Capítulo 10 #4
―Pues entonces es una suerte que tengas una mujer dispuesta a sacrificarse para ganar y que sea capaz incluso de detener un duelo antes del amanecer. ―Esa hazaña era la más grande que ella había conseguido.
―Si hay alguien capaz de derretir un corazón como el de Julius Brown, sin duda, esa serás tú.
Issabella lo conminó a moverse para salir de la cama.
―¿Ya te vas? ―Él no había comenzado aún con todas las cosas que iba a hacerle a su esposa. Tenía en el tintero muchos días que recuperar y había pensado no salir de la habitación hasta que ambos se saciasen el uno del otro.
―Por supuesto que no. Simplemente, he pensado que sería más cómodo retirarme la ropa para que tú… ya sabes… otra vez…
―Permite que yo ejerza de doncella esposa mía.
―Solo si tú me permites ser tu ayuda de cámara. ―La primera vez él se desnudó solo y en esta ocasión ella quería más. Deseaba volverlo loco.
―¡Hecho!
Bella se acercó con sigilo. Gordon la necesitaba de nuevo y de forma muy urgente. Demasiado tiempo sin ejercer sus derechos conyugales estaba pasándole factura.
La vio ir hacia él y contuvo el aliento.
Comenzó a desnudarlo pacientemente. Tanto se demoró ella que fue una suerte que él no acabase arrancándose la ropa.
Podía comprender que su esposa tenía ganas de jugar, pero esta noche su hambre era tan visceral que no pudo contenerse.
Cuando se vio desnudo la sujetó por sus hermosas y finas posaderas y se fue con ella hacia la primera pared que tuvo cerca para valerse de su apoyo.
―Espero que no te importe, pero te necesito, mi amor. Necesito que esto vuelva a ser rápido, urgente y satisfactorio.
―¡Oh! ―Ella no entendía lo que él quería decir.
Lo que ella estaba tramando era ponerse de rodillas e investigar con su boca eso que él tenía entre sus piernas.
Cuando él se lo hizo, aquello se sintió bien…
por lo que Bella deseaba ver si él también se enloquecía si ella hacía eso con su boca… ―Yo quería…
―Luego ―rugió él contra su cuello.
Gordon luchaba tratando de contener su lujuria como buenamente podía, pero cuando se sumergió en el calor de su cueva del placer se obligó a no explotar de inmediato.
Bella no se consideraba a sí misma una aprendiz, por lo que pronto se vio respondiendo a los embistes de su esposo.
Tanto fue así, que Gordon se derramó en su interior sin saber si ella había alcanzado su éxtasis.
Pronto se dio cuenta de que ella, ciertamente, no había alcanzado la cuota del placer.
Así que, aguantó y dio más empujones de los que eran necesarios a fin de hacerla llegar a ella hasta la cúspide de la lujuria.
Se las ideó para llevar sus dos dedos hasta su centro y ayudarla.
Nunca había sido un amante egoísta y se juró que cuando se casaran ella obtendría de él el mismo gozo que él alcanzase, incluso más.
En dos minutos, Bella liberó su pasión sin vergüenza, sin tapujos, sin pudor, tal y como le había enseñado él que hiciera.
Los corazones de ambos resonaban furiosos de nuevo por el esfuerzo y la bruma del placer.
―Te amo, Bella.
―Te amo, Gordon.
―Lamento lo que te he hecho, esposa. Pero de verdad que no podía esperar más.
―Ha sido fantástico.
―Dime que no te he hecho daño.
―No, no lo has hecho. Me ha gustado sentirte dentro de mí abriéndote paso con ese hambre tan visceral. Las dos veces, tan apremiantes… ha sido una delicia. ―La urgencia de él la había cargado de expectación.
―Estaba famélico, Bella, te prometo que la próxima vez será mejor.
―¿Mejor que esto?
―Lo será.
―Lo dudo mucho, porque ha sido fantástico, pero si dices que va a ser mejor… ―En efecto, ella lo estaba retando.
Él la dejó en el suelo.
―Sigo ansiosa ―se quejó ella.
―No por mucho tiempo, solo me he tomado un tentempié, la cena no me ha sido servida… ―Lo vio relamerse los labios y ella volvió a temblar de deseo.
―Es una lástima, porque yo también tenía mucha hambre… ―expuso seductora mirando esa parte que se volvía a amotinar entre sus piernas.
Él se quedó con la boca abierta.
―¿Dices lo que creo que dices, esposa?
―No lo sé… ―Bella no dejaba de mirar su hombría.
―¿Quieres tomarme con la boca? ―Era algo que él nunca había solicitado porque creía que debía de ser incómodo para una dama. Tampoco se le habían ofrecido como lo estaba haciendo ella…
―Deseo lamerte como tú hiciste conmigo la noche de nuestras nupcias.
―Y yo te prometo que siempre cederé a tus deseos, y más cuando sean de este tipo…
―No saltó de alegría porque eso lo dejaría en mala posición, pero cuando se tumbó en la cama y se puso a disposición de su esposa, Gordon supo que no habría encontrado mejor mujer para él que la que siempre había querido.
Y, nuevamente, ambos se entregaron a los brazos de la pasión, esta vez de modo pausado, tierno y delicado, para amarse y honrarse hasta que la muerte los separase…
O, más bien, hasta que el estómago rugiese y tuvieran que interrumpir sus deberes conyugales para recuperar fuerzas.
¡Y a este paso ellos dos solos iban a necesitar alimento para todo un regimiento!