Capítulo 8 #5
―No la besaré. Ni tan siquiera la tocaré.
La mantendré pegada a la pared con mis manos a ambos lados de su cabeza a fin de que cuando su esposo nos encuentre comprenda que estaba acorralada.
Si su fe en usted es tan grande como la suya en él, no habrá pelea entre ambos.
En mi benevolencia, hasta permitiré que se explique sin inmiscuirme en sus acusaciones sobre mí.
―¿Está usted loco? ¿No se da cuenta de lo descabellado que suena todo? Se lo ruego, milord, olvide el pasado.
―Amber no tiene razón sobre usted.
―Comienzo a comprender que mi hermana nunca me tuvo en estima.
―Oh, su hermana la odia con todas sus fuerzas ―apuntó como si fuera algo sin importancia.
―Yo nunca quise que eso sucediera y me esforcé por amarla y que me amase ―expuso con gran pesar.
―Me temo que la culpa de todos sus problemas como yo hago con Latimer.
No trate de intentar algo que será imposible.
Amber la desprecia tanto o más que yo a su esposo.
Y su odio aumentó en cuanto la condesa intentó encamarse con su esposo y él la despreció.
Comprenderá que para una hermana que se siente superior a la otra y cuyo ego es comparable a la mismísima Cleopatra, supuso un golpe a su vanidad cuando el caballero la repudió y le aseguró que su corazón era de usted.
―¿Ve cómo mi esposo me ama? Déjeme salir, se lo ruego.
Un clic en la puerta anunció que la función estaba a punto de comenzar.
―¡Por amor de Dios! ―Esa fue la expresión que utilizó el padre de Gordon en cuanto vio la escena que se presentaba ante sus ojos.
Sared tuvo el buen juicio de separarse de la dama y echarse a un lado. La mirada de ella cruzó con la de Gordon y él la desvió dolido. Amber también estaba ahí parada con aire sorpresivo.
―Te lo dije ―continuó el patriarca―. Ella sería demasiado parecida a Beauford, no debiste prometerte con esta mujer nunca.
Te lo avisé, hijo mío. Su estirpe está mancillada.
La madre protagonizó un gran escándalo y su padre dejó el ducado en ruinas, ¿qué se esperaba de sus hijos?
―El hombre oyó un carraspeo a su lado y hubo de enmendar sus conclusiones―.
No se ofenda, lady Sulsick, siempre hay excepciones que confirman que no todos los parientes son igual a sus semejantes y usted es una de ellas.
―El padre suspiró―. Al menos, la situación no es peor de lo que hubiera podido ser.
Los compromisos se rompen y confío en que todos los aquí presentes haremos gala de nuestra discreción y no contribuiremos a esparcir rumores que perjudicarían a ambas familias.
Es una suerte inmerecida, hijo mío ―dijo mirando a Gordon―, que no usases la cara licencia especial de matrimonio.
Lo que tenemos que hacer ahora es esperar unos días y luego la dama ―arrastró la palabra―, aunque no lo merezca, podrá liberarte del compromiso y tú seguirás siendo un caballero, aunque bien tendrías que romper tú esta pantomima y exponerla…
No obstante, esto no compensaría tu honor más que lo destrozaría…
Mientras, Bella no se perdía detalle de las expresiones que cruzaban por la cara de su esposo.
Enojo, decepción, repulsión, dolor. Se giró para observar a Sared y lo vio con una ligera sonrisa de suficiencia.
Ella cerró los ojos y se puso en el lugar de su esposo.
Si hubiera sido a la inversa y al llegar a la biblioteca hubiera descubierto a Gordon en una situación similar, ella también estaría enfadada y dolida.
―Yo amo a mi prometido. Lo que aquí se ve es…
―Ni hablar ―la interrumpió Julius, el padre de Gordon―. No se atreva a decir que esto no es lo que parece.
―Pero es que esto no es lo que parece ―aseguró firme sin desviar la mirada de su esposo.
―No se ponga más en evidencia. La hemos pillado con un caballero en una posición más que comprometida. No se atreva a negar la obviedad.
―Gordon… ―Ella susurró el nombre de él como una súplica. Lo vio desviar la mirada de la suya y supo que no la creía. Una mano imaginaria hurgó en su pecho, sacó su corazón y los estrujó para convertirlo en papilla líquida. Vio a su esposo mirar fijamente a Sared.
―¿Espadas o pistolas? ―le preguntó el barón sin temor al vizconde. Su padre jadeó y no fue el único. Amber se quedó atónita. Estaba tremendamente celosa de que un hombre retase a duelo a otro por la insulsa de Issabella.
―Esperaba un combate de boxeo, porque es más tu habilidad, pero las pistolas estarán bien. ¿Veinte pasos antes del amanecer? ―preguntó Sared sonriendo y saboreando ya su triunfo.
―Nos veremos en East End antes de que se ponga el sol.
―Hijo mío, la dama no vale la pena… por favor… ―intercedió el padre.
Gordon salió del lugar sin mirar atrás. Su padre fue tras él para tratar de convencerlo de que abandonase la absurda idea de un duelo. Además de que estaban prohibidos, era una locura luchar por una mujer indigna.
―¿Por qué, Amber? ―Quiso saber Bella con lágrimas en los ojos.
Su hermana se rio de la pregunta.
―Tú lo has tenido todo, mientras que yo no.
―¿Todo? Amber, eres mi hermana mayor, yo te amo.
―¿Tú? Tú no sabes lo que es el sacrificio. Yo te cuidé durante toda tu niñez, me ocupé de que madre no se centrase en ti.
―Amber, tú me enseñabas las cosas a base de latigazos y no te culpé por ello.
―¡Yo merecía que Nicky se preocupase por mí!
Yo merecía que él hubiera desafiado a padre y a madre por mí, como hizo contigo.
Era mi hermano y tenía que cuidar de mí.
Yo tenía el mismo derecho que tú a obtener su protección.
Mi hermano me repudió, me mandó a Londres y me dijo que si en un mes no estaba casada me pudriría en la calle.
―Las lágrimas caían por el rostro de Amber.
―Hermana, Nicky hizo lo que creyó mejor para ti. Te obligó a desposarte rápidamente porque está arruinado. Apenas hay dinero.
―¡Pero sí quedaba algo para mantenerte a ti!
―Amber…
―¡No! Tú lo has tenido siempre todo. Incluso padre te sostenía en sus brazos y te admiraba.
Madre no te castigaba. Tú te quedaste con mi familia y yo me tuve que conformar con las migajas.
Al fin sabes cómo me siento. Y ese botarate de Latimer se ha dado cuenta de lo que pudo haber tenido y de lo que ha conseguido.
Falsa. Nunca lo recuperarás. ―Amber se marchó del lugar satisfecha.
Bella se tapó la cara con las dos manos para dejar salir la congoja. Sintió unas manos sobre sus hombros. Descubrió el rostro para hablar.
―No se atreva a tocarme. Usted es tan culpable como ella. Espero que esté satisfecho, milord, al fin ha tenido lo que tanto ha deseado.
―Una vez le dije que lamentaría hacerle daño. En verdad, lo siento. Es usted una de las pocas mujeres a las que le entregaría mi vida si estuviera en peligro. No he conocido a nadie más fiel o valiente. Lo lamento.
―Por favor, no acuda al duelo. Si de verdad lamenta lo que me ha hecho, detenga este despropósito ―suplicó ella.
―Su esposo me ha retado. Mi honor me exige acudir. No puedo hacer nada para remediarlo… si hubiese sido yo el que hubiese lanzado el guante en un primer momento, tal vez pudiera remediarse.
―Se lo suplico, de rodillas se lo pido. ―Ella se colocó en esa posición.
―Un duelo es un asunto serio. Si no acudiese mi reputación estaría hundida. De nuevo, lo siento.
―Lo amo, si algo le sucede no podré vivir con esa carga sobre mis hombros, del mismo modo que conozco a mi marido. Si le quita a usted la vida él no podrá soportarlo.
―Entonces, confiemos en que el barón entre en razón y busque otra forma de restablecer su honor.
―¿El mío?
―Su esposo me ha retado porque es la única manera de demostrar su inocencia. Yo la he comprometido. Al parecer, la fe de él en usted no es tan fuerte como la suya, pero bien debe importarle a Latimer para arriesgarse a retarme. Siempre he sido mejor tirador que él, y el barón lo sabe.
Y Sared la dejó sola ofreciéndole una triste sonrisa como despedida.
Y ella se sentó unos pocos minutos en el mullido sofá más cercano para recobrar la compostura sintiéndose la mujer más desafortunada del mundo.
Tanta felicidad no podía durar para siempre…
¡pero es que solo habían pasado tres días desde que su sueño de princesa de cuento comenzó!
¿No podía haber durado un poquitín más?