Capítulo 8 #2
―Haber perdido su virtud le ha conferido un nuevo atractivo. Si me lo permite le diré que se ve fiera, milady, y siempre he valorado a una mujer con carácter.
―Supongo que ahora que sabe el nuevo estatus como baronesa de Latimer, será consciente de que su guerra con mi esposo ya no tiene sentido. No hay nada que pueda hacer que impida que estemos juntos.
―En eso se equivoca usted. Le confesaré que, ciertamente, me es usted simpática, pero mi venganza sobre su esposo no ha terminado y créame que lamentaré profundamente el dolor que le causaré.
―Vamos, vamos, la que le pide ahora que no mienta soy yo.
Ambos sabemos que mantiene alguna pugna estúpida con mi esposo y que se ve usted como un niño dispuesto a conseguir su venganza.
Así que, si me permite el consejo, le diré que será mejor que busque otra manera de fastidiar a Gordon, porque no hay nada que nos separe. Estamos enamorados.
―Y de nuevo se equivoca ―dijo enigmático―. Un esposo que seguirá durmiendo sin el calor de su mujer es susceptible de buscarlo en otro lado. Me consta que Camille es muy buena en lo que hace.
―No.
―¿No?
―He dicho que no, milord. Veo lo que pretende y no lo conseguirá.
―¿Y qué pretendo? ―preguntó él con diversión.
―Quiere abrir una brecha entre mi esposo y yo, y para eso debo estar dispuesta, cosa que no va a suceder porque mi fe en él es ciega.
―¿Pero la de él en usted también lo es? ―Y, a continuación, él besó la mano de ella nuevamente para desaparecer por arte de magia y de forma apresurada. Dejando clavados esos ojos verdes astutos en su pensamiento.
Gordon llegó con la respiración agitada hasta ella. Ahí comprendió la rápida salida de escena de Sared.
―Gordon ―ella tenía que explicarle lo que Sared se proponía―, es importante que…
―Ya que hablas de importancias, Bella ―la cortó él furibundo―, es fundamental que no coquetees con otros hombres. Nuestro cortejo puede ser una farsa, pero debo recordarte que estás casada conmigo y no hay vuelta atrás.
Ella lo miró con la boca abierta. ¿Este era el hombre que ayer mismo le habló de amor? ¿De amor eterno? A la primera ocasión la acusaría de…
―¿De qué me estás acusando exactamente, esposo mío? ―El retintín con el que ella dijo la palabra esposo no le gustó en absoluto.
―Como dije antes, Sared siempre ha tenido… aptitudes para encandilar a las damas.
―¿Crees que yo estaba coqueteando con él?
―Evidentemente, parecías complacida con el hombre.
―¿Disculpa?
―Ha tenido sujeta tu mano más del tiempo necesario y tú se lo has permitido.
―¿Estás hablando en serio? ―preguntó sin creer lo que oía.
―¿Acaso el caballero no te ha sostenido la mano durante ―él miró el reloj de bolsillo que llevaba en la mano ―cuatro minutos exactos?
Ella evitó decirle que, probablemente, hubiera sido alguno más.
Evidentemente, su esposo no había visto el inicio del agarre.
Estaba a punto de saltar a su yugular por la acusación vertida, cuando recordó que, por un momento, Sared la había hecho dudar de la fidelidad de Gordon.
Si ese era el objetivo del vizconde ella no participaría.
―Te aseguro que no tienes nada que temer de Sared. No me gusta, lo detesto, incluso lo aborrezco.
―Entonces harás bien la próxima vez en referirle que sus atenciones no son bien recibidas. Mejor aléjate de él y haz como que es un fantasma.
Issabella admitía que sus celos fueron encantadores al principio, pero llegados a este caso la estaban abrumando.
Ella no podría lidiar con un hombre tan posesivo como lo estaba sintiendo a él en estos precisos momentos.
Lejos de enfadarse decidió probar una estrategia diferente.
En todos estos años, no consideró a su amigo como un fiero ogro capaz de imponer su voluntad sobre una dama para que esta no hable con nadie.
Algo debió de ocurrir entre Sared y él para que uno y otro no se soportasen, y algo le daba en la nariz que ese algo se llamaba Camille. ¡Cómo odiaba ese nombre!
―Gordon, ¿comprendes que soy tuya y que me he casado contigo porque no deseo a nadie más, y que en caso de haber tenido deseos hacia otro hombre no te hubiese tomado por esposo?
Observó complacida como él puso a maquinar su mente para buscar el sentido de la pregunta, y que pasados unos pocos segundos su rostro se relajó.
―Lo siento mucho, mi amor. He volcado mi ira en ti.
―¿Qué sucede entre Sared y tú, Gordon?
Él suspiró. Después de tantos años, esperaba no tener que volver a hablar del asunto.
―En Cambridge desarrolló una rivalidad insana hacia mí. Todo era una competición en asuntos femeninos.
―Ahora comprendo que él debe de estar enfadado porque tú le quitabas toda la atención femenina ―dijo más para ella que para él.
―No, fue justo lo contrario. Todas lo preferían a él.
―¿A él? ―preguntó con repugnancia.
―Bueno… las damas simpatizaban conmigo rápidamente, sin embargo, pronto se lanzaban a sus brazos…
―Verás, mi amor, creí que podría hablar del asunto contigo, pero imaginarte rodeado de damas…
―No, no. Aquello pasó, yo era joven y, bien… nunca pensé en que, finalmente, tú acabarías a mi lado.
―Está bien, comprendo lo que señalas. En definidas cuentas, tú y él tenéis una rivalidad. Así que, intenta recordarlo cuando lo veas cerca de mí, ¿de acuerdo?
―Es que no lo quiero cerca de ti.
―Mi amor, por eso, justamente, él se acerca a mí… ¿lo entiendes?
―¡Pero eres mi esposa!
―Y es por ello por lo que puedes estar tranquilo. Nunca te cambiaría por él.
―Eso es lo que decían todas antes de que acabasen en su cama… ―farfulló molesto.
―¿Qué te parecería si yo pidiese volver al campo y al poco llegases tú? Tal vez, si nos marchamos de la ciudad el vizconde ceje en su intento de molestarte.
―Supongo que podríamos hacer algo como eso.
―Entonces, diré al servicio que preparen mis cosas y esta misma tarde emprenderé el camino a…
―No podemos hacer eso inmediatamente. Mandé la nota con el anuncio de nuestro enlace y sale en el periódico de hoy. Mi padre ha organizado nuestra fiesta de compromiso para dentro de dos días.
―¿Tan pronto? Creí entender que el matrimonio debía ser un secreto por ahora.
―Después de haber pasado la noche entre tus brazos, no creo que pueda estar sin ti, mi amor. ―Esa simple frase le instauró una calma tan grande sin él saberlo, que a punto estuvo de saltar y darle un gran beso.
―¿Y la lectura de las amonestaciones?
―Verás, como te expliqué, mi padre está negociando un asunto muy importante y no quería que nada se interpusiera en la operación. Le he dicho que es imperativo que me case lo antes posible contigo.
―Dime que no has hecho eso… ―Ella estaba avergonzada. El padre de su marido estaría pensando a estas alturas que ella era una casquivana de primer orden.
―Necesito apresurar las cosas y no me pareció tener otra oportunidad.
―Creo que debimos haber esperado, Gordon. Esto ha sido demasiado precipitado y…
Él cuadró los hombros y tensó la espalda.
―¿Te arrepientes de lo que hicimos anoche, Bella?
―¡No! Por supuesto que no. Simplemente, es que todo esto ha ido demasiado deprisa. Londres no es lo que imaginé. Aquí hay muchas intrigas y, bueno… yo no quisiera hacer nada que pusiera en peligro los negocios de tu familia.
―Mi padre es un hombre severo, pero justo. Dejé muy claro que si no te tenía con mis condiciones dejaría de lado el banco y me establecería por mi cuenta.
―¡Estás loco! Es tu familia.
―Ahora tú eres mi familia, Bella.
―Tu padre debe de pensar muy mal de mí y seguro que me odia ―adujo con gran pesar.
―Lo que debe importarte es lo que yo piense de ti. Mi familia te dará la bienvenida. Además, mi padre está acostumbrado a tratar con damas difíciles.
―¿Qué quieres decir?
―Lo comprenderás cuando conozcas a mi hermana Brenda.
―Siempre que te has referido a ella en mi compañía me ha parecido una muchacha muy inteligente.
―Sí, bueno. En estos momentos, ella no opina lo mismo…
―No iba a entrar en ese asunto, así que, decidió desviar la conversación―.
¿Quieres que vayamos a comprar otro helado, mi amor?
―preguntó mirando el que había derramado en el suelo a pocos metros de ellos.
Con las prisas por acudir a ver qué tramaba Sared, él había lanzado el helado por los aires sin miramientos.
―Sí creo que me apetece refrescarme ―adujo de modo seductor mientras se ponía de pie y tiraba de las riendas de su caballo.
―¿Refrescarte? ―Él se había perdido algo. Se colocó a su lado de inmediato para ver a qué se refería su esposa.
―Cuando estás cerca, mi amor, mi temperatura se eleva demasiado.
―Lo cual me recuerda que hoy treparé por tu ventana para calentarte en la fría noche que se nos avecina, esposa mía.
―¿Como hiciste la otra noche?
―¿Qué? ―inquirió él con asombro.
―Buenas tardes, milord, milady. ―Llegó una figura femenina para interrumpir la charla.
― Lady Sulsick. ―Le hizo una reverencia Bella a su hermana. Siempre la había sentido lejana, pero en los últimos años había ido a peor.
―Condesa ―saludó él cortés con una inclinación de cabeza.
―Felicitaciones a ambos.
―Gracias ―dijeron al unísono, pues sabían que se refería al anuncio de su compromiso.
―Ha sido toda una sorpresa para la sociedad, pero no tanto para mí. Aunque debo decir que es poco habitual que uno se presente con su amante a la cena de la familia de su futura esposa justo la noche antes de que anuncien el compromiso.
Gordon apretó los puños y tensó la mandíbula. Bella, sutilmente, le dio un apretón en el brazo que llevaba sujeto y rio con ligereza.
―Estoy seguro de que con su belleza, la señorita Lorence encontrará pronto… un buen amigo que la ampare. ―La formación de Bella pareció contener el estado de ánimo del barón.