Capítulo 7 #2
―¿Perdón? ―Había sonado tan autoritario y seguro que la hizo dudar sobre si ella tenía algo al respecto que decir.
―Eres mía.
―Tuya ―repitió sin comprender y no queriendo examinar ese hormigueo que sentía en su estómago.
―Si tienes corazón te apiadarás de mí y no volverás a mirar, sonreír, bailar o conversar con otro hombre. Porque cada vez que lo haces me siento morir de celos.
―¿Y bajo qué autoridad me haces esa solicitud? ―Ella nunca cumpliría semejante pedido nunca si él no decía lo que ella esperaba que llegase a continuación. Y le molestó que le hiciese un pedido como ese porque eso denotaba una falta de confianza en ella muy preocupante.
―Yo soy tu prometido ―desveló orgulloso con la proclama.
Sabía que el efecto del alcohol soltaba la lengua de los hombres porque su hermano había confesado que estaban a un paso de la indigencia en uno de los días que lo tuvo que socorrer después de que él se agarrase una buena borrachera; así pues, se aprovecharía de la situación.
―¿Eres tú mi prometido misterioso?
―En efecto, lo soy.
―Gordon, ¿cómo has logrado que Nicky accediese?
―Ha sido pan comido. Le ofrecí un acuerdo que él no pudo rechazar.
―¿Le pagaste por casarte conmigo? ―preguntó escandalizada.
―Algo así. Se podría decir que la necesidad nos unió.
―Explícate.
―Tu hermano necesitaba dinero, yo quería una esposa. Era un negocio redondo. ―Él estaba convencido de que el acuerdo era más largo de lo que estaba contando, pero en estos momentos no recordaba todos los pormenores.
―¿Qué sucede con Sared?
―¡Vaya! ―Él se incorporó de pronto para mirarla los ojos―. Veo cuán íntimo es ese caballero para que uses su título.
Ella suspiró. Era curioso que él pudiera yacer con cualquier mujer y a ella no se le permitiese referirse a un hombre por su título.
―Tú has usado el nombre de pila de tu amante. El vizconde no es más que un conocido, y me aventuro a decir que te une algo con él más a ti que a mí.
―Me gusta verte celosa. ¿Me amas?
―¿A un hombre que me ha comprado en matrimonio y que se ha mofado de mí durante todo este tiempo haciéndome creer que no sabía la identidad de mi futuro esposo? ―ironizó de tal forma y a tal velocidad que le faltó la respiración para concluir la frase.
―Había ideado un cortejo hermoso, Bella.
Dulces y sensuales paseos al atardecer. Me hubiese gustado llevarte a la ópera.
Tengo el mejor palco del teatro. Hubiéramos salido a cabalgar y, poco a poco…
pretendía una lenta seducción… ―Él se calló y se volvió a reclinar en la cama al tiempo que le miraba los ojos y le acariciaba el pelo―.
Ansiaba conquistarte, que me vieses como yo te veo a ti.
―¿Y cómo es eso?
―¿Cómo es qué? ―Era imposible llevar el ritmo de la conversación porque él estaba ahora jugueteando con sus labios y solo podía pensar en volver a introducir su lengua para acariciarla íntimamente.
Su dedo pulgar pasaba juguetón por la sugerente boca de ella y él estaba ansioso y nervioso a partes iguales.
―¿Cómo me ves, Gordon? Dímelo ―lo animó.
―Como una hada. Una joven que me descubrió cuando nadie más lo hizo.
Una preciosa castaña de ribetes dorados y ojos azules que me dio mi primer beso y me arruinó para el resto.
Es por ti, Bella. ―Él dejó de juguetear con sus labios para cogerle la mano y llevársela al pecho.
―Es por ti por quien late mi corazón. Cuando estás cerca el mundo desaparece y solo estás tú.
Por ti llevo años intentando ser mejor. Ser más atlético, vestir más a la moda, todo, todo para que me descubrieses más allá de la amistad.
Tú eres lo que amo y te he querido desde que te vi, siendo aquella chiquilla ingenua a la que logré robar un beso.
Mi plan, mi magnífica treta se ha ido por la borda.
¡Oh, Bella! Yo ansiaba que tú me amases, que me descubrieses y te enamorases de mí.
No quiero ser más tu amigo, quiero ser tu esposo, tu amante.
¿Puedes llegar a quererme como yo lo hago, mi amor?
Bella sentía los latidos de su corazón retumbar en sus oídos.
Le costaba respirar. La declaración de él había sido perfecta, sincera y extraordinaria.
Nunca, ni en sus mejores sueños de princesa enamorada pudo imaginar algo como esto.
«Mi amor», le había susurrado mirándola a los ojos y sosteniendo su mano sobre su corazón.
¿Podía haber algo más magnífico que eso?
Nunca ninguna declaración de amor fue tan sincera como aquella.
Y cuando estaba a punto de abrir su corazón para declararle su amor… un ronquido del todo brusco retumbó en la estancia.
―Gordon ―le susurró ella cerca de su oreja―. ¿Gordon?
Y otro ronquido fue lo que ella recibió por contestación. Volvió a suspirar cansada. Se había presentado borracho en la habitación contigua, le había dicho las más bellas palabras de amor y, justo cuando ella iba a darle su contestación, él se quedaba dormido… ¡Grandioso!
Lo miró. Ciertamente, era todo un adonis. Su pelo como el fuego y ese bello que veía en su torso del mismo color le daban ganas de acariciarlo por toda la eternidad. Hundió sus dedos en su pelo y él se removió como un minino en busca de un arrumaco.
―Te amo, Bella ―susurró él en su inconsciencia.
Ella se acercó para darle un tierno beso en los labios y se sonrió.
Tan fiero como a veces lo había visto cuando discutía con Nicky, en estos momentos parecía un bebé.
Bella bajó del lecho y puso sus descalzos pies sobre la tupida alfombra.
Se acercó al arcón más próximo y sacó de allí una manta de lana.
La extendió sobre su cuerpo y reprimió sus ganas de acurrucarse junto a él.
Con toda la fuerza de voluntad que fue capaz de reunir se marchó de la habitación con una sonrisa en los labios.
¡Él la amaba! Gordon la amaba y aunque estaba disgustada con él, fue imposible mantener su enfado después de tan sinceras palabras de amor.
Lo dejaría descansar y mañana por la mañana enfrentaría su futuro con valentía.
Lejos de ser una egoísta, ella le abriría su corazón y luego le explicaría la situación con Sared, y, lo más importante, él tendría que decidir si se unía a ella en matrimonio una vez que saltase a la luz el escándalo.
¿Podría Gordon desafiar a la sociedad y quedarse con Bella aún a sabiendas de que todos pudieran poner en tela de juicio el honor de ella?
Ella dejaría que él decidiese por los dos.
***
Sentía la boca seca y pastosa, además de un fuerte dolor en la sien.
También le molestaba la fuerte luz del sol que sentía sobre su rostro.
Gordon se incorporó en la cama al tiempo que se llevaba las manos a la cabeza.
Cuando comenzó a beber de la segunda botella de whisky sabía que la locura de anoche sería un tormento por la mañana.
―¿Nicky? ―llamó a su amigo sin abrir aún los ojos.
Al no obtener respuesta despegó los párpados. Ante él se descubrió un paisaje curioso. Estaba tendido en una habitación cuyas paredes estaban decoradas en papel pintado de color limón. Aquello era bastante femenino y en su casa no había nada como eso. ¿Dónde demonios estaba?
―¿Camille? ―llamó a su amante por si había acabado en compañía de ella sin saberlo… sin embargo, la casa de la señorita Lorence no tenía ninguna estancia de ese estilo que tenía ante él.
En efecto. Bella tuvo el don de la oportunidad.
Ella justo estaba a punto de tocar la puerta para hablar con él cuando desde fuera oyó alto y claro cómo él llamaba a su amante.
Le dieron ganas de entrar en la estancia y echarle sobre la cara la jofaina de agua que llevaba para limpiar su herida y para que él se asease…
Apretó los dientes y se dio media vuelta para marcharse del lugar, porque si entraba y él estropeaba lo que anoche dijo, ella acabaría en prisión, aunque un jurado formado por mujeres la consideraría inocente de todos los cargos.
Al no obtener respuesta, Gordon se incorporó para analizar mejor la estancia. Y como tampoco supo orientarse, se asomó a la ventana. Entonces, el mundo le cayó a los pies. Estaba en casa de Nicky.
―¿Bella? ―llamó por si ella estaba oculta en algún lugar. Tampoco hubo respuesta.
Se sentó en la cama. Recogió su rostro entre sus dos manos tratando de recordar lo que había sucedido para haber acabado en este lugar.
La velada había comenzado con Nicky y él en su despacho abriendo una cantidad indecente de su mejor whisky.
Eso lo recordaba. Antes de entrar de pleno en los brazos de la ebriedad, su amigo le propuso en reiteradas ocasiones que acudiera a Bella para relatarle su pasión, y para ello le sugirió que trepase por la ventana.
Cosa que, al parecer, él había llevado a cabo.
No conseguía recordar nada más después del plan de Nicky, al que, por supuesto, él se negó en repetidas ocasiones.
Estaba claro que, en algún punto entre la cuarta o quinta botella, él acabó viendo con buenos ojos la propuesta de su mejor amigo; y es más, había acabado por ejecutarla.
Por suerte, él había aterrizado en el lugar equivocado.
No era capaz de recordar nada más. Solo tenía recuerdos vagos de su estancia en el despacho en compañía del duque. El resto, incluso cómo había conseguido llegar hasta la habitación, era un manchurrón negro en su memoria.
Se levantó y estiró todo su cuerpo para prepararse para la desescalada.
Lo mejor sería salir del lugar sin llamar la atención.
Volvió a acercarse a la ventana y vio que en la calle, al ser todavía muy temprano, no se divisaba a ningún buen vecino.
Con una elegancia que seguro que anoche no había presentado, bajó por la enredadera y se marchó sin que nadie supiera de su estadía en la casa…