Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

El problema fue que uno de los esbirros que Sared tenía apostados en la puerta de la dama sí vio al barón Latimer salir como un vulgar ladrón de la casa.

Lógicamente, el hombre se dirigió con premura a informar a su superior sobre este curioso acto.

Seguro que su jefe se pondría más contento que unas pascuas cuando descubriese que además de la entrega de las rosas rojas de todos los días, la mujer había recibido la visita de su enamorado.

Lo que sorprendió al secuaz de Sared fue que Latimer no bajase por la ventana de su amada, puesto que el descenso desde ese punto era más cómodo y menos arriesgado que el que él había elegido para huir del lugar del crimen.

No obstante, ese dato no lo consideró relevante para reportarlo al vizconde, simplemente, fue una curiosidad que le pareció llamativa.

***

Bella mandó al servicio a comprar los principales periódicos de Londres.

En cuanto supo que él se había marchado temió lo peor.

Probablemente, alguien le había ido ya con la noticia y por eso se había marchado.

Un hombre con una posición tan importante merecía una esposa a su altura y ella no se consideraba con derecho a tal honor.

Tras leer cada palabra de los tabloides y no ver mención alguna sobre su persona respiró tranquila.

No pensó nunca que ostentaría tanto interés un periódico.

El que más le gustó fue uno llamado The Daily .

Además de que su estructura era más ordenada que la del resto, sus artículos no contenían chismes, sino actos y noticias que justificaban su veracidad citando el origen de los hechos.

¡Esto sí que era nuevo! A su lado, el resto parecían simples folletines.

Dejó la pila de periódicos a un lado y se concentró en su desayuno. Estaba llena de anticipación, ¿qué se dirían cuando se vieran?, ¿cómo actuarían?

Y así de nerviosa pasó el resto del día aguardando la visita o una misiva de Gordon.

Ni lo primero ni lo segundo llegó. Puesto que su reputación seguía estando intacta, decidió acudir al baile que volvió a ofrecer su hermana Amber.

¿Qué mal podría hacerle divertirse un poco?

El testarudo hombre no había venido y ella se negaba a aguardarlo encerrada en casa, entre otras cosas, porque no sabía cuánto iba a durar de legitimidad de su honor…

y, entonces, las fiestas y los actos destacados quedarían prohibidos porque se convertiría en una apestada.

Enfundada en un precioso vestido de muselina de color ocre, Bella se miró al espejo y le gustó mucho lo que el cristal le devolvía. Se había puesto unas perlas que había heredado de la abuela de su padre. El bonito moño recogido en tirabuzones le sentaba muy bien.

Cuando entró en el lugar descubrió que Sared estaba esperándola.

En efecto. Entre tanta expectación y felicidad, ella se había olvidado del hombre que la tenía contra las cuerdas.

Poco podía hacer él para separarla de Gordon, así que decidió dedicarle su mejor sonrisa y no preocuparse por nada que no fuera su futuro esposo.

Esperaba que como en los últimos eventos él se presentase.

Imaginarlo siguiéndola por los bailes londinenses le hacía palpitar el corazón.

― Milady , déjeme decirle que está usted sublime.

―Sared, ahórrese los cumplidos vacíos de contenido.

―Es habitual que una dama sonría cuando se le dedica un bonito cumplido ―la regañó él con elegancia.

El hombre le cogió el brazo y se lo colocó sobre el suyo para convertirse en su escolta.

―Sonría, querida, o pensarán que estamos peleando. ―Le divertía verla enfurruñada. Ella le era simpática, pero no tanto como para dejar de hacer lo que había tramado para el resto de la velada.

―¿Cuándo va a olvidarse de mí, milord? ―Y ella le sonrió cómplice.

―En cuanto su amado pague lo que me hizo. ―Ella bufó ante lo que él dijo―. No trate de engañarme volviendo a decirme que no va a casarse con Latimer, porque usted y yo sabemos dónde ha pasado el caballero la noche.

Ella se tropezó. ¿Cómo sabía todo ese diabólico hombre?

―Es mi prometido. Gordon Brown, barón de Latimer, es mi futuro esposo.

Nada va a poder cambiar eso porque mi hermano me ha dado en matrimonio y el acuerdo es legal, válido, y más allá de todo eso, cuenta con mi total y absoluta aprobación.

―Ella se mostró altiva y orgullosa al explicar la situación.

―Por un momento casi la creí, querida. Debo felicitarla porque hay poca gente que logre encandilarme con sus mentiras.

―No crea que le he engañado ―su honor la instaba a aclarar la situación―, sencillamente, me ha costado más que a usted atar cabos. Hasta anoche mismo, no fui consciente de que usted decía la verdad.

―Debe de ser un amante sublime. Su fama le precede. ―Ella volvió a trastabillar.

―Lo que suceda entre ese caballero y yo, no es de su incumbencia.

―Ah, ahí llega nuestro héroe y, vaya… viene más que en buena compañía.

Ella se giró para mirarlo con ilusión. La decepción surcó su rostro en tan solo un segundo. Se puso tan lívida que creyó que devolvería el poco contenido que tenía en su estómago. Latimer había entrado en el salón de baile en compañía de la señorita Lorence. Se sintió enferma.

―No se apene, milady , es común que las esposas se queden en el hogar mientras los maridos retozan con las amantes. ―Él le sonrió de lado. Su plan estaba funcionando.

―Voy a casarme con él y nada podrá evitarlo ―dijo con convicción.

―¿Busca convencerme a mí o a usted misma, milady ? ―Él la hizo dudar, y más cuando vio a su futuro esposo tan solícito con su amante.

***

Era extraño. Lord y lady Sulsick le habían enviado una invitación al baile que se celebraba esta noche en su casa.

Gordon no supo si sentirse aliviado o en guardia.

Pudiera ser que Nicky ya le hubiese dicho que pronto habría una boda…

Decidió que no era un cobarde y que asistiría al evento.

De igual modo, Bella estaría allí y él había practicado durante toda la tarde su discurso.

La noche anterior había tenido un bonito sueño en el que él se declaraba y, pese a que no conseguía recordar todas las palabras expresadas, sí tenía una mera idea de lo que debía decirle a la dama.

Cuando llegó a la puerta, entró en la casa y vio a la señorita Lorence ir directa hacia él, y supo que había sido víctima de una trampa.

―Llegas tarde, Gordon.

―Camille, ¿qué haces aquí?

―Esperarte, por supuesto. ―La pelinegra de ojos verdes se apresuró en tomar su brazo. Llevaba diez minutos esperándolo.

―Camille, nuestra relación terminó.

―Bien lo sé. ―Ella se tocó la gargantilla de diamantes que llevaba en su cuello. Fue el regalo de despedida que él le había dado―. Por eso he decidido atender tu petición y venir.

―¿Cómo dices?

―Tu nota. En ella me pedías que fuera tu pareja esta velada, que era de suma importancia.

―No he enviado ninguna nota.

―¿Entonces? ―Ella no comprendía nada.

―Alguien está jugando conmigo y me da muy mala espina.

―Percibía que algo se avecinaba. Cuando le pagó a la médium para que lo usase como conejillo de indias para la función, aquella mujer le puso el vello de punta porque dijo cosas que él no le había confesado.

¿Se avecinaban problemas? Como fuera, él era el dueño de sus actos y su destino, nada podía empañar aquello por lo que iba a luchar. Bella sería suya.

Y cuando alzó los ojos y la vio del brazo de Sared le faltó un pelo para ir en su busca y terminar lo que había empezado ayer.

Flojo. Le había atizado demasiado suave, puesto que el vizconde tenía un pequeño rasguño en su rostro.

Esta vez le daría más fuerte. Oh, sí. Él ya estaba encaminándose hacia el hombre, porque él estaba sonriéndole a su prometida y los celos se lo llevaban a los infiernos.

Camille lo frenó.

―No te conviene hacer un espectáculo, tal vez, eso es lo que esperan.

―¿Quiénes?

―Los que te hayan tendido esta segunda trampa.

―¿Segunda?

―Es la segunda vez que me hacen venir a una fiesta en esta casa y no creo que sea una casualidad.

―Mi prometida está ahí delante.

―Supuse que me dejabas porque, al fin, ibas a sentar la cabeza.

―Es mucho más que eso.

―Es una joven preciosa.

―Es la única.

―Estás enamorado.

―Siempre lo estuve de ella.

―Por eso te elegí a ti frente a… ―Ella calló de pronto.

―¿Qué sucede?

―Vayamos a rescatar a tu prometida.

―No quiero que sepa la relación que nos une, Camille. ―Pese a que no había hecho nada que se considerase deshonroso, dado que la moda era tener amantes o acudir a un prostíbulo, él se sentía avergonzado por haber estado retozando con otra mujer.

―Y no tiene por qué saberlo. Lo que hemos hecho tú y yo, nada tiene que ver con el amor. Fuimos dos personas unidas por nuestros caprichos.

―Fuiste una buena maestra en los asuntos de cama. Te lo agradezco.

―Todavía recuerdo tu extraña petición.

―Cuando no te reíste de mí por pedir que me instruyeses en el arte de la seducción para complacer a mi futura esposa, supe que había hecho la mejor elección. Has sido una buena amiga para mí.

―Espero que seas feliz, Gordon.

La pareja llegó hasta Sared y Bella. Gordon se las ingenió, con la gran ayuda de Camille, para llevarse a Bella de su lado. No le agradó el modo en el que el vizconde se mostró posesivo con su prometida, incluso le pareció que él la autorizó a macharse de su lado… ¿Qué estaba pasando ahí?

Consiguió escabullirse por las puertas francesas y llevársela a un rincón del jardín. Lorence se encargó de entretener al maldito bastardo. Bella y él tenían que hablar. Era imperativo que arreglasen su situación y que él, al fin, le confesase lo que había hecho.

―Estás preciosa.

―Gracias ―contestó agria.

―¿Sucede algo, Bella? ―Quiso averiguar él, puesto que había notado que ella se mostraba disgustada.

―No, Gordon.

―Tenemos que hablar sobre nosotros. Es importante que aclaremos… las cosas. ―Ella entonces se permitió el lujo de tranquilizarse. Al fin, él decidía dar la cara.