Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

―Si así hubiese sido, no le preguntaría ―respondió altiva. Esperaba que su fachada aguantase lo que fuera que estuviera por venir.

―La quiero a usted.

Ella tropezó ante esa afirmación tan cruda.

¿A ella? ¿Ese hombre que podía tener a cualquier mujer que se le antojase la quería a ella?

Algo no encajaba ahí. Bella podía ser catalogada como bonita, pero no era ninguna beldad, ni su familia tenía contactos o prestigio más allá de ostentar un ducado destartalado.

Y, conociendo a Nicky, su hermano no sería nunca un par del reino en condiciones.

―Me temo que no va a poder ser ―dijo con una calma que no sentía―, soy una mujer comprometida.

―La hubiese creído si me hubiese confesado que lo ama.

―¿Amar a quién? ―preguntó con cautela.

―Los dos se comen con los ojos. Lo supe la primera noche y quedó confirmado cuando su… protector ―ella supo que esa palabra no estaba vacía de contenido, por lo visto, el rumor la apuntaba como la amante de Gordon― vino a rescatarla de mis garras.

―Le juro por mi honor que no tengo protector alguno, que soy inocente del cargo que me achaca y que, en efecto, mi hermano me ha entregado en matrimonio.

―Así que, su hermano le ha puesto un bonito lazo rojo y la ha entregado a su mejor amigo, ¿eh? ―Le sonrió de lado.

―Deje de decir sandeces, milord. No estoy prometida con Gordon.

―¿Gordon?

Ahí supo que él no creería ni una palabra suya.

No debió usar el nombre de pila de su amigo, sin embargo, se hacía una misión imposible referirse a él sin esa familiaridad que habían tenido durante tantos años.

Ya le avisó la señora Phanegan que algo como esto le podía suceder si bajaba la guardia con el barón Latimer.

―Es un buen amigo de mi hermano. La otra noche trató de protegerme de usted, lo cual fue un gran acierto, por lo que estoy viendo esta noche.

―Oh, no, mi Bella. ―Se permitió usar el apelativo cuando Gordon y su pareja dieron una vuelta por su lado―. Él no va a poder salvarte sin que yo te hunda en la miseria.

―No piense, ni por un segundo, que creo que esto va sobre mí o el ferviente deseo que alude sobre mi persona.

Soy ingenua, podría decirse que no he salido del cascarón ―Nicky se lo decía en muchas ocasiones―, pero soy una mujer de campo y sé ver una estrategia.

Esto es algo entre usted y él y por algún motivo cree que a través de mí le hará daño.

―Ciertamente, no eres lo que pareces. Te creí una muchacha insulsa y descerebrada. Tu hermana no te conoce tan bien como cree. ―Ella se tensó al oír que él se refería a Amber y él aprovechó para aprisionar más su cuerpo sobre el suyo.

―Si sigue así no habrá venganza que perpetrar porque acabará por asfixiarme. No puedo respirar, milord. ―No mentía. El corsé era un auténtico engorro, pero la presión que él estaba ejerciendo complicaba, más aún si cabe, el hecho de poder llevar aire hasta sus pulmones.

―Latimer me robó a la señorita Lorence y yo le robaré lo que más quiere.

Ella volvió a tropezar. Eso sí que no se lo esperaba. ¿Gordon la quería de esa manera? Y lo más importante, ¿el resto de la gente era consciente de ellos?

―Le repito que es un amigo. Mi hermano ha concedido mi mano en matrimonio.

Él la examinó y no apreció mentira en sus palabras o su gesto.

―¿Quién es su futuro esposo?

Ella suspiró. Esto ya comenzaba a ser humillante.

―Mi hermano no me ha ofrecido esa información todavía.

―¿Y pretende que la crea? ―bufó. O ella era una mentirosa de primera o la absurda historia era cierta. Sared optó por creer lo primero.

―Le juro por mi honor que no es ninguna mentira. Nicky, mi hermano ―puntualizó cuando vio que Sared no reconocía al hombre al que ella se refería― me ha informado de que mis nupcias están organizadas, pero que mi pretendiente se dará a conocer cuando él estime oportuno.

―¿Se da cuenta de lo absurdo que suena?

―No es así, creo que es algo romántico.

―De verdad le digo que esto no es nada personal… contra usted. Amber la había dibujado de otra manera.

―¿Mi hermana está involucrada en esto? ―preguntó con un hilo de voz. No podía ser, nunca fueron cercanas, pero era sangre de su sangre. Amber no le haría algo así, ¿verdad?

―No voy a entrar en cuestiones familiares, milady , pero le aseguro que Latimer la quiere para él y cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no se cansa hasta que lo obtiene.

―Somos amigos. Le digo que estoy prometida, mi hermano…

―¿Y no se le ha pasado por la cabeza que, tal vez, su hermano la haya prometido con ―se acercó una vez más a su oreja y su aliento la acarició― Gordon? ―Él se permitió usar el nombre de pila del hombre con el que tenía una cuenta pendiente.

―Eso sí es absurdo. Nicky no haría nada como eso sin consultarme. Además, por supuesto que el barón Latimer ―ella puso especial atención a la hora de referirse a él por su título― no me compraría como si yo fuese una vulgar yegua. Le repito que somos amigos.

―No es por desilusionarla, pero su estimado amigo la ansía y yo tengo una afrenta que cobrarme.

―Pues hágalo y déjeme a mí al margen.

―Lamento informarle de que es usted un medio para un fin.

―¡Pero es que yo no quiero serlo!

―Él la ha elegido y pagará lo que me hizo. Por cierto, milady , no se encariñe demasiado con su amigo, sé de buena tinta que sigue acostándose con la señorita Lorence.

En ese mismo momento Sared la despegó de sí para hacerla girar un par de veces sobre sí misma.

Y su pie, su fantástico pie, eligió ese mismo instante para fallarle.

Bella cerró los ojos para prepararse para convertirse en un lío de muselina y faldas, y se concentró para no oír las voces acusadoras de su torpeza.

Ninguna de las dos cosas sucedió porque el vizconde, atento, galán y sibilino, la sostuvo en sus brazos antes de que rozase el suelo.

― Milady , no pude soñar una actuación mejor ―le espetó el vizconde cuando la tuvo a buen recaudo. Acto seguido, la cargó en sus brazos y la sacó del baile ante un perplejo Latimer que no creía nada de lo que acababa de suceder.

***

La siguiente semana fue peor que las primeras. Ella volvió a encerrarse en casa aludiendo a una nueva dolencia de su pie. Por descontado, a Latimer no se le permitió visitarla. El dragón sabía cómo sacudírselo de encima y el colmo de los colmos sucedió una mañana.

El barón todavía estaba angustiado por el plantón de ella cuando él le pidió un baile.

Nunca olvidaría la negativa de ella para, posteriormente, salir con el vizconde.

No tenía a Bella como una mujer que jugase al juego de los celos.

¿Sentiría ella algún deseo por Sared? La sola idea lo tenía carcomiéndole el alma.

Y como si lo hubiese conjurado, el susodicho se presentó delante de él con una radiante sonrisa. Se tocó el ala del sombrero a modo de saludo y se apresuró a pasar por su lado para entrar en la casa de Bella.

Gordon se sonrió. Un minuto es lo que ese pícaro iba a tardar en salir de ahí.

Bella no lo recibiría a él tampoco. Latimer comenzó a andar para marcharse.

Se giró para mirar la puerta maciza de madera de roble.

Todavía no se había abierto para que el visitante saliera.

Se extrañó, porque a él tardaban medio minuto en invitarlo a marcharse.

Esperó, esperó y esperó, pero el maldito Sared no salió hasta pasada una hora exacta de reloj.

Lo comprobó porque su reloj de bolsillo estaba en hora y nunca fallaba.

***

Issabella reposaba cómoda en un sofá con el pie en alto.

Sostenía un libro sobre bandidos que estaba la mar de interesante.

Había llegado a la parte en la que el protagonista estaba a punto de sucumbir ante el amor de su vida y ella tenía ganas de suspirar debido a la anticipación…

cuando la señora Phanegan entró en el lugar para mostrar la tarjeta del hombre que tan insistentemente había solicitado una entrevista.

―Dígale que sigo indispuesta, se lo ruego.

―El caballero ha comentado que dirías algo semejante y me ha dicho que te recuerde vuestro trato. ¿Qué sucede, Bella? ―La mujer la miró de forma maternal cuando vio que ella perdía el color de su rostro.

―Es una historia muy larga, señora Phanegan, y me temo que no hay tiempo para explicárselo.

―¿Es el vizconde Sared… ―la mujer hubo de mirar el fino papel blanco impreso en tinta dorada― tu prometido?

―No, no creo que lo sea. ―Ella había barajado esa posibilidad cuando Nicky le dijo que estaba prometida, porque la actuación de ese hombre con respecto a ella fue extraña desde un principio.

No obstante, después de los últimos acontecimientos, todo presagiaba que él no debía considerarse su amigo y ni mucho menos su futuro esposo.

―He intentado despacharlo, pero es muy insistente.

―La creo, señora Phanegan. Hágalo pasar, se lo ruego.

―La mujer abrió la puerta para indicarle al invitado que accediese a la salita de color melocotón.

El caballero saludó cortés a la dama y evitó que ella se levantase.

Tomó asiento en uno de los bonitos sillones tapizados cercanos a Bella y, ni corto ni perezoso, invitó a la mujer a marcharse del lugar cuando vio que esta tomaba su costura junto a la muchacha.

― Milady y yo debemos mantener una conversación privada.

La mujer jadeó ante la impertinencia de ese hombre que aún le agradaba menos que el denominado barón Latimer.

―Le recuerdo que una joven no debe permanecer a solas con un caballero, aunque la honorabilidad del hombre pueda ser cuestionada por su falta de etiqueta, milord.

―Le aseguro, señora, que la reputación de su pupila no menguará más, no al menos a mis manos. ¿Bella? ―Seguro de sí mismo miró desafiante a la joven para que ella hiciera que el viejo dragón abandonase la estancia.

Bella apretó los puños. No tenía elección. Ese chantajista se saldría con la suya de momento…

―Por favor, señora Phanegan, permita que nos quedemos solos. Le juro por mi honor que nada indecoroso sucederá, ¿verdad, milord?