a su marido. Todavía no estaba preparado para desprenderse de su niña. Su pequeño ángel siempre sería su costilla y no deseaba compartirla con nadie.

Meses antes, Lilyan se había interesado de súbito por los asuntos monetarios del Latimer’s Bank, y las visitas al despacho de su padre aumentaron.

Bella se había dado cuenta del verdadero interés de su hija en frecuentar el banco, pero Gordon no pensaba en su pequeña como una mujer que pudiera enamorarse y desear las atenciones de un hombre.

La baronesa, con sutilidad le dijo a Gordon que creía que el señor Berenguer estaba interesado en su hija y que Lilyan también parecía afectada por él.

Gordon la acusó de querer casar a la muchacha con demasiada impaciencia.

Prácticamente la trató como si estuviese loca por hacer una sugerencia que se materializó en una realidad pocas semanas después, justo cuando Mathew Berenguer se presentó en su casa de Londres con un precioso ramo de flores para solicitar un paseo por Hyde Park.

Bella se abstuvo de comentar nada a su esposo aquel día, porque desde entonces el señor Berenguer se convirtió en el enemigo acérrimo de Gordon. ¡Pobre pretendiente! El único pecado del joven rubio de ojos azules fue haberse enamorado de Lilyan de un modo que Bella consideraba encantador.

En ese momento oyó refunfuñar a su esposo. Los años habían pasado para ambos, pero desde su posición podía admirar su fuerte y delicioso cuerpo. Todavía lo seguía encontrando devastadoramente atractivo.

―¿Hay algún motivo por el que escapes del lecho de tu esposa sin darle un beso de buenos días, mi amor? ―inquirió con seriedad Bella.

Los ojos de Gordon se posaron en los de su esposa.

La veía encantadora con la sábana dejando ver esos preciosos senos que lo volvían más loco que en su juventud.

Toda ella era como una fruta madura deliciosa, sabrosa y tentadora de la que no parecía cansarse.

La conocía muy bien y sabía que esa ropa de cama no había caído de forma accidental para dejar ver parte de su desnudez.

―No te servirá de nada seducirme ―dijo un poco más rudo de lo que pretendió.

―¿He perdido ya mi toque?

―Por supuesto que no ―respondió él raudo.

―Parece ser que sí lo he perdido si me rechazas sin fingir un poco de cortesía. ―Bella acompañó sus palabras con un puchero.

―Te haría el amor de inmediato si no supiera que tus planes son tranquilizarme para que baje la guardia cuando ese bribón se presente en mi casa para robar a mi hija.

―¡Qué acusaciones tan feas! ―exclamó escandalizada―.

Debería darte vergüenza rechazar a tu esposa, quien ardientemente te muestra su desnudez para que le hagas el amor por el mero placer de hacerlo.

―Ella salió de la cama y se mostró completamente, sin una pieza de ropa sobre su cuerpo.

Bella puso las manos en sus caderas y lo miró sardónica para espetarle―: Es más, considero que el señor Berenguer es un buen partido y desde luego no pretende robar nada.

Tu hija le ha dado ya libremente su corazón.

―¡Tonterías! Lilyan es joven para casarse y se ha dejado deslumbrar por el primer hombre que le ha dado flores y le ha susurrado unas bonitas palabras de amor. ―Gordon paró ahí su exposición, porque no quería ni pensar si ese ser ruin se había atrevido a tocarla o besarla…

―Hablabas maravillas de Mathew Berenguer, esposo ―tuvo que recordarle ella.

―Eso fue antes de que pusiera sus ojos sobre mi única hija. Él no me gusta.

―Mi amor, admite que ningún hombre será aceptable, en tu opinión, para Lilyan. Además, creo que es mejor pretendiente de lo que fueron otros… como tú, por ejemplo, porque… ―dejó la frase sin terminar.

―¿En qué te basas para afirmar tal cosa? Yo fui un maravilloso partido y un hombre que logró lo que se propuso. Te quería a ti y te conseguí.

―Así fue, pero creo que olvidas cómo conseguiste tal proeza.

Gordon sacudió los hombros. Desde que había visto a su mujer desnuda, había dejado de vestirse. Inconscientemente había sacado ya de su torso la camisa que se acababa de colocar, por lo que ya no tenía ropa que lo cubriese.

―Te enamoré.

―Sí, pero parece que no recuerdas que me casé contigo porque Nicky y tú tuvisteis la genial idea de intercambiarnos a tu hermana Brenda y a mí en sagrado matrimonio. Un acuerdo del todo insultante para ambas.

Él se rio con ligereza.

―Fue mi única solución para tenerte. Parecías no darte cuenta de que yo no quería ser solo tu amigo.

―Si yo hubiese tenido un padre a mi lado, uno responsable, hubiese actuado como lo hizo el tuyo para protegerme, tal y como lo hizo para proteger a Brenda.

Pienso que un cortejo adecuado, paseos y bonitas palabras, son mucho mejor que el intercambio de hermanas entre amigos.

El señor Mathew ha actuado mucho mejor de lo que tú hiciste.

―Bella consiguió darle el tono exacto entre un sermón de los domingos y un reproche formal.

―¿Vas a seducirme o seguirás regañándome? ―inquirió él molesto.

―Tu virilidad ya está más que lista para actuar, pero no sé si yo estoy del mismo modo. ―Ella, mientras habían estado hablando, lo había visto comenzar a desnudarse y sabía que había ganado la batalla. Su cresta delataba que la deseaba.

―Tus senos siguen siendo una de tus mejores armas para tentarme.

Aunque sé que quieres tranquilizarme para que me muestre manso como un corderito para cuando llegue el futuro esposo de tu hija, no me opondré a que lo hagas.

Tu deliciosa boca servirá para calmarme, pero me disgusta que regales tan alegremente a Lilyan sin luchar.

―No sé si mi boca te dará placer hoy, esposo. Porque tus acusaciones son del todo infundadas. ¿Te imaginas qué hubiera sucedido si Nicky no hubiera sido un hermano negligente que pactó mi entrega sin yo saberlo?

―Te hubiera secuestrado sin pestañear. Escocia es un buen lugar para casarse frente a un herrero.

―La habría tenido a cualquier precio. Después de tantos años de matrimonio se daba cuenta de que hizo un trato espléndido.

La amaba cada día más. Envejecer juntos y criar a sus hijos fue una tarea reconfortante.

―¿Y no entiendes que Mathew Berenguer sea un hombre tan enamorado como lo fuiste tú? ―Bella no sabía cómo hacérselo entender.

―Es mi hija ―señaló como si eso lo explicase todo.

―Es una mujer enamorada que sufre porque no obtiene tu aprobación.

―Eso no es cierto. Lilyan comprende que quiero lo mejor para ella ―señaló seguro de sus propias palabras.

―¡Por amor del cielo, Gordon! Tu hija está inquieta por si no apruebas al excelente hombre del que se ha enamorado. ¿No puedes verlo? ―A ver si diciéndoselo con palabras claras, Gordon lo entendía.

―No es que no lo apruebe, es que no me gusta.

―Gordoooon…. ―Usó su nombre para regañarlo nuevamente.

―¡Está bien! Admito que no me gustaría ninguno de los hombres que la pretendieran. ¡Es mi hija! Puede esperar un par de años para casarse… ―expuso con serenidad y convencimiento.

―Por supuesto, porque tú y yo también fuimos capaces de aguardar. ¿Cierto, mi amor? No nos consumíamos cuando no estábamos cerca y no podíamos tocarnos, besarnos, abrazarnos o yacer juntos ―ironizó.

―Eso es completamente distinto. ―¿Lo era, no?

―No veo cómo puede ser diferente.

―¡Tú no eras mi hija! ―Bella rodó los ojos. No había más ciego que el que no quería ver…

Issabella se dio la vuelta y buscó su camisón para ponérselo. Lo tomó en las manos y miró a Gordon con una ceja levantada.

―Estás castigado ―le avisó ella.

―¿Perdona?

―No vamos a hacer el amor hasta que seas un hombre razonable.

―¡No puedes despertarme ―él movió las caderas para evidenciar su erección― y luego no darme alivio! ―exclamó con enfado.

―No estoy contenta con tu reacción. No me gusta el Gordon que tengo ante mí y, aunque me divertía la idea de arrodillarme y tomarte profundamente en mi boca…, no lo haré.

Su marido gimió. Mitad desespero, mitad anticipación.

―¡No puedes decir esas cosas y luego no hacerlas! ―La volvió a acusar.

―Puedo y lo haré. No estás siendo justo con el hombre que mi hija ha elegido. Como madre haré todo lo posible para ayudarla.

―¿La ayudarás negándome el placer de hacerte el amor? ―inquirió con la boca abierta.

―Eso es solo el principio. Mientras yo no sea feliz, no pienso contribuir en tu felicidad o placer.

―¡Eso es chantaje!

―Aprendí de los mejores. Podría decirse que Nicky y tú fuisteis unos grandes maestros.

―Bellaaaa. De verdad que te necesito. No puedes colocar en mi mente imágenes tuyas engullendo mi miembro y luego no darme el placer. ¡Podría estallar en llamas si no me haces el amor!

―Puedo complacerte en este mismo instante…

―¡Por Dios, mujer, hazlo! ―la cortó.

―… Si prometes que serás un padre justo con la elección que ha hecho tu hija.

Él se tomó unos minutos para valorar la explicación de su esposa. Bella era una mujer muy inteligente. Él también presumía de serlo. En honor a la verdad comprendía los puntos explicados por su esposa, pero Lilyan era… era su niña, su pequeña.

―No quiero perder a mi pequeña tan pronto ―se sinceró con honestidad.

Ella detectó la tristeza que había en su voz. Todavía desnuda fue a abrazar a su esposo para darle consuelo.

―Lo sé, mi amor, pero te prometo que no lo harás. Tu hija te dará nietos, unos preciosos niños que adorarán a su abuelo y…

―¡No digas esas cosas! ―dijo él enfurruñado.

―¿No quieres tener nietos, mi amor? ―preguntó ella con sorpresa.

―Por supuesto que sí, pero no quiero que ella haga lo que se necesita hacer para fabricarlos…

Bella estalló en sonoras carcajadas. Él se tensó. Bella le dio un ligero beso en los labios.

―Mi querido amor, comprendo que será duro desprenderte de tu hija y asimilar que ella siente también deseo por su futuro esposo.

Confieso que también me cuesta imaginar algo así.

Pero debes entender que tiene derecho a ser feliz del mismo modo en que tú y yo lo somos.

¿No quieres un buen matrimonio para Lilyan?

¿Qué consiga su felicidad? Sinceramente, dime si el señor Berenguer no es un buen hombre para tu hija.

―No estoy preparado para dejarla ir. Deseo darle la luna si me la pide, pero es tan joven…

―Es una mujer.

―Lo sé.

Hubo un silencio en el que ambos se dedicaron a abrazarse, a acariciar la espalda del otro.

―Bella ―comenzó a decir él―, creo que tienes razón. Mi hija merece lo que tú y yo tenemos. ―Gordon estaba colmado de amor. Su esposa era igual de amada y adorada. Ambos lo habían hecho bien. Deseaba un matrimonio por amor para su princesa.

―Así es ―concedió orgullosa de la recapacitación de su marido.

―Si la daña, no la hace feliz o la engaña, lo mataré.

―Yo te sostendré las pistolas, el florete o el arma que elijas para hacerlo.

―¿Lo prometes?

―Sí. Te dejaré asesinarlo, si no lo hago yo antes ―señaló mientras rodeaba la virilidad de su esposo con su mano derecha.

―¿Vas a premiar mi consentimiento?

―Voy a hacerte el amor, porque eres un gran hombre, Gordon. Así que siéntate en la silla. ―Ella lo empujó hasta la más próxima, lo obligó a tomar asiento y se colocó de rodillas en el suelo―. Es momento de disfrutar, mi amor.

A continuación, Bella tomó entre sus labios la erección de su esposo y lo engulló profundamente.

Él gimió de puro placer. Si ya era buena mamando de su carne íntima, cuando ella comenzó a utilizar su mano para agitarlo mientras lo lamía…

¡Eso fue sublime, glorioso, espectacular y tremendo!

Cada día era mejor en todo lo que hacía.

Tantos años y nunca se cansaría de retozar con ella.

Los suspiros se intensificaron. Bella sabía que él estaba cerca de perder el control y deseaba llevarlo a la locura. Ansiaba que se vertiese en su boca porque era consciente de que a él esto le agradaba mucho.

―Bella, si no paras harás que termine. Si me quieres dentro debes detenerte ―la avisó.

La respuesta de ella fue intensificar el ritmo de su mano y llevarlo más profundamente en el interior de su cavidad.

Los sonidos de succión de su esposa ponían a Gordon demasiado alterado como para tratar de controlarse.

Dos minutos después, Gordon Brown, el barón Latimer, gritó su liberación tan alto que Bella incluso se asustó. Sin embargo, tragó lo que él había fabricado sin rechistar lo más mínimo.

Lo sintió laxo y lo observó con una sonrisa en los labios.

―¿Estás bien? ―preguntó ella.

―Le daré a tu hija envuelta en un lazo si es lo que quieres…

―dijo sin ser consciente de lo que decía.

Bella se sonrió. Todavía era capaz de lograr lo que desease de él.

Antes de que pudiera celebrar su victoria, Gordon habló de nuevo―: Pero cuando venga a mi despacho a pedir la mano de Lilyan, tus dos hijos estarán a mi lado para hacer de su petición un infierno.

Gordon iba a hacerle ver al señor Berenguer lo que le sucedería si dañaba a su joya más querida. Peter y Theo lo ayudarían a que comprendiera que su vida dependía de la felicidad de su hija.

Bella suspiró. Al menos había conseguido relajarlo y que aceptase darle la mano de Lilyan en matrimonio al buen señor Berenguer.

Fin.