Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

―¿Qué te impulsaría a convertirte en una esposa, Bella? ―Él estaba muy interesado en esa conversación. La vio fruncir el ceño.

―No lo he pensado detenidamente.

―Has venido a la cuna de los matrimonios. Eres una dama casadera, algún criterio debes de tener sobre tus futuras nupcias. ―En efecto, él pretendía azuzarla.

―¿De verdad quieres saberlo?

―Desde luego que sí, de otro modo no te hubiera preguntado.

―Espero que cuando conozca a mi futuro esposo mis rodillas se conviertan en mantequilla.

―¿Disculpa?

―La señora Phanegan suele tomarse una copita de oporto algunas noches antes de acostarse.

Digamos que esa bebida le suelta la lengua…

―Bella sonrió al recordar el aspecto de la mujer cuando se ponía contenta con la bebida―.

Una vez habló sobre cuando conoció a su esposo e hizo esta apreciación.

Me dijo que una mujer sabía que el hombre era el correcto porque su roce le haría desfallecer.

Gordon paró de andar. El parque estaba verde y lleno de londinenses que tenían, al igual que ellos, paseos con conversaciones.

Unos hablaban de modo efusivo sobre el clima, otros sobre asuntos más delicados y con un tono más bajo de lo normal.

Él sintió varios ojos puestos sobre ambos, un par correspondía a la doncella que los seguía de cerca. No le importó.

―Bella, ¿has sentido alguna vez tus rodillas convertirse en mantequilla?

Los ojos de él se habían oscurecido. Bella levantó la vista para ver si eso había sido producto de alguna nube.

No comprendía la reacción de él, y ya puestos, ni la suya propia…

¡Cielo santo! Era Gordon. Él estaba bromeando, como solía hacer en su juventud.

Le gustaba tomarle el pelo. Eso que él estaba haciendo en estos momentos tratando de ponerla nerviosa era su juego preferido…

Aun así, esto se sentía diferente… ¿Eso que había notado en sus pómulos era el aire de un suspiro ahogado de él?

―Espero sentirlo alguna vez.

Gordon se dio la vuelta y volvió a ofrecerle su brazo para que ella lo sostuviese de nuevo.

―Lo sentirás ―murmuró.

***

Bella llegó a la casa de su hermano sintiéndose extraña. Había sido un paseo… algo desconcertante. Él la había acribillado con preguntas muy personales sobre pretendientes, sobre bailes, preferencias… Imaginaba que Gordon quería protegerla de una posible mala elección.

En honor a la verdad, ella había llegado a la ciudad para disfrutar de los eventos sociales. El matrimonio no entraba en sus planes inmediatos, puesto que no sentía la presión de llevarlo a cabo.

Su amigo no había cambiado en absoluto. Lo veía más… él estaba más grande, más sofisticado, pero era exactamente el mismo de antaño. Sencillamente, era Gordon, ese joven capaz de sustraerle una sonrisa con solo chasquear dos dedos.

Saber que esta noche iba a contar con su apoyo era importante. No estaba segura de que Nicky la acompañase y fue toda una sorpresa cuando su hermano se presentó en compañía de Gordon para estar a su lado en la cena de Amber.

Gordon la aguardaba en la entrada principal acompañado de Nicky, quien estaba hastiado por tener que acudir a un evento social y más por verse envuelto en las garras de su hermana Amber.

―Vuelve a explicarme qué pinto yo en una cena de la condesa, Gordon.

―Eras mi entrada, Nicky.

―Llevo años evitando a mi hermana mayor…

―No será tan terrible.

―Lo será, te lo garantizo, porque cuando le he dicho que iría con un amigo y ha sabido que eras tú… ―Se calló porque no sabía si continuar con la explicación.

―¿Qué? ¿Qué ha pasado? ―Gordon sabía que a ella no le era nada simpático.

―Me sonrió y asintió.

―Eso es bueno, ¿no?

―Con Amber nunca se sabe, prepárate para lo peor y si al final no hay guerra da gracias por ello. ―Nicky sabía que la bruja tramaba algo, pero no estaba seguro de qué podría ser.

―Bien, yo… ―Gordon no pudo decir nada más.

Vio a Bella descender las escaleras con un precioso vestido de color blanco con un brocado de flores rojas por todo el cuerpo y se quedó con la boca abierta.

El pelo de la joven estaba recogido en un moño con tirabuzones y aunque el escote del vestido era apropiado, él se sintió muy celoso.

―¿Estás listo para sufrir, Gordon? ―le preguntó Nicky en una confidencia.

Su hermana pequeña no fue nunca una beldad, pero era realmente muy vistosa.

Nicky se apiadó de su amigo, porque no solo no había anunciado a toda la sociedad de Londres que ella le pertenecía, sino que la había surtido de todo un guardarropa y complementos que la hacían incluso más apetecible para el género masculino.

Y, justamente, era Gordon quien se creía más listo que él…

Así que, en estos momentos, Nicky no lo tenía del todo claro porque el calvario por el que iba a pasar su buen amigo se lo había creado él mismo a su imagen y semejanza…

―¡Cállate de una vez, Nicky! ―rugió por lo bajo. Estaba celoso y la noche aún no había comenzado.

Ella seguía bajando por la escalera. La señora Phanegan se había excusado porque tenía un terrible dolor de cabeza y, puesto que iba a ir acompañada por su hermano, ella era prescindible esta noche.

―Dile algo bonito, hombre. Comienza por lisonjearla… No seas un principiante.

―Sí, es verdad. ―Gordon se aclaró la garganta.

―¿Qué cuchicheáis vosotros dos? ―preguntó Bella cuando llegó a la altura de ambos.

Al ver que Gordon no abría la boca, Nicky decidió echarle una mano.

―Estábamos comentando que te ves preciosa esta noche, hermanita.

Su amigo seguía sin poder hablar. Ella no se veía hermosa, era una princesa de cuento de hadas y él no encontraba las palabras. Estaba muy cohibido. Entonces, Nicky le dio un codazo que no fue en absoluto disimulado.

―Sí, sí. ―Reaccionó al fin el pretendiente―. Tus ojos… tus ojos… se ven enormes con todo el pelo recogido. ―Nicky chasqueó la lengua y Gordon se dio cuenta de que lo dicho no era correcto―. No… quiero decir que… con un vestido ceñido… tú… se te ve… tu figura no es gruesa…

Nicky sintió vergüenza ajena y por inercia se tapó los ojos con la mano derecha. ¿Cómo podía ser su amigo tan patoso?

―Uhm... ―Bella no sabía cómo responder a eso―. Gracias, creo.

―Bueno, pongámonos en marcha que se nos hace tarde y Amber no soporta la impuntualidad —señaló Nicky.

La dama se adelantó y ellos tuvieron unos segundos de intimidad en los que Nicky le aconsejó:

―Haz el favor de decirle que se va a casar contigo.

―Ha sido un lapsus momentáneo. Ella está preciosa y me ha dejado sin palabras. No se repetirá. Tengo un plan. Todo va a salir bien.

Su amigo suspiró cansado.

―Como quieras, Gordon.

En poco tiempo llegaron a la casa de la condesa.

Las presentaciones fueron realizadas y atendidas.

Bella se sentía grandiosa, como si estuviera a punto de vivir una gran aventura.

Su hermana no había cambiado demasiado. Su esposo era un hombre muy mayor, pero que se percibía afable.

Y el que sí llamó de forma sorprendente la atención de la joven fue Damian Heal, vizconde Sared.

Era el hijo del esposo de Amber, fruto de su primer matrimonio.

Y el joven de pelo moreno, de ojos verdes, labios carnosos, alto y de cuerpo atlético la dejó sin respiración cuando besó su guante blanco.

La mirada que le dio no solo la incomodó a ella misma, sino que Amber también se mostró molesta.

Para romper la magia que había surgido entre ambos, la condesa de Sulsick llamó a una dama que justo accedía a la casa en ese mismo instante.

La señorita Camille Lorence se aproximó de inmediato.

Bella la vio y quedó fascinada. Era una mujer de pelo brillante, morena con los ojos azules, una figura muy pecaminosa.

―Señorita Camille Lorence, permítame presentarle a mi hermana, lady Issabella, a mi hermano, el duque de Beauford, y a lord Latimer, aunque creo que ustedes dos son viejos conocidos.

―La sonrisa maléfica que apareció en el rostro de Amber dio buena cuenta a Nicky de que su hermana estaba al tanto de que Gordon y la señorita Lorence habían sido amantes y que esta era su venganza por haberle dicho a Amber a quién debía invitar a su fiesta.

La mujer se tensó al ver a su antiguo amante y puesto que era una de las actrices más grandes del momento, trató de actuar con naturalidad.

Con mucha simpatía hizo las reverencias y pasó a un segundo plano lo más rápida que pudo.

No así, un malhumorado Gordon apretaba tan fuerte los dientes que en cualquier momento alguno saltaría de su lugar.

Nicky sujetó a Gordon con sutileza antes de que su amigo diese un paso adelante para hablar con la señorita Lorence.

―Te advertí que mi hermana tramaría algo como esto.

―No quiero que Bella sepa de mi relación con ella.

―Pero has puesto punto final a eso, ¿verdad?

―Por supuesto que sí, pero es incómodo.

―Bien. Yo me ocuparé de distraer a la señorita Lorence para que no haya más contratiempos. No voy a insistir en que cometes un error, pero lo haces. ―Y sin darle opción a réplica, Nicky se marchó en dirección a la mujer que tenía muy tenso a Gordon.

Repasó la estancia con la mirada para buscar a Issabella y la vio del brazo del vizconde Sared. La noche había empezado fatal, por lo que peor no podía ir… ¿verdad?

Pues sí. Fue a peor porque en toda la velada no pudo hablar con ella, ni tan siquiera bailar con ella fue posible.

Su malhumor se había convertido en un gran nubarrón negro que lo iba ensombreciendo hasta el punto de que nadie se le acercase para conversar.

Gordon no sabía qué diantres había podido suceder para que Bella lo esquivase de semejante manera.

Oh, sí. Ella lo evitaba. Y para acabar de mejorar su zozobra, Nicky se acercó a él con cara de felicidad.

―Te lo dije, amigo mío.

―Nicky, no estoy de humor para tonterías.

―La inmerecida suerte que tienes ―continuó el duque hablando sin hacer caso a su apreciación― es que el contrato es vinculante y válido, porque de otra forma, ya te la hubiesen arrebatado.