Capítulo 7 #5
Ella se levantó de la cama. Sus mejillas no habían dejado de estar teñidas de rojo durante todo el encuentro.
Ella confió en su esposo y decidió ser valiente.
Cara a cara ambos se miraron a los ojos.
Bella levantó una mano para acariciar el pecho de su esposo.
Quería ver si ese vello era tan suave como aparentaba.
Él interceptó su mano al vuelo. Ella jadeó por la sorpresa.
―Quiero que estemos en igualdad de condiciones, ¿te sientes lo bastante cómoda como para poder despojarte de tus ropas?
―Sí ―señaló sin pestañear.
―Me permitirás que yo te desnude.
―Me gustaría mucho. ―Todo su cuerpo se preparó para sentir el primer contacto de él. Gordon desempeñó muy galantemente su papel como doncella, de modo que, cuando la camisola cayó al suelo, marido y mujer se descubrieron el uno al otro por primera vez.
Lo que él vio le cortó la respiración. Los pechos de ella eran voluminosos y sus dos cúspides se alzaban insinuantes y desafiantes. Ambos tocaron el pecho del otro. Ella disfrutó del calor y la dureza de él. Gordon se deleitó en la blancura de su piel y en su suavidad.
Los gemidos de ella resonaron en la habitación cuando el barón colocó sus dos manos sobre los pechos para juguetear con esas dos preciosidades a las que iba a honrar con su lengua en cuanto tuviera ocasión.
Bella tuvo que agarrarse a sus hombros para mantenerse en pie.
Las caricias de él no le permitían inspeccionarlo, pues estaba fuera de sí sintiendo tan apasionantes sensaciones.
Puesto que el barón no aguantaba más, hubo de llevar su mano hasta el centro de sus suaves pliegues.
Cuando la sintió tan húmeda entre sus rizos gruñó de placer.
―Estás húmeda, Bella.
―Lo siento ―expuso avergonzada.
―No te disculpes, es justo lo que necesito.
Ella no comprendió y, antes de que pudiese preguntar, él ya la estaba sosteniendo nuevamente entre sus brazos para dejarla sobre la cama.
En otra fracción de segundo, la cabeza de Gordon descendía lamiendo lenta y pausadamente sus pechos.
Se dio un auténtico atracón con ellos. Le hubiese gustado prestarles más atención, pero ella tenía otra parte que él necesitaba paladear.
Cuando su esposo apoyó su nariz entre sus rizos para absorber su esencia, la muchacha se removió inquieta.
Él iba a hacer… ¡Oh, Dios! Vaya que sí. Su esposo la lamió sin remordimientos como si ella fuese una dulce naranja a la que hubiera que sacar el jugo.
Tanto la tenía al borde que no podía contenerse en sus gritos de placer.
Bella aullaba de puro gozo. Eso que le estaba haciendo su esposo era algo que ella jamás hubiera pensado posible, y a la vez era algo sin lo que no podría vivir a partir de ahora.
Un grito de puro éxtasis rompió el silencio.
Él le había descubierto el mundo de la pasión, su inocencia había salido por la puerta y ya nunca la volvería a echar de menos.
Gordon continuó bebiendo hasta que no hubo más néctar que sorber.
Si su esposo hubiera dejado sus quehaceres en ese momento y se hubiese centrado en el rostro de su esposa, habría vislumbrado a una mujer pletórica que mantenía los ojos cerrados y por cuyos labios se extendía una gran sonrisa complaciente.
―¿Estás bien, mi amor?
―Esposo mío, no sé qué me has hecho, pero ha sido fantástico.
―Mi vida, en estos momentos lamento el dolor que te causaré.
Ella se incorporó de golpe.
―¿Dolor? ―preguntó asustada.
―Debo entrar en ti y para hacerlo tendré que llevarme tu virginidad. Dolerá un poco, pero te prometo que lo haré bueno para ti. Haré que vuelvas a sentir lo que has alcanzado hace escasos minutos. Me crees, ¿verdad?
Ella se mordió el labio inferior. Ese gesto hizo que él se incendiase en un deseo súbito, apremiante.
―De acuerdo ―expuso no muy convencida. Él se veía demasiado grande. Aun así, ella confiaría en él. Tanto lo amaba que sería capaz de poner su propia vida en sus manos.
Gordon la ayudó a recostarse de nuevo y cubrió su cuerpo con el suyo.
No dejó de susurrar palabras tiernas y de ánimo ni cuando entró en su ser.
Ella gritó de dolor. Era demasiado grande.
Él usó toda su fuerza de voluntad para no derramarse con esa primera embestida.
Nunca había estado con una virgen y creyó que lo mejor sería terminar de una vez, pero no quería hacerlo y continuó en sus avances.
Si estuvo acertado o no, nunca llegaría a saberlo.
―Lo siento, mi amor. Relájate. Permite mi entrada, te juro que lo peor ha pasado. Me odio por haberte hecho daño. Te prometo que si me dejas haré que sea bueno para los dos.
Con sus palabras, Bella consiguió tranquilizarse y pronto su cuerpo volvió a quedar laxo. Gordon, sintiendo su cambio, comenzó a mecerse lentamente sobre ella. Los besos se alternaban con nuevas palabras de amor susurradas en su oreja.
Poco a poco, ella comenzó a sentir que el deseo la volvía a envolver en un suave manto de lujuria.
Presto, Gordon llevó su mano para acariciar nuevamente su monte de Venus.
En pocos minutos, la liberación de uno y otro fue gritada sin censura, sin vergüenza, con orgullo.
Esa noche se amaron como si fueran uno solo.
La magia hubo de romperse cuando, con las primeras luces del alba, él la despertó para regresarla a su casa.
Su unión sería, por el momento, su secreto.
Posteriormente, organizarían una gran boda y harían todo cuanto se suponía que una pareja honrada debía hacer antes de casarse.
El padre de Gordon estaba inmerso en la fusión de su banco con otro todavía más importante y el negocio era de vital importancia para la familia, cosa que hacía imperativo que las apariencias fuesen cuidadas con esmero.
Era importante no arriesgarse a protagonizar un escándalo .