Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 9
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Capítulo 9

Sacrificarse para gana r

Un duelo. La cosa no podía ser peor. Bella llegó a su casa llorando.

No únicamente Gordon la había dejado sola.

En medio de una crisis de proporciones bíblicas, el amor de su vida había dado media vuelta y se había desentendido de ella.

¿Acaso no tenía ella derecho a defenderse?

¿A una mirada de comprensión? No. Por lo visto, ella no merecía ni tan siquiera la oportunidad de hablar y explicar la situación. ¡Hombres!

Más allá de su maltrecho y malherido corazón, la muchacha solo veía un duelo.

Dos hombres se verían antes del amanecer para dispararse el uno al otro.

No había ganador o perdedor en ese juego al que Gordon había invitado a Sared.

Era muy común que los hombres se hiriesen y acabasen perdiendo la vida a causa de las fiebres por la infección de las heridas.

¿Gordon se había vuelto loco? Bella no podía quedarse de brazos cruzados aguardando a que vinieran a decirle que el amor de su vida había matado a otro hombre o, peor aún, que hubiera muerto.

Ahí echada sobre la cama muerta de preocupación no conseguiría hacer nada para remediar la situación.

Se le ocurrió que lo mejor sería despertar a Nicky y ponerlo al corriente de todo.

Entró en su habitación y el olor que él desprendía era nauseabundo, ¿cuándo dejaría de beber su hermano?

¿No se daba cuenta de que con ahogar sus penas nada conseguía y que debía enfrentarlas?

―Nicky, Nicky, hermano ―susurró ella cuando llegó a la cabecera de la cama.

La única respuesta que obtuvo fue un movimiento de él para darse la vuelta y alejarse de lo que, por lo visto, le molestaba para continuar durmiendo. Ella se colocó en el otro lado de la cama de cuatro postes y aprovechó el movimiento para abrir las ventanas y ventilar el olor.

―Hermano. ―Una vez más, él se movió hacia el otro lado con un quejido.

Bella divisó sobre la mesilla de noche un vaso de agua y sin pensarlo se lo echó encima.

―¡Por Dios del infierno! ¿Quién ha muerto? ―preguntó él incorporándose y sacudiendo el agua de su cabeza.

―Nicky, no ha fallecido nadie, aún.

―Maldita sea, Bella, en ese caso no me molestes. Largo. Regresa cuando alguien haya abandonado este mundo.

―Nicky, Gordon ha retado a Sared a duelo.

―Demasiado ha tardado, yo lo habría hecho hace años ―expuso mientras volvía a acomodar la cabeza bajo la almohada.

―Nicky, tienes que ayudarlo.

―Imposible, tengo sueño.

―¡Deja de ser un egoísta por primera vez en tu vida y ve a salvar a mi esposo! ―gritó ella con todas sus fuerzas.

La regañina dio sus frutos. Nicky se incorporó. Emitió un gruñido de molestia y se frotó la cara tratando de quitarse de encima las ganas de dormir que tenía.

―Me duele la cabeza, estoy cansado y mi cuerpo me pide más whisky. No grites, por favor.

―Nicky, es importante que te despejes y me atiendas. Mi futuro peligra.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó mirándola a los ojos.

―Sé acerca del trato que hiciste con Gordon.

Me enteré de que él era mi prometido. Yo lo amo y nos casamos en secreto hace poco.

Sared tiene una fijación extraña con mi esposo y quiere hundir mi matrimonio.

Esta noche, en mi fiesta de compromiso, esa a la que tú no te has dignado a acudir, el vizconde me tendió una trampa y mi esposo y su padre nos encontraron en la biblioteca en una posición comprometida.

―No puedo razonar con la velocidad a la que hablas, Bella. Ve un poco más despacio. Mi cabeza no puede comprender.

―Eso te pasa por ser un borracho.

―Cuando bebo soy feliz. Es el único momento en que mi despreciable vida se pone interesante, si me quito el whisky, ya nada me queda.

―Nicky, te necesito sobrio. Mi esposo ha retado a duelo a Sared y se verán en el East End antes del amanecer, no tenemos mucho tiempo. Algo debemos hacer.

―¿Cómo demonios se te ha ocurrido quedarte a solas con Sared? ¿Ese hombre te gusta?

―¡No! En absoluto.

―Hay muchos matrimonios que funcionan bien si cada cual va por su lado. ―Él lo había visto en el de sus padres… hasta que la duquesa dijo basta y huyó.

―¡No seas absurdo! Ese hombre no me gusta, tampoco puedo decir que lo deteste, porque, aunque me ha hecho la vida imposible, siento que él ha sufrido mucho.

―Ella se imaginaba el infierno por el que había pasado el pobre vizconde.

En sus conversaciones había vislumbrado a un hombre frustrado y amargado que lo había perdido todo por amor.

Hasta cierto punto, comprendía lo que la desesperación podía llegar a hacer.

Lo que ella no entendía es por qué el hombre no intentaba recuperar a su amada y se olvidaba de una vieja rencilla…

―Solo tú serías capaz de compadecerte de tu verdugo… A veces creo que tengo una santa por hermana.

―No soy ninguna santa. ―Ella se enojó porque parecía que nunca hubiera hecho nada malo―. Por si tu borrachera no te ha dejado oírme, soy una mujer casada en todos los aspectos.

―Lo sé, lo sé… eso me ha quedado claro y por amor del infierno, Bella… ¡Guarda algo para ti! Eres mi hermana pequeña.

―Además, tenemos que hablar con Amber para arreglar las cosas. Ella está muy infeliz por culpa nuestra. Cree que no la amamos, concretamente, piensa que tú la detestas.

―Es que yo la detesto ―explicó con remordimientos.

―¡Nicky! Está muy feo hablar así de tu propia sangre.

―No me sermonees más, Bella. Estoy cansado y quiero acostarme.

―¡¿Acostarte?! ¿No has oído nada de lo que he dicho? La vida de Gordon corre peligro. Tenemos que hacer algo.

―No. Tú ya has hecho bastante casándote en secreto, consumando tu matrimonio ―él casi vomita y no fue por el contenido alcohólico que llevaba encima, sino al tener que decir lo que había dicho sobre su hermanita pequeña―, armando un escándalo con Sared y, probablemente, haciendo que tu esposo tenga una pelea grandiosa con su padre.

―Oh, no, no, Nicky, de lo que has dicho la mayoría es cierto, pero te aseguro que mi esposo no me defendió, ni mucho menos contradijo en una sola palabra a su estimado padre. ―Ella tenía ahí un dolor lacerante que estaba marcado a fuego.

―En todos estos años que lo has tenido como tu supuesto gran amigo, no has aprendido nada de Gordon. Él no es un hombre de palabras, es un hombre de acción, y ahora lárgate que me quedan unas cuantas horas de sueño.

―¡Nicky! Hay que ayudarlo.

―Esto no es asunto tuyo. Ve a la cama y acuéstate, si lo que te preocupa es que él no te defendió, yo le explicaré la conveniencia de no quedarse callado cuando otras personas calumnian a la mujer que amas.

―¡Nicky!

―¿Acaso dudas de que te ama?

―Eso no es importante en estos instantes. Lo que necesito de mi hermano es que me ayude a evitar un duelo.

―Los duelos no se pueden evitar.

―Me niego a creer semejante estupidez.

―Son una cuestión de honor entre dos hombres.

Nada hay que puedas hacer. Ahora, por favor, ¡fuera!

―le gritó. Ella se levantó de la cama asustada.

Su hermano iba de mal en peor. Ese niño algo alocado y amoroso parecía haberse esfumado.

Ella se compadecía de la pobre mujer que se casara con él, y si lo que Sared había comentado, esa criatura que necesitaría toda la ayuda del mundo era la hermana de su esposo…

que Dios la protegiera y la guardase porque la honorable Brenda Brown tenía mucho trabajo por hacer ahí.

Ella se marchó a su habitación, no sin antes llevarse una camisa y unos pantalones de su hermano.

Su vestimenta de pesca se había quedado en la finca, pero con un cinturón ceñiría las prendas de Nicky a su cuerpo.

Lo que no dejó fueron sus botas porque nunca salía de casa sin ellas.

Se quedó en su habitación y cuando vio que su hermano, verdaderamente, no iba a mover un dedo ante su súplica, se levantó y se marchó para ir al East End y trazar un plan sobre la marcha.

Cogió el sobretodo de Nicky y uno de sus sombreros, y se subió al primer carruaje que divisó.

El cochero la dejó en el lugar y ella aguardó rezando porque ninguno de los dos hombres apareciese en el campo de batalla.

Pasada media hora comprendió que sus súplicas no habían sido atendidas por el Altísimo.

Gordon fue el primero en llegar. Otro hombre de gran tamaño lo acompañaba. Ella se colocó delante de él para reclamar su atención.

―Gordon, necesitamos hablar. ―Ella se veía decidida.

Su esposo se quedó sin respiración cuando la vio ante él. De un manotazo se la llevó para hablar con ella.

―¿Te has vuelto loca, mujer?

―No voy a permitir que te batas en duelo.

―Esto es una cosa de hombres, tú no lo entiendes.

―Lo que entiendo es que tú y Sared lleváis años manteniendo una disputa por cosas del pasado que ya han dejado de tener sentido. Ninguno de los dos entráis en razón y esto no puede continuar.

―Él lleva años queriendo esto ―él sonrió, había estado practicando y no era tan miserable a la hora de disparar como su oponente imaginaba―, lo menos que puedo hacer es darle lo que siempre quiso.

―No lo permitiré. Si haces esto… si haces esto… ¡Yo te abandonaré!

―Tú no harías nunca algo como eso.

―Está bien, pero algo haré, te lo garantizo, algo que te va a doler mucho. No sé cuándo, ni cómo, pero si no abandonas este tonto duelo te prometo que me las pagarás.

―Vamos, Bella, esto no tiene vuelta atrás.

―¿Qué demonios haces aquí? ―Su hermano Nicky estaba más lúcido que nunca y lucía muy, pero que muy enfadado. Y más cuando la vio vestir sus ropas.

―Tú ―apretó su dedo índice contra el pecho de Nicky― te negabas a ayudarme.

―Te dije que te fueras a dormir.

―¿Qué haces aquí?

―Soy el segundo de Gordon. He venido a apoyarlo. ―El duque sacó pecho al pronunciar la frase. Era lo más emocionante que le pasaría en años. Ese Sared se merecía un escarmiento.

―¡Hermano!, te pedí ayuda para detener esta tontería, no para que lo animases.

―Regresa a casa ahora mismo. ―Nicky la tomó de la muñeca y comenzó a llevarla de vuelta al carruaje.