Pacto de Caballeros: Bilogía completa Epílogo
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Epílogo

Una familia feli z

―Mamá, mamá, Lilyan no para de decir que mi pelo está en llamas.

Bella dejó de plantar los rosales que había comprado para adornar el jardín de su casa de campo para ir a atender a su hijo.

Era habitual que los dos hermanos estuvieran discutiendo todo el tiempo.

Los dos tenían el carácter de su padre. Bella esperaba que el de Theo, el bebé que dormía a estas horas plácidamente en su cuna, tuviera un carácter más suave que el de sus dos hijos mayores.

―Pero, cariño, no hagas caso a tu hermana. Ya sabes que lo que más le gusta es hacerte rabiar. El color de tu cabello es igual que el de tu padre y él no se queja, ¿verdad? ―Bella le dio un sonoro beso en la mejilla.

―Es que ella siempre está diciendo que su color amarillo es más bonito que el mío.

Que es más alta que yo, más guapa, y que me quedaré bajito y feo para siempre.

―A los seis años, el pequeño Peter era una copia exacta de su padre a su edad.

Era más bajito y delgado que los demás niños, pero con una inteligencia similar a la de su progenitor.

Tan preocupado estaba Gordon que ya se había encargado de darle lecciones de boxeo y hacerle comer todo tipo de comidas pensadas para desarrollar su cuerpo.

Su esposo era un exagerado, pero ella no tenía corazón para sacarlo de su error.

Esas cosas que ambos compartían los tenían muy unidos y ella no distanciaría a su hijo de su padre.

―Todos somos diferentes, pero hermosos en nuestras diferencias.

―Siempre dices lo mismo. ―Se enfurruñó el niño.

―¿Y qué más suele decir mamá?

―Que no debo preocuparme, que mi padre era igual que yo y ahora es el hombre más fuerte de la tierra.

―¡Exacto!

―Pero es que Lilyan asegura que nunca seré como padre.

Bella suspiró. Su hija era un año menor que su hijo y no era cruel a menos que el pequeño Peter le hubiese hecho alguna de sus fechorías.

―¿Tu hermana tiene algún motivo para haberte hecho enfadar?

―Bueno… ―El niño se quedó callado, no quería delatarse ante su madre.

―¿Qué ha sucedido? ―preguntó con voz melosa.

Por propia experiencia sabía la importancia de que los hermanos se llevasen bien.

Ella fomentaría el diálogo y la sana relación entre sus tres hijos.

No consentiría que sus retoños se tuvieran celos entre ellos.

Si bien entendía que las travesuras eran comunes entre los niños, porque ella y Nicky se había hecho muchas el uno al otro, no dejaría que una rivalidad insana se estableciera.

No. Ella ya había tenido suficiente con Amber.

―Le he puesto un sapo en su cama.

―¡Peter! ―lo regañó ella molesta.

―Tío Nicky te puso uno a ti cuando eras pequeña y dijo que nunca se rio tanto como cuando sucedió aquello.

Bella chasqueó la lengua. Solo su hermano daría una idea tan descabellada a su hijo.

En el momento en el que iba a explicar al niño que eso no estaba bien y que debía disculparse, sintió unas manos sobre su cintura.

Bella no se enfadaría con su hermano. De todas las cosas que él había hecho en su niñez y como adulto, esa era la más inocente que había tramado.

La cosa pudo haber sido peor, aunque, de todas formas, la próxima vez que lo tuviera delante le explicaría la conveniencia de no hablar sobre trastadas delante de sus hijos.

―¿Qué ha hecho esta vez tu hermano? ―preguntó Gordon mientras se acercaba para darle un beso en la mejilla a su esposa.

―Nicky le ha contado a tu hijo aquella vez que me metió un sapo en la cama, pero, al parecer, mi hermano ha olvidado contarle que luego él se disculpó y me trajo un trozo de pastel de melaza para hacer las paces.

―¿Tu hermano hizo eso? ―preguntó Gordon extrañado. No lo hubiera dicho ni en un millón de años.

―Por supuesto que lo hizo e incluso me prometió que no lo volvería a hacer. ―Ella miró con reprobación a su esposo y él comprendió que ella estaba dando una lección a su hijo.

―Sí, sí. Es cierto. Disculpa, amor mío, lo había olvidado.

―Entonces, ¿tengo que disculparme y llevarle un trozo de pastel a Lilyan? ―Quiso averiguar no muy seguro el joven Peter.

―Si lo que pretendías era imitar las acciones de tu tío, jovencito, tendrás que imitarlas todas, ¿no te parece? ―le preguntó su madre.

―Supongo que sí. ¿Pero tengo que darle un beso?

―¿Acaso no quieres a tu hermana?

―Lilyan está bien, pero no me dejará darle un beso y a mí me da vergüenza hacer eso.

―Bueno, no hace falta pues que le des un beso, pero haz lo otro.

―¿Y ella se disculpará por haberme molestado?

―Lo hará porque mamá hablará con ella, ¿no es así, baronesa?

―Por supuesto que lo haré. ―Le dio la razón ella a su esposo.

El pequeño Peter dejó a la pareja en el bonito jardín.

―¿Cómo ha ido todo, mi amor? ―Quiso averiguar Bella.

―Como siempre, el trabajo siempre es trabajo. Me alegra volver a casa y veros. Esto es un remanso de paz.

―¿Saldrás de nuevo otra vez?

―No, he decidido que citaré en el despacho de mi casa a mis clientes. Así no tendré que viajar tanto.

―Me parece una idea espléndida. Cuando te marchas te echo mucho de menos. ―Ella se colgó de su cuello en un gesto amoroso y le dio un ligero beso en los labios.

―¿El bebé duerme?

―Sí.

―¿Peter y Lilyan se entretendrán un rato con la niñera?

―Sí, la señora Phanegan los cuidará hasta que ellos lo decidan, claro. ―Ella había mantenido a su lado a la mujer que se había convertido en una sabia y buena confidente para ella.

―¿Te tengo para mí solo?

―Sí, al menos hasta que tus padres lleguen. Recuerda que hoy llegan para pasar unos días con los niños.

―Te deseo. ―Había tiempo de sobra para hacer lo que él tenía en mente.

―Vayamos a nuestra habitación, esposo mío, para que puedas demostrarme cuanto me deseas.

―Sus deseos, madame, son órdenes para este humilde siervo vuestro. Sin embargo, debo contarte algo importante sobre Nicky.

―¿Qué pasa ahora con él?

―Tu hermano…

―No. Gordon. Si son malas noticias no me las cuentes.

―No sé si pueden considerarse malas o buenas.

―Entonces, mejor dejemos las contrariedades para más tarde. No quiero empañar nuestro reencuentro.

―Apenas llevo fuera de casa tres días.

―Toda una eternidad para una esposa enamorada.

―Supongo que tienes razón. Para mí también ha sido un tiempo demasiado largo, te he añorado con toda mi alma.

―Te amo, esposo mío.

―Te amo, mi amor.

Después de tantos años, la pasión entre Bella y Gordon no había perdido ni un ápice de su efusividad. Nada más que amor y devoción hacía falta para que dos personas pudieran unir sus vidas para buscar y encontrar la felicidad por toda la eternidad.

¿Estaría en la misma tesitura el bueno de tío Nicky?