Capítulo 5 #3
La boca de Bella se abrió en una perfecta forma ovalada y él sonrió por haberla dejado sin palabras.
Acto seguido, Gordon le quitó el guante derecho de la mano, se la giró y depositó un suave pero enloquecedor beso en el lugar donde el pulso le latía desbocado a la muchacha.
De nuevo, sonrió. Ella no era inmune a sus atenciones y él aprovecharía eso.
Fuese lo que fuese que ella imaginase y Nicky hubiera ideado, él aprovecharía la mano que le había sido repartida.
Aún quedaba mucho juego por delante y el premio de la feria ya era suyo, puesto que la dama era su prometida.
Sin querer adelantar más las cosas, se despidió de ella ordenándole que estuviera lista a las ocho de la tarde para acudir a una nueva fiesta con él.
Incapaz de hablar y andar, Bella afirmó con la cabeza. Lo vio darse la vuelta y marcharse de su lado. Cuando él desapareció del campo de su vista, el conocimiento pareció regresar a su cuerpo para instarla a entrar.
―No dirás una palabra de esto, Mary ―le pidió intransigente a la carabina que la miraba con mucha preocupación.
―No he visto nada, milady , pero vaya con ojo con ese caballero porque sé distinguir a un cazador y ese hombre la ha convertido en su presa.
Bella estaba preparando una reprimenda cuando la doncella entró en casa y desapareció de su vista.
Esto no podía pasarle a ella. Gordon no tenía derecho a hacerle algo como lo que acababa de hacer, porque sí, de acuerdo, ella no era una mujer mundana, pero con el brillo de los ojos él le acababa de declarar algo.
Algo así como, ¿qué? Y luego el comentario del todo inapropiado de la doncella…
¿Un cazador? ¿Él? pero si Gordon sabía pescar a duras penas…
En fin… lo dicho, ella no era para nada una mujer ingenua…
***
Y a las ocho en punto un caballero pelirrojo se presentó ante su puerta.
Bella lo tuvo que mirar hasta en tres ocasiones.
Gordon no parecía él mismo. Se había acicalado tanto que tenía que admitir que era un hombre muy apuesto.
De pronto, se imaginó a la mujer que había conquistado su corazón besándolo, y no, la sensación no le gustó demasiado.
¿Por qué? Estaba claro que esa señorita Lorence escondía algo.
Él no sería feliz con esa mujer. Se reprendió a sí misma puesto que no debería estar pensando en la vida de un hombre al que más allá de una sana amistad poco le unía.
Tras los saludos formales ambos salieron de la casa.
Por supuesto, la señora Phanegan se había vestido para acompañarlo, pero Gordon se libró del dragón aludiendo que Nicky estaba en el carruaje y que, por tanto, su presencia no era requerida.
El pobre se sintió observado y examinado como si pudiera leer la mentira.
Por algún extraño motivo esa señora lo tenía calado y bien calado.
Los dos entraron al carruaje y cuando ella no vio en el interior a su hermano se asustó un poco, pero solo lo justo, pues rápidamente recordó que se trataba de su buen amigo Gordon y este nunca le haría mal alguno.
―Has dicho que Nicky estaría aquí.
―Sí, he contado una pequeña mentira porque te prometí que pondría Londres a tus pies y es justo lo que voy a hacer.
―¿Tú y yo solos? ―inquirió con nerviosismo.
―Yo te protegeré. No hay nada que temer.
―No tengo miedo, pero recuerda que soy una mujer prometida y no creo que sea apropiado que estemos juntos en un carruaje… solos. ―El corazón martilleaba y ella no era capaz de saber el motivo.
―Esta mañana creí entender que tenías miedo de no estar a la altura de tu futuro esposo, ¿correcto?
―Admito que no tengo práctica en cuestiones sociales. A duras penas sabré lo que espera de mí un esposo al que no conozco.
―Entonces, deja que yo te oriente sobre lo que vas a tener que hacer para contentar a tu esposo.
―¿Cómo has dicho?
Sí. Gordon le había dado un par de vueltas a la nueva situación y había decidido aprovechar el giro de los acontecimientos.
―Como tu mejor amigo que soy, podré enseñarte cosas que no están al alcance de cualquier dama. Toma nuestras… citas ―oh, sí, en efecto, iban a ser muchas, empezando por esa y continuando por otras muuuchas más― como la ocasión perfecta para conocer lo que siempre quisiste saber acerca de Londres.
―¿Y esto es parte de tus enseñanzas? ―preguntó alzando una máscara negra adornada con brillos dorados y plumas blancas.
―Bella, recuerdo todas y cada una de las veces que dijiste que querías acudir a una función de teatro sin tener que llevar un gran séquito.
―También comenté que quería conocer la ópera, el museo nacional, acudir a Almack’s.
―Esta noche te quería para mí solo, y es por ello por lo que los demás días haremos lo que quieres de un modo más correcto, pero esta noche te mostraré lo que oculta Londres.
Iremos a una función muy privada de teatro, en casa de unos amigos, donde cenaremos y disfrutaremos de una comedia romana llena de tragedia.
Luego hay preparada una sesión de habla con los muertos.
―¿Cómo has dicho?
―Están muy de moda las médiums.
―¿Las qué?
―Son personas que establecen comunicaciones con personas que han muerto. Te encantará, el ambiente es justo como una buena novela de Dickens. Adorarás el misterio.
―¿Si todo es tan inocente por qué he de ponerme la máscara?
―Porque eres una dama prometida y no es correcto que vayas del brazo de otro hombre, aunque ese hombre no tenga la menor intención de comprometerte.
Bella se ofendió con ese comentario. Él lo había dicho con tal entonación que dio a pensar que ella no era una mujer que pudiera tentarlo…
Y entonces recordó a la mujer que Amber le había dicho que era su amante y comprendió por qué él no la consideraría…
¡Un Momento! Estos pensamientos no estaban siendo adecuados.
―Eso es ridículo. No haría falta usar semejante utensilio si Nicky estuviera aquí. ―Trató ella de concentrarse de nuevo en la conversación, pese a que seguía ofendida por su supuesta falta de interés en ella.
―Querida, ponte la máscara y deja que te divierta. Creo que será una experiencia de lo más… interesante. ―Desde luego, él se había ocupado de que así fuera.
Bajaron del carruaje para llegar a una solemne casa de las afueras de Londres.
Si bien no era el elegante barrio de Mayfair, la casa era de una elegancia encantadora.
Dos columnas de estilo corintio adornaban el acceso principal.
En el interior las lámparas con luz tenue daban un aspecto misterioso y, de pronto, se encontró queriendo conocer los secretos que ese lugar envolvía.
Gordon la llevaba sujeta por la cintura, un detalle del que ella no fue consciente hasta que el caballero la animó a caminar para llevarla hasta el improvisado teatro que allí se había montado.
Era una reunión en la que había unas treinta personas.
Las elegantes sillas se habían instalado para que el público tomase asiento.
Una mujer, que presumiblemente sería la anfitriona del lugar, se acercó para saludar a Gordon.
―Buenas noches, querido. Celebro verte en tan buena y magnífica compañía. ―La mujer sonrió con sinceridad a Bella y ella le devolvió el sutil saludo del mismo modo.
― Milady. ―Y lo vio darle un casto beso en la mejilla a esa mujer. Si bien no era ni joven ni bonita, eso no se sintió como algo que debería llevar a cabo un hombre que lleva sujeta por la cintura a otra mujer. Bella puso morritos.
―¿Algo va mal? ―le preguntó al verla enfurruñada.
―No ―contestó seca.
La otra mujer que más sabía por vieja que por diabla se apresuró a hablar.
―Me parece que tu compañera no ve con buenos ojos que atiendas a otra mujer por más que esta sea la que haya organizado todo un bonito programa de diversión. Id a picar algo que pronto comenzará la función y estoy segura de que será más que provechosa.
Sin dejar opción a respuesta la mujer se desvaneció como uno de los supuestos espíritus con los que esta noche contactaría una médium.
Él se acercó seductor a su oreja.
―No debes estar celosa, Bella.
―Por supuesto que no lo estoy ―expuso con la boca pequeña.
―Perfecto, porque no hay motivos para estarlo. Esta noche no tengo más ojos que para ti. Lo cual me recuerda que no te he dicho lo perfecta, bella y arrebatadora que sigues estando.
Otras dos mujeres se acercaron a él para saludarlo atentamente…
Y así hasta que todas las féminas que había en el improvisado teatro batieron sus largas pestañas para captar la atención de él con la excusa de hablarle.
No es que ella estuviera celosa, por supuesto que no.
Bella era una mujer comprometida a otro hombre, lo que sucedía es que no estaba bien que el resto de las mujeres prestasen atención a un hombre que había acudido con otra acompañante.
¡No eran celos! Simplemente, ella estaba criticando la mala educación de las mujeres que coqueteaban sin descanso y flirteaban con él delante de sus narices.
La situación estaba poniéndola al límite. Tanto era así que si la actuación no comenzaba ella acabaría sacándoles los ojos a esas desvergonzadas que se lo comían con los ojos.
Cuando la enésima mujer los paró para hablarle, ella tuvo suficiente de eso y se excusó con el motivo de ir al tocador.
Se marchó en la dirección que él le había dicho.
Se giró para observarlo. La rubia que estaba hablando con él se había atrevido a tocarle el brazo.
Un brazo tan ancho como el cuello de un bebé rinoceronte.
Poco después le tocó un hombro con váyase a saber qué ridícula excusa…
y lo peor de todo era que él se sentía complacido con las atenciones que estaba recibiendo.
De pronto, se sintió desvalida y como un excedente, una pieza que no encajaba.
Se metió en el tocador y apretó los puños, ¿qué le estaba pasando?
Bella no comprendía sus reacciones. Era su amigo y debía sentirse feliz por él.
¡Pero es que si él quería coquetear con todas las mujeres del lugar mejor la hubiese dejado en su casa!