Capítulo 5
Una tirada arriesgad a
La mañana se presentaba algo desconcertante, pero a la vez prometedora.
Gordon se levantó con unos ánimos recién renovados.
Después de tantos años había conseguido volver a besar a su dama.
Cierto que la cosa no surgió como él hubiera deseado y que a punto estuvo de retar a duelo al maldito vizconde Sared por tratar de poner las manos sobre lo que le pertenecía.
Demasiado tiempo había esperado él para echarle el guante a Bella y, si bien el ofrecimiento sobre un acuerdo con su buen amigo no había sido demasiado premeditado, sí había llegado como una nueva esperanza.
La cena fue un absoluto desastre, porque más allá de lo sucedido con un hombre que esperaba que no fuese su rival en la conquista de la muchacha, ver allí a su antigua amante fue un duro golpe.
Por suerte, prácticamente no hablaron y esperaba que Bella no se hubiese enterado de la relación que los unía a él y a la señorita Lorence.
No debería estar avergonzado por haber tenido a una mujer calentando su cama.
Contactar con la actriz había sido mucho más discreto que lo que hacía Nicky.
Sus estancias en el burdel era escandalosas, por lo que Gordon decidió que mantener relaciones discretas con una mujer sería más productivo que hacerlo del modo en el que lo hacía Nicky.
Tampoco es que estuviera cometiendo un terrible delito al encamarse con la mujer que no tenía su corazón en su poder, puesto que era muy habitual que los hombres mantuvieran a sus esposas en sus cómodas casas mientras que las amantes se dedicaban a saciar su lujuria.
No. Definitivamente, él no quería mantener a otra mujer en su vida más que a su esposa.
Aun siendo la moda, Gordon lo veía como una traición a sus sentimientos.
Los votos que un matrimonio recitaba debían ser cumplidos sin poner obstáculos.
Con la idea de olvidar el bochornoso y molesto suceso de la noche anterior, el barón Latimer se colocó su mejor traje formal, agarró su sombrero de copa y su bastón, y salió directamente en busca de la mujer a la que se había propuesto conquistar.
Confiaba en que las bonitas rosas rojas hubieran llegado ya a su destino.
En efecto, las flores eran un idioma que las féminas debían conocer y no había nada más certero que enviar unas sugerentes flores del color de la sangre para dejar claras sus intenciones.
Sí, sí, de acuerdo, él no iba a firmar la misiva, no obstante, el gesto era suyo y solo suyo por lo que, llegado el caso, cuando el misterio se desvelase Bella caería sin freno en sus brazos.
Y una sonrisa de pura dicha se dibujó en su rostro cuando tras entrar en la casa y dejar su tarjeta de presentación, descubrió a Bella sosteniendo con ímpetu el precioso ramo que él mismo había encargado.
Se quedó perplejo. Ella llevaba un vestido de color amarillo pastel, sus mangas dejaban ver algo de sus bonitos brazos y su clavícula tan apetitosa estaba a la vista.
Se quedó con las ganas de ver el nacimiento de los pechos que ella exhibió anoche, sin embargo, se alegró de que fuese vestida con recato porque no quería que nadie viese lo que ella debía enseñarle a él y únicamente a él.
―Buenos días, Bella.
―Oh, Gordon, buenos días ―saludó ensoñadora y sonriente.
―Bonito ramo de flores ―adujo él sin mayor interés.
―¿Verdad que son sumamente preciosas? Están tan llenas de vida que no parece que las hayan arrancado de su nacimiento. Y su olor, ese aroma tan dulce… ¡Oh! Sencillamente, son sublimes, de un rojo tan perfecto que quitan la respiración.
―Me alegro de que te gusten. ―Sacó pecho orgulloso. Él había dado instrucciones a su servicio para que seleccionasen las más perfectas que en el puesto de flores hubiera. Quería unas flores sensacionales para una perfecta y bella flor inglesa.
Ella se sonrojó al mirarlo a los ojos, puesto que hasta ese momento su vista no se había posado en él, dado que las flores acaparaban toda su atención. En cuanto lo vio recordó lo sucedido anoche y evitó el impulso de llevarse las manos a los labios.
Issabella bajó la mirada acobardada y se concentró en la nota que reposaba en sus finos dedos.
Contempladlas, oledlas, deleitaros en su suma perfección; y cuando lo hayáis hecho seréis conocedora de mi profundo padecimiento al veros.
XXX
Con gracia, Bella dobló el papel y se obligó a pensar en ese hombre que había orquestado su matrimonio con su hermano, el duque de Beauford. Toda esa locura del misterioso prometido estaba convirtiéndose en un dulce delirio para ella.
Un lacayo entró portando un precioso jarrón de porcelana china con agua.
Parecía caro y ella se alegró de que aún quedase algo de valor en la casa de su hermano.
Hizo colocar el enser sobre la mesa de centro para poder ver las flores con facilidad y poco después las dejó caer sin ninguna ceremonia.
Sin ningún tipo de ayuda, esas preciosas rosas del color del amor se arremolinaron en un bonito ramo que pareció haber sido colocado con sumo cuidado y no por pura casualidad.
Gordon estaba tan absorto contemplando los movimientos de su prometida que no le importó que ella se hubiera olvidado de su presencia.
Esas rosas eran suyas, una extensión de él y, por más que no vinieran firmadas con su nombre, él las había puesto a su alcance, así que esa atención que ella dispensaba al ramo se sentía como si fuera hacia su propia persona.
―Gordon, disculpa mis modales. Por favor, toma asiento, pediré un té.
―Me alegra ver que me has hecho caso y no usas el formalismo. ―Su corazón se calentó al ver que ella acortaba las distancias.
―Por supuesto, quedamos en que en privado respetaríamos nuestra amistad.
―¿Amistad? ―preguntó frunciendo el ceño. Ella se preocupó, temiendo que lo sucedido en la noche de ayer pusiera en peligro esa bonita relación que ellos habían tratado desde hacía tantos años.
―Gordon, creo que será mejor olvidarlo.
―¿Olvidarlo? ―Él no sabía a qué se refería ella.
―Sí. Por lo que mí respecta, lo de ayer no sucedió.
―¿El qué no sucedió? ―Estaba tan absorto en los ojos de ella y en las flores que descansaban en el jarrón que, tal vez, se hubiera perdido algo de la conversación. Se regañó a sí mismo por no haber estado más atento.
―Considero que será mejor para todos si olvidamos lo que ocurrió ayer por la noche durante la cena. ―Los mofletes se le colorearon.
―El beso. Estás hablando del beso.
―Sí, creo que será mejor que se quede en el pasado.
―¿Tal y cómo se quedó el primero que nos dimos? ―Él se molestó.
Ella se quedó con la boca abierta. ¿De dónde venía eso ahora?
―Aquello fue fruto de un malentendido y no creo que tengas derecho a sacarlo a relucir en estos momentos.
―Tengo todo el derecho del mundo.
―¿Por qué? ―preguntó con interés.
―Porque… porque… porque… ―Se tomó un segundo, sería un buen momento para hablar y confesar sus planes de futuro―. Verás, Bella, yo…
En ese preciso momento la puerta se abrió para dar paso a una enojada carabina que lo miraba con suspicacia. La señora Phanegan hizo acto de presencia y los miró a ambos con reprobación.
―No es correcto que una joven dama casadera permanezca a solas con un caballero ―la regañó sin el más mínimo remordimiento.
―No tema, señora, he venido a solicitar un paseo a milady para tomar un helado y dar un agradable paseo.
Hemos establecido que nos acompañará una doncella, aunque no haga falta.
―Ciertamente, no hacía falta porque era su prometida y eso iba a ser irrompible; sin embargo, no aludiría a este detalle todavía―.
Somos buenos amigos y conocidos, y más aún, del todo respetables.
―Por un momento, le venía bien usar su amistad contra ese dragón que lo miraba con demasiado interés.
En pocos minutos, la pareja se encontraba dando un apacible paseo por Hyde Park a la vista de toda la buena sociedad. Ese día había refrescado y Bella había hecho bien en coger su capa de lana.
―Me alegro mucho de que al fin estés en Londres. Quiero mostrártelo todo ―señaló Gordon cuando estuvieron separados de la doncella. Esa muchacha, probablemente, había recibido órdenes de su señora para no dejarles intimidad; sin embargo, antes de salir, él se las ideó para darle unas libras.
―Gordon, creo que la señora Phanegan tiene razón en algunos aspectos.
―La mujer había hablado con ella para explicarle la inconveniencia de tener a su amigo rondándola cuando ella había venido en busca de marido, puesto que sería un obstáculo y sus pretendientes podrían perder el interés en ella.
Ahí ya ella se confesó y le dijo que su hermano la había prometido en matrimonio, aunque no desveló demasiados detalles.
Así, la señora Phanegan respiró tranquila y le insistió en la necesidad de dejar a un lado a su amigo para no molestar a su pretendiente.
Ella comprendió y, en estos momentos, se acercaba una conversación conflictiva.
―¿En cuáles?
―Verás, Gordon, debo ser sincera contigo. Eres mi mejor amigo.
―Soy el único amigo que tienes.
―Y, aun así, eres el mejor que podría desear. ―Ella le sonrió y él sintió algo grato acomodarse en su corazón.
―Tú también eres una muy buena amiga y, verás, siento que es el momento de desvelar que mi corazón es prisionero.
―El aire era menos gélido, el sol había hecho acto de presencia, la doncella estaba bastante retirada y presentía que la dama se sentía cómoda con su presencia.
Tal vez, fuera el momento de contarle lo que había hecho.
―Yo también tengo que decirte algo tan importante como lo que insinúas.
Y de verdad que me alegra muchísimo que una mujer haya conquistado tu corazón.
Creo que es una mujer muy bella, si me permites la observación.
―Él volvió a fruncir el ceño. La creía menos vanidosa, no obstante, era tan perfecta que pasaría por alto ese pequeño contratiempo.