Capítulo 7 #4
―A Dios gracias, Gordon. Me habías preocupado tanto… ―Ya pensaba que él haría como que nada había sido dicho la noche anterior.
Ella no se lo pensó dos veces y se echó a su cuello para besarlo. Tenía que ganarle una batalla a su amante porque ella no estaba dispuesta a compartirlo, pero tampoco podía vivir sin él.
Cuando la sintió entre sus brazos la rodeó por completo porque no tenía intención de dejarla marchar.
Después de un beso que no fue para nada apresurado, sino suave y amoroso. Ella se abrazó a él. Su mejilla quedó sostenida sobre el pecho de él.
―Nos casaremos, Bella, lo antes posible, porque no puedo tenerte y no tomarte.
―¿Es por eso por lo que recurres a la señorita Lorence? ―Se atrevió a preguntar.
―¿Qué quieres decir?
―Todos los invitados de mi hermana comentaban que habías vuelto a sus brazos.
―Bella, yo… ―Él no supo cómo continuar la frase. Ella lo percibió angustiado.
―No quiero que acudas a ninguna mujer, Gordon. Si tú me enseñas yo te daré todo cuanto tengo, pero sí te exigiré lo mismo que yo te daré: mi fidelidad.
―Lo de Camille se acabó hace tiempo. ―Ella ladeó la cabeza para buscar sus ojos. Su barbilla quedó apoyada en el duro torso masculino.
―Odio cuando la llamas por su nombre de pila.
―Te seré fiel mientras viva, Bella. Significa eso que me aceptas, ¿verdad?
―Nada en este mundo me haría más feliz, dichosa mejor dicho, que aceptar ser tu esposa.
―¡No sabes cuánto tiempo he soñado con oír esas bonitas palabras!
―Lamento haber estado ciega en cuanto a ti se refiere, Gordon. Encontré un amigo tan querido que supongo que nunca creí que nuestra amistad pudiera ir más allá. Un hombre como tú podría tener a la mujer que quisiera.
―Y la tendré, porque te elijo a ti.
―¿Me amas?
―Te amo con toda mi alma, mi cuerpo y mi vida, Bella.
―Te amo tanto que creo que voy a morir de amor por ti.
De fondo, las notas de una melodía muy dulce les estaban llegando. Ambos habían comenzado a mecerse inconscientes. La mano de ella había regresado a su musculoso pectoral. La atmósfera era la adecuada para dos enamorados que, al fin, se habían encontrado.
―Te gustará vivir en Londres.
―Siempre me consideré una chica de campo.
―Te mostraré todo lo que Londres te ofrece.
―Será duro dejar la finca.
―Compraremos la mejor casa de Mayfair.
―Soy una mujer de gustos sencillos, Gordon. No necesito mucho para ser feliz. Me conformo con tenerte a ti a mi lado.
―Aunque no tenga una posición tan elevada como la de tu hermano, soy un hombre muy importante.
Mi posición en el mundo de los negocios está más que asegurada.
Serás una esposa respetada y en muchos círculos te admirarán.
Probablemente, incluso nos abran más puertas que a Nicky.
Tu educación servirá también a mis intereses, no te engañaré.
Necesito una esposa correcta, afectuosa y que sepa comportarse con decoro en sociedad.
Muchos negocios dependerán de nuestra apariencia.
Sin embargo, esto último no me preocupa porque no creo que haya una elección mejor que tú, Bella.
La muchacha tragó saliva con fuerza. Debería confesarle que, posiblemente, su reputación estuviera comprometida por haber acudido a aquella fiesta…
¡Pero es que estaba tan cómoda entre sus brazos que no le apetecía romper un momento tan romántico con algo que podría arruinarlo todo!
Mañana. Mañana con la luz del sol hablarían con claridad.
―No quiero que este momento termine nunca, Gordon.
―Te prometo que nuestra vida juntos será como un perfecto sueño del que jamás te despertaré. ―La promesa fue tan solemne que a ella no le cupo la menor duda de que él así lo haría.
―Te amo, Gordon. ―Tenía la necesidad de decirlo, repetirlo y no dejar de susurrarlo jamás.
―Te amo, Bella. ―A él le pasaba exactamente lo mismo.
―Quiero hacerte feliz, cuidar de ti y tener una bandada de pequeños pelirrojos que nos adoren.
―O pequeñas rubias a las que poder enseñar a pescar.
―Niños y niñas. Lo quiero todo, todo contigo, mi amor. ―Nunca había oído ese apelativo hasta que él se lo dijo anoche. Ya nunca dejaría de referirse a él con esa palabra tan cariñosa y que tan bien definía la devoción que ella sentía.
―Y todo lo que desees lo tendrás, mi amor.
―A él esa palabra también le sonaba la mar de bien.
Incluso recordó haberla usado en el sueño de anoche para referirse a ella.
Y en ese momento, alzó la vista al cielo para dar gracias al Altísimo por no haber tenido que confesarle los pormenores del trato al que habían llegado Nicky y él, puesto que ella no había pedido una explicación sobre cómo había sucedido todo aquello.
Si se enteraba de que ambos amigos habían intercambiado a sus hermanas, ella podría enfadarse mucho.
Así pues, lo mejor sería callar por ahora porque no había necesidad de enturbiar un momento tan íntimo como el que estaban viviendo.
―Te prometo que te amaré hasta que Dios decida llamarme a su lado.
―Y mi promesa es que mientras me quede un ápice de vida en mi cuerpo, nunca dejaré de sentir y vivir por ti. Eres mi luz en la oscuridad, mi aire fresco en un día caluroso, mi esperanza ante la adversidad. Lo eres todo, todo, todo para mí, mi amor, mi vida, mi Bella.
―Debí suponer que esas palabras que enviabas con las flores eran tuyas.
Siempre fuiste muy zalamero y hábil para encandilarme.
―Ella rio y el sonido le pareció el canto de los ángeles.
Gordon estaba tan enamorado de ella que creía que llegaría un día en el que desaparecería para fundirse con su ser.
Y ante esta idea, un pensamiento surcó su mente para despertar su lujuria.
―Bésame, mi amor ―pidió ella al tiempo que se lamía los labios. Él trató de separarse de ella. Bella no lo permitió―. ¿Qué sucede, Gordon? ¿No te complacen mis besos?
―Desde aquel día bajo aquel árbol y con el señor Nieve como testigo, no puedo dejar de pensar en ese beso que compartimos.
Tan solo otro recuerdo más poderoso ha ensombrecido esa primera muestra de nuestro amor, Bella.
Desde que te besé y acaricié hace unas semanas me siento desfallecer, tanto, que me preocupa seriamente perder el control si tu dulce boca toca mis labios.
―Bésame, mi amor, y pierde el control.
―No puedo, Bella, quiero hacer las cosas bien. Te lo debo. Quiero que seas mi esposa y que en nuestra noche de bodas ambos nos abandonemos al calor de la bruma del deseo. Te deseo tanto, que quisiera casarme de inmediato contigo.
―Casémonos, Gordon.
―Pronto, Bella, muy pronto. Te lo juro por mi honor.
―Esta noche, mi amor. Hazme tu esposa esta preciosa noche en la que la luna y las estrellas han sido testigos del nacimiento de nuestras promesas de devoción. Sellemos nuestro destino con nuestros cuerpos ya convertidos en marido y mujer. Poseámonos para toda la eternidad.
Esa misma noche los dos se escabulleron discretamente para buscar a algún pastor que oficiase sus nupcias. Ninguno de los dos podía esperar más. Ambos sentían la llamada de la pasión y querían entregarse en cuerpo y alma el uno al otro.
Por supuesto, encontraron en las afueras de Londres a un buen hombre que, por una suma importante, los casó de inmediato. Ambos consumaron su unión en el lecho de él. No era la mansión que le había prometido, pero su casa de soltero era realmente grandiosa.
―Estoy muy nerviosa, Gordon. ―Su ya esposo la llevaba en volandas y suavemente la depositó con mimo sobre los cobertores de la gran cama de cuatro postes.
―No debes estarlo. Entre un hombre y su mujer no debería haber vergüenza, ni pudor, ni temor alguno. Si confías en mí, yo te enseñaré.
―Confío en ti.
―Lo primero que deseo hacer es quitarme la ropa. Quiero que me veas y me preguntes aquello por lo que sientas curiosidad, ¿de acuerdo?
Ella se sintió en un sueño. Su esposo le hablaba de modo tierno, el calor de las llamas y el crepitar de la leña conferían a la varonil habitación de su esposo un carácter íntimo y muy personal. Cuando lo vio llevarse las manos a la corbata, Bella tembló de anticipación.
Pieza a pieza, la ropa cayó para dar paso a un cuerpo modelado y esculpido en granito. Definitivamente, la baronesa se sentía estafada. ¿Cómo no se había dado ella cuenta de que eso que se presentaba ahora sin censura había estado bajo su nariz estos largos años?
Los hombros se veían suficientemente anchos y fuertes para que ella se sostuviera en él.
En el centro de su pecho nacía un hilo de vello rojo que continuaba para dar paso a una frondosa mata aún más brillante que dejaba ver algo que había crecido demasiado.
Eso no iba a poder encajar en el lugar donde se suponía que iba.
―Gordon. ―Ella estaba coloreada hasta las cejas.
―¿Sí, esposa?
―Eres grande.
―Está bien que me hagas esa observación.
―No me gusta que seas grande, esposo mío. ― Eso tenía que doler.
―Mi tamaño es adecuado. ―No mentía, él no consideraba que su hombría fuese demasiado grande o demasiado pequeña.
―¿Siempre está así de grande? ―Ella lo tenía que preguntar porque hasta el momento no lo había visto en esa posición tan erguida.
―Crece porque te deseo y necesito como el mar al agua salada para dar sentido a su existencia.
―Gordon…, esto… yo… ―Bella no se atrevía a ordenar lo que tanto ansiaba.
―No tengas pudor ni vergüenza. Eres mi esposa, esto no es ningún tipo de pecado, es algo natural. ―Gordon se sentía cómodo con su desnudez.
―Me gustaría que te dieses la vuelta.
Si lo de delante estaba sacado de un cuadro griego, lo de detrás era sencillamente sublime. Las posaderas de su esposo eran dignas de un gran rey. Él era perfecto en toda la extensión de la palabra, al menos, para ella.
―¿Has visto todo lo que deseabas? ―preguntó él sin voltearse.
―Quiero tocarte.
―Ven pues, Bella.