Capítulo 10 #3
Aun así, ella esperó otro día más la llegada de su esposo; y, de nuevo, él no se presentó.
Al tercer día arribó una carta. Venía firmada por Sared y en ella el vizconde le explicaba que Gordon estaba muy apenado por la situación, tanto o más que él mismo.
En las muchas líneas escritas, Sared le relataba cómo los dos se habían perdonado y cómo su esposo se había sumido en la desesperación creyendo que no la merecía.
Es por ello por lo que el mismo Sared la incitaba, de forma humilde, a luchar por su esposo.
En la carta relataba que ambos habían aprendido la lección.
Además, le explicaba que gracias a ella había recuperado al amor de su vida y que él y la señorita Camille Lorence ―cómo odiaba ese nombre― se marchaban de Inglaterra para siempre.
Lo más sorprendente de la misiva es que llevaba en su interior un artículo de periódico con una reproducción, es decir, un dibujo muy fidedigno en el que aparecían Sared, Gordon, su hermano y otro hombre que ella no conocía y cuyo titular era: «Falsos rumores dan paso a nuevos negocios millonarios».
Así que, leyó con interés ese recorte del tabloide.
En él se aseguraba que la rumorología vertida sobre Sared y lady Latimer había resultado ser una patraña perpetrada por unos competidores ingleses que querían quedarse con el negocio de un importante astillero americano.
Sostenía entre sus manos la prueba más evidente sobre que el rumor de que la baronesa era la amante de Sared, el cual había corrido como la pólvora días antes por todo Londres, había quedado desmentido.
Parecía que comenzaba a verse un poco de luz al final del túnel. Con el corazón aun latiendo en sus sienes y llena de emoción, la baronesa pidió que preparasen sus cosas para regresar a Londres y ver al terco e insensato de su esposo.
Cuando ella entró por la puerta se cruzó con Nicky que salía.
―Hermana.
―Hermano, ¿dónde está mi esposo? He ido a su casa y el servicio me ha dicho que allí no vivía ningún barón Latimer.
―Tu esposo ha invadido mi despacho, mi casa, mis habitaciones y mi cocina. Ese hombre solo piensa en trabajar y es muy deprimente.
―¡Claro, un hombre con ganas de trabajar y hacer algo útil! Eso es inaudito, ¿verdad, Nicky?
―Del todo inapropiado, y más para un noble.
―¿Comprendes que vas a tener que comenzar a trabajar en el ducado si no quieres que acabe en la ruina?
―¿Yo? ¿Yo trabajar? ―preguntó con horror.
―Nicky, no tengo tiempo para tus caprichos. Debo hablar con mi esposo.
―¿Cuánto os quedaréis?
―¿Qué?
―Estoy harto de tener gente que me sermonea a cada rato. Exige a tu esposo que compre una nueva casa y trasladaos lo antes posible o, realmente, acabaré desquiciado. ―Nicky comenzó a salir por la puerta.
―¡Nicky! ―lo llamó Bella.
―¿Qué? ―gruñó él. Estaba de mal humor. Esos pocos días que había convivido con Gordon estaban siendo lo peor del mundo.
¿Desde cuándo un hombre de bien se levantaba tan temprano para arreglar asuntos importantes?
¡Por Dios del infierno!, eran nobles y tenían dinero: que otros hicieran eso por ellos…
―¿Por qué mi esposo se hospeda aquí?
―Su padre lo ha desheredado y lo ha echado a la calle.
―¿Por qué? ―preguntó presa del pánico. ¿Qué otra locura habría hecho Gordon para que el patriarca lo acabase privando de todo?
―Lo único que no ha podido quitarle es el título, por lo demás, no lo quiere volver a ver porque ha emparentado con nosotros y somos una vergüenza.
―¡Oh! ―Ella podía entender eso. Nicky nunca caía simpático a las personas trabajadoras y honradas, y ella…
bueno, ella había protagonizado una serie de situaciones que…
Pero la cosa ya estaba arreglada, así que una vez que hiciera las paces con su esposo, ambos irían a arrastrarse ante su nuevo padre para explicar lo sucedido ―darían la versión del periódico―, y esperar un perdón.
La familia era un bien preciado que era necesario mantener.
―Bella, recuerda lo de comprar una casa, no soporto tanta monserga. Si quisiera sermones iría a la iglesia cada domingo.
―¡Nicky! ¿Mi esposo ha renunciado a todo por seguir casado conmigo?
―Nunca creí que fueses una mujer vanidosa.
―No es vanidad, simplemente, estoy valorando el grado de dificultad que debo poner para que él se disculpe y yo lo acepte ―expuso inocentemente.
―Él fue quien pagó todo tu nuevo vestuario para la temporada. ¡Mujeres! ―despotricó mientras cerraba de un portazo.
Bella se quedó con la boca abierta. La generosidad de su esposo no tenía límites.
Lo había hecho todo por ella. Incluso se había preocupado de que luciera bonita para la temporada…
Ya dudaba ella de que Nicky se hubiese gastado ese dineral en ropa de mujer…
Su hermano no es que fuera tacaño, pero prefería emplear sus recursos en sus propios asuntos.
Con el estruendo, el barón salió del despacho para ver qué eran esas voces. Ambos se miraron y ninguno de los dos se atrevió a moverse. El momento se sintió cargado de magia.
Los ojos de color del chocolate de su esposo nunca fueron tan expresivos como en estos momentos. En ellos vio sorpresa, expectación, esperanza, amor y luego hambre.
Issabella le sonrió y sin apartar la mirada de la de él comenzó a caminar balanceando sus caderas de modo seductor, en una clara invitación para que la siguiese.
Él se movió tras ella. Bella llegó al primer piso, pero se dio cuenta de que él no subía los peldaños.
Se giró para mirarlo una vez más. Parecía un gatito asustado.
Esa sensación le gustó. Él tenía un fuerte poder sobre ella, pero Bella también era capaz de actuar sobre él.
Sintió un equilibrio perfecto entre ambos que la dejó satisfecha.
―¿No vienes?
―¿Deseas que vaya?
―Sí, esposo mío. ―Ella se humedeció los labios―. Deseo que vengas… mucho.
Gordon subió los peldaños de tres en tres y ella comenzó a correr hasta llegar a su habitación. En pocos segundos él la atrapó y ella gritó por la impresión de verse prisionera entre sus brazos. Marrón sobre azul, sus ojos se perdían en la mirada del otro.
―Te he echado de menos, mi amor.
―Estoy aquí.
―¿Me volverás a abandonar?
―No, Gordon, nunca me marcharé de tu lado.
―Te amo, Bella.
―Te amo, Gordon.
―Te necesito.
―No más que yo a ti.
―Quiero decir que deseo hacerte el amor.
―Y yo he dicho que lo necesito más que tú.
Los labios de él cayeron sobre los suyos en un beso posesivo, ardoroso, húmedo, visceral. La bruma de la lujuria los llevó hasta el éxtasis de una forma urgente y apremiante, dura, rápida, cruda. Él saboreó la experiencia, ella vio cómo el cielo se abría debido a su deleite.
Con las respiraciones aún agitadas y estando entrelazados ambos en un lío de volantes y faldas, Gordon decidió que era hora de hablar.
―Debí haberte avisado de los planes de Sared.
―¿Lo sabías? ―Él estaba recostado sobre ella y Bella le acariciaba la cabeza con amor.
―Me casé contigo por si algo salía mal. Para que no pudieras huir de mí. Reconozco que fui un insensato al permitirte ejercer una posición tan delicada entre ambos, pero en un instante de lucidez pensé que, si estábamos casados y algo salía mal, no podríamos huir el uno del otro.
―Confieso que yo debí haberme esforzado más para que escucharas lo que tenía que decir sobre el vizconde.
―Tienes que saber que la señorita Lorence solo fue un…
―No. No quiero volver a oír hablar ni de ella ni del vizconde. Lo único que me importa es que miremos al futuro. Las cosas, por un extraño milagro por el que siempre daré gracias, parecen haberse arreglado. Así pues, cabe centrarnos en lo que vamos a hacer.
―Me parece bien. ¿Entonces estoy perdonado?
―Solo si tú me perdonas a mí.
―No hay nada que perdonar, Bella. No debí participar en un duelo. Me alegro de que hicieses lo que hiciste para que ninguno de nosotros dos, tercos como mulas, acabásemos matando al otro. Gracias esposa.
―Gordon, ¿dónde vamos a vivir?
―Mayfair tendrá que esperar. No tengo suficiente dinero para comprar una casa en ese barrio. Habremos de vivir en otra algo más humilde, pero te prometo que no te faltará de nada.
―Mi amor, no me importa dónde vivamos mientras estemos juntos y no sea bajo el techo de Nicky.
―Tu hermano nos ha dado cobijo.
―Y se lo agradezco, pero si seguimos viviendo aquí, tú y él acabaréis retándoos a duelo y no podré salvaros a ninguno de los dos aludiendo a que yo era su amante…
Ella explotó en risas con su gracia. Detectó que su esposo no lo hacía y se coloreó por la vergüenza.
―Ha sido una broma, mi amor. Tal vez, inapropiada… Lo siento.
―No, es que duele recordar la posición en la que te puse.
―Podrás compensármelo.
―Haré lo que quieras.
―Quiero que hagamos las paces con tu padre.
―No conoces al viejo. Eso será casi imposible. Es un hombre orgulloso.