Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Entonces, la puerta se volvió a abrir y él respiró aliviado.

Su esposa, únicamente, quería darle una lección y pronto había recapacitado.

Se levantó para tratar de volver a entrar y tuvo que apartarse rápidamente porque sus dos grandes baúles casi lo aplastan.

La puerta cerrada en sus narices le anunció que la dama estaba más que enfurecida con él.

¡Pero si él tenía también motivos para estar enfadado!

¿Por qué le tocaba a él pedir disculpas?

Bien, sí, sí… él tenía mucha culpa en todo lo que había sucedido…

al menos, a ojos de su esposa, claro, porque a los suyos propios, no había sido para tanto, ¿no?

Con la ayuda del cochero recogió sus trastos y se hospedó en la posada del pueblo más cercano. Por la mañana, ya vería qué haría.

***

La primera vez que se había presentado en la puerta de la casa, desde lo alto le tiró un cubo de agua.

Al segundo día, un cubo de harina y, al tercero, él portaba un bonito paraguas gris para evitar lo que la dama tuviera que echarle encima.

Ese día no llovió ningún tipo de material.

Pese a que él estaba previendo que le cayese un cubo de estiércol, nada le ensució su tercer mejor traje.

Simplemente, nadie le abrió la puerta y pasados tres cuartos de hora, que comprobó con su reloj de bolsillo, decidió marcharse para regresar otro día.

Llevaba una semana de lo más improductiva. Bella se había encerrado bajo llave en su casa y no pudo verla, y mucho menos hablar con ella. Le había escrito multitud de cartas y las flores le eran devueltas decapitadas a la posada.

Estaba harto de las mofas que estaba despertando en el pueblo. No sabía qué más hacer para que ella le permitiese conversar y aclarar la situación.

Tan harto estaba de la situación, que un día llegó una carta de otro amigo que lo invitaba a sumarse a una reunión para invertir en astilleros americanos y decidió que se tomaría unos días para ver si ella se relajaba y entraba en razón. Poco más podía hacer él si ella no ponía un poco de su parte.

Llegó a Londres con los ánimos bajos, pero un poco más animado que cuando se fue. Su malhumor regresó en cuanto vio a Carlyse ―el hombre que le había mandado la misiva― en su despacho reunido con Sared.

―Esto tiene que ser una broma ―señaló sin pizca de humor Gordon y asesinando con la mirada a su enemigo.

―Antes de que te alteres más ―tomó la palabra el inversor principal―, te ruego que te sientes y hablemos.

―Estás loco si crees que voy a sentarme junto a este… a este… a este… ―No le salía ninguna palabra ofensiva.

―Latimer, haz el favor de sentarte que estoy aquí para ayudarte. ―Sared le ofreció la silla contigua a la suya.

―No, gracias. Conozco bien el tipo de ayuda que nos brindaste a mi esposa y a mí, y no me apetece contar con más servicios de tu parte ―ironizó apretando los dientes.

―Lo siento, ¿de acuerdo? Estoy muy apenado con todo aquello. Me disculpo y te pido perdón, Latimer.

―¿Y crees que tus disculpas van a solucionar mi matrimonio? ―Entonces, vio a Sared sonreír y hubo de controlarse las ganas de arrancarle los dientes de un puñetazo.

―Así que, la baronesa no te ha perdona todavía, ¿eh?

―Mi esposa proclamó alto y claro que era tu amante, y pese a ello soy yo quien está pagando las consecuencias. ―La situación como poco era curiosa.

―No te quejes tanto, Latimer. Nunca hubieses podido encontrar a mujer más leal, honesta y enamorada que la esposa que te agenciaste. Siempre pensé que eras un memo, pero, definitivamente, con tu elección de mujer me has demostrado que eres más avispado de lo que pareces.

―Tu disculpa no suena como tal ―se quejó el barón.

―Contuve el chisme cuanto pude ―siguió Sared con sus cavilaciones.

―No lo suficiente para que mi padre me echase a la calle. Espero que estés satisfecho.

―No, no lo estoy. ―Sared se puso serio.

―¿Qué quieres ahora, Damian? ―Después de todo lo que habían pasado él se permitió utilizar su nombre de pila.

―Le debo a tu esposa todo lo que le quité.

―Eso está complicado porque gracias a ti ella no quiere verme.

―Acabará perdonándote. Todas las veces que la incité a que sospechase que tenías una nueva aventura con Camille, ella desechó la idea sin pestañear. No dudo que tarde o temprano regresará a ti… imagino que en cuanto se le pase el enojo.

―¿Encima querrás que te dé las gracias? ―preguntó con una mueca de horror.

―No, por eso no. Pero sí espero que te unas al negocio que vamos a emprender los cuatro.

―¿Qué cuatro?

―¿Sigues vivo, Sared? ―preguntó una voz que Gordon conocía muy bien desde detrás de la puerta del despacho de Carlyse.

―Pasa, Beauford ―lo invitó el vizconde.

―¿Qué es esto, Nicky? ―Quiso averiguar el barón.

―Esto es la disculpa materializada de Sared por todo lo que te ha estado haciendo estos años.

―¿Y se supone que debo perdonarlo?

―Yo lo haría, eso te sumará puntos para suavizar a mi hermana.

Gordon se tomó unos minutos. Si se presentaba con Sared en la finca de campo y le explicaba que ambos habían enterrado el hacha de guerra…

―Esto es una encerrona muy fea ―se quejó Gordon.

―Y una oportunidad única para hacer una gran fortuna ―terció Carlyse, quien era un prominente hombre de negocios.

―¿Sared me ayudará a recuperar a Bella y nunca más se inmiscuirá en mis asuntos? —preguntó con incredulidad.

―Vamos, Latimer, te la debía desde que me robaste a Camille. Te pedí, no, te supliqué que la dejases porque yo la amaba y tú…

―¿Tú enamorado? Aquello fue una treta, Damian, confiésalo, lo dijiste para intentar engañarme.

―No, Gordon, no lo fue. De hecho, ha sido gracias a tu esposa que al fin me he declarado y Camille y yo nos hemos reencontrado.

Voy a mudarme a América con ella, se le ha metido en la cabeza ser una gran actriz y no se me ocurre mejor lugar que uno donde no nos conozcan a ambos.

Me llevaré conmigo vuestro dinero y os lo triplicaré en cuestión de meses.

Tengo el ojo echado a un astillero que nos hará ricos como Creso, en poco tiempo.

―¿Vais a fiaros de Sared? ―preguntó incrédulo el barón.

―Tu duda me ofende ―contestó el vizconde―, yo soy tan bueno o más que tú en cuestión de inversiones.

Gordon suspiró.

―Está bien. Está bien, te concederé eso.

―Y contestando a tu petición, te ayudaré con tu esposa porque yo causé parte del problema.

―¿Parte, dices?

―Sí, parte ―dijo con convicción Sared.

―Eres el único y pleno responsable de todo.

―Eso no es verdad. No fui yo quien se quedó callado mientras tu padre despotricaba de tu ya esposa.

―¿Lo sabías en aquel momento?

―Lo supe todo desde el principio. La chantajeé para que estuviese pendiente de mí y me recibiera en su casa, incluso para que no bailase contigo.

―¿Cómo demonios hiciste eso?

―Le señalé a tu amada la conveniencia de no enfadarme si no quería que yo desvelara que había asistido a una fiesta poco aconsejable contigo, porque bien sabía ella que tú eras un hombre importante y que, si la descubría, tu reputación se resentiría por su causa.

No debiste hacer lo que allí hiciste con ella, Latimer. La pusiste en serio peligro.

―¡Yo no hice nada indecente en esa fiesta! ―se defendió él.

―La vieron salir del baño y la dama iba bastante resentida… por así decirlo… Yo creo que algo sí hiciste, Gordon.

―¡Dios del infierno! ―saltó Nicky―. Dime que por aquel entonces ya era la respetable lady Latimer.

Hubo unos minutos de silencio. Nadie contestó.

―Me temo que no lo era ―habló el vizconde.

―¿Cómo has podido hacerle algo como eso a mi hermana?, maldito… maldito… ¡Te mataría en estos momentos, Latimer! ―Nicky estaba fuera de sus casillas.

―Eso es agua pasada, Nicky. ―El acusado trató de restar importancia al hecho. No es como si aquello pudiera ser remediado. Lo que pasó, pasó.

―Le debes mucho a tu esposa ―volvió a tomar la palabra Sared―.

Yo le aseguré que en pleno baile de su compromiso estabas retozando con Camille y ella ni se inmutó.

―Latimer jadeó. El vizconde siguió con su explicación―.

Luego la amenacé con tenderle una trampa para que nos pescases besándonos y contestó que te explicaría la verdad y te suplicaría tu perdón hasta que comprendieses que todo había sido una trampa mía.

Debo confesar que su fe inquebrantable en ti me dejó fascinado.

Nunca vi a una mujer amar tanto a un hombre.

―Dios mío. ―Él entrecerró su rostro en sus manos al tiempo que se encorvaba para ocultarse entre las rodillas―. Bella nunca me perdonará.

Era precisamente ahora, cuando Gordon se daba cuenta del error tan grave que había cometido. Su esposa. Su amada y adorada esposa lo amaba más allá de la cordura, más allá de la razón humana, y él le había pagado su devoción con humillación y terquedad.

El resto de los hombres de la sala se percataron de que él necesitaba unos minutos y pasaron a servirse una copa antes de retomar la reunión de negocios que tenían prevista.

Una vez que Gordon ―a duras penas― se enderezó, todo quedó hilvanado para que el dinero llegase con prontitud desde los Estados Unidos de América.

***

Bella se había levantado temprano una vez más para ver a través de su ventana cómo llegaba su esposo y nadie lo atendía.

Una buena esposa no haría algo como eso, pero ella se sentía especialmente vengativa por todos los disgustos que le había ocasionado.

Aguardó y aguardó, pero él no se presentó.

No le dio importancia, si ese necio ya se había cansado de tratar de recuperarla, que se fuera a los malditos infiernos, como diría Nicky.