Capítulo 8
Un duro faro l
Casado. Su vida se había vuelto de pronto en un dulce sueño del que en verdad no quería nunca ser despertado.
Suya. Ya no solo sobre el papel. Dios había bendecido la unión y él había consumado el trato.
Era perfecta, tan condenadamente perfecta que creyó que más de una vez acabaría poniéndose en evidencia.
Era un experto amante y con ella se vio convertido en un aprendiz.
Quería que ella disfrutase, que obtuviera de sus manos, de su lengua y de todo su cuerpo la adoración que le había transmitido con palabras.
Su carne lechosa era un pecado. Sus dulces pliegues, un manjar creado por los dioses y para los dioses.
Temió tanto hacerle daño que decidió que lo mejor sería darle todo el placer antes de arrebatarle su virtud.
Ella sufrió. La prueba de su honradez se quedó impresa en sus partes íntimas y un solo grito anunció que se había convertido en su esposa.
Pasados los minutos de incomodidad, ella se relajó y el resto fue pan comido.
Pero el temor que tenía sobre sus hombros al quitarle su virtud fue tan pesado que creyó que lo acabaría asfixiando.
El resto de la noche, Gordon revivió cada momento, cada caricia, cada gesto de ella, una y otra vez. Todavía no se creía la suerte que tenía al haber conseguido lo que tantos años había deseado.
Feliz, contento y un poco desilusionado por no tenerla a su lado las siguientes noches, se levantó y se vistió.
Se iba a tomar la semana libre porque para algo él era el jefe.
Su padre estaba cargando con el grueso de la negociación de la fusión de las entidades y él podía permitirse ofrecerle a ella un cortejo digno.
Se tocó el cuello en busca de una preciosa cadena de oro que sostenía una fina alianza de oro.
Esa joya era la misma que le había otorgado a ella y que venía a dar fe de que su unión se había llevado a cabo.
Se pertenecían. Nada ni nadie sería capaz de anular ese hecho. Por fin, él esperaba tranquilo.
Las prisas por tomarla con su cuerpo y la plena disposición de ella habían hecho que adelantase su boda.
El resto del mundo sabría de sus nupcias dentro de muy poco tiempo.
De hecho, esta misma mañana había enviado al periódico un anuncio para que la buena sociedad leyese en la edición de hoy el compromiso entre ambos.
La pantomima era fruto de la necesidad. Gordon la quería en su lecho, pero para tenerla era preciso tomarla como esposa y un casamiento apresurado daría pábulo a toda clase de habladurías que él no estaba dispuesto a soportar o a dejar sobre ella.
La maldita fusión necesitaba que las cosas se mantuviesen así, al menos, por el momento.
Se puso los pantalones de montar y las botas hessianas dispuesto a ir en busca de su esposa. Bella estaría esperándolo para salir a cabalgar por el parque. Pasarían una bonita mañana de cortejo, donde hablarían con comodidad y su relación se afianzaría todavía más si cabía.
Cuando la tuvo ante él se quedó petrificado.
El traje de amazona le sentaba como un guante.
Le complació ver que en las cuadras de Nicky todavía quedaba algún caballo, aunque el ejemplar no era de lejos parecido al suyo propio.
Él le compraría un castrado para que ella pudiera salir a montar y así añorase un poco menos el campo.
Lo cual le hizo recordar que tenía una casa que comprar.
―Estás cada día más bella, mi Bella, mi bella esposa. ―Le encantaba el apelativo de ella.
―Y tú eres todo un adonis. Tendré que pelear con todas las mujeres que hoy te pongan los ojos encima.
―¿A mí? ―preguntó con modestia. Nunca se había considerado un hombre popular. Su niñez y adolescencia habían estado marcadas por un físico endeble y un rostro carente de atractivo.
―A ti, mi amor ―susurró para que solo él la oyese―. Donde quiera que vayas las mujeres te comen con esa mirada tan impropia con la que te miran.
―Bella, mi amor, ninguna mujer me mira como tú dices. ―Él estaba seguro de su afirmación.
―No seas modesto. Yo misma lo he visto y me disgusta mucho el descaro que tienen algunas.
―Querida, mi queridísima esposa, aunque encuentro adorables tus celos, te aseguro que nunca fui un hombre popular.
―Que tú no lo creas, no implica que no lo seas. En la fiesta a la que me llevaste oí a dos gatas salvajes pelearse por atraer tu atención. Por lo visto, tus dotes como amante, que yo misma he comprobado ―expuso con orgullo― son de dominio público.
Él estalló en risas sinceras.
―Te lo prometo, mi amor. No hay en todo Londres, en el mundo entero, ya puestos, ninguna mujer que no seas tú, con la que quisiera yacer por el resto de la eternidad.
―Más te vale, Gordon, soy una mujer extremadamente posesiva.
No creí que así fuese, pero contigo me siento de ese modo.
―El tema de la señora Lorence no lo tenía aún olvidado del todo.
Si bien antes estaba molesta porque se había dado cuenta de que lo amaba, en estos momentos en los que tenía ante sí misma a su esposo, se dio cuenta de que no soportaría una traición.
Imaginarlo con otra era un tormento tan duro…
y, además, la antigua amante de su esposo era una mujer muy hermosa, mucho más que ella.
Esa inseguridad le tenía revuelto el estómago. Eso, y el asunto de Sared…
―Mi tesoro, no hace falta seguir malgastando el tiempo en cuestiones tan baladí.
―Mi amor, hay algo que tengo que decirte…
―Adelante ―la invitó al ver el nerviosismo de ella, puesto que se dio cuenta de que Bella no sabía cómo continuar.
―Es sobre Sared…
―¡No! ―gritó enérgico. Ella dio un respingo que hizo moverse su montura.
―Pero es que, verás, ese hombre… yo…
―¡Basta, Bella! ―Estaba sintiendo unos celos muy dolorosos.
―Pero es que es muy importante que yo te confiese una cosa que…
―No, mi amor. Lo sé. Sé que él estuvo en tu casa y si vuelve a molestarte me las veré con él donde haga falta.
Eres mi esposa y nadie va a molestarte. Comprendo que eres una muchacha ingenua y que él es un hombre que tiene mucho éxito con las damas, lo que haya pasado no importa.
―Aquella tarde en la que supo que Sared había pasado toda una hora en compañía de ella sin ninguna supervisión…
Sí, él se interesó por aquel tema y supo lo sucedido.
Ella era virgen y era todo lo que le importaba.
Podía entender, aunque eso le hiciera hervir la sangre, que una mujer se sintiera atraída por aquel hombre, puesto que era muy popular entre las damas y jovencitas casaderas.
Era la historia de su vida. Las mujeres a las que él había intentado aproximarse nunca lo habían tomado en consideración, siempre había alguien más apuesto que lo echaba a un lado.
―Pero es que tengo que decirte una cosa que… ―volvió ella a tratar de explicar.
―No empañemos nuestro primer día como esposos, por favor, Bella. Hablaremos de ello más adelante, ¿sí?
Ella se tomó un momento para pensar. Había notado el cambio de actitud en su esposo y no quería enfurruñarlo más.
La noche anterior, después de amarse, habían planificado un bonito paseo a caballo.
Su luna de miel tendría que esperar, pero, al menos, podría pasar un agradable rato con él haciendo cosas que él hubiera querido que hicieran durante su cortejo.
―Tienes razón.
Salieron a un galope lento hasta que estuvieron en Hyde Park.
Allí vislumbraron una senda y pudieron dar rienda suelta a los caballos.
Él le sacaba bastante ventaja porque su pura sangre estaba en mejores condiciones.
Decidió bajar el ritmo para no perderla de vista.
Además de que ella era suya, también era su responsabilidad velar por su bienestar.
Y ese pensamiento hizo que él pensase en si algo malo le llegase a suceder a Bella.
De pronto, su corazón y su mente entraron en pánico.
Él no podría vivir sin ella a su lado. Incluso no sabía si podría seguir con la pantomima, puesto que eso implicaba tener que depositarla en su casa cada noche y no tenerla a su alcance…
Y, entonces, recordó que hacía poco se había colado en su casa.
Cierto que acabó en la habitación equivocada, pero volver a colarse no sería tan complicado como para que él se conformase con dormir en su cama solo.
La necesitaba hasta que ambos acabasen saciados por completo.
Su esposa resultó ser ingenua, pero ardorosa.
Respondió muy bien a sus peticiones y estaba seguro de que no podría aguantar sin poseerla hasta que el asunto de la fusión estuviera listo.
Sí, definitivamente, el plan de asaltar la habitación de Bella sería una solución transitoria más que aceptable.
―¿Estás bien, mi amor? ―preguntó él a verla con la mirada fija en un punto. Habían regresado por la misma senda a Hyde Park, donde a estas horas el lugar ya estaba más concurrido de gente.
―Sí, Gordon ―expuso ella con una sonrisa trémula.
―Creo que te has fatigado. ―Él bajó de su montura―. Ven. ―La sujetó de la cintura para ayudarla a descender―. Toma asiento en ese banco de ahí y mientras yo te traeré un helado que te animará.
―Eso sería perfecto, mi amor.
Cuando él se alejó lo bastante, el vizconde Sared hizo su aparición. Ella rodó los ojos, ¿nunca se desharía de ese hombre?
― Milady , como siempre, es un placer verla. ―Él le agarró la mano para depositar un beso en sus guantes. No la soltó pese a que ella intentó que la dejase libre.
―No puedo decir lo mismo, milord. ―Ella era una mujer casada y eso le confería otro tipo de estatus social. Sería un secreto, pero se sentía más mundana, más experta y mejor preparada para afrontar los problemas.
El hombre, lejos de acobardarse, le sonrió complacido por la sinceridad.
―Le sienta bien el matrimonio. ―Ella jadeó. ¿Cómo se enteraba de sus asuntos privados?
―Me parece poco productivo que un hombre de sus múltiples cualidades desperdicie su tiempo en nimiedades como estar pendiente de la vida de los demás.