Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

―Por supuesto. Empeño mi palabra de caballero para asegurar que milady no tiene nada que temer.

La señora se marchó dando un bufido. Sared se levantó para cerrar la puerta a su marcha y antes de sentarse se acercó a la ventana.

―Tu prometido está afuera. Cualquiera diría que es un agente de Bow Street, custodiándote.

―Gordon no es mi prometido. ―Ella intuía a quién se refería porque no hacía más de unos pocos minutos que, nuevamente, la señora Phanegan se había deshecho de él y sospechaba que ambos se habrían encontrado.

―Pues tu amante.

―No es mi amante tampoco.

―Un hombre no se toma tantas molestias en visitar a una mujer convaleciente si nada lo une a ella. Bien lo sé yo ―dijo lo último por lo bajo. Ella no lo oyó.

―Es un amigo.

―Un amigo tampoco compra rosas rojas cada día para su amiga, a no ser que sea su amante, por supuesto. ―Él había investigado con la premura de un lince sobre una gacela los movimientos de Latimer desde hacía mucho y por fin había dado con su talón de Aquiles.

―Esas rosas son de mi prometido. No de Gordon.

―Su amigo compra esas rosas para usted. No siga encubriéndolo, sus mentiras ya han sido descubiertas. Precisamente, he venido a decirle que el escándalo sobre su salida hacia cierta fiesta saldrá publicado en el periódico de mañana.

―¿Por qué ha hecho eso?

―No he sido yo. Esa carta bajo la manga me venía muy bien para torturar a Latimer. Alguien ha debido irse de la lengua.

―Él único que sabía mi identidad era Gordon y él no me traicionaría jamás.

―Alguien debió reconocerla, pues. Soy muchas cosas, pero no un mentiroso. Su secreto servía mejor a mis intereses si no saltase a la luz.

―¿Va a contarme de qué va todo esto?

Llegados a este punto, Sared decidió apartarse de la ventana y volver a tomar asiento.

―Latimer me quitó a la mujer que yo amaba y obtendrá la misma moneda.

―Está perdiendo el tiempo, ya se lo dije. Yo me voy a casar en cuanto mi hermano lo autorice y mi prometido lo exija.

―Con Latimer.

―Le repito una vez más que…

―Es usted una mentirosa consumada. Tal vez, Amber tenga razón sobre su verdadera naturaleza…

Ella suspiró cansada. No tenía caso discutir con un ciego que no quería ver.

―¿Que quiere de mí?

―Quiero ver sufrir a Latimer.

―Más allá de la amistad nada puede unirnos. Por más que no me crea le estoy diciendo la verdad.

―Ese hombre está apostado junto a un árbol ―señaló hacia la ventana― con su reloj en mano calculando cuánto tiempo voy a estar aquí. Teniendo en cuenta que las últimas semanas usted se ha negado a recibirlo…

―¿Cómo diantres sabe eso?

―El servicio habla, milady , y el dinero es capaz de hacer soltar la lengua a un mudo.

―¿Qué pretende? Escúpalo de una vez.

―Por lo pronto, estoy encerrado en una habitación con la dama que él ama.

―Él es mi amigo.

―Ahórrese la pantomima. Ese hombre se cree su dueño y nada hundirá más su moral que saber que me ha recibido a mí cuando a él lo ha despachado tantas veces. Y más me alegrará cuando a sus oídos le llegue el rumor de que he pasado toda una hora con usted a solas.

―Ha dado su palabra de caballero de que nada malo sucedería.

―Para que un chisme corra, no es necesario que parta de la verdad.

―Su plan es del todo inútil.

―No lo creo.

―Piense en si le estoy diciendo la verdad. Por un momento, plantéese que, ciertamente, no estoy prometida a él. Todo ese arduo trabajo que ha hecho quedará perdido.

―¿Insinúa que usted no ama a ese hombre que estará ahí fuera aguardando a que yo salga para darme un puñetazo?

―No insinúo nada. Le digo que, si Gordon fuese mi futuro esposo, él mismo me lo hubiese pedido.

Somos amigos desde bien temprana edad. Él no mantendría un secreto que no tiene ningún sentido.

Además, Nicky también me lo hubiese dicho.

―Ella no tenía duda alguna de que lo que decía era una verdad absoluta.

―Bueno, tal vez esté diciendo la verdad o tal vez no.

Pero eso no impedirá que pasemos los siguientes ―él miró el reloj que descansaba sobre la chimenea― cuarenta y cinco minutos charlando, ¿o tal vez preferiría jugar una partida a las cartas?

―Él sacó una baraja de su bolsillo―. Cómo puede ver, vengo más que preparado para entretenerla. ¿Le gusta el Wist?

Ella volvió a suspirar. Cogió el libro y durante el resto del tiempo que él le había dado de margen no hizo nada más que leer. Él se entretuvo solo jugando con las cartas y haciendo castillos con los naipes.

Y cuando el reloj dio la hora en punto, Sared salió del lugar satisfecho.

Tal y como era de esperar, nada más puso un pie en la calle un furibundo Latimer le atestó un puñetazo que él ya sabía que llegaría. Con suma pereza, Damian se levantó del suelo y se quitó el hilo de sangre que le salía de la nariz.

―Puedes pegarme cuanto quieras, pero he pasado una hora entera a solas con tu dama y lo hemos pasado muy bien. ―Ni qué decir tiene que el sentido que él quiso darle fue el que Latimer entendió.

―¡Mientes!

―Alguna había de haber que me prefiriese a mí antes que a ti. ―Damian se dio la vuelta―. Buenas tardes, milord. ―Emprendió el camino hacia su casa no muy seguro de que Latimer no fuera a abordarlo por la espalda.

Cuando el maldito bastardo se hubo ido, Gordon enfocó la vista hacia la ventana donde sabía que ella estaría.

La vio de pie con claridad porque la cortina había sido del todo descorrida.

Ella sostenía parte de su rostro con sus dos manos.

La vio… ¿avergonzada?, ¿asustada? No sabría definir bien lo que Bella estaba sintiendo en estos momentos, pero sí podía sentir la fina ira saliendo de cada parte de su cuerpo como si fuese veneno líquido.

Con ganas de destrozar algo, se marchó a su club para retar a alguien a una pelea de boxeo.

Necesitaba desfogarse y dar algunos golpes más.

Imaginaría que su contrincante era Sared y, al menos, un poco de la furia que lo invadía conseguiría salir de su cuerpo porque, en caso contrario, se consumiría por la rabia.

Y, una vez más, Nicky tuvo que intervenir y subir al cuadrilátero para detener los golpes que Gordon estaba propinando a un pobre inconsciente que se habría dejado arrastrar por alguna tonta apuesta de su buen amigo.

―Ya basta, Gordon, o acabarás en la horca por asesinato ―pidió mientras sujetaba a su amigo intentando separarlo del contrincante.

―¡Suéltame! ―gritó poseído por la furia.

―¡Basta! ―Nicky se tuvo que poner delante de él para frenar su avance o acabaría matando a su oponente que trataba de protegerse la cabeza.

Como Gordon no parecía atender a razones, el duque le dio un fuerte empujón hacia atrás. Eso pareció despertar a Gordon del sueño de la ira.

―Lo siento ―dijo en un susurro cuando vio la carnicería que había hecho con el hombre con el que se estaba pegando hasta hacía unos pocos minutos.

Se marchó para asearse. Estaba realmente angustiado porque no sabía qué hacer con respecto a todo su futuro. Salió del club y en la puerta lo estaba esperando Nicky.

―¡Márchate! ―Lo que le apetecía a Gordon era encerrarse en una habitación con docenas de botellas de whisky.

―¿Pero tú entiendes lo absurdo de tu problema?

―No sabes nada.

―Bien sé qué te adolece, es una mujer.

―¿Lo dices por experiencia propia? ―le preguntó con una ceja alzada. Gordon no había detenido la marcha y ambos iban caminando en dirección a la casa del barón.

―¿Qué quieres decir? ―preguntó Nicky no muy seguro de querer hablar sobre el tema.

―Mi hermana… ―comenzó él con su argumento.

―Esto no tiene nada que ver con Clara ―lo cortó de modo brusco.

―Brenda, se llama Brenda. Creo que es hora de que te aprendas su nombre. ―Estaba irritado. Su amigo era un auténtico patán.

―Esto tiene que ver con la mía, con Bella ―expuso sin querer entrar a valorar la situación con la fémina a la que su amigo se había referido.

―Márchate, Nicky, no estoy de humor.

―Desde que firmaste el contrato para casarte con ella no has estado de humor ni un solo segundo. Compruébalo con ese bonito reloj que llevas siempre en el bolsillo.

―Sared va tras ella y Bella parece estar interesada en él. ―Utilizó toda su valentía para confesar este hecho en alto.

―Poco importa. ―Nicky movió la mano derecha para restar importancia al asunto.

―¿Cómo que no importa? ―Su amigo, definitivamente, no entendía la magnitud de su problema.

―Debo señalar que ella ya es tuya y, en vez de regodearte en tu triunfo, languideces de pena por los celos que provoca en ti otro hombre que jamás la poseerá.

―¡Yo no quería que las cosas sucedieran así!

―Sí, sí, lo recuerdo, tú querías enamorarla. ―Sonrió socarrón.

―No lo digas, Nicky, ni te atrevas a decirlo.

―Te lo dije. ―Eran pocas las ocasiones que Nicky tenía para mostrarse mejor que su amigo. Esta era una de esas.

―Maldita sea, Nicky.

―Te lo dije, mi buen amigo, una horda de pretendientes podría haberse interesado en ella. En mi experta opinión, debes considerarte afortunado.

―¿Afortunado?

―Te enfrentas a uno solo y le ganaste la mano hace tiempo. ―Nicky no comprendía el humor de perros que llevaba su amigo desde que Bella apareció en Londres. ¡Si el asunto estaba más que solucionado!

En este punto, Gordon detuvo sus pasos. Se tapó un instante el rostro con las dos manos y suspiró.

―Nicky, creo que los dos cometimos un error con el arreglo. Esto no debió haber ocurrido jamás.

―No, hicimos lo correcto.

―¿Lo correcto, dices? ¿Para quién?

―Para nosotros mismos. ―No le temblaba el pulso ni la conciencia al hacer la afirmación.

―Nunca te has caracterizado por la generosidad hacia los demás ―ironizó.

―Si no cuido de mí mismo, ¿quién lo hará, Gordon? Y no me hables como si tú fueras inocente en todo este asunto.

―No, no lo soy. ―Hubo de reconocer con la boca pequeña. En algún punto, todo este asunto se había vuelto un auténtico enredo.