Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 7
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Capítulo 7

Una buena rach a

Su llegada al paraíso matrimonial había sido un auténtico desastre. Issabella no entendía qué había sucedido o en qué había errado. Había asistido a dos fiestas decentes y a otra en la que jamás debiera haber estado. Sus relaciones en Londres se habían reducido a dos encuentros con dos caballeros.

Uno era su amigo. Gordon. Ese al que se había dado cuenta que le unía más que una amistad.

Aquel beso de hacía unas semanas fue incendiario y decisivo para saber que la había arruinado para el resto de los hombres.

Pese a sentirse atraída y obnubilada por él, decidió mantenerse cuerda y alejarlo de su vida.

La causa que la impulsaba a llevar a cabo algo así, no era otra que el honor hacia la palabra que su hermano había empeñado con el hombre que deseaba casarse con ella.

Llevaba semanas luchando contra eso que él le despertaba y que sabía que no estaba bien sentir.

Ella pronto sería la esposa de otro hombre y no tenía derecho a amar a otro, por más que su corazón quisiera saltar de su pecho y depositarse en sus grandes y varoniles manos.

La batalla interna que luchaba en su fuero interno entre lo correcto y lo que deseaba estaba siendo cruenta, dolorosa y brutal.

Luego estaba Sared. Ese vizconde se había interesado por ella para llevar algún tipo de venganza sobre Gordon. Nunca imaginó vivir una intriga semejante y estaba convencida de que la guerra que Sared le había declarado a Gordon no había concluido todavía.

La cosa se complicó todavía más cuando Sared le pidió que se interesase por él.

No había que ser ninguna médium para adivinar que él estaba dolido por el desplante que le hizo en aquel baile.

Ella fue el epítome del mal gusto. Negarse a bailar con él para posteriormente danzar con Sared… Fue un despropósito.

Lo peor estaba por venir. Al parecer, ella se había convertido en la comidilla de la buena sociedad.

Le asignaban el papel de amante de Gordon.

Al repasar lo sucedido durante la única noche que había salido con él de incógnito, no le cabía duda de que esa era la impresión que pudo haber dado.

¿Sería verdad que la habían reconocido en la fiesta?

¿O sería Sared que había difundido el suceso?

Pese a que el vizconde no le gustaba, más allá de esa venganza que estaba dispuesto a perpetrar contra Gordon por un asunto de mujeres, tal y como Sared le había confesado, no le desagradaba. Parecía un buen tipo, salvo por lo de querer extorsionarla, por supuesto.

Y ahí no se acababan sus problemas. Luego estaba el hecho de que mañana todo Londres sabría que ella no era tan pura como en verdad sí lo era.

Saldría publicado el chisme sobre su asistencia a aquella fiesta y lo que pareció que había ocurrido con Gordon.

Su reputación se había arruinado por completo y, probablemente, la única salida sería recluirse en la casa de campo de su hermano o en un convento.

Lo malo de la segunda opción es que el voto de obediencia no le sería fácil de mantener.

Sí, de acuerdo, de acuerdo, tampoco es como si ella pudiera obedecer ciegamente a su esposo.

Esposo. Este asunto era el que más dolor de cabeza le estaba dando.

Estaba segura del todo de que no era la amante de Gordon porque ellos no habían realizado el acto íntimo que une a un hombre y una mujer.

No debería estar pensando en estas cosas tan poco propias para una dama, pero la culpa de esto la tenía Gordon.

Él la había despertado de una manera que no creyó posible.

Su cuerpo había estado dormido hasta que él la besó con ímpetu y la acarició con aquella ternura y a la vez avaricia tan placentera.

Algo de razón debía tener Sared porque su pronóstico se había cumplido. Al salir vio al barón dirigirse hacia él para atestarle un golpe. Ahí ya, la posibilidad de que Nicky y Gordon hubieran jugado con ella se materializó en una realidad tan dura y aplastante que incluso dolía.

De la alegría producida en un primer instante al saberse prometida al hombre con el que soñaba, pasó al enfado y el desagrado.

Sí, desde luego que se enfureció. Si en verdad ellos estaban comprometidos, ¿cómo había sucedido?

¿Cómo se había atrevido Gordon a no pedírselo a ella antes que solicitarse la mano a su hermano?

¿Esa era la clase matrimonio que tenía que esperar?

Es decir, ¿uno en el que su esposo no la tomase en cuenta para absolutamente nada?

Su educación había sido la que marcaba la sociedad: criada para llevar una casa y para deberse a su esposo, pero ¡por amor de Dios!, ellos dos eran amigos desde hacía muchos años, ¿tan poco le importaba su opinión sobre su futuro como su esposa?

A medida que los pensamientos semejantes a estos se amotinaban en su mente, más furiosa se iba poniendo. Tanto, que ni aunque en verdad él le hubiese regalado todas esas preciosas flores lo perdonaría con facilidad.

La señora Phanegan ya había sido puesta al corriente de toda la situación.

Bella no tuvo más remedio que confesar sus fechorías ―desde la salida secreta con Gordon hasta el chantaje de Sared― porque al ver el espectáculo que ambos hombres habían dado en la calle, ella gritó tan fuerte que la mujer la sometió a un interrogatorio digno de un coronel del regimiento británico.

Le prepararon una tisana y la señora Phanegan la mandó a su habitación a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Por muy hermana de un duque que fuera ―y, Nicky, precisamente, no simpatizaba con los de su clase porque era un calavera― nada podría salvarla de la ruina si el artículo del periódico saliese a la luz.

Latimer era un hombre respetado. Él podía tener cuantas amantes quisiera ―ese era otro asunto que a ella le preocupaba, porque no estaba dispuesta a compartirlo con otra mujer―, podía apostar, acudir a fiestas indecentes y todo le era perdonado.

No así a una mujer. Un desliz, un chisme falso y su reputación se perdería entre las cloacas del Támesis.

Si su virtud y reputación fuesen puestas en duda, convertirse en la esposa de Gordon le acarrearía a él un serio problema.

Como administrador y sucesor de su padre frente a una importante entidad bancaria, él merecía una esposa sin mácula.

Fue del todo imposible descansar o reposar. Tanto fue así, que era bien entrada la madrugada y ella tenía los ojos más abiertos que la luna llena que se veía por la ventana.

Bella se incorporó asustada porque había oído un estruendo en la habitación contigua a la suya.

¿Un ladrón? En la casa pocos enseres de gran valor quedaban ya.

Oyó una maldición que no fue ni discreta ni emitida a baja escala.

La voz de Gordon le llegó clara como un día sin nubes.

¿Qué estaba haciendo él en la casa? Y, lo más importante, ¿por qué habría usado la ventana para acceder a la casa?

La muchacha suspiró. Sería mejor que fuera a ver qué sucedía o él despertaría a toda la casa y mañana el chisme sería aún más jugoso.

Cuando entró lo vio sentado sobre la cama… ¿susurrando a una almohada?

―Gordon.

―¿Bella? ―Él se giró y entornó los ojos para tratar de ver mejor.

―Sí, Gordon, soy Bella.

―¿Qué haces ahí de pie? ¿Por qué no estás durmiendo?

―Estaba cómodamente acostada en mi lecho hasta que tú me has despertado.

―No, no lo estabas, porque llevo aquí un rato y no te he visto levantarte de tu cama. ―Él le dio unos golpecitos al jergón. Intentó levantarse pero volvió a caer en el mismo lugar.

Bella entró en la habitación y cerró la puerta. Era un milagro que el servicio no los hubiera descubierto todavía.

―¿Qué haces aquí?

―He venido a enamorarte ―dijo él sin tapujos. En lo que duró el paseo hasta la casa de Nicky, ambos habían debatido la mejor opción para abordar el tema y decidieron que lo mejor sería ir al grano.

―¿Disculpa? ―Eso sí que no se lo esperaba.

―He trepado por un muro, he luchado contra una enredadera que más que una planta parecía un guardián del calabozo.

Mira cómo me ha dejado la costilla. ―Él se sacó la camisa por la cabeza.

En efecto, tanto Nicky como él mismo en mitad de la improvisada fiesta del whisky se habían deshecho de sus chaquetas y chalecos y habían salido a la calle en mangas de camisa.

―¡Estás herido! Ven, túmbate en la cama. ―Ella lo agarró por el brazo para obligarlo a acostarse.

―Uhm. Hueles siempre tan bien… ―Mientras ella investigaba el alcance del daño, él jugueteaba con su melena suelta al tiempo que se la llevaba a la nariz para deleitarse con su aroma.

―¿La señorita Lorence también olía bien? ―Nunca sabría que le impulsó a preguntar semejante barbaridad.

―¿Camille?

―No la conozco tan bien como tú. Supongo que ese será su nombre de pila.

A no ser que conozcas a más de una señorita Lorence…

―Pues sí. Sí sabía lo que la había impulsado a hacer la pregunta: los celos.

Oír en sus labios el nombre de la mujer que lo conocía íntimamente fue un mazazo aún peor que imaginarlos a ambos retozando.

―No lo sé. La verdad es que no me importaba su aroma. Lo único que quería de ella era que…

―Me lo imagino, Gordon, no entres en detalles ―señaló mientras examinaba la herida que presentaba en su costado derecho.

Eran apenas unos pobres rasguños. Lo que era peligroso de la situación es que ella nunca había visto un torso desnudo y después de dejar a un lado la preocupación por la lesión se dio cuenta de que esos pectorales viriles eran duros como una roca y que eran toda una tentación.

―¿Estás celosa?

―¿De tu amante?

―¡Dios del infierno! ¿Cómo sabes tú eso?

―Gordon, ¿estás borracho? ―El olor que él desprendía se parecía mucho al de Nicky. Más de una ocasión ella había tenido que ir a recogerlo de su despacho para ayudarlo a llegar a la cama.

―Puede que un poco, pero soy plenamente consciente de que he venido a decirte que tienes que casarte conmigo.