Capítulo 5 #4
Suspiró tratando de armarse de paciencia para no asesinar a esas mujeres que parecían ignorarla como si ella fuese un fantasma corpóreo, y desde uno de los respiraderos del bonito baño decorado en tonos turquesa le llegaron unas voces.
Dos mujeres estaban hablando sobre… ¿Gordon?
Se subió a lo alto de la bañera para acercarse al lugar por el que se estaban colando las voces y poder escuchar mejor la conversación.
―¿Has visto a Latimer, Mary Anne?
―¿Que si lo he visto? ¡Como para no verlo! Ha cambiado tanto en estos dos años que se ha convertido en uno de los atractivos más espectaculares de Londres. Quién pudiese hincarle un diente en uno de sus musculosos brazos para comprobar su consistencia.
―Acabaría saltándote el colmillo si hicieras algo como eso.
―Es un hombre muy atractivo, con ese aspecto que denota puro fuego.
―Es por el pelo.
―Es por mucho más y tú lo sabes.
―Podría tener en su cama a la mujer que él eligiera, ¿por qué se conformará con esa pobre actriz? ¿Cómo se llama?
―La señorita Lorence.
―Exacto, lo había olvidado. ¡Maldita acaparadora!
―Me han comentado que él ha roto la relación.
―¿Al fin?
―En efecto, creo que esta noche es ideal para tratar de cazarlo. He oído que es un amante muy generoso, no como ese otro… ese otro… Ay… ―la mujer chasqueó la lengua por no recordar el nombre― ese amigo suyo que cada día parece más deteriorado, ¿cómo se llama?
―El duque de Beauford.
―Eso mismo.
―¡Oh, mi querida amiga! Es un patán horrible, no como lo que he oído que hace Latimer con su boca…
Una vez escuché a la señorita Lorence que una mujer con semejante hombre a su lado no padecería histeria femenina ni en un millón de años…
Al parecer, mueve la lengua en tus partes íntimas de un modo que…
La conversación se vio interrumpida por un fuerte estruendo.
Las dos mujeres que hablaban alegremente sin sospechar que alguien las estaba espiando miraron el respiradero que había en su cuarto de baño extrañadas.
Al no oír nada se apresuraron en volver al salón principal.
El gong había anunciado el comienzo de la representación.
Bella se tapaba la boca para no gritar. La caída había hecho que su pie derecho se doblase y, al intentar ponerse derecha, uno de sus bonitos escarpines estaba asesinando su pie.
La impresión de haber oído esa conversación la había dejado tan perpleja y asombrada que quería oírlo todo con claridad.
De ahí que hubiera estirado tanto el cuello que acabase resbalando del borde de la bañera.
Se miró al espejo. Su vestido estaba descompuesto.
Algunos mechones se habían salido de su lugar y el pie le dolía mucho.
Un fuerte golpe en la puerta llamó su atención.
―¿Sí?
―Bella, ¿estás bien?
La muchacha se acercó a la puerta cojeando para abrirla despacio. Cuando vio que él estaba ahí ante ella, lo agarró del brazo para meterlo dentro.
―Me he caído, Gordon ―señaló lastimera.
―¿Cómo te has caído? ―Quiso saber sin creerlo.
―Es una larga historia, pero lo relevante es que me duele el pie, muchísimo.
―Ven que lo vea.
La llevó hasta el borde de la bañera, lugar en el que ella se sentó y él procedió a quitarle el zapato. Levantó las manos para buscar la media de seda blanca que ella llevaba, era importante examinar ese pie sin ninguna barrera.
―¡Gordon! ―exclamó Bella cuando sintió las manos de él corretear por su muslo derecho.
―Debo ver el pie. Quédate tranquila, nada extraño va a suceder.
Bella tragó saliva. Gordon tragó más saliva que ella, puesto que la boca se le estaba haciendo agua al imaginarla en su lecho y a su merced.
El hombre no pudo preguntarle por la hazaña que la había malherido.
Al sentir la suavidad de la seda en su mano estuvo perdido.
Bajar ese bonito papel de regalo que envolvía su pierna fue terriblemente doloroso, tanto, que su entrepierna se revolucionó hasta límites insospechados.
Y todo fue a peor cuando sostuvo su pie desnudo entre sus manos.
Ese precioso pie era lo más erótico que había visto y era suyo. Estaba en su mano.
Todo se complicó cuando ella emitió un pequeño gemido de incomodidad.
―No hagas eso, Bella ―le advirtió. El dominio sobre sí mismo estaba a punto de salir volando y no podía correr el riesgo.
―No he hecho nada, ¿a qué te refieres?
Él ladeó de nuevo el pie y un nuevo gemido cruzó la estancia.
―Eso, no hagas eso, Bella.
―Me haces daño, si no me tocases no lo haría ―rebatió molesta ante la regañina que él le estaba dando.
No comprendía la incomodidad de él. Seguramente, Gordon estaba molesto por tener que estar atendiéndola y no disfrutando de esas atenciones femeninas que tanto le agradaban.
¿Por qué la había traído a ella si lo que estaba buscando era una nueva amante?
―Vuelve a hacerlo y te prometo que despertarás a la bestia.
―¿Y qué harás? ¿Meterás tu lengua en una parte íntima de mi cuerpo para evitarme la histeria? ―Nunca sabría qué le impulsó a decir semejante cosa, sobre todo, porque no estaba segura de lo que acababa de decir. ¿Qué sería eso de la histeria?
Gordon se levantó y de una sacudida seca la presionó sobre su musculoso pecho. Ella volvió a gemir cuando hubo de dejar su pie descansar sobre el frío suelo.
―Tú lo has querido.
Su boca cayó sobre la de ella sin que Bella pudiera remediarlo.
Él daba suaves besos sobre los labios carnosos de ella.
Y no es que la dama estuviera quieta, por un extraño motivo quería demostrarle que ella también podía ser una mujer coqueta, así que se encontró devolviendo los besos que él le daba.
Entonces, todo se tornó oscuro porque la lengua de él le acarició avariciosa toda la superficie de la boca.
―Ábrela para mí, preciosa, deja que mi lengua entre en ti. Permítelo.
Y la curiosidad le pudo, tanto que el león se comió su lengua. Desde luego, Gordon no podía compararse con un gato, porque él estaba demostrando un hambre feroz. El león saboreó la lengua femenina y ella se lo permitió sin objeción alguna.
Las manos de él salieron en busca de sus pechos. Los acarició y maldijo a la modista por haber tejido un vestido que impedía la liberación de ellos. Se conformaría con dejar en su escote un reguero de besos húmedos.
Una vez más, Bella suspiró y gimió sin ser consciente. Ella estaba bajo el hechizo del deseo. La contempló y en sus ojos vio la necesidad, la lujuria.
―Gordon, Gordon, por favor ―suplicaba por algo que no entendía, pero no quería que él dejase de hacerle eso que le hacía.
Él, débil, volvió a caer sobre sus labios. Era plenamente consciente de que debía parar la acción de inmediato o acabaría poseyéndola en un baño. Ese pensamiento pareció hacerle recobrar la razón y se detuvo. Reunió toda su fuerza de voluntad y la apartó de su pecho.
―Ya basta, Bella, o te corromperé.
―Pero, no puedo…, no puedo respirar… no quiero que pares.
―Tal vez, ella no fuese consciente de sus palabras y fue la necesidad la que tomó el control, aun así, él era un hombre experimentado y a él correspondía hacer las cosas bien.
Ella sería su esposa y ni un instante antes poseería lo que ya se le había concedido, pues su virtud le correspondía a él.
―Regresemos al salón. Todos se preguntarán qué hemos estado haciendo y en cuanto te vean en este estado comprenderán que yo… A Dios doy gracias de que lleves la máscara… Vamos, Bella.
―Pero, yo…
―No más besos ni caricias. Esto no es correcto, ha sido un error. ―Él sentía que no deberían haber ido así las cosas. Había planificado al dedillo la velada y se había saltado los platos principales para saborear directamente el dulce postre que era su bonita y graciosa boca.
Algo dentro de ella se quebró. ¿Un error? Bella sacudió la cabeza para alejar las lágrimas y el pensamiento que él había colocado en su mente.
Entonces, ella se separó del todo de él y se volvió a sentar en el borde de la bañera. Cogió la suave media y levantó la falda para poder volver a ponérsela.
―Santos Dios ―murmuró él. La visión que tenía delante haría pecar a un santo, así que, salió del lugar sin mirar atrás. Esa mujer era un pecado viviente y él nunca se consideró un canalla, pero si no salía del lugar acabaría haciéndole el amor y todavía no era el momento.
Él se había marchado de su lado dejándola confusa, insegura y con mucha necesidad.
Oh, sí, por supuesto que ella necesitaba más besos de él.
Ese hombre se había convertido en un adonis bajo sus ojos y ella ni tan siquiera se había dado cuenta de ese hecho hasta que escuchó la conversación de esas dos pécoras que conspiraban para llevarlo a la cama.
Se sentía estafada, ¿qué derecho tenía él a ocultarle su atractivo varonil?
Se adecentó todo cuanto pudo y salió del lugar cojeando.
Cuando llegaron al salón todos estaban en silencio y sentados en sus respectivos asientos.
Ella se sintió espiada por todos los allí presentes y más cuando la observaron andar de forma maltrecha.
Se sintió nerviosa y el rubor le subió a la cara.
¿Sabrían lo que había sucedido entre ambos?
De pronto, vio a los caballeros mirar con una sonrisa a Gordon, incluso algunos le guiñaron un ojo y aplaudieron de forma silenciosa.
Se fijó en las mujeres, muchas de ellas tenían mala cara y parecían enfurruñadas, incluso ¿desilusionadas?
¿Qué estaba pasando en ese lugar que a Bella se le escapaba?
Gordon maldijo por lo bajo. No era difícil saber que el público masculino estaba elogiando su gran hazaña con la dama que se sujetaba de su brazo porque apenas podía andar de modo correcto…
Llegados a este punto y con la reputación de la dama por los suelos, esperaba que la máscara protegiese la identidad de Bella o él mismo la convertiría en un escándalo mayúsculo.