Capítulo 6
Rey de copa s
Las semanas habían pasado. El pie de ella presentaba una torcedura que resultó necesitar de reposo.
Durante los primeros quince días se había presentado él en la puerta de Bella para poder verla.
Los ramos de rosas rojas siguieron llegando con notas de amor.
Todas las veces, la señora Phanegan se inventó ridículas excusas para evitar su paso en la casa.
Un pelo le faltó para usar su título de prometido para exigir verla.
No estaba seguro de quién le impedía el paso, si Bella o el dragón protector.
Tal vez, Gordon no debió haber apresurado las cosas con ella.
Sin embargo, decidió que era momento de dar un paso más allá al ver la facilidad con la que ella se derritió en sus brazos.
Y, de pronto, el juego se puso interesante, al menos, durante los primeros días.
Luego se tornó desquiciante. Tenía muchas ganas de verla y hablar con ella, cosa que no ocurrió, y en estos momentos se encontraba como un joven imberbe acechando a una mujer.
Había sobornado al servicio para enterarse de las próximas salidas de la muchacha y por ello se había puesto uno de sus mejores trajes con la idea de poder volver a verla.
Preferiría que su primer cara a cara hubiera sido en un ambiente más discreto, aun así, Gordon debería conformarse con el baile de los Whiser para reencontrarse con la dama.
Ingresó en la lujosa casa y la vio en el centro del salón de baile.
Ella sonreía y la lesión de su pie se había quedado en el pasado, porque la ninfa de sus sueños se movía de forma deliciosa.
Cuando las parejas de baile giraron, él pudo ver al truhan que la hacía reír.
Damian Heal, vizconde Sared, era su pareja de baile.
Ahí fue el momento exacto en el que el juego ya no le pareció tan excitante.
Gordon se sintió como si su oponente llevase un full de ases y él tan solo tuviera la reina de corazones en su poder y esta quisiera escapar de sus manos.
Aguardaría pacientemente hasta el final del baile y luego la enfrentaría. Ella era suya y, tal vez, sería el momento de hacerle ver la conveniencia de apartar de su camino a los libertinos como ese vizconde que babeaba por ella.
Bella había pasado unos días tediosos en los que se había negado a recibir la visita de Gordon. No estaba preparada para tener una conversación con él, por lo que estableció que lo mejor para ambos sería poner distancia en su relación.
La señora Phanegan contribuyó a idear las excusas puestas.
La mujer fue de ayuda hasta que dejó de serlo, dado que acudir al baile de esta noche había sido una imposición.
Su dama de compañía y carabina estimó oportuno que ella visitase la sociedad para ponerse al alcance de ese hombre al que había sido prometida y que le llenaba el corazón de dulces palabras de amor con sus bonitos poemas y sus preciosas flores.
Era una mujer comprometida y Gordon no tenía derecho a entrar de esa forma tan arrolladora en su vida.
Bella se consideraba una persona sensata, entera y leal, no obstante, cuando estaba con él todas esas cualidades salían por la ventana para dar paso a unas sensaciones nuevas y desconocidas que se apoderaban de su cuerpo y su alma.
Nada más entró en el salón principal de la mansión de los anfitriones, se vio asediada por el vizconde. Se presentó en compañía de su hermana Amber, quien estuvo muy solícita con ella.
―Buenas noches, lady Sulsick, milord ―saludó Issabella cortés a ambos.
― Milady .
―Hermana.
―¿Me concedería el siguiente baile? ―Quiso saber galante el vizconde Sared.
―Por supuesto. ―Lo había visto por el rabillo del ojo.
Gordon estaba aquí y aunque no le apetecía bailar con ese hombre, puesto que algo en él le daba mala espina, decidió que sería mejor escapar de la atención del barón Latimer…
¿Cómo habría conseguido saber dónde estaba ella?
Y lo más importante, ¿por qué tenía que lucir tan apuesto?
Definitivamente, se sentía estafada con él.
Todos estos años siendo su amiga y nunca se paró a ver la suculenta transformación de él, pero la culpa no era de ella, sino de él por haberle ocultado su aspecto diabólico.
Oh, sí, él parecía un guerrero a punto de entrar en combate y a Bella no le apetecía tener esa clase de afrenta.
¡Maldito Gordon con todo su aspecto varonil y de seguridad!
Y, sí, ¡malditas las damas que se habían fijado en él nada más fue anunciado!
Así que, se vio arrastrada al salón de baile por su propia voluntad y fue incapaz de dejar de mirar en su dirección. Bella sabía que no debía observarlo, ¡pero es que era imposible no hacerlo cuando todas esas mujeres se le echaban a los pies!
―Así que, es cierto… ―dijo en complicidad el vizconde al ver la dirección de la mirada de ella.
―¿Disculpe? ―Con la apreciación, su acompañante se ganó su interés.
―Se rumorea que usted y Latimer comparten algo más que amistad.
―La acusación hizo que ella se envarase.
El vizconde, sintiéndose orgulloso de haberla conmocionado, la instó a retomar el paso de la contradanza.
Ella obedeció. Damian era un hombre muy directo que estaba acostumbrado a salirse con la suya y no rendir cuentas.
La etiqueta o la buena educación le traían sin cuidado.
―Eso que dice no es cierto.
―Vamos, vamos, milady , no se apene, siempre he sido muy amigo de mis amigos y sospecho que su amistad me será… ―la miró de una forma tan poco apropiada que se le revolvió el estómago― placentera. A fin de cuentas, tengo entendido que no es usted lo que parece.
―Discúlpeme, milord, pero, de pronto, he dejado de tener ganas de bailar. ―Issabella comenzó a alejarse de él. Tanto igual le daba dejarlo plantado en medio del salón. No estaba dispuesta a aguantar calumnias de ningún tipo. Por descontado, él la agarró de la mano.
―Se mostrará solícita conmigo siempre que se halle en mi compañía o todos los que estén dispuestos a escucharme sabrán que la dulce e inocente hermana de Beauford no es más que una paloma mancillada.
―Eso que dice es una vil mentira y usted lo sabe.
―¿Acaso no acompañó a Latimer a una fiesta privada en la que él la dejó sin poder andar después de un íntimo encuentro?
Ella boqueó un par de veces sin saber qué contestar a eso.
―Verá, querida, la cosa es así. Desde que la vi me ha llamado poderosamente la atención y quiero probar lo que a él tan libremente se le ha dado.
―¡Nunca! ―Levantó la voz más de lo necesario. Él se acercó a su oreja y mirando directamente a Latimer procedió a señalar su siguiente punto:
―Y, es más, te tendré o te arruinaré por completo. Te deseo y te mostrarás satisfecha con mis atenciones o te prometo que te repudiarán y ni el mismísimo Dios podrá salvarte de la tragedia. Tú eliges.
Y fue cuando ella supo que tenía que rebajar su temperamento y no enfadarlo, no al menos en estos momentos en los que no alcanzaba a comprender lo que enfrentaba. Bella compuso su mejor sonrisa y retomó el baile como si no hubiese sucedido nada.
―Mucho mejor, querida.
El corazón le martilleaba tan fuerte que Bella estaba segura de que acabaría saltando de su pecho y se marcharía a los brazos de Gordon para que lo protegiera.
La velada fue a peor. El vizconde no se despegó de su lado cuando terminó el baile y, al ver que el caballero se dirigía hacia ellos, volvió a susurrarle en el oído:
―Despáchalo rápido o haremos un escándalo.
Gordon miró con recelo a la pareja. Ella seguía colgada de su brazo y sonreía sin prestarle atención.
―Buenas noches, milady , Sared. ―Gordon se presentó formal y muy serio―.
Me parece que suena nuestro baile. ―El barón le tendió la mano y al ver que ella no le ofrecía la suya ni tenía intención de ir con él insistió―.
¿Bella? ―Eligió muy bien el modo al referirse a ella.
Su apelativo denotaba una complicidad con la que pretendía sacar de quicio a Sared.
No lo consiguió porque ella siguió sin moverse.
―Disculpe, barón Latimer, pero me es imposible volver a bailar el resto de la velada, no lo tome a mal ―hubo de decir cuando vio cruzar la desilusión y la rabia por su semblante―, simplemente, es que mi pie todavía no está en óptimas condiciones. ―Y le ofreció una sonrisa sincera.
―Por supuesto, milady . ―Le hizo una reverencia y se marchó airado del lugar.
Ella lo siguió con la mirada y sintió unos celos terribles cuando lo vio hablar con una joven señorita.
En efecto. Eso que sentía eran celos, puros y duros, porque si bien las últimas semanas lo había alejado por miedo a sucumbir, ese tiempo le permitió obtener la claridad suficiente para determinar que él tenía razón.
Ambos se sentían atraídos el uno por el otro.
La juventud había disfrazado el sentimiento en una tierna amistad, pero con la madurez y la valentía suficiente que él había demostrado al dar el paso al frente, ella comprendió que sus sentimientos por él eran más fuertes que los que entrañaban una sana amistad.
―Va a sonar un vals y siempre me ha gustado bailar esta pieza. Vamos, querida.
La obligó a seguirlo por el camino y ella se sintió morir cuando la mirada de Gordon se cruzó con la de ella. Mentirosa, embustera y traidora. Esas eran las palabras que él le estaba transmitiendo con la mirada. También divisó un brillo que no le agradó lo más mínimo.
Sus peores sospechas se confirmaron cuando él le ofreció gentil el brazo a la muchacha con la que hablaba. Y su corazón se aprisionó en cuanto lo vio sostener entre sus brazos a esa mujer que le sonreía y movía sus pestañas con gracia aguardando a que comenzase un vals.
Las primeras notas de la orquesta surcaron el aire y Sared la estrechó posesivo entre sus brazos.
―¿Qué pretende, Sared? ―Ella se saltó las normas sociales y empleó el título. Estaba enfadada y muy molesta.
―Creí que quedó claro.