Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 10
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Capítulo 10

Las cartas sobre la mes a

Gordon era plenamente consciente de que su amigo llevaba razón.

Razón en todas y cada una de las recriminaciones.

Desde que lo vio la primera vez dirigirse a Bella, supo que Sared tramaba algún tipo de revancha.

Sus inseguridades eran las que habían evitado que él interviniese y le explicase a su esposa lo que sucedía entre ambos.

Mentiría si no confesase que también quería probarla a ella.

Demasiadas damas lo habían dejado de lado por las buenas palabras, atenciones y físico del dichoso vizconde.

En algún punto del camino la cosa se le había ido de las manos.

Supo que algo no andaba bien cuando anoche en mitad de la fiesta de compromiso, después de que sus padres anunciasen la feliz noticia, un lacayo le entregó una nota de la señorita Lorence.

En ella, Camille le advertía que de nuevo le había llegado una carta para hacerla venir al baile aludiendo a una urgencia sobre él.

Camille, que nunca fue una mujer de cabeza hueca, tuvo el buen tino de no acudir.

Ya estaba pensando en que la persona que lo estaba manipulando trataría de hacerle una encerrona con su examante.

Sared. Él estaba detrás de todo. No podía ser otra persona, demasiadas coincidencias, demasiadas casualidades como para pasarlas por alto.

Gordon decidió seguir con el juego y ver dónde desembocaba todo. No imaginó que el vizconde, viendo que su treta inicial había fracasado, tramaría algo tan vil como arruinar la reputación de su esposa.

Viéndola allí, soportando la ira y las duras palabras de su padre, se enfureció.

La creía más lista para dejarse envolver en una trama como esa.

Recordar que el maldito rival le había puesto sus asquerosas manos encima…

¿O no la estaba tocando? Bien, como fuese.

Gordon vio ahí el filón para darle a Sared lo que tanto quería: un duelo.

De una forma u otra, la cosa con ese hombre iba a terminar.

No es como si Gordon no hubiera soñado con tomarse la revancha.

Por supuesto que sí, que quería enfrentarse a él y ganarlo.

Esa rivalidad que arrastraban desde Cambridge tenía que acabar o ese estúpido siempre estaría entre medias de su esposa y él.

Decidió mostrarse ofendido y enfadado con ella, cosa que no era del todo falsa.

La avisó de que no bajase la guardia con el vizconde, y ella lo había ignorado…

¿Por qué demonios no le había hecho caso Bella? ¿Le gustaría a su mujer ese odioso?

Esas preguntas insanas lo estuvieron aterrando buena parte de la noche. Concretamente, hasta que al alba se levantó para ir a enfrentarse con Sared.

Fue verla vestida en pantalones y querer irse a un lecho con ella.

Por suerte, el abrigo de lana de Nicky no dejaba entrever mucho, lo malo es que él conocía la mercancía y en su imaginación ella estaba desnuda bajo el sobretodo de Nicky.

Luchó contra la atracción que le ofrecía su esposa para recordar el motivo por el que él había acudido a la cita con sus dos padrinos.

¿Cómo llegó Nicky al duelo si todavía el alcohol no había abandonado su cuerpo y, además, parecía reticente a ir a socorrerlo?

Fácil. Gordon le había mandado una nota al duque y con un buen dinero se aseguró que se la dieran una hora antes de la cita.

Su amigo le había dicho a Bella que su intención era frenar el duelo.

¿Cómo? Él no tenía ni idea, pero conociendo al bueno del duque, probablemente, Nicholas habría fingido su propia muerte o un ataque al corazón para desviar la atención y que todos acabasen marchándose del lugar, preocupados por su estado de salud.

Así era Nicky. Un personaje entrañable, único, egoísta, borracho, pero de gran corazón, cuya mayor cualidad era ser reticente, al menos, en cuanto al casamiento se refería…

Sufrió un síncope cuando la vio abrazarse a Sared y darle un beso.

¡Su esposa se había atrevido a tocar a otro hombre!

Y no solo eso, se había atrevido a besarlo.

Si hubiese sido otro… tal vez él… ¡No!, ella era suya y su sentido de territorialidad sobre Bella era magnánimo.

Pero lo que más lo había enfurecido era que había tocado y juntado sus labios con su archienemigo.

Los celos lo consumieron. Sin creer una palabra de lo que ella allí estaba recitando, él solo podía pensar en que su Bella, su amada y adorada mujer, se había atrevido a tocar a otro de forma íntima en su presencia.

Estaba tan enfadado con ella por este hecho, que cuando ella terminó de hablar su discurso ―un mensaje al que él no le dio crédito―, únicamente pudo negarla, tal y como había dicho Nicky.

El dolor de la traición se arremolinaba en su pecho haciendo que él quisiera disparar a Sared.

Gordon era muchas cosas, pero nunca fue un necio ―aunque sí podría considerarse duro de entendimiento en algunas ocasiones―, y decidió aprovechar la salida que Bella les estaba ofreciendo a ambos para marcharse del lugar sin disparar y, ¡eso que ganas no le habían faltado!

En estos momentos, en los que él se encontraba delante de la puerta de su amigo Nicky esperando a que el servicio le permitiese la entrada y con sus baúles a cuestas, Gordon solo era capaz de pensar en cómo se arrastraría para que ella lo perdonase.

Sí, sí, él también la reprendería, pero seguiría el consejo de su amigo y se pondría de rodillas.

Luego, ya se marcharían al lecho de ella para sellar su amor y cerrar la herida.

Se le hacía la boca agua al pensar en su esposa luciendo una chaqueta y sin nada más debajo.

Tal vez, le propondría que usase su chaqueta y él…

Entonces la puerta se abrió y él entró en casa de Nicky.

―¿Te ha echado?

―Tal y como pronostiqué. Él paga la renta de mi casa de soltero y ha dicho que eligiera entre mi esposa o mi familia.

―Bella ha ganado, por lo que veo.

―Le he explicado al viejo que estoy casado y se ha enfurecido. Me ha desheredado.

―¿Estás en bancarrota?

―No diría tanto, pero me costará un tiempo volver a reunir los fondos suficientes para comprar una buena casa en Mayfair y una finca de campo.

―¿Tú en el campo?

―Por supuesto.

―Tú detestas el campo y adoras la ciudad.

―Mi esposa es feliz en el campo y considerando la que se nos viene encima, con los rumores y demás, será mejor que nos marchemos una temporada de Londres. Espero que no te importe que vivamos un tiempo en tu finca. Necesito todo mi dinero para hacer las inversiones.

―Por supuesto que no. Tengo fondos para comprar hasta diez ducados si quisiera.

―Celebro ver que no estás en la ruina.

―Yo no diría tanto… hay algunos problemitas con Bethany que… Pero bueno, no pretendo aburrirte con chácharas.

Gordon iba a corregir el nombre de su hermana cuando decidió desistir de su intento. Cuando más le dijese más se empeñaría Nicky en molestarlo.

―¿Dónde está Bella?

―Tu esposa ha salido.

―¿Ha salido? ―preguntó frunciendo el ceño. En su fuero interno esperaba que ella estuviera desconsolada llorando en su habitación por él… Por lo visto, eso no iba a suceder.

―Eso he dicho.

―No deberías dejarla sin protección, la buena y moral sociedad se la comerá y escupirá sus restos. Siempre has sido un irresponsable y nunca aprenderás.

―¡Un segundo! ―llamó la atención de Gordon con mucha molestia―. Yo no he hecho que tu esposa salga despavorida de regreso a mi casa, llorando y lamentando el hecho de haber salido de allí en algún momento. Y antes de irse me ha echado a mí la culpa de todo por haberla prometido con un zopenco.

―¿Se ha marchado? ¿Sin mí?

―No es como si le hubieses dicho que te esperase, ¿verdad?

―Pero… pero… pero…

―Es lo que hay.

―¡Pero es mi esposa y yo la amo!

―Sí, creo que ella lo ha sentido, especialmente, en el campo de tiro que habéis montado tú y Sared… ―ironizó mientras se carcajeaba de su amigo.

―Mi vida está a punto de irse al garete y ¿tú te ríes, Nicky?

―En estos años siempre has querido superarme en todo, amigo mío, y una vez más lo has conseguido.

―¿Qué quieres decir? ―preguntó de forma inocente.

―¡Has sido incluso más patán que yo! ―Y volvió a carcajearse al tiempo que le daba unas palmadas a su amigo en la espalda.

En ese mismo instante, sin mayor demora porque no le apetecía seguir escuchando las mofas de su amigo, Gordon puso rumbo a la finca del duque de Beauford.

Era tarde, estaba agotado y necesitaba una cama para dormir.

El día había sido largo, desastroso e improductivo.

Su esposa lo había abandonado en la ciudad y él se vio manso como un corderito yendo a buscarla para hacer las paces y poder acostarse con ella.

Esa noche no podría rendir como esposo, porque entre haberse levantado bien temprano, haber protagonizado un fallido duelo y la posterior pelea en el cuadrilátero con Nicky, se sentía desfallecer.

Le pediría perdón y le suplicaría que dejasen la conversación para mañana.

Así que, se acostaría con su esposa a su lado y en cuanto recuperase fuerzas, con los primeros rayos del sol, le haría el amor con devoción y ternura para expresar con hechos lo que las palabras no pudieran transmitir.

***

Como era tarde, toda la casa se despertó. Un lacayo ataviado con su ropa de dormir y un abrigo roído le abrió la puerta. La vio en el primer piso sosteniendo una vela y le pareció un ángel.

―¿Gordon? ―preguntó ella extrañada.

―Sí, soy yo, esposa.

―Peterson, Mackinon, el barón no es bien recibido en la casa. Muéstrenle la puerta, por favor.

El lacayo y el mayordomo de la casa, que eran de tamaño grande, aprovecharon su incredulidad para sacarlo de allí a patadas.

Lo empujaron tan fuerte afuera, que Gordon cayó sobre sus posaderas. Estaba pasmado con lo que acababa de suceder. Ella, realmente, parecía más una duquesa que una baronesa. Había subestimado a una mujer herida e intuía que le tocaría pagar muy caras las consecuencias.